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Regreso suizo entre fuegos e inviernos

Joel del Río • La Habana

Tener al cine contemporáneo suizo (largos y cortos, ficciones y documentales producidos entre 2001 y 2005) de muestra en La Habana, como ocurre a principios de abril en la Cinemateca, significa algo así como entrar en placentero contacto, para los cinéfilos más severos, con la quintaesencia del mítico cine europeo, no solo porque la República Helvética comparta idiomas y muchas otras particularidades con sus vecinos franceses, alemanes e italianos (tres colosales bastiones de la cultura europea), sino porque en aquel pequeño país —célebre por sus bancos y sus relojes, bastión de neutralidad política, paraíso alpino zanjado por apacibles lagos— floreció desde los años sesenta y setenta un fuerte movimiento de cine “de autor”, como mismo ocurría, por esas mismas fechas, con los italianos del postneorrealismo, los franceses de la nueva ola, los alemanes de la llamada “nueva subjetividad”, el free cinema británico, los nuevos cine en Checoslovaquia y España, el deshielo soviético…

Las películas invitadas por nuestra Cinemateca nos actualizan respecto a lo mejor que ha ocurrido en el cine suizo últimamente, más acá de los resplandores provocados hace dos o tres décadas por aquel movimiento autoral sedimentado en algunas películas muy notables de Alain Tanner (Carlos muerto o vivo, Messidor, Una llama en mi corazón) y Claude Goretta (La invitación, Caminos del exilio, La muerte de Mario Ricci), entre otros. Ahora nos llegan nuevos nombres, con obras respaldadas por varios premios consagratorios. Por ejemplo, Todo un invierno sin fuego, Más bien el sur y Utopía Blues resultaron elegidos los mejores largometrajes nacionales producidos, respectivamente, en 2004, 2002 y 2001, mientras que Accordeon Tribe y El genio helvético alcanzaron similar distinción pero en el género documental.

Orgullosa de su aval de premios en festivales internacionales, nos llega Todo un invierno sin fuego, debut en la dirección del polaco Greg Zglinski (guionista, fotógrafo, productor, editor y compositor de música para cine desde los años ochenta), dos historias de amor y de pérdidas irreparables ambientadas en los silenciosos paisajes invernales de las montañas Jura. El dolor de Jean y Laure es tan crudo como el invierno. Ellos han perdido a su pequeña hija en un terrible incendio. Mientras Laure es internada en una clínica, Jean encuentra trabajo en una fundición, y allí conoce a Labinota, una refugiada de la guerra de Kosovo, quien vive esperando a su marido desaparecido hace seis años. A pesar de las respectivas tragedias surge la posibilidad de amar otra vez y empezar de nuevo.

El desempeño de la actriz Isolde Fischer destaca en Cuando llegue mi hombre, coproducción suizo-alemana resuelta en la clave de la comedia sentimental, un género que no es privativo de Hollywood, como piensan algunos. Paula es conserje en un centro comercial en Alemania, donde conoce a Mustafá, un amigable guardia de seguridad de nacionalidad turca. Paula elige a Mustafá como el hombre de su vida, sin que este se dé por enterado. A él el preocupa su familia, que le exige el regreso a Turquía para que tome esposa. Otra decidida protagonista femenina presenta Espaldas sólidas, la historia de una adolescente dedicada a convertirse en atleta de primera línea, sin reparar en las consecuencias físicas y sicológicas de su enorme esfuerzo. Pero “fracaso” no es una palabra que esté comprendida en su vocabulario.

El florecimiento del discurso femenino audiovisual no se percibe solo aquí en Cuba, al nivel de la Muestras de Nuevos Realizadores (y Realizadoras). La mencionada Espaldas sólidas significa la ópera prima de Ursula Meier, y Viento norte fue catalogada por la revista norteamericana Variety como “el sólido debut de la directora Bettina Oberli, en un drama personal, familiar y social” Erwin Graf, un hombre de 50 años, lleva una vida confortable en un barrio de clase media, donde vive con su mujer y su hija. De la noche a la mañana su puesto de jefe de personal es suprimido en el curso de una reestructuración de la empresa donde trabaja desde hace veinte años. Para no inquietar a su esposa, sigue levantándose cada mañana y simula ir a su trabajo. Pero las semanas pasan sin que pueda conseguir un nuevo empleo. Su cambio de ánimo no pasa desapercibido en su casa y pronto las relaciones familiares comienzan a resentirse. La tensión se vuelve insoportable, hasta que su hija logra que afloren las emociones reprimidas de la pareja. 

Con los códigos del musical juegan el filme de ficción Utopía Blues y el documental Accordion Tribe. El primero de ellos cuenta la historia de Rafael, un joven que se encuentra a las puertas de la adultez e intenta que su sueño de total libertad se vuelva realidad. Está determinado a conquistar el mundo con su banda Utopia Blues a cualquier costo, pero muy pronto aparecen los límites. “El límite entre la normalidad y la anormalidad nunca está claramente delimitado ni es tan transparente como quisiéramos —declaró el director Stephan Haupt— pero yo solo quería contar la historia de un joven de esta época, un joven que busca un modo de vida propio. No intento disecar el secreto de su vida, sino aproximarme emocionalmente a ella”. Accordion Tribe se llama el documental mencionado y también el conjunto de cinco músicos absolutamente extraordinarios, de diferentes países, que se juntan para lograr convencer a los públicos europeos de que el acordeón es un instrumento musical capaz de trasmitir todo tipo de emociones. 

Además del anterior Accordion Tribe, hay otros tres documentales, probablemente situados entre los mejor del cine europeo más reciente: Camino al tercer milenio se abstiene de todo comentario ajeno a la vida de dos pastores, pues la narración se sostiene sobre la aguda observación de sus rutinas cotidianas, sin ápice de didactismo; El genio helvético es un vertiginoso viaje por los corredores del Parlamento Federal de Berna, detrás de las aventuras de un comité parlamentario creado para redactar la reglamentación legal de la ingeniería genética, una fábula franca y universal sobre el ejercicio de la democracia y ese clásico del género documental que es Fotógrafo de guerra, el acercamiento minucioso a las motivaciones, miedos y rutina diaria del fotógrafo estadounidense James Nachtwey. En los últimos veinte años, él ha estado en todas las guerras y, probablemente, ha presenciado más sufrimiento y muerte que cualquier otra persona en el mundo. El director, autor y productor suizo Christian Frei lo sigue con su cámara durante dos años por los conflictos de Indonesia, Kosovo, Palestina...

No sería para nada justo este breve promocional de lo que puede ser una jornada muy notable de buen cine si no mencionamos un quinto documental —no es de extrañar la abundancia del género en esta Muestra Suiza, habida cuenta del auge mundial que registra este tipo de filmes. Se trata de Juego, dioses y LSD, un torrente de tres horas que interconecta diversos tiempos, culturas y espacios: Toronto, Nevada, Suiza y el sur de India se asocian mediante el aroma del éxtasis, el plástico, el sexo, el polvo y la divinidad, en búsquedas incansables que intentan dar sentido a la vida de la gente. Según la publicación francesa L’Hebdo “es una muestra emblemática de una nueva dimensión en el cine documental... Una banda de sonido inmaculada. Las imágenes son, por momentos, alucinógenas. Y al final del viaje, lo que permanece es un sentido de conexión humana universal”.

También hay numerosos cortometrajes de calidad en esta Muestra cuyo notable contenido desborda el espacio asignado a esta breve publicidad de un evento cinematográfico destacado.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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