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El gran poeta Nicolás Guillén se
preguntaba una vez qué sabía él de
deportes. A pesar de que confesaba
confundir los rudimentos del boxeo,
logró un espléndido poema, en el que
(sin el texto delante) recuerdo el
elogio a Martín Dihigo, pelotero
legendario que se desempeñó con eficacia
en todas las posiciones de un campo de
béisbol.
También Fina García Marruz –mi preferida
entre las mujeres poetas- habla alguna
vez del deporte nacional nombrando como
nadie ese jonrón que levanta las
gradas delirantes. Pablo de la Torriente,
desde la prosa y desde su propio sudor,
nos dejó elogios y reflexiones sobre los
que afinan sus músculos y destrezas para
felicidad de los demás.
Yo he sido un deportista con resultados
pésimos en la práctica, aunque de
aceptables logros en la tertulia
callejera o la peña de amigos. Como
protagonista sólo tuve algunas tardes de
gloria en el tenis de mesa, pero con un
bate en la mano o a la hora de recibir
un saque de voleibol no acumulo ningún
recuerdo edificante. En cierta
competencia con mis entrañables
estudiantes de Periodismo de una década
atrás, sólo me destaqué devorando dulces
en la enloquecida celebración del
partido.
Habré contado alguna vez el orgullo que
me produjo acceder a las páginas del
diario en el que trabajaba en los
ochenta con un texto sobre pelota. Raúl
Arce –que era y es un rotundo
especialista en nuestro deporte
nacional- andaba de viaje, cubriendo
alguna competencia de esas que dejan sin
sueño a La Habana. Entré al departamento
de diseño para estar junto a los magos
de esa especialidad en el emplane de la
página de Cultura. Veo que la máquina me
pone en rojitas la palabra con la que
nombrábamos aquella delicada operación
de meter el texto y las fotos en una
pauta fija, una de las prácticas que la
computación ha condenado al museo. Pues
bien, en esa madrugada de antigua
práctica editorial, el colega que se
encargaba de los deportes comentó que
andaba escaso de fuerzas en su equipo.
Inmediatamente me brindé para asumir un
par de jornadas del campeonato juvenil.
Hace unos veinte años se llevaba, se
usaba, estaba de moda contraponer el
deporte al arte. Ahora, por suerte,
parece imponerse la idea de que en la
fiesta del músculo hay mucho de
espectáculo y hasta de disfrute
estético. En algunos países se abusa de
los detalles en la información y
promoción de un par de deportes, en
contra del destaque de otras
actividades. Pero –aunque me impacienta
que un telediario dedique 15 de sus
cuarenta minutos al fútbol- en mí sigue
siendo más fuerte la defensa del
entretenimiento, la ilusión, la compañía
que los deportistas nos regalan. |