Año VI
La Habana
2008

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Agustín Lara: un mito de carne y hueso
Josefina Ortega • La Habana
 

Confieso que como hija de mexicano mucho tiene que ver conmigo todo lo relacionado con la tierra azteca, y más si se trata de su música, incluso las muy machistas rancheras.

Con los boleros y canciones de Agustín Lara –"Noche de Ronda", "Arráncame la vida", "Solamente una vez", "María Bonita", "Mujer", "Farolito"  y otras hasta llegar a setecientas - me sucede otro tanto, y eso que no dejo de reconocer que algunas pueden ser catalogadas de cursis, aunque en su  época, y a pesar de su enorme popularidad, fueron incontables veces fustigadas por enaltecer la imagen de las prostitutas y de las llamadas mujeres fatales.

A tal extremo llegó la desaprobación de los pacatos a las canciones del Flaco de Oro que, según se afirma,  el Ministerio de Educación de México, en la década del treinta, llegó a prohibirlas en los textos escolares y en las clases, por considerarlas impúdicas.

Por supuesto, tales asuntos no hicieron más que promover su aureola  romántica y bohemia  y perpetuarlo como un ídolo en la imaginería popular.

Hoy día se considera que, indiscutiblemente,  don Agustín supo utilizar para su provecho sus obsesiones y angustias, pues, como dijo el autor mexicano Carlos Monsivais, “fue un adelantado en la explotación de su imagen pública”. “Fue un personaje único, un ser pintoresco, cuya cúspide adquisitiva se llamó María Félix”.

Él mismo lo reconoció: "Soy un ingrediente nacional como el tequila. Pero en el fondo, soy más Werther que Dorian Gray".

Reconocido como un mujeriego impenitente, su imponente fealdad,  protagonista de amores al estilo de la Bella y la Bestia, lo ayudó a transformarse en un mito en toda Hispanoamérica.

La Habana fue su primer destino artístico fuera de México, y aunque de ese viaje inicial no guardará en general un buen recuerdo, volverá a la Isla una y otra vez, de la que recibirá una decisiva influencia.

Con razón se acepta que su obra caracteriza la transición de la danza mexicana, desarrollada a partir de la habanera, al bolero de origen cubano.

Amigo de músicos como Sindo Garay —al que reconoce como su padre musical—, Ernesto Lecuona, Bola de Nieve y César Portillo de la Luz, le dedica a  Cuba piezas memorables como "Habana", "Sueño Guajiro" y "Ojos cubanos".

En la Habana de hoy, una estatua de bronce, obra del escultor yucateco Humberto Peraza, evoca su presencia  entre los cubanos, quienes  lo distinguen también como suyo.

Tal cercanía espiritual es recíproca pues tampoco puede hablarse del músico-poeta mexicano sin mencionar a la capital cubana, donde siempre se sintió como en su casa. De él es esta frase: "De nuevo en Cubita la bella, dispuesto a lo que sea".

Pasiones y aventuras marcaron su vida. Desde muy joven se dedicó a la música. Cantó y tocó el piano en cafés, cantinas, burdeles y centros nocturnos.

Su Hora Intima, en la emisora XEW,  le permitirá a sus composiciones pasar de boca en boca entre cantantes y público de Latinoamérica.

En las ya amarillentas imágenes de sus días cubanos se le ve flaco, desgarbado, con una profunda cicatriz en la mejilla, dejada en un arrebato de celos por el navajazo de una mujer.

Don Agustín, al decir del escritor Juan José Arreola- "Fue un castigador y un castigado".                                                      

Su escultura se levanta  en el entorno de la Alameda de Paula, en la esquina a Jesús María e Inquisidor, frente al mar.

Con dos metros de altura, lo muestra en saco y corbata, y en toda su delgadez. La mano izquierda descansa en el brazo derecho, mientras que la diestra se levanta ante su cara para insinuar la presencia de un cigarrillo entre los dedos.

Sus melodías se entrelazan de alguna manera con esa Habana que logró seducir con su música.  En la CMQ, en los Aires Libres del Hotel Saratoga  y en el cabaret Montmartre.

Sus composiciones fueron interpretadas en todos los géneros cubanos por nuestros más populares artistas: Antonio Machín, Barbarito Diez, Abelardo Barroso, René Cabell, Tito Gómez, Olga Chorens, Dámaso Pérez Prado, Benny Moré, Elena Burque y Omara Portuondo.

Sus melodías —insuperables para enamorar— se dejaban escuchar en todas las victrolas de la Isla, que, por cierto,  sólo en La Habana pasaban de 10 mil en el año 1954.       

"Agustín Lara  fue un poeta capaz de desbocadas sucesiones de imágenes que rayan en el delirio, y por qué no, de la franca cursilería, deudor de Nervo y sus íntimos epígonos".  

Así lo dibuja otro poeta, el cubano Sigfredo Ariel, quien contempla a don Agustín en una borrosa fotografía ante una mesa de la Bodeguita del Medio: "A su lado, sonríen dos bellezas criollas de la época. Una trigueña y otra rubia. A unos escasos centímetros, el rostro marcado por una honda cicatriz. Las muchachas parecen ser las personas más satisfechas del planeta, felices por la cercanía del Músico poeta, el más sentimental de los mortales".

Amante a la antigua, romántico incurable, feo entre los feos, el Flaco de Oro está otra vez en la capital cubana. Entre la realidad y la leyenda.

Porque Agustín Lara, el músico mexicano, se fue sin irse y conquistó otra quimera con sus boleros y canciones. Ser un mito de carne y hueso.

"Soy ridículamente cursi, y me encanta serlo.  Porque la mía es una sinceridad que otros rehuyen... ridículamente".
 

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