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Confieso que como hija de mexicano mucho
tiene que ver conmigo todo lo
relacionado con la tierra azteca, y más
si se trata de su música, incluso las
muy machistas rancheras.
Con los boleros y canciones de Agustín
Lara –"Noche de Ronda", "Arráncame la
vida", "Solamente una vez",
"María Bonita", "Mujer",
"Farolito" y otras hasta llegar
a setecientas - me sucede otro tanto, y
eso que no dejo de reconocer que algunas
pueden ser catalogadas de cursis, aunque
en su época, y a pesar de su enorme
popularidad, fueron incontables veces
fustigadas por enaltecer la imagen de
las prostitutas y de las llamadas
mujeres fatales.
A tal extremo llegó la desaprobación de
los pacatos a las canciones del Flaco de
Oro que, según se afirma, el Ministerio
de Educación de México, en la década del
treinta, llegó a prohibirlas en los
textos escolares y en las clases, por
considerarlas impúdicas.
Por supuesto, tales asuntos no hicieron
más que promover su aureola romántica y
bohemia y perpetuarlo como un ídolo en
la imaginería popular.
Hoy día se considera que,
indiscutiblemente, don Agustín supo
utilizar para su provecho sus obsesiones
y angustias, pues, como dijo el autor
mexicano Carlos Monsivais, “fue un
adelantado en la explotación de su
imagen pública”. “Fue un personaje
único, un ser pintoresco, cuya cúspide
adquisitiva se llamó María Félix”.
Él
mismo lo reconoció: "Soy un ingrediente
nacional como el tequila. Pero en
el fondo, soy más Werther que
Dorian Gray".
Reconocido como un mujeriego
impenitente, su imponente fealdad,
protagonista de amores al estilo de la
Bella y la Bestia, lo ayudó a
transformarse en un mito en toda
Hispanoamérica.
La Habana fue su primer destino
artístico fuera de México, y aunque de
ese viaje inicial no guardará en general
un buen recuerdo, volverá a la Isla una
y otra vez, de la que recibirá una
decisiva influencia.
Con razón se acepta que su obra
caracteriza la transición de la danza
mexicana, desarrollada a partir de la
habanera, al bolero de origen cubano.
Amigo de músicos como Sindo Garay —al
que reconoce como su padre musical—,
Ernesto Lecuona, Bola de Nieve y César
Portillo de la Luz, le dedica a Cuba
piezas memorables como "Habana",
"Sueño Guajiro" y "Ojos cubanos".
En la Habana de hoy, una estatua de
bronce, obra del escultor yucateco
Humberto Peraza, evoca su presencia
entre los cubanos, quienes lo
distinguen también como suyo.
Tal cercanía espiritual es recíproca
pues tampoco puede hablarse del
músico-poeta mexicano sin mencionar a la
capital cubana, donde siempre se sintió
como en su casa. De él es esta frase:
"De nuevo en Cubita la bella, dispuesto
a lo que sea".
Pasiones y aventuras marcaron su vida.
Desde muy joven se dedicó a la música.
Cantó y tocó el piano en cafés,
cantinas, burdeles y centros nocturnos.
Su Hora Intima, en la emisora XEW, le
permitirá a sus composiciones pasar de
boca en boca entre cantantes y público
de Latinoamérica.
En las ya amarillentas imágenes de sus
días cubanos se le ve flaco, desgarbado,
con una profunda cicatriz en la mejilla,
dejada en un arrebato de celos por el
navajazo de una mujer.
Don Agustín, al decir del escritor Juan
José Arreola- "Fue un castigador y un
castigado".
Su escultura se levanta en el entorno
de la Alameda de Paula, en la esquina a
Jesús María e Inquisidor, frente al mar.
Con dos metros de altura, lo muestra en
saco y corbata, y en toda su delgadez.
La mano izquierda descansa en el brazo
derecho, mientras que la diestra se
levanta ante su cara para insinuar la
presencia de un cigarrillo entre los
dedos.
Sus melodías se entrelazan de alguna
manera con esa Habana que logró seducir
con su música. En la CMQ, en los Aires
Libres del Hotel Saratoga y en el
cabaret Montmartre.
Sus composiciones fueron interpretadas
en todos los géneros cubanos por
nuestros más populares artistas: Antonio
Machín, Barbarito Diez, Abelardo
Barroso, René Cabell, Tito Gómez, Olga
Chorens, Dámaso Pérez Prado, Benny Moré,
Elena Burque y Omara Portuondo.
Sus melodías —insuperables para
enamorar— se dejaban escuchar en todas
las victrolas de la Isla, que, por
cierto, sólo en La Habana pasaban de 10
mil en el año 1954.
"Agustín Lara fue un poeta capaz de
desbocadas sucesiones de imágenes que
rayan en el delirio, y por qué no, de la
franca cursilería, deudor de Nervo y sus
íntimos epígonos".
Así lo dibuja otro poeta, el cubano
Sigfredo Ariel, quien contempla a don
Agustín en una borrosa fotografía ante
una mesa de la Bodeguita del Medio: "A
su lado, sonríen dos bellezas criollas
de la época. Una trigueña y otra rubia.
A unos escasos centímetros, el rostro
marcado por una honda cicatriz. Las
muchachas parecen ser las personas más
satisfechas del planeta, felices por la
cercanía del Músico poeta, el más
sentimental de los mortales".
Amante a la antigua, romántico
incurable, feo entre los feos, el Flaco
de Oro está otra vez en la capital
cubana. Entre la realidad y la leyenda.
Porque Agustín Lara, el músico mexicano,
se fue sin irse y conquistó otra quimera
con sus boleros y canciones. Ser un mito
de carne y hueso.
"Soy ridículamente cursi, y me encanta
serlo. Porque la mía es una sinceridad
que otros rehuyen... ridículamente". |