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Fango, mezcla de agua y tierra,
elementos primordiales para la vida, es,
en la pieza de María Irene Fornés (La
Habana, 1930) y en la versión de Argos
Teatro, sustancia primera de muerte y
desolación. Suciedad y precariedad.
Dinámica de vida y muerte, estrategias
para sobrevivir.
La obra de María Irene, quien se ha
formado y ha legitimado su teatro en los
Estados Unidos, ha encontrado en Argos
Teatro un excelente receptor. Es uno de
los grupos cubanos, con Carlos Celdrán
al frente, que más acertadamente nos
está hablando del aquí y el ahora de la
sociedad cubana. Si en fechas más
lejanas lo hacía desde la revisitación
de textos ya reconocidos universalmente
– Roberto Zucco, La vida es
sueño, Baal, El alma buena
de Se-chuán, Pasolini,
Stockman –, desde época reciente ha
tomado como punto de partida la
dramaturgia cubana actual y actuante –
Abel González Melo (La Habana, 1980)
con Chamaco, por ejemplo.
Escrita hace veinticinco años, con
Fango asistimos a la eclosión de la
incomunicación, la sordidez y la apatía,
a la revelación de otros mecanismos de
convivencia ante la imposibilidad del
mejoramiento humano, ante un círculo
cerrado sin hendijas posibles.
En el montaje de Argos, nos recibe una
habitación que semeja una casa rural o
una “llega y pon” en una cuartería. Las
referencias al puerco en el patio
podrían sugerir ese espacio rural; sin
embargo, la larga plancha de metal con
el agujero, especie de desagüe o de
ventilación en desuso, ojo de cerradura
para husmear lo que hay detrás de una
línea que no cruzamos, nos remite a un
contexto urbano más inmediato. Aquí, las
transparencias, parte del eficaz diseño
escénico de Ana Acosta y Humberto
Rosales, los contrapuntos de luz de la
mano de Manolo Garriga y la música
original de Roberto Carcassés, nos
obligan a asomarnos, a mirar más allá de
nuestra propia circunstancia.
Bien podríamos salir de la sede del
grupo, y, sin caminar más de cinco
cuadras, cruzar esa desdibujada frontera
entre lo visible e invisible que raja en
múltiples sentidos y formas a una
ciudad. En San Martín o El Plátano –
barrios aledaños a esa zona – podría
estar la casucha habitada por Mae, Lloyd
y Henry. Espacios “no convencionales”
que pueblan y conforman otro rostro de
la urbanidad cultural, condensación o
summa de un fango que se va anegando
día a día y que se convierte en materia
prima de la construcción del entorno
citadino.
El ritornello a la familia llega
esta vez con otros sentidos. Un extraño
núcleo filial hecho de miembros que no
lo son realmente, una “familia”
consensuada y negociada, pero también
azarosa, que nos remite a un descalabro
moral y a otro tipo de “ciudadanía”
familiar y comunitaria. Como mismo
refiere Mae en relación a Lloyd, una
especie de “apareamiento” sin argumento
ni sentido. Un mundo frío, sórdido,
crudo, rodeado de aserrín – despojos,
restos, materia desechable o reciclable
– donde los sentimientos se desgastan
rápidamente y donde lo trágico se
naturaliza. Un círculo que se recompone
gracias a la autodestrucción en una
evolución fatídica, esencia misma de
enfermedad y muerte, vulnerabilidad y
caos.
En María Irene se entretejen, de manera
orgánica, esos cruces fecundos del
teatro psicológico, realista
norteamericano y su vínculo con la
escritura dramática nacional. Ha sido
ella una de las que ha formado a
generaciones de escritores
cubanoamericanos en los Estados Unidos y
su obra la ha legitimado dentro del
vasto panorama teatral de ese país,
señalando siempre su procedencia y
asumiéndola como una artista bicultural.
Fango se incluye por derecho
propio en el repertorio cubano todo –
una discusión superada de lo de adentro
y lo de afuera* - y dialoga con la
tradición del absurdo y el recurrente
tema de la familia en nuestra
dramaturgia. Notamos particulares nexos
de esa tríada con la obra de Piñera o
con La noche de los asesinos, de
José Triana, o Manteca, de
Alberto Pedro, o con la versión de Julio
César Ramírez a La casa vieja de
Abelardo Estorino. Sólo que aquí el
sacrificio se consuma y la sangre corre,
aunque la presa sacrificada no
restablece el orden.
Argos Teatro nos habla siempre de Cuba.
Hay un núcleo ideológico en el trabajo
del equipo que va conduciéndonos por un
discurso montado con ese sentido
explícito. Una suerte de ensayo en
acción que escudriña, sondea la realidad
y sus derivaciones. Carlos Celdrán y su
excelente equipo nos hablan, nos llaman
la atención a través de una cuidadosa
selección de las piezas. Si revisamos –
arriba hay un botón de muestra que nos
lo anuncia – el repertorio del grupo
desde su fundación, podemos vislumbrar
un eje duro, una columna vertebral que
va conformando un cuerpo de pensamiento,
de ideas que reflexionan sobre la
actualidad cubana y el ser social ante
la continua reestructuración que ha
sufrido la nación desde hace más de una
década. Para lograrlo Celdrán ha
apostado por dos centros, nudos
principales, diría yo: el trabajo del
actor y la resemantización y
resignificación de la historia. Son
estos y la calidad de los espectáculos
en su conjunto, lo que ha hecho de Argos
Teatro una referencia obligada y
constante en el horizonte escénico rsx
del país. Reconocernos en una biografía
colectiva, revisarla y analizarla, ha
sido uno de sus mayores aciertos.
Por otro lado, las interpretaciones de
Yailín Coppola (Mae), Andy Barbosa
(Lloyd) y Pancho García (Henry) nos van
arrastrando hacia un mundo ríspido y
extraño. Un mundo que llegamos a
rechazar y aun en nuestra condición de
espectador, volteamos el rostro para no
ver. Coppola nos convence en un
personaje que oscila entre la dureza y
la vacilación, la afirmación y el
desespero, el más vulnerable de todos,
que lleva las riendas de la casa y quien
a veces se muestra tierna, maternal y
otras imperativa y ajena. Barbosa
encarna a un Lloyd en ocasiones
desafiante y en otras, imagen misma de
desamparo, como se explica en la obra,
por momentos bondadoso y en otros,
mezquino. Y Pancho, en una primera parte
memorable, contenido y de ausente
mirada, dejándose llevar por la “pasión”
inexplicable de Mae por Henry, se vuelve
rudo y tiránico, en una simulación que
le permite seguir sobreviviendo y
reacomodarse ante su nueva
circunstancia. Sin embargo, no hay
salida. Cuando esta se produce, se
resuelve trágicamente en una caza en la
cual la presa no puede resistirse.
No existe en los diálogos una palabra de
más. La austeridad del lenguaje y la
brevedad de las escenas facilitan la
tensión y la aceleración de los
acontecimientos. La música de Carcassés
va a imponer, por otro lado, una pauta
de gran dramatismo y efectividad entre
el público y el espectáculo.
Fango
no complace, no quiere hacerlo. Salimos
de él perplejos y estremecidos. Nos ha
quedado en la pupila un “paisaje después
de la batalla”, una suerte de vacío ante
lo inevitable de ser también testigo y
parte del fango.
*De María Irene Fornés la Casa editorial
Tablas-Alarcos y su colección Aire Frío
incluyó “La conducta de la vida” en la
antología Teatro cubano actual,
dramaturgia escrita en Estados Unidos,
selección de Lilian Manzor y Alberto
Sarraín. |