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En una liga europea de fútbol (UEFA) el
humilde equipo de Getafe acaba de
empatar con el poderoso Bayern de
Münich, representante de la ciudad
alemana. Hasta no hace mucho ignoraba
que Getafe es un pueblote cercano a
Madrid, que fue noticia el año pasado
porque ahí se construyó buena parte de
un avión gigantesco. Ahora los infinitos
viajes del balón lo ponen de moda y los
comentaristas no se cansan de comparar
el manojo de miles de habitantes a los
que representan los españoles y los
millones que se enorgullecen del
estandarte alemán. La televisión pone
imágenes del supermoderno y gigantesco
estadio de los ricos y del casi
municipal de los pobres.
Industriales se ha quedado fuera en la
discusión del título del campeonato
cubano de béisbol, que por estos días
repleta de entusiasmo y pasiones todo
nuestro archipiélago. El conjunto
representado por el color azul es el de
la capital cubana, que triplica en
población a cualquiera de las demás
capitales provinciales. Por lo demás ―y
este tema me llevaría a otro debate
interminable con mi linda cuñi Tamara―
Industriales se gasta todo un
equipo-escuela en el mismo nivel en el
que compite.
Lo más emocionante del deporte es que la
maestría súbita o el esfuerzo adicional
pueden emparejar lo que la lógica o los
pronósticos dan por desproporcionado.
Ese tipo de sorpresas se dan también en
otras esferas de la vida. En los
festivales de teatro puede ocurrir que
una puesta en escena crece en la función
de la competencia y deja fuera a los
espectáculos favoritos. Los escritores
estamos más tranquilos cuando mandamos a
un concurso en el que nuestras
posibilidades son remotas que cuando nos
suponemos entre los posibles finalistas.
Ser finalista es precipitarse en el
abismo del desconsuelo. Sabes que puedes
quedar a un voto, a una opinión, a un
soplo del necesario dinero y la fugaz
gloria del galardón.
En las fiestas de la juventud no siempre
la muchacha más hermosa era la primera
en encontrar novio. La “bonitilla”
oficial, la buena hembra catalogada,
suele imponer demasiado. Uno va al baño,
se mira en el espejo, se toca el trémulo
bolsillo y se dice: "¡Qué va! ¡Yo no
puedo aspirar a tanto!”.
También sucede que los pequeños crecen o
maduran y las cosas cambian. Mi equipo
de pelota fue alguna vez muy tierno y le
llamaban “la joven tropa avileña”. Han
pasado los años y muchos de esos
jugadores maduraron, otros hasta ya
dicen adiós al deporte. Ahora se le pide
no solo que avance en la competencia
sino que alguna vez termine por ganar el
campeonato. Algo similar ocurre cuando
el escritor gana en nombre, canas y
relaciones. Entonces puede caer en el
espejismo de pensar que los galardones
le tocan por su trayectoria y olvidar
que los jurados están en la obligación
de atender y deslumbrarse con el texto
de ese veinteañero de pelo intacto y
nombre perfectamente desconocido. |