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Durante los cinco años precedentes, el
Festival Internacional del Cine Pobre se
ha consolidado como una tribuna cultural
autónoma y comunitaria, en desafío al
empresariado industrial o subindustrial
cinematográfico globalizador. Es así que
ha desarrollado un espacio de encuentro,
de reflexión y, sobre todo, de creación
de una red tanto de cineastas, como de
pequeños eventos independientes, a
propósito de colegiar intereses y
proyectos comunes dentro del ámbito
alternativo, ajeno a las culturas
artísticas institucionalizadas,
centralizadoras, oficialistas o
meramente mercantiles. A ello se une un
espíritu de abanico cultural, al
integrarse al evento manifestaciones
teatrales, danzarias, pictóricas y
literarias dentro de una concepción
global del cine como arte depositario o
suma de las experiencias de las demás
artes.
Pero todo esto sería imposible si el
evento no contara con el apoyo y el
entusiasmo de una comunidad y sus
autoridades, en este caso Gibara, que se
irradia y proyecta sobre el evento dado
que este representa para ellos la
reivindicación de un espíritu renovado
de tradiciones de identidad cultural
regionales, reforzando con eso un ya
acendrado carácter de pertenencia, que
esta cita reinventa al acuñar a la
ciudad una nueva tradición de amplia
cosmogonía cultural.
Eso ha plasmado una dinámica actividad
colectiva al aunarse diversos esfuerzos,
la mayoría espontáneos, en función de la
prosperidad y consolidación del proyecto
cultural que enarbola el certamen. Esto
ocurre en un ámbito entre Festival y
Comunidad donde una mutua y positiva
apropiación escapa a toda previsión de
un paternalista enfoque de cultura
dirigida, y ha dado como resultado un
diseño de novedosas actividades que
surgen y enriquecen anualmente la
muestra, y han contribuido al
reconocimiento de los valores
patrimoniales y las potencialidades
culturales de la región por parte del
resto del país, ejemplificadas en varios
acontecimientos posteriores al
surgimiento del Festival, que Gibara
fuera declarada Villa Monumento Nacional
y también sede oficial de la anual Feria
del Libro. A ello se une la reciente
inauguración de la televisión municipal
que, a mi juicio, se convertirá en
paradigma de esta experiencia de
desalienación cultural que suponen las
televisoras comunitarias y que, en el
caso de Gibara, podría especializarse en
ayudar a consolidar la cultura
cinematográfica y artística de la
ciudad.
Durante la pasada edición se incorporó
un grupo de excelentes pintores que
hicieron numerosas “intervenciones”
plásticas y engrosaron el patrimonio del
Museo Municipal con obras artísticas de
excepcional belleza, las cuales fueron
creadas durante los días del pasado
encuentro.
Hacemos votos para que en el marco de la
presente edición se renueven y
multipliquen la inventiva y los logros
que perfilan la voluntad libertaria y de
profunda devoción cultural de nuestro
evento.
¡Bienvenidos! |