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La realidad del audiovisual y el cine de
nuestros días ofrece un panorama más
rico y heterogéneo que la trillada y
simplona división en dos bandos
opuestos: la existencia de un cine
oficialista o cine de los monopolios
—sea privado o estatal—, y la del
llamado cine independiente, alternativo
o Cine Pobre.
La estrecha frontera entre el cine
independiente y el cine apoyado por las
instituciones oficiales es a menudo
difusa e imperceptible, una frágil
demarcación, porque es el evidente
resultado de una gran negociación o
pacto subliminal entre los poderosos y
los cineastas, entre los productores y
el conjunto de profesionales que han
incursionado en el campo de la
producción independiente.
En el presente estamos ante un cambio en
las relaciones de estos dos grupos y es
notoria una fusión, ya sea por
eventuales concesiones tácticas de los
dueños de la producción y el mercado, o
por el desgaste continuado protagonizado
por muchos cineastas durante el largo
proceso producción-exhibición. Ello
también es fruto de una creciente
demanda en sectores del público
cinematográfico por un nuevo audiovisual
alternativo.
No sería adecuado plantear que esta
nueva realidad ha sido la consecuencia
de un proyecto premeditado y prediseñado
por los cineastas y productores
independientes en los inicios de este
movimiento, hace más de una década y
media. Lo percibo, sobre todo, como una
mutación que viene acompañada de pocos
pros y muchos contras. Y, sin embargo,
durante este largo proceso, realizadores
consagrados junto con numerosos
debutantes y productores del cine
independientes han podido y han sabido
influir, directa e indirectamente, en el
surgimiento de espacios de exhibición
paralelos a los circuitos oficiales.
Cada vez con mayor frecuencia, filmes
con producción tanto oficial, como
alternativa hallan fórmulas para la
difusión que, en lugar de acontecer en
los circuitos tradicionales, tiene lugar
oficialmente en festivales alternativos,
en casas clandestinas —que no tributan
ni a los estados ni a los autores, con
la consiguiente injusta no remuneración
de ambos— o en el mano a mano de las
infinitas cadenas de amigos. No perdamos
de vista los innumerables caminos
recorridos hacia la legalidad y en pos
de la merecida retribución al autor, que
prosiguieron a una anterior y extenuante
lucha de sus actores por abandonar la
marginalidad cultural.
Lo cierto es que hoy —salvo en numerosos
espacios que ofrecen festivales y
muestras periféricas en unos pocos
países—, no se ha logrado
definitivamente una verdadera ventana
para la distribución independiente. La
mayoría de las incipientes salas
digitales ya surgen controladas por los
distribuidores tradicionales, haciendo
desaparecer a los pequeños exhibidores,
mientras que cada día se desperdician
los diferentes sitios en Internet, a
pesar de lo mucho que se predica en los
Foros internacionales sobre sus
utilidades y potencialidades. Y, no
obstante, Internet sigue siendo un
camino cierto, pero solo si en el futuro
inminente se aprovecha con velocidad
esta herramienta de difusión, aunque
todavía de escasa accesibilidad en el
presente.
Por otro lado, y no sin razones, la gran
mayoría de los cineastas no está
dispuesta a perder su autonomía
artística y, por ende, no dejará de
ejercer sus legítimos derechos dentro de
los espacios estándares, lo cual es
comprensible y válido también. Por ello
es estratégico ganar la mayor cantidad
de espacios en la televisión, único
medio de alcance verdaderamente masivo.
El Festival de Gibara, su modesta
plataforma, ha sido y seguirá siendo
accesible a aquellos autores y gestores
cinematográficos que no se han
conformado con aceptar barreras
institucionales, limitaciones
financieras y burocráticas, que a menudo
estimulan la creciente producción de un
cine anodino, cuya inocuidad contextual,
vacío espiritual y pérdida de frescura,
barnizada de trucos de factura, se
propaga por todo el planeta con
planificada y perversa intencionalidad
inmovilizadora.
Hoy existe un Cine Pobre alternativo e
independiente, pero también culto y
sofisticado, que es vanguardista y se
contrapone a esas estructuras que
promulgan obras condicionadas en
nuestros países, ya sea temática o
comercialmente. Las burocracias
conservadoras pierden terreno ante el
resurgir del interés por el audiovisual
autónomo en cada nuevo y pequeño espacio
cultural. Debemos centrar los esfuerzos
en transgredir el principal obstáculo:
consolidar la distribución
independiente, que un día tendrá que ser
generalizada desde el ordenador personal
de un artista. Mientras tanto, debemos
estar preparados para seguir siendo “no
prioritarios” y para asumir fórmulas de
subsistencia que nos permitan defender
un cine artístico e independiente, que
ineludiblemente hallará nuevos senderos,
y donde encontrarán refugio las minorías
que retratan y cambian la vida de sus
entornos sociales en contra del dictado
inculto, nada revolucionario e
insensible a la cultura que los
“poderosos” intentan imponer a las
pequeñas comunidades.
Inauguraremos el 6to. Festival con el
largometraje Personal Belongings,
sincero y hermoso filme cubano realizado
íntegramente de manera independiente.
Con esta película modesta, culminada ya
plenamente, nos sentimos involucrados,
pues recibió, en la pasada cita de
Gibara, la necesaria financiación a
través del Gran Premio Swiss Effects, lo
cual facilitó su ampliado a 35 mm.
Personal Belongings es una obra que
nos enorgullece, porque sus autores
transgredieron grandes barreras
burocráticas para lograr sus propósitos.
Una vez más Gibara exhorta, en esta
sexta edición, a los cineastas de todo
el mundo a buscar la autonomía máxima, a
barrer con fríos e incultos Mesías de la
banalidad y del oportunismo, burócratas
de academia que pululan sin ningún apego
por el arte cinematográfico, a cambio de
prebendas o palmadillas aprobatorias.
Los obstáculos solo crean nuevas
escenas, nuevos conflictos y nuevas
ideas revolucionarias. Las cámaras están
al alcance por todas partes, en los
campos y en las ciudades, y hoy se
filman películas cuyos marcos de
libertad y no oficialidad conceptual se
sintetizan, pues no son pocos los
realizadores, actores y técnicos que,
conscientes de su minúscula existencia
terrenal como artistas, han sabido
sacrificarse y salir a grabar de manera
independiente.
Los autores del Cine Pobre, de ficción y
documental, no van a adherirse al
status quo del audiovisual
conservador, ante la oferta siempre
disponible para comprar a los “débiles”.
Nuestro espacio —el de Gibara— seguirá
siendo el destino de los perseverantes;
licencia deliciosa que se toma
anualmente un grupo de cineastas,
organizadores, amigos, músicos de
vanguardia, plásticos, bailarines y
teatristas.
Nos corresponde hacer valer el respeto a
la intelectualidad, al libre
pensamiento, a la sutileza constructiva
y a la individualidad de perspectivas en
este nuevo contexto que, sin duda, está
renovando al cine.
¡Enhorabuena a estas formidables
herramientas de colaboración y eticidad! |