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Como una piedra de rayo, una y otra vez,
aparece la figura de Walterio Carbonell
(Jiguaní, 1920 –La Habana, 2008) en las
lides políticas e intelectuales cubanas
del pasado siglo. El anecdotario es
abundante, grávido de matices. De
naturaleza levantisca y condición
cimarrona, no podía esperarse de él una
existencia de curso apacible ni una
disciplina académica. Más que escribir,
vivió, comprometido con las ideas que
defendió, con sus luces y sus sombras,
con sus yerros y aciertos.
Ello fue resaltado por el sociólogo
Esteban Morales, al pronunciar en la
habanera Necrópolis de Colón la oración
fúnebre en el sepelio, este abril, de
tan destacada personalidad de la cultura
cubana. “Aquí lo despedimos con todos
los honores que merece. Los científicos
sociales cubanos tenemos en la obra de
Walterio una pauta para reflexionar y
polemizar en el futuro”, expresó delante
de sus familiares y amigos
intelectuales, entre los que se hallaba
el historiador Eliades Acosta, jefe del
Departamento de Cultura del Comité
Central del Partido, quien cuando tuvo a
su cargo la dirección de la Biblioteca
Nacional José Martí, propició la
reedición del imprescindible ensayo de
Carbonell, "Cómo surgió la cultura
nacional".
Por su origen de clase y ser negro,
Walterio supo orientarse tempranamente
en la vida por la rebeldía y el ansia de
justicia social. En la década de los 40
del siglo pasado participó en las luchas
estudiantiles a su paso por la
Universidad de La Habana, donde conoció
y trabó estrecha amistad al también
joven Fidel Castro. “Desde entonces me
hice fidelista y nunca dejaré de serlo”,
afirmó más de una vez, convencido de la
altura del liderazgo del amigo, llamado
a encabezar años después la
transformación revolucionaria de la
realidad cubana.
Walterio viajó a París en los 50. A su
militancia cubana sumó entonces la del
Partido Comunista Francés. Allí se
relacionó con intelectuales y
estudiantes de los países africanos que
se hallaban inmersos en las luchas por
la descolonización.
En 1956 participó en el Primer Congreso
de Escritores en París, junto al
senegalés Leopold Sedar Senghor y el
martiniqueño Aimé Cesaire, experiencia
que lo marcaría intelectualmente.
De su carácter explosivo, una anécdota
parisina lo retrata: a punto de que
triunfara la insurrección popular
liderada por Fidel Castro, Walterio tomó
en sus manos una bandera rojinegra del
Movimiento 26 de Julio y la fijó en lo
alto de la Torre Eiffel.
Regresó a Cuba tras la victoria
revolucionaria y participó de lleno en
el turbión de aquellos años. Fue
periodista del diario Revolución,
ejerció la docencia en la antigua
Escuela de Periodismo, colaboró con las
transformaciones del añejo Ministerio de
Estado en el renovado Ministerio de
Relaciones Exteriores, asistió como
corresponsal de guerra a los combates de
Playa Girón y tuvo una efímera
experiencia como embajador en Túnez,
frustrada por una indisciplina personal.
En La Habana de los 60 era todo un
personaje. Relacionado sentimentalmente
con la pintora Clara Morera, la casa de
ambos acogió con frecuencias animadas
tertulias, a las que asistieron, entre
otros, el dramaturgo Abraham Rodríguez,
los escritores Tato Quiñones y Reynaldo
Arenas, los poetas Pablo Armando
Fernández y Delfín Prats y los etnólogos
Alberto Pedro y Tomás Fernández Robaina.
Durante las dos últimas décadas,
Walterio trabajó en la Biblioteca
Nacional. Acumuló cientos de fichas para
una historia de la racialidad en Cuba
que nunca terminó, primero por tratarse
de una investigación que por su propio
diseño resultó excesiva, y luego, a
medida que pasaba el tiempo, por la
merma de facultades del intelectual.
Sin embargo, una sola obra bastó para
situar a Walterio en un lugar prominente
en la historia del pensamiento cubano,
la ya mencionada "Cómo surgió la cultura
nacional" (1960). Fue escrita al calor
de las batallas ideológicas de la época
y de los choques por la hegemonía
cultural propios de una revolución
recién triunfante.
Sobre ese ensayo, el destacado
historiador Jorge Ibarra ha dicho: “El
mérito historiográfico principal de
Walterio Carbonell radica en haber
valorado el aporte del negro a la
cultura y a la sociedad cubanas como un
fenómeno social total, de acuerdo con la
perspectiva de Georges Gurvitch acerca
de este tipo de procesos. Hasta entonces
la historiografía burguesa había obviado
o subvalorado la participación del negro
en el quehacer historiográfico nacional.
Solo Fernando Ortoz y Elías Entralgo,
entre los estudiosos de primera línea,
habían hecho justicia a los grupos
étnicos preteridos”.
Muchas y entrañables huellas dejó
Walterio entre colegas. Pero si hay un
juicio que sintetiza su sentido de la
lealtad a los principios y de
responsabilidad ante el momento
histórico que le tocó vivir, es el de
Tomás Fernández Ronaina, con quien
compartió, además, largos años de
trabajo en la Biblioteca: “Yo
agradezco a Walterio el haberme hecho
comprender más profundamente, con toda
su complejidad, nuestro proceso
revolucionario; me transmitió de manera
sencilla desde nuestros primeros
diálogos, el convencimiento de que la
solución a las problemáticas de la
desigualdad social, económica y racial
imperante en el mundo es la vía del
socialismo, pero de un socialismo real,
democrático, participativo, alejado de
todo dogmatismo e intolerancia”. |