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Compañero Comandante de la Revolución
Juan Almeida Bosque, compañeras y
compañeros:
Hace casi 40 años, en uno de los cuentos
de mi libro más querido, escribí:
“porque los sueños se construyen con
símbolos, con voces que nos hablen, con
manos lejanas que nos ordenan, con
recuerdos tal vez”, y pocas veces como
hoy, he tenido mayor conciencia de la
certidumbre de esas palabras: recibimos
un símbolo sagrado que a lo largo de los
años, desde su humilde grandeza, nos
ayudó a construir el sueño de los padres
fundadores; ese símbolo, durante las
heroicas batallas del siglo XIX, fue
empuñado por unas manos lejanas que hoy,
desde el claustro de mármol de su
monumento, sigue ordenándonos a nosotros
y a las generaciones que nos sucederán,
el único camino posible para
salvaguardar el sueño de una Patria
mejor: el camino del deber.
Pero hoy es 16 de abril, y para los que
hace 47 años nos preparábamos para
partir hacia la experiencia inigualable
del combate, para los que con febril
ansiedad poníamos en orden nuestros
fusiles, cañones o morteros y nos
disponíamos a enfrentar la muerte y
conseguir la victoria, como le habíamos
jurado a Fidel unas horas antes, las
voces, los recuerdos, se confunden con
la terca nostalgia de aquellos días:
¿quién que los vivió no los guarda para
siempre en la memoria? Aquel discurso
estremecedor en que se anunciaba al
mundo lo que ya todos sabíamos: que
éramos una revolución socialista del
pueblo, por el pueblo y para el pueblo;
los abrazos profundos y solidarios con
que nos fundimos los milicianos que
esperábamos impacientes la orden de
combate; los himnos que entonamos, y
¿por qué no?, las lágrimas que nublaron
nuestros ojos confundidas con una
atmósfera de patriotismo que colmaba
nuestros corazones. Esos momentos son
también voces que nos hablan; esos
recuerdos son también manos lejanas que
nos ordenan, días imperecederos que hoy
evocamos con alegría, e inagotable
gratitud.
Y luego fueron aquellas jornadas de
sangre, decisión y victoria. Aquellos
combates en los que quizá por primera
vez vimos materializada en cuerpo y en
espíritu, la verdadera solidaridad entre
los hombres: todos combatimos al mismo
enemigo, todos fuimos hermanos
alimentados por la fuerza del ejemplo y
las ideas de quien nos condujo a la
conmovedora, histórica, victoria del
pueblo. Permítanme decirles que una sola
imagen de aquel hombre, lanzándose desde
un tanque en el fragor del combate, que
estaba junto a nosotros, enfrentando los
mismos riesgos, los mismos peligros, esa
imagen mítica que todos de alguna forma
recordamos y recordaremos siempre, es
Playa Girón, es también el símbolo de
estos casi 50 años de heroica
resistencia.
¿Qué más decir de un día como hoy? ¿Un
día en que la Patria premia nuestros
modestos esfuerzos, nuestra modesta obra
que se suma a la obra verdaderamente
importante de conducir a un pueblo a la
consecución del sueño de un mundo mejor?
El Girón de hace 47 años se ha
convertido en el Girón de todos los
días, en el Girón cotidiano, complejo y
difícil que necesitamos enfrentar con el
espíritu renovado que exige el mundo del
presente y los nuevos desafíos que la
Revolución está obligada a superar.
Recibimos este machete en su doble
condición: como símbolo y legado de uno
de los forjadores de nuestra nación;
pero a la vez, como algo muy útil que
guardaremos en un lugar cercano a
nosotros: los escritores y artistas, tan
acostumbrados a ejercer las armas de la
crítica, también sabemos, llegada la
ocasión, ejercer contra el enemigo la
crítica de las armas. Y en tal momento,
el machete de Máximo Gómez tendrá
siempre un valor inestimable.
No quiero terminar dando vivas, solo
decir: A Fidel, a Raúl, a los héroes de
Girón, a todos los milicianos de la
Patria, los abrazamos junto a nuestro
corazón
agradecido.
Palabras de Eduardo
Heras León durante el recibimiento de la
Réplica del Machete de Máximo Gómez el
16 de abril de 2008. |