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Los propietarios de una buena parte de
la producción del campo argentino
protagonizaron durante varios días una
protesta que la prensa siguió a modo de
serial. Llama a algunos la atención que,
contrario a cómo ha ocurrido a lo largo
de la historia, estas marchas solían
estar a cargo de trabajadores a los que
urgía mejorar sus salarios así como sus
lamentables condiciones de vida. Las
protestas de estos productores reclaman,
en sí, que la trilogía sagrada de la
liberalización (inversión, flujo
financiero y constante movimiento de
bienes y servicios) continúe su curso;
que los productos que bajo su inversión
se cosechan no pierdan el ventajoso
lugar alcanzado en el tenaz proceso
neoliberal de la muy sometida economía
argentina. Empresarios de altos
beneficios financian la protesta en pos
de conseguir que las retenciones
establecidas por la nueva ley del
gobierno, que recientemente cumplía cien
días de mandato, vuelvan a dejarlos
intactos. La presidenta, Cristina
Fernández cargó por su parte la
acusación de resistencia más en antiguos
vínculos dictatoriales de los
manifestantes que en la muestra del
fantasma del desabastecimiento que se
hizo a los sectores urbanos y que se
proyecta como mecanismo de fuerza. Se
trata, como lo calificara Guillermo
Almeyra, de “un conflicto
intercapitalista”[1],
de una asonada por el ejercicio del
poder económico. Estos sobrios
propietarios se cuidarían, no obstante,
de hacerse acompañar por provocadores
verbales que consiguieran al menos la
agresión de un ciudadano, para
contribuir al resorte violento que este
tipo de noticia reclama.
Antes, hemos visto marchas de derecha en
Caracas, y otros estados venezolanos,
con la correspondiente avalancha
mediática y los inevitables errores
colaterales de precisión informativa. La
decisión, legítima y legal del gobierno
venezolano, de no conceder la licencia
para continuar utilizando de manera
privada el espacio radioeléctrico a la
televisora RCTV, la cual continuó sus
transmisiones por cable, hizo que
algunos oligarcas promovieran
manifestaciones y mantuvieran por un
tiempo las calles en tensión. Y
alrededor de diciembre 2 de 2007, fecha
del referéndum convocado por el
presidente que terminaría con el cerrado
triunfo del NO, se sucedieron las
manifestaciones, las llamadas guarimbas,
incluso algunas que se disponían a
enfrentarse al triunfo del SÍ luego de
haber ganado el NO, acaso porque en el
entretenido tránsito de la barra al
urinario se habían perdido la exactitud
de la noticia.
Y así también en Bolivia, no solo en
Santa Cruz, sino en Sucre, con el
objetivo de maniatar la Constituyente y
evitar, a fin de cuentas, que las
medidas populares de búsqueda de una
mejor distribución de los recursos,
empleos y alimentos, se hagan efectivas
y causen una inoportuna buena impresión
entre las masas. Voz popular eran las
tarifas que los manifestantes recibían
de acuerdo con su participación y
permanencia, las cuales superaban la
media salarial que en otras
circunstancias laborales (como, por
ejemplo, al ser empleados por los
propios consorcios que lideraban las
protestas) hubiesen obtenido. Se
combinaba así a la perfección la
apariencia de lucha obrera con el empleo
a destajo, sin regulaciones sindicales
ni peligro de protesta por despido. El
propietario compra, como fuerza de
trabajo, el empuje movilizativo y la
capacidad de arrojo de un proletariado
que, a fuerza de fracasos, no ve en la
ideología más que un instrumento
desechable, de muy efímero consumo.
Vencido el trance, se abre el camino
para que cuatro Departamentos bolivianos
de alto índice de recursos,
comprometidos con la empresa privada al
punto que solo 34 familias acaparan dos
millones 800 000 hectáreas de tierra,
planteen un separatismo que mal se
disfraza de reclamo autonómico. Y ello
también a partir de movilizaciones,
empleando, sin más, la fuerza de trabajo
de profesionales junto a otros sectores
de clases más bajas e incluso sometiendo
al espejismo de sus predicciones de
bonanza los imperativos que los
desclasados debían demandar.
Y además en Colombia, en pos de
contrarrestar exigencias que surgían
como disyuntiva ante la férrea postura
guerrerista del gobierno para negociar
con las FARC, las damas bien y los
señores de rango acudieron a
manifestarse junto a personas de muy
diferente extracción social. El 4 de
febrero de 2008, bajo el expreso deseo
de marchar solo contra este grupo
guerrillero y los secuestros, y no
contra todas las prácticas violentas que
se sistematizan por más de medio siglo
en la nación, numerosas personas
respondieron al llamado que a través de
Facebook se proyectó. La violencia
sufrida por el país durante largo tiempo
y en diversos órdenes de fondo,
simplificaba su simbolización en los
secuestros de las FARC. Con facilidad y
eficiencia, la oligarquía utilizaba los
métodos de lucha de la expresión popular
y se las arreglaba para minimizar a
quienes pretendían siquiera llamar la
atención acerca de la necesidad de
buscar soluciones raigales contra la
violencia y el paramilitarismo
colombianos.
En EE.UU. se han publicitado otros
conflictos intercapitalistas, como la ya
olvidada huelga de las Grandes Ligas de
Béisbol o la más reciente de guionistas
de cine.
Son noticias trabajadas a corte de
serial, martilladas por elementos que se
focalizan sobre suposiciones que, en el
propio acto de presentación, se
convierten en hechos que justifican el
activo de resortes sociales. Y es obvio
que los viejos métodos de la clase
obrera pueden conseguir sus puntos
efectivos, sobre todo si se les acompaña
con los mecanismos globales de la
información que hoy día dominan el
contexto. La lucha por la geografía
mediática ha sido ganada a fuerza de
especulación financiera, a golpe de
negociación empresarial y de entrega al
interés privado. Ese cuarto poder aún es
tal, y responde, bien que sí y antes que
a cualquier otro interés, al estado de
las finanzas de sus accionistas. Estos
seriales de foco noticioso van
desapareciendo, como fiambre mosqueado,
una vez que la agenda de fondo se
concluye. A la demanda popular no solo
se responde amañando la convergencia de
opiniones, sino además, y con éxito,
usurpando sus métodos históricos.
Esto, que parece un ejercicio resultante
de los actos globales de tensión,
responde a una lógica ideologizada en
profundidad: en tanto lo eficiente es
encargar a empresas especializadas
cualquier gestión que necesitaríamos, la
gestión de las demandas del proletariado
debe, también, tramitarse en este tipo
de encargo.
Por una parte, en cuanto se ha visto que
algunos gobiernos continúan dispuestos a
enfrentarse al proceso desmedido de
privatizaciones, a la distribución
neoliberal y al secuestro de las
facultades del estado por parte de la
lógica mercantil devastadora, las
personas que juegan en escalas menores
de la misma liga se han dispuesto a
salir a la calle y han tomado, mutatis
mutandis, métodos históricos del
proletariado. Por otro lado, cuando los
propietarios en crecimiento, es decir,
los capitalistas forzados a incrementar
sus fortunas apartando a codazos las
ajenas, advierten siquiera visos de
regulación, también sacan del baúl de la
historia los hábitos de lucha que, en el
blanqueo posmoderno de la posmodernidad,
se vieran descartados por su olor a
rancio.
El derrumbe del socialismo global dejó,
de plano, sin argumento justificatorio
a esos recursos históricos del
proletariado y, además, aceleró el
proceso de proletarización de los
profesionales que, por defecto, han
evadido admitir a esas prácticas como
posibles en su propio contexto. Marx,
Engels, Lenin, Luxemburgo, Gramsci,
Mariátegui…, en fin, apenas focos
valiosos para armar y desarmar modelos
académicos de epistemologías. Pero las
luchas de rapiña de la globalización
neoliberal irrumpen a tal grado, y
revelan con tanta rapidez sus
consecuencias negativas, que emergen no
solo sistemas en busca de equidad y
justicia, elegidos con votación de
verdadera mayoría, sino además medidas
de regulación dentro del propio culto al
capital.
Los sensores oligárquicos se activan de
repente, y se disparan sus índices de
alarma.
Usurpan, paradoja adentro, la fórmula de
acción que hasta el momento había sido
un peligro para ellos. Escamotean, para
sus propios intereses, los métodos que
las clases bajas han dejado de lado. Tal
vez, hay que pensar, no eran tan
ineficientes como se proclamaban. La
oligarquía, así como camufla ciertas
maneras de obtener las ganancias, cierta
información que en impuestos se traduce,
ha estado encubriendo su conciencia de
clase. Ante el peligro de ser llamados a
capítulo, se apresuran, sin más, a
demostrarlo. Si van a disfrazarse,
carnavalizando viejas tradiciones, nada
más adecuado que echar mano al vetusto
ropero de la historia, si a fin de
cuentas, en la angustia de serlo, el
proletariado ha soportado el palo
colgando en el perchero su conciencia de
clase.
[1]
Guillermo Almeyra: "Lo que está
detrás del paro agrario
argentino", en Rebelión.org
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