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1.
Lucila Reyes daba miedo, era un
daguerrotipo enmohecido, colgando de una
pared de la casa familiar. No había
necesidad de preguntar por ella para
saber que estaba muerta, no más la vi,
lo supe. Tenía esa expresión de paciente
soledad con la que los muertos nos
tratan de engañar, con la que los
muertos nos consuelan.
La tía Lucila murió muy joven de fiebres
puerperales, mejor hubiera sido de
consunción o de pasión de ánimo o de
risa, como el pobre Julián, pero se
murió tratando de parir la vida, y es
que para ella eso era un imposible, esa
cara no daba para más.
Fue la mayor de una familia de once
hermanos: ella, Juana, Rosa, Reinalda y
Libia, la menor, mi abuela, y Fero,
Pedro, Alejandro, y Gasparillo, que se
murió rezongando contra una imputación
canallesca que nunca logró entender y
mucho menos aceptar. ¡Los hijos de Don
Antonio Reyes y Doña Felicia Rodríguez!
¡Mis bisabuelos maternos!
Antonio era un canario, pobrísimo llegó
a Cuba en 1895 y se incorporó a la
Guerra, pero del lado cubano. Luchó bajo
las órdenes del General Mario García
Menocal y delante de él nadie pudo
llamarlo jamás el Mayoral de Chaparra y
mucho menos acusarlo de nada, aunque
podríamos acusarlo de cualquier cosa o
mejor de algunas cosas indignas que el
imaginario popular no puede conciliar
con la imagen del más joven de los
generales independentistas.
Terminada la guerra Antonio no entregó
sus armas y, por lo tanto, nunca
cobraría la deshonrosa pensión de
setenta y cinco pesos con la que el
gobierno interventor norteamericano
pretendió manchar la gloria de un
ejército desnudo que conoció la luz.
Abuelo Antonio no sabía leer, ni
escribir, ni contar, pero sabía trabajar
y debió tener además el don de gente o
la bonhomía a flor de piel porque compró
tierras, las labró y hasta hizo negocios
con bancos americanos, puso una pequeña
fábrica de quesos en su finca La
Reserva, de Algarrobo, allá por “las
llanuras marítimas del Camagüey” que
tanto celebrara Eliseo Diego, y nunca
tuvo problemas. El abuelo, dicen, que
tenía el don del pesaje, es decir,
levantaba algo del suelo, con la mano
limpia, y decía su peso en libras o en
quintales, como usted lo quisiera. Sabía
pesar la vida.
Felicia era cubana, y por lo que se
desprende de la conversación y el
cuchicheo familiar, debió tener la
firmeza de carácter, o ese raro amargor
que tienen algunas viejas camagüeyanas,
y que también exhibía la tía Rosa que,
sin embargo, en Madrid lloró mucho el
día que descubrió unos chocolates que
sabía a mí me gustaban.
Lucila parió un niño muerto o la muerte
le vino después al vejigo, no sé, esas
cosas todavía hoy no se hablan en la
familia, yo no sé a ciencia cierta qué
fue primero, lo que sí sé es que ella se
puso gravísima, dicen que hasta llegaron
a colgarla por los pies, cabeza abajo,
procurando que aquellos humores negros
se le salieran, y que de pronto comenzó
a mejorar, estaba tan bien que mandaron
a sentarla. Así estaba, con muy buen
semblante, cuando le dijo a la abuela
Felicia que si se acordaba del sueño que
le había contado hacía unos días atrás.
La abuela quiso cambiar de tema, pero
ella se empeñó, y le dijo:
— Mire mamá, fue el sueño en el que me
vi rodeada de los ángeles. Ya llegó la
hora.
Dicen que sonrió, cerró los ojos, y que
la cabeza se le descolgó hacia el lado
derecho.
La enterraron en el mismo lugar en el
que habían colocado a su hijo.
Lucila Reyes era clarividente. Y eso
daba miedo, también me daba miedo.
Yo pasaba rápido por delante del
daguerrotipo de la sala, y aunque no
miraba sabía que ella estaba allí y que
me miraba.
Yo empecé a querer a Lucila Reyes el día
que descubrí que ella tocaba el laúd,
nuestra bandurria, el tiple de los
poetas. Fue extraordinario, desde
entonces pasaba bajo el daguerrotipo y
sentía que una música llenaba el aire.
Ella tocaba y mi abuela aún compone
versos, dicen que improvisaba décimas,
aunque ahora solo escribe graciosas
decimitas de ocasión.
Por otro lado, mi madre, la nieta de los
Reyes, se ha negado siempre a ser
primero la esposa de Lozada porque dice
que ella es ante todo la hija de
Generoso Fabián Guevara Pérez Perdomo y
Muñoz, y que lo va a seguir siendo,
aunque después le tocara la suerte de
conocer a mi padre, el Lozada claro
está, y la de que violentamente —fuimos
sacados por cesárea— se hiciera madre de
tres de ellos, dos hembras y yo, que
valgo por cien lozadas, no por lo
virtuoso, sino por todo lo contrario.
Por ese camino vino la décima.
Mis bisabuelos, Cándido de los Ángeles
—alias Cañasanta— y Nanita —Susana—
fueron amigos de Clavelito, de Chanito
Isidrón, de la Calandria, quienes
trabajaron para ellos en La voz de los
laureles, emisora familiar que tenían
en Placetas y que enviaba sus programas
hasta la CMQ habanera. Abuelito era el
dueño, el jefe, mi tío Sergio era el
único locutor y abuelo Generoso era el
operador-grabador, y todo lo demás que
se ofreciera.
En una entrevista que el investigador y
poeta Virgilio López Lemus le hiciera a
Isidrón este reconoce que fue mi
bisabuelo quien a él y a los otros
poetas villareños les abrió las puertas
de la radio, medio naciente pero que
después se convirtiera en el más
poderoso y popular de los medios de
difusión y en mucho es responsable de la
consolidación del repentismo en la
identidad cubana.
Todo se mezcla: por los lados de mi
abuela el repentismo, el punto cubano,
por los lados de mi abuelo la radio y la
pasión por la décima oral improvisada.
De la familia de mi padre me vino el
físico y ese seco ascetismo castellano
llenándolo todo. Tuve, tengo mucha
suerte.
2.
Puedo entender lo que sucede hoy. Frente
a un fenómeno como el secularismo, la
muerte de lo sagrado, el pragmatismo,
formas avanzadas y exitosas de
alfabetización y de instrucción
generalizada, liberadora, pero también
generadora de ciertas simetrías
culturales o lo que es peor, amiga de
borrar las sabrosas y enriquecedoras
diferencias, ante esta avalancha una
forma oral resiste.
La cultura de la oreja en Cuba convive
con la cultura del ojo, y es que está en
nuestros genes. Ya sé que algunos dirán
que la cultura del oído está hoy más
corrida hacia el complejo de la rumba o
del hip hop, hacia productos más
urbanos, que hacia estructuras
campesinas. Ciertamente, pero es que
desde hace mucho la poesía oral
improvisada, la décima, el punto cubano,
giraron hacia la ciudad, dejaron de ser
un patrimonio únicamente rural para ser
nacional.
La primera mitad del siglo XX cubano que
es el período de las caminatas, el de
las lentas caminatas: el son con el
ejército viene de Oriente a Occidente y
la cultura campesina va del campo a las
ciudades, o del campo al campo, tratando
de matar el hambre y el tiempo muerto.
La cultura cubana del siglo XX se hizo
caminando, y su expresión más acabada,
la epopeya civilizatoria de la segunda
mitad del siglo, se inauguró con una
serpenteante caravana que terminó el 8
de enero del 59 frente al moribundo
Palacio Presidencial, pero que continúa
siendo hasta hoy el signo más evidente
de la nueva cultura de la caminata, solo
que ahora por el tipo de paso —apretado,
apurado y no exento de tropiezos y
zigzagueos— podríamos llamarla cultura
de la marcha, y así desterrar la posible
sospecha del paseo, del ocio.
Esta cultura del camino se suma a otros
fenómenos puntuales como son la
aparición hace 85 años de la radio en
Cuba y los más de 50 años de la
televisión. Los grandes medios masivos
fueron y son enormes difusores pero
también brutales homogenizadores. Ellos
borraron las fronteras entre el campo y
la ciudad, entre la ciudad y el mundo,
entre el mundo y el universo. Ahora
tenemos la certeza y la evidencia de
estar en una misma nave, todos. De
alguna manera hoy es el tiempo de Noé,
el tiempo del arca, por lo tanto, se han
hecho inoperantes muchas categorías y
divisiones entre ellas campo y urbe.
Si nos atenemos a José Fornaris, si
aceptamos que fuera él quien afirmara
que la décima es la “estrofa del pueblo
cubano”, estaríamos aceptando de plano
algo que podemos asumir como tal aunque
el poeta no lo haya dicho realmente, ya
que dejaría de ser importante quien lo
dijo para suscribir lo que se dijo. Si
tenemos en cuenta además que la mayoría
del pueblo cubano hasta bien entrado el
siglo XX era campesino o de origen
campesino, si aceptamos que la décima y
el punto son campesinas y el campesinado
mayoría, adquiriría la estrofa de manera
casi automática carácter de nacional,
carácter popular.
Pero veamos que además de esta mayoría
evidente del campesinado confluyen otros
factores para que la décima espinela se
convierta en “estrofa nacional”: la
guerra emancipadora, especialmente en su
última etapa, y algunos eventos
puntuales como la reconcentración de
Weiler o las crisis económicas de la
neocolonia monoproductora que empujaron
al campesinado a las ciudades, a la
periferia de las ciudades, donde se
acomodó con su cultura y donde además de
otros marcadores identitarios llevó a la
décima, que empezó a ser verdaderamente
nacional en tanto borró las fronteras
que separaban lo urbano de lo rural y
se inició un fenómeno, que hasta hoy
dura, de alejamiento cada vez más tenaz
del lastre bucólico, de esa poesía que
trata de repetir las fórmulas
cucalambeanas o siboneístas y que
idealiza la vida campesina y el
campesinado mismo.
Un guajiro con la caña a tres trozos y
40 varas de hambre no podía verse
reflejado en un cantar pintoresco,
idílico, lleno de palmas y de yegüitas
trotonas, el campesino empezó a cantarse
a sí mismo, a su realidad, usando la
misma décima espinela que le había
acompañado siempre, pero en función de
su ser, es decir, empezó a hacer una
décima desde él y para él.
La televisión y la radio fueron testigos
y multiplicadores de este fenómeno, que
encontrara su expresión más certera en
la voz de Angelito Valiente, Chanito
Isidrón, Clavelito —amén de la
superchería y el comercialismo—, el
Indio Naborí y otros, que fueron
conformados por la cultura de su
comunidad. Ellos, cada uno a su modo,
jugaron su papel con absoluta libertad y
talento, pero no creo justo intentar
entender el fenómeno de la décima oral
improvisada en Cuba usando categorías
literarias como serían las nociones de
autor y de originalidad.
Los poetas orales son el resultado de
una experiencia profundamente
comunitaria, eso, reiteramos, no quita
que juegue un papel importante el
talento personal, pero lo esencial, lo
realmente esencial en la Oralidad es su
carácter comunitario, formulaico, es
decir, el poeta no hace más que repetir
estructuras creadas por la comunidad
porque su objetivo no radica únicamente
en la producción de la belleza, aunque
sus productos sean bellos, sino en la
supervivencia de una cultura, de una
forma de ser y de vivir.
La décima espinela, que es la estrofa
que los cubanos adoptamos en la
conformación de ese ser nacional, tiene
características propias que hacen que
pueda adquirir ese sello frente a otras
estrofas, incluso, más sencillas o de
más larga tradición en la poesía popular
castellana. La estrofa se adapta de
manera perfecta a la norma cubana del
español (y al español todo como enseña
Tomás Navarro Tomás) tengamos en cuenta
que muchas personas en el país usamos,
sin saberlo, un nombre y dos apellidos
que sumados arman un octosílabo o que
muchas veces nuestras frases cotidianas,
nuestros refranes, tiene esa medida;
además de que la ductilidad del verso
octosílabo, la colocación de la rima y
su estructura hacen de ella un vehículo
noble en el que se pueden colocar todos
los temas con relativa facilidad, además
de permitir una musicalidad y un tempo
que benefician la improvisación por un
lado o la memorización, y quisiera
detenerme un momento en este punto. La
poesía popular está hecha para el canto
y la memoria, por lo tanto, debe cumplir
ciertas normas que le permitan
participar de "estrategias
nemotécnicas", que la décima espinela
permite cumplir con rigurosa
efectividad: ritmo, aliteración,
consonancia, repetición y equilibrio
serán algunas de ellas. Revisen las
estrofas de los más importantes cultores
del género tanto en su versión oral,
como escrita, y encontrarán en ellos la
presencia de esas estrategias. Pero esa
es harina de otro costal.
3.
Hace mucho tiempo en mi familia escuché
hablar de la famosísima controversia del
siglo. Ellos no eran una excepción,
entre los improvisadores camagüeyanos y
habaneros, realmente los de todas
partes, hasta los más jóvenes, hablaban
siempre de ella, había sido una
controversia paradigmática.
¿Quiénes fueron sus protagonistas y
dónde se efectuó? Hagamos brevemente la
historia. Sus protagonistas fueron Jesús
Orta Ruiz, el Indio Naborí, y Angelito
Valiente. Se efectuó en dos partes: la
primera se celebró el 15 de junio de
1955 en el teatro del Casino Español de
San Antonio de los Baños, donde naciera
Valiente —que como ya ven no es solo la
tierra del humor, de Silvio Rodríguez, o
del Cuinco y de otros personajes
ilustres— y como quedaron empatados los
poetas, porque era una competencia, se
convocó a otra justa para el 28 de
agosto siguiente pero en Campo Armada,
San Miguel del Padrón, tierra de Naborí.
Valiente representa, para mí, la
expresión más alta del repentismo
tradicional y popular; Naborí, por su
parte, desde antes de la famosa
controversia ya representaba el giro
escritural de la décima oral improvisada
en Cuba. ¿Quién de los dos es el mejor,
el más puro poeta oral? Pregunta
inoperante. Cada uno representa una
tradición distinta. Valiente es la
expresión más alta de la pureza oral y
popular, Naborí inaugura los nuevos
tiempos que encuentran consumación y
expresión en la décima oral improvisada
urbana y contemporánea, que con una
altísima elaboración estética mezcla las
fuentes primigenias y la poesía escrita,
universal y cubana, ya que en alguna
medida, estos poetas (Tomasita Quiala,
los Papillo, Emiliano Sardiñas y Alexis
Días Pimienta, entre otros) son los
hijos de la reacción campesina letrada
al coloquialismo, son los hijos de la
Poesía de la Tierra, del llamado "tojosismo",
tendencia trunca, que si se hubiera
desarrollado hubiera alcanzado cotas
inimaginables porque hubiera conservado
y desarrollado la matriz identitaria
campesina, que hoy reconstruyen, a
saltos, los poetas improvisadores y que
se encuentra en poetas como Roberto
Manzano, especialmente en su antológico
"Canto a la sabana", que no solo es un
gran poema, sino es la cima más alta del
"tojosismo", consumación de su ideario y
el comienzo de su decadencia. A partir
del "Canto…" su autor deja de ser el
poeta de la tierra para ser el poeta del
camino. Los otros "tojosistas" no
pudieron saltar el listón del guajiro.
4.
La controversia, quizá la más auténtica
y viva expresión de la poesía oral
improvisada, no da espacio al
fingimiento, aprovecha, intercambia,
responde a los estímulos no solo del
contrincante, sino que del público
asistente, introduce sucesos que ocurren
en la inmediatez o que tienen que ver
con la historia local y lo hace siempre
sin violar en lo más mínimo la rígida
estructura del verso tanto en el metro,
como en la rima. En distintos países de
Iberoamérica se cantan o se recitan
décimas, muchas veces dichas por
intérpretes mas no por poetas
improvisadores, donde se produce una
especie de “oralidad fingida o
ficticia”, donde el intérprete entona
los versos y le da toda la apariencia de
que allí se está produciendo un acto de
repentismo, pero no es así, incluso,
hemos visto en la televisión y escuchado
en la radio fingidas controversias; pero
para los oídos entrenados enseguida
aparecen las costuras y se descubre el
embuste, pues no es raro que aún a
maestros de la improvisación se les
escapen ripios o aparezcan rimas
forzadas.
El poeta repentista es un ser humano que
atiende, que está en permanente vigilia
y aprovecha cualquier situación o idea
que le ronda y que ronda. Recuerdo hace
unos años atrás en la finca de la
familia Urquía para un fin de año se
armó un guateque y nos invitaron, eran
campesinos, poetas improvisadores puros,
andariegos, hombres de trabajo que en
sus horas de ocio improvisaban versos, y
empezaron dos de ellos a enfrentarse.
Cada uno trataba de demostrar ante el
otro más conocimiento de la poesía,
elogiaban la palabra bien dicha, a los
finos poetas, a sus más altos
paradigmas. Uno de ellos, evidentemente
había llegado al final de su cultura
libresca y no encontrando a quién
celebrar metió mano de Emilio Castelar y
Ripoll, político español del siglo XIX
muy conocido no solo por haber sido
presidente de la Primera República en su
país sino, y sobre todo, por haber sido
un orador y prosista de mérito, pero no
un poeta. El repentista ensalzó los
méritos del supuesto poeta Castelar y
justo en ese instante la controversia
torció su rumbo y se desvió hacia el
camino de la sátira, habiendo detectado
la pifia un repentista, y no sin cierta
saña, recomendó al otro que leyera, se
informara, fuera cuidadoso, respetara al
verso y al público. La noche entonces
fue la Noche de Castelar, hasta que me
tocó terciar y pasamos a otros asuntos.
Si aquella no hubiese sido una
controversia realmente improvisada la
pifia se hubiese tenido que dejar pasar,
pues no hubieran existido recursos para
atajarla, sin embargo, estábamos ante un
acto súbito e irrepetible, ante una
estructura temática abierta que les
permitió aprovechar la circunstancia y
reorientar la contienda. Pero lo que es
más interesante: en ese momento los que
escuchábamos nos pudimos confirmar en la
certeza del acto improvisatorio.
Entre oídos entrenados pasar el gato por
la liebre es difícil.
5.
El jurado de la competencia entre estos
dos titanes de la improvisación estaba
integrado por los poetas Raúl Ferrer,
José Sanjurjo y Rafael Enrique Marrero,
ellos fueron testigos además de que los
poetas conocieron los temas,
seleccionados por el público, justo en
el momento en que estaban ya sobre la
escena, estos fueron, en la primera
sesión El Amor, La Libertad y la Muerte,
en la segunda El Campesino y la
Esperanza. Cada poeta improvisó diez
décimas sobre cada tema, es decir, se
cantaron aproximadamente 100 espinelas,
o lo que es lo mismo, 1000 versos, a
razón de 500 versos por poeta. Se dice
fácil, pero nada más se dice.
Las décimas a la Muerte, en mi opinión,
poseen los mayores logros formales, la
mayor cuota de nobleza poética. Son,
además, tan mentadas aún entre mis
familiares y conocidos que llegaron a
ser para mí, durante muchos años, las
únicas que creía habían sido
improvisadas en esas contiendas. Mi
abuelo decía siempre recordar la
controversia en la que le cantaron a la
Muerte, nunca le escuché siquiera
mencionar los otros temas.
Esas décimas a la Muerte son joyas,
joyas en las orejas y el corazón cubano,
que no necesitaron de la escritura para
ser; aunque hoy debamos agradecerle, y
nunca será poco, a la poetisa y
taquígrafa María de los Refugios Segón
que las tomó al vuelo, al investigador
español Maximiliano Trapero que las
publicara íntegras por vez primera y a
Virgilio López Lemus, que prologó la
edición cubana de Décimas para la
Historia (Editorial Letras Cubanas,
La Habana, 2004), 49 años después de
celebrada la justa oral.
Los Urquía se saben algunas de estas
décimas de memoria, y con ellos sus
amigos, estas décimas no fueron
rescatadas del viento como supone
Trapero, sería mejor decir que estas
décimas o algunas de ellas, para ser
justos, vivieron en el viento y en las
gargantas de muchos cubanos que las
repetían... De todas maneras hay que ser
agradecidos y venerar la obra del
Maestro Trapero que fijó en la imprenta
la versión que conocerán los cubanos del
futuro.
6.
Valiente
La muerte, enorme gigante,
invisible, puesto en pie,
no se siente, no se ve
y en todo está vigilante.
Nadie adivina el instante
De su exacta aparición;
Brota de la confusión,
Porque se proyecta igual
En la punta de un puñal
Que en brazos de una pasión.
Naborí
Es para el místico anhelo
camino de salvación,
una breve transición
entre la tierra y el cielo;
la necesidad de un vuelo
hacia un lejano paraje;
algo como dar un viaje
de una orilla a la otra orilla;
una cosa tan sencilla
como cambiarse de traje.
7.
Virgilio López Lemus al prologar la
edición cubana de Décimas para…
llega a afirmar: “…un momento cimero del
repentismo, que ha trascendido el
instante al adquirir el valor textual.”
Seguramente el investigador y poeta está
refiriéndose únicamente al trasvase de
la oralidad a la escritura de las
décimas improvisadas y no a que la
transformación del discurso poético en
texto poético dote al primero de una
cualidad atemporal o estética que desde
mucho antes ya poseía sin necesidad que
esta hubiese ocurrido o a que el texto
sea siempre superior al discurso. La
metamorfosis ocurrida trasforma uno en
otro más no le garantiza en medida
alguna la adquisición de calidades que
antes no poseyese. El discurso
ciertamente se torna texto, pero no por
eso adquiere cuota nueva y superior de
valor, más bien adquiere valores otros.
La memoria y el juicio popular
relativizan no ya la necesidad de la
conservación escrita de este particular
y cimero monumento oral, pero si su
condición de “imprescindible” para
lograr que este siguiera vigente,
operante en la sensibilidad cubana. La
oralidad tiene su dinámica interna e
incluso su propio sentido de
temporalidad. Lo que no funciona o no es
necesario desaparece o se transforma. Si
las décimas de la controversia del siglo
llegaron hasta hoy en forma parcial, si
algunas de ellas se ha borrado, es
porque ya no eran funcionales, no
respondían a la necesidad colectiva de
conservar matrices identitarias o
patrones de utilidad.
No me opongo a los trasvases, es más,
los celebro, los disfruto, los aprecio
en su justa dimensión cultural. Yo soy
un ser humano hecho de palabras
escritas, de memorias orales y mundo
digital, soy un hombre de la "escritoralidad".
Mas no estoy de acuerdo cuando detrás de
un supuesto rescate se esconde el
criterio de que de no ser por esa acción
el discurso hubiese muerto en la
desmemoria o que este solo a través de
la escritura logre resonancias y
dimensiones más altas de las que podría
tener si solo se hubiese entendido o
mantenido como oralidad pura. Las
palabras dichas a viva voz, improvisadas
con todo el cuerpo y el espíritu, vuelan
tan alto en el tiempo como su propia
cualidad les permita, del mismo modo que
toda palabra escrita por el solo hecho
de haber sido escrita no recibe de
manera automática una cuota de
eternidad, la palabra dicha no vuela
sino nace con la cualidad aérea.
8.
Notas, manchas sobre el papel y una
larga parrafada que cruza. Huellas en la
arena, “rasguños en la piedra”.
Celebración y fiesta. Gozo de estar
vivos en la memoria. Suena el laúd de
Lucila, el Indio Naborí y Angelito
Valiente cantan. El Paraíso es un buen
sitio. |