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Nos ha conmovido mucho en Cuba el
fallecimiento del gran poeta
martiniqueño Aimé Césaire (1913-2008), a
las puertas de sus 95 años. Sabemos que
es un duelo para la lengua francesa,
pero también lo es para los hombres y
mujeres del Caribe insular, que él
vistió de poesía. Césaire fue uno de los
grandes exaltadores de la negritud,
del mestizaje de nuestras tierras, supo
ver muy tempranamente lo que aportamos
al mundo, a la cultura de nuestro
planeta, los que nacimos aquí, en
un aquí que comprende el mágico
arco de las Antillas Menores y llega a
Cuba con fuerte raíz telúrica, pero
también étnica.
Había nacido en Basse-Pointe, Martinica,
y se hizo un profesional en París, donde
siguió estudios en la Sorbona y en la
École Normale Supérieure. En la llamada
Ciudad Luz, muy joven se vinculó al
mundo del surrealismo y sostuvo una
honda amistad con uno de los mayores
creadores líricos de las vanguardias:
André Breton, quien escribió un prólogo
para la edición de 1942 de Cahier
d’un retour au pays natal (Cuaderno
de retorno al país natal, 1939),
libro básico de la llamada negritud
y su valía en la diversidad de la
especie humana. Él mismo fue un hombre
político, pues ocupó importantes cargos
(Diputado en Fort-de-France) en su isla
natal.
La poesía de Césaire posee una huella
primaria de surrealismo, pero él supo
imprimir la mirada apasionada del hombre
del Caribe, como se aprecia en sus
libros Las armas milagrosas
(1946), Cadenas (1959) y el
bellísimo Moi, laminaire… (Seuil,
1982). La suya es una mirada
identitaria, porque él fue un poeta de
la identidad, capaz de
traducir en versos la idiosincrasia y
peculiaridad no solo de su pueblo, sino
de toda el área que baña el Mare
nostrum antillano. En su obra
teatral Une Tempete (1969),
adaptación “para un teatro negro” de
La tempestad de Shakespeare,
hallamos a un Calibán esclavo negro
rebelde colonizado por Próspero. Su
configuración de personajes responde a
la estructura clasista del tiempo del
poeta. No debemos olvidar que Césaire
fue fundador de la revista Tropiques,
que desempeñó un brillante papel en la
concientización de la intelectualidad
negra y mestiza de África y América.
El gran intelectual y poeta martiniqueño
tiene hondas raíces en la tierra cubana.
Fue asimismo amigo personal de Nicolás
Guillén, con quien compartió ideales y
poesía. Para algunos críticos, Virgilio
Piñera recibió su influjo, sobre todo en
su gran poema “La isla en peso”. Otras
resonancias suyas deben hallarse en el
ámbito de Orígenes, y no sería
pequeña la lista de autores cubanos que
lo relacionan con la cultura nacional.
En lo personal me ha conmovido su
deceso. Igual que mi padre, Aimé Césarie
muere a los 94 años. Lo conocí de manera
efímera hace cuatro, cuando el poeta
andaba por sus 90. Le di la mano, le
dije unas palabras cordiales sobre su
reconocimiento como gran poeta en Cuba,
me las agradeció más allá de la simple
cortesía, y continuamos en la velada a
donde habíamos sido convocados, en un
recinto de la feria del libro en
Martinica.
Aimé Césaire deja detrás de sí una
amplia estela creativa, se le puede
considerar con justicia uno de los
padres de la poesía caribeña. En la
traducción que de Retorno al país
natal realizó Lydia Cabrera
(perfeccionada por Lourdes Arencibia en
2007), leemos los mejores versos para
una despedida:
Y ahora estamos de pie mi país y yo, al
viento los cabellos, mis manos pequeñas
en su puño enorme y la fuerza no está en
nosotros, si no por encima de nosotros,
en una voz que perfora la noche y el
oído con la agudeza de una avispa
apocalíptica.
Y la voz pronuncia que durante siglos
Europa nos ha atiborrado de mentiras
Hinchado de pestilencia,
Pues no es cierto que la obra del hombre
ha terminado
Que nada tenemos que hacer en el mundo
Que somos parásitos del mundo
Que basta con que marchemos al andar del
mundo
Mas la obra del hombre apenas ha
comenzado…
La Habana, 18 de abril de
2008 |