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Hasta en el origen de su nombre Gibara
acumula mitos e historia. Para algunos
su nombre nace de Jibá, palabra indígena
que identificaba un arbusto abundante en
las tierras húmedas hasta anegadizas de
la zona. Para otros proviene del
vocablo Jíbaro, también de origen indio
y que significa rústico, indomable.
Otro grupo de investigadores dice que
el nombre de la villa se debe al
Guiabara, árbol de una singular madera,
utilizado en la fabricación de carbón.
No son pocos los estudiosos que aseguran
que por Gibara fue por donde el 28 de
octubre de 1492 arribó Cristóbal Colón a
la mayor de Las Antillas. Al ingeniero
Luis Morales y Pedroso se debe tal
estudio que fue dado por cierto por la
Sociedad Geográfica de Cuba.
Gibara fue fundada el 16 de enero de
1817 aunque la categoría de municipio le
fue quitada por un tiempo y luego
restituida. Se considera fecha de
fundación el día en el que se colocó la
primera Piedra del Casquillete de San
Fernando y dio origen al poblado.
Fue una de las primeras villas de Cuba y
una de las más descollantes en la zona
norte oriental entre el segundo tercio
del siglo XIX y las primeras décadas del
XX, justamente cuando el comercio
dependía del transporte marítimo y el
ferroviario. La construcción de la
carretera central (de
1927 a 1931)
acarreó de cierta manera el declinar
económico de la también llamada Villa
Blanca.
El esplendor mercantil del que gozó hizo
que Gibara contara con un asentamiento
en el que se mezclaran españoles, otros
europeos, con holguineros y bayameses,
que gracias al negocio acumularon
considerables fortunas. Esta bonanza es
la que permitió la construcción de
bellos edificios tanto particulares,
como públicos.
Se cuenta, por ejemplo, que
instituciones culturales como el Gran
Teatro de Gibara era una de las mejores
salas del país y que en sus pisos bailó
nada menos que Isadora Duncan. El hecho
ha sido narrado de forma oral porque no
hay constancia escrita, pero se asegura
que por una rotura la goleta donde
viajaba la famosa artista recaló en la
costa del poblado, y al estar al tanto
de la existencia de la singular
instalación danzaria
—conocida
entonces como Casino Español—
pidió, y se lo concedieron, bailar para
el público. De todas formas haya
bailado o no la Duncan en ese escenario,
lo que sí es verídico que en sus salas
actuaron Brindis de Salas, Ignacio
Cervantes y Bola de Nieve, entre otras
singulares personalidades.
Otra de las historia de Gibara narra la
existencia de un hombre muy rico, que
construyó un palacete y lo llenó con
exquisiteces de todas las latitudes.
Pero eso no le bastaba: hacía fiestas,
para algunos hasta orgías, donde tomaban
parte hombres y mujeres muy conocidos
por distintas razones. La lista de
asistentes es numerosa y los actos a
veces impúdicos también.
En el Museo de Artes decorativas existe
un cuadro, elaborado con cabellos
humanos, que tiene su origen, según la
leyenda, en un amor contrariado entre
una joven que enfermó de manera mortal y
su novio, que inmortalizó su recuerdo
mandando a construir la singular pieza.
En fin, mitos e historias verdaderas se
abrazan en ese pueblo que cultiva como
pocos el contar leyendas de los
lugareños, acto que hacen con orgullo y,
por supuesto, que muestra la
extraordinaria fantasía popular que
habita en esa zona al norte de Holguín.
La Villa Blanca, ostenta importantes
conjuntos arquitectónicos, que emulan no
solo con los de Holguín, sino con el de
otras localidades en las que reina la
arquitectura colonial. A Gibara,
declarada Monumento Nacional en 2004, se
le considera la segunda ciudad
amurallada de Cuba en importancia. Las
ruinas del Cuartelón y la Batería de
Fernando VII son blasones del país, no
solo de ese municipio.
Desde el punto geográfico despunta la
Silla de Gibara, nombrada así
—según
cuentan—
por el propio Colón dado su parecido a
una silla de montar caballos. Otra
elevación que nombró el Almirante fue
la Loma de la Mezquita, parecida a la
Peña de los Enamorados, de Andalucía.
Con unos 630 km2, Gibara
limita por el norte con el océano
Atlántico, al sur con Holguín, al este
con Rafael Freyre y al oeste con
Calixto García y la provincia de Las
Tunas.
En esa ciudad donde historia y presente
se dan la mano de forma armónica, nació
el Festival del Cine Pobre en el 2002.
Quizá la aureola singular del terruño se
ha vertido en un encuentro que tiene
como fin reivindicar el cine como arte y
que ya va por su exitosa sexta edición. |