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“Todos los días comienza
el mundo. Todos los días, una pareja
despierta y descubre que comienza el
día”
Octavio Paz
Diez años han trascurrido de la
desaparición física del gran poeta y
ensayista mexicano. Recuerdo ahora el
único acto en su homenaje que se le
rindió en Cuba, fue en la librería
Ateneo, de Línea y 10, en El Vedado, lo
organizamos entre cuatro escritores
y asistió el entonces agregado cultural
de la Embajada de México, el licenciado
Miguel Díaz Reynoso. Para aquella fecha
los estudios que realizaba sobre la obra
paciana habían avanzado lo suficiente
como para atreverme a redactar un texto
titulado “El lector del mundo”
(aludiendo a que Julio Cortázar y Carlos
Fuentes, por separado, habían expresado
en momentos diferentes, que la obra de
Paz equivalía a realizar una lectura del
mundo), que leí en aquel acto mínimo y
que comenzaba así: “Le escuché
recientemente a un amigo esta expresión:
‘Octavio Paz ha muerto y el mundo sigue
igual’. Me estremeció por su inclemencia
y por lo de Perogrullo que contenía
implícito (…) Pero luego me detuve en la
dimensión de este hombre de letras y
concluí que sí, que algo había cambiado
inobjetablemente: se había producido un
enorme vacío en la cultura
hispanoamericana y universal”.
Una década después ese vacío se mantiene
inalterable a pesar de que nos siguen
acompañando un puñado de grandes poetas,
algunos sabios y muy pocos intelectuales
que pueden aspirar a la talla del hombre
de pensamiento que fue el mexicano,
quien reunió en su obra una lírica de
alto vuelo y un ensayismo no igualado
aún en el panorama de las letras
contemporáneas.
Paz fue un puente sólido y de avenidas
expeditas para el diálogo entre las
culturas de Occidente y Oriente. Su
estancia como embajador en la India y
sus frecuentes viajes a Japón le
permitieron estudiar a fondo unas
culturas que lo conquistaron para
siempre. Esa fascinación se tradujo en
asimilaciones, mezclas y préstamos que
dieron como resultado, por una parte,
textos de profunda penetración en el
universo cultural y religioso del
Oriente y por otra, poemas en los que
dichas hibridaciones venían desplegadas
en una poética de fuerte personalidad.
Su proximidad a la poesía japonesa, el
estudio y práctica del haykú y otros
géneros poéticos de esas literaturas, le
fueron confiriendo una densidad y
erudición insuperables para su tiempo.
Con anterioridad a su encuentro con el
Oriente este incansable buscador de
territorios desconocidos o extraños,
había caminado por la poesía concreta
brasileña, por los senderos
experimentales de sus Topoemas, algunos
caligramas y los Discos Visuales, por
las tentativas geométricas de Blanco, y
por los poemas escritos a cuatro voces,
los renga; esta experimentación aportó a
las letras mexicanas y castellanas en
general, un universalismo tamizado por
la vasta cultura de su autor.
Ante su obra poética es muy difícil de
seleccionar entre títulos como La
estación violenta (1948-57),
Ladera este (1962-68) o Árbol
adentro (1976-88) por solo citar
tres volúmenes de mi predilección,
aunque él mismo consideró al final de su
vida este último título como su mejor
poemario. Su poesía se caracterizó por
imágenes de una gran plasticidad, a la
vez que intentaba deslizar contenidos de
espesores filosóficos y metafísicos que
la nutrieron como conocimiento. Su poema
más celebrado, Piedra de Sol, es
un extraordinario recorrido por la
historia de su país, y se sitúa ante
problemáticas del mundo actual a la vez
que alusiones al cuerpo de la mejor lo
aligeraban de cualquier sobrepeso
político. Un texto que todos los
consensos reconocen como uno de los
grandes poemas del siglo y que es la
obra maestra de la lírica paciana. Para
la producción escrita del mexicano la
poesía fue, por encima de cualquier otro
género, su acto de comunión con el mundo
y Piedra de Sol la sunma de su
poética
El Paz ensayista abarcó igualmente un
espectro vastísimo de temas que se
movieron desde los mitos y la historia
cultural de su país, El laberinto de
la soledad (1950), hasta los temas
surrealistas, el estructuralismo, la
modernidad, el erotismo, la política y
las artes visuales, entre otros que
harían de este listado una interminable
letanía.
En cuanto al arte conformó un conjunto
de textos que fue calificado por algunos
especialistas como literatura de arte,
aludiendo a una forma de crítica
impresionista muy peculiar que exploró
muchos temas de las artes mexicanas y de
otras latitudes. Sobresale su estudio
sobre Marcel Duchamp, El castillo de
la pureza (1968), más tarde
reformulado como Marcel Duchamp o La
apariencia desnuda (1973), muy
avanzado para su tiempo aunque considero
que sus indagaciones sobre artes
visuales se detuvieron en la obra del
francés y no avanzaron mucho más en
cuanto a la comprensión del arte
posterior a los ready-made.
Siempre me pareció ejemplar la forma en
que Paz estructuró sus numerosos ensayos
de crítica literaria, como se aprecia en
los exhaustivos y espléndidos textos que
le dedicó en Cuadrivio (1965), a
Cernuda, Darío, Pessoa y López Velarde,
estudios que brillan por su comprensión
profunda, su prosa poética y la
metodología escritural propia de un
orfebre de la palabra.
Finalmente, el Paz político, fue un
hombre que viniendo de la izquierda en
los turbulentos años de la Guerra Civil
Española, la que vivió de cerca al ser
invitado al II Congreso Internacional de
Escritores Antifascistas (que tuvo lugar
en 1937 en varias ciudades españolas y
concluido en París), pasando por sus
desacuerdos con el Pacto Stalin-Hitler
en 1940 y el asesinato de Trotski en
México, se reafirmó en sus críticas al
totalitarismo de la URSS a partir de los
años 50 (críticas al socialismo
burocrático y a su falta de democracia,
a la represión en campos para trabajos
forzados y a las purgas y represiones
masivas), y derivó a partir de los 80 en
un pensamiento liberal que tuvo muchos
puntos de contactos con el ideario de
Karl Popper e Isaiah Berlin. Este
itinerario en sus ideas le llevó a
expresar en alguna ocasión que los tres
grandes temas del siglo XX eran la
violencia desencadenada, el
desmoronamiento de las ideologías
totalitarias y la amenaza ecológica,
desconociendo de manera sorprendente los
gravísimos problemas inherentes al
subdesarrollo, sin duda un drama mucho
más importante y vigente.
Sin embargo, en alguna que otra ocasión,
retornando por instantes a sus
originales lecturas marxistas, Paz
esbozó una suerte de filosofía del
futuro en la que comprendía la
combinación de la poesía con algunas
ideas centrales del humanismo de Carlos
Marx, un diseño que pudiera parecer
ingenuo para los cientistas sociales
pero que viniendo de un intelectual que
jamás pecó de ingenuidad en cuanto a los
problemas políticos de su época, no
sería ocioso atender en medio de un
mundo que se debate entre un
neoliberalismo en retirada, un
apoliticismo potenciado por las
estrategias embrutecedoras de los medios
y la (o las ) ideas de un socialismo del
siglo XXI aun en plena gestación.
Julio Cortázar dijo que Paz como
latinoamericano supo que “entre nosotros
todo espera en cierto modo un
redescubrimiento y en primer término el
redescubrimiento del hombre mismo”, y
toda su obra fue eso mismo, una
tentativa por encontrar ese origen del
Comienzo, una búsqueda febril de la
palabra que diera sentido a la
existencia del hombre.
Lo que sí es imposible de pasar por alto
al recordar hoy al gran mexicano es su
condición oracular, su madera de
polemista apasionado, su fibra moral
como nadador a contracorriente en muchas
etapas de su vida, su legado de opinar
sobre todo cuanto nos rodea como rasgo
principal del intelectual. Hijo directo
de la Ilustración que no tuvo nuestro
continente, el mestizo de raíces azteca
y andaluza –sangre testimonial de los
itinerarios de la Historia- cosmopolita
y universal como pocos, por encima de
acuerdos, y desavenencias, de afinidades
o discrepancias, Octavio Paz, nos dejó
una idea cristalina como agua de
manantial y con la que cierro esta breve
evocación: “Aquello que separa la
Historia, lo une la poesía”.
La Habana, abril de 2008
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