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Toda épica tiene su contraparte en esos
otros personajes y escenarios que pasan
ante nuestros ojos como si nada y, sin
embargo, constituyen signos de la misma
época. Junto a esas imágenes volcánicas
y estremecedoras que dieron cuenta del
triunfo y la ascensión del pueblo cubano
a la altura de su destino, otras no
menos elocuentes coexisten para
revelarnos los misterios de una
identidad y la densidad única del
espacio insular.
Esas son las que nos ha legado
Chinolope. Sé que al particularizar la
importancia y pertinencia de su obra
dentro del cuerpo discursivo de la
fotografía de la Revolución Cubana corro
el riesgo de parecer irreverente, debido
a que el artista, por sí mismo, lo es.
Las andanzas del Chino, verdaderas o
falsas, contadas de boca a boca o
literatura mediante, alimentan el mito
de una vida errabunda y una vocación
artística que si no fuera por la prueba
definitiva de los fotogramas aportados
cabría poner en duda. A estas alturas,
quienes no conocen al personaje,
pudieran creer que Chinolope es un
accidente en la historia de la
fotografía, cuando, en verdad, resulta
imposible prescindir de sus
contribuciones.
Una sola realización bastaría para
situar a Chinolope en el Olimpo de
nuestros grandes artistas del lente en
la segunda mitad del siglo XX: su ensayo
fotográfico "Temporada en el ingenio".
Con prólogo de José Lezama Lima y luego
de dormir un largo sueño en el fatídico
colchón editorial (fila de libros a la
espera de publicación en las casas
editoras cubanas de los 70), el libro
fue una revelación en los años 80 y
todavía sigue causando admiración entre
especialistas y públicos de diversos
países. Cada imagen de este ensayo se
nos presenta como un ato de fe en el
barroquismo de los gestos y el paisaje
que nos es común.
Al resumir el arte poético del artista,
la crítica Lázara castellanos llama la
atención sobre lo siguiente: “Chinolope
establece una férrea autoconciencia
crítica que lo aparta de cualquier
interpretación neblinosa. Con su obra
evade el clisé infecundo, al ejecutar
una acción reflexiva y analítica, un
examen descarnado de su obra en el plano
teórico y formal, de los artificios de
la imagen, el funcionamiento de las
posibilidades técnicas y las
características de los procesos y
funciones de la fotografía”.
"Temporada…", sin embargo, no es la
única obra, aunque quizá la más
coherente, que le da título de grandeza
a Chinolope. Entre los 60 y los 70 hizo
zafra desde el retrato, cazando a
Cortázar y Lezama, a Virgilio Piñera y
Roque Dalton, a Víctor Manuel y el no
menos ilustre Varilla, de la Bodeguita
del Medio.
Esto se ha dicho en cuanto a las obras
que quedan. Como la que Seix Barral
utilizó para la primera edición de
Tres tristes tigres, de Guillermo
Cabrera Infante, foto en la que los
músicos, dueños de la noche, no saben si
cantan, tocan, o simplemente se
desgarran. O esa otra en la que una
muchacha atraviesa un vitral en La
Habana Vieja y parece un ángel. O
aquella en que al Chino se le ocurrió,
para la revista Cuba, perseguir
hasta en el sueño al Caballero de París.
Cuántos fotogramas nos habremos perdido
entre rollos engavetados y cámaras
perdidas al azar, por obra y gracia de
Chinolope. Nadie lo sabe. Por lo pronto,
ahí está sentado, entre Lezama y
Cortázar, en el portal de El Patio, de
la Catedral. Recordándonos que si bien,
como él dice, “la realidad no tiene
estilo”, este acaba por imponerse en la
filosofía de un hacedor de imágenes. |