Año VI
La Habana

26 de ABRIL
al 2 de MAYO
de 2008

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
Iris Dávila

Un periodismo con amor

Orlando Contreras • La Habana

 

Iris tenía 24 años, una edad en la que el que miente se traiciona tal vez para siempre. Quizá por eso y su formación familiar y en parte también la académica, le pasó por arriba a la mojigatería de la época ―que a veces reaparece― y abordó la hermosa y trágica historia de la Niña de Guatemala  ―digna de una tragedia de Shakespeare― sin celosías que oscurecieran realidades ni acomodos a la doble moral, tan al uso en aquellos tiempos, y más  difícil de exterminar que el marabú. 

En “Una oración a la niña de Guatemala”, publicada en la revista Vanidades en l942, aborda sin rodeos el amor que hubo entre la joven María García Granados, hija de un general guatemalteco,  y el profesor de Historia y Literatura, proscrito de su patria por el colonialismo español, nuestro José Martí. 

Escribe Iris Dávila en su artículo publicado en Vanidades: “Lo amó enseguida. Su sensibilidad no opuso resistencia a la ternura acariciante con que modulaba las palabras aquel joven triste de rostro pálido y frente pensadora. Martí también la quiso. ¿Cómo hubiera sido posible que él, admirador postrado ante la mujer y la belleza, se mantuviera indiferente a aquel espíritu sutil, ávido de su amor, consciente del valor del poeta, del hombre y del maestro? Así lo dijeron sus versos: 

               Como una enredadera
               ha trepado este afecto por mi vida.
               Díjele que de mí se desasiera
               y se enredó por mi sangre adolorida
               como por el balcón la enredadera. 

Iris va más allá: “Ella lo amó como ninguna porque su alma, como el alma del Maestro, había nacido contemplando ya de cerca el insondable misterio de la  Muerte, y a la Muerte irían los dos en completa floración de plenitudes, ofreciéndose en el ara de los grandes amores: él murió por su Patria. Ella murió por él.” Y dice más: “Martí la amó y nos dejó versos de su amado recuerdo. Para nosotros los cubanos, María, la melancólica niña guatemalteca, es algo nuestro porque fue algo de él. Y cuando en la patria hermana pensamos, hay siempre un afecto, un deseo de apretarnos a su entraña americana en abrazo cariñoso y sentido...” 

En el artículo “La Universidad que quiero para mis hijos” publicado en Bohemia el 30 de junio de 1957 ―plena lucha contra la tiranía batistiana en la sierra y en el llano―, la periodista Iris Dávila se formula  una serie de preguntas que van más allá del título y tocan un punto medular para el futuro: qué universidad le hace falta al país. 

Y va descartando. De ninguna manera, dice enfática, enviaría a sus tres hijos a la universidad “cuyos objetivos sean brindar conocimientos más o menos teóricos o prácticos, más o menos abundantes, y expedir títulos que capaciten básica y exclusivamente para ganarse la vida…” 

Rechazó de plano una universidad en que no tenga cabida el blanco y el negro y que privilegie a las castas. “La masa estudiantil agrupada en castas crea y prolonga los prejuicios hasta más allá de las aulas, marcando en el conglomerado social los surcos de un divisionismo inhumano, dañino y primitivo. Casta es igual a prejuicio. Prejuicio significa atraso. Atraso y cultura son términos que se excluyen. El hombre verdaderamente culto, culto  hasta el refinamiento depurado del espíritu, es un hombre bueno. Yo quiero que mis hijos sean educados y exquisitamente buenos. Por eso no puedo querer para ellos una Universidad de privilegios. Yo quiero para mis hijos una Universidad donde tengan presente (…) que la Patria da derechos y exige deberes, tan legítimos los primeros como insoslayables los segundos; que no se puede pertenecer a una nación y vivir frívola y cómodamente al margen de sus problemas sociales y políticos; que preocuparse por el destino histórico de su país, es algo que un estudiante universitario no puede dejar para mañana.” 

Y resume de esta manera: “Yo quiero que mis hijos asistan a una Universidad que tenga la calle dentro y que les haga mirar hacia la calle(…)Una Universidad que no lleve de la mano únicamente por los caminos de la ciencia escrita,  sino que al mismo tiempo prepare el noble y obligado ejercicio del civismo y la dignidad. Una Universidad donde de un modo u otro se les recuerde a diario que son partes de un todo y que si no contribuyen a mejorar esa unidad, están contribuyendo al perjuicio propio y general. Una Universidad, en fin, de pueblo y para el pueblo, sin frías insensibilidades, con temblor de Patria y palpitar de Humanidad.”   

Esto no lo escribió Iris Dávila hace una semana en la revista Bohemia. Lo escribió en esa revista pero hace casi medio siglo.   

Estos dos artículos son un buen ejemplo de un periodismo que toma partido con argumentos, con hechos, con razones y emociones ―que no tienen por qué excluirse― y defiende con energía lo que considera ético, necesario, tal vez imprescindible. 

Bueno es añadir aquí, cuando se habla del periodismo que ha hecho Iris Dávila, que una cosa es un panfleto recargado de adjetivos sin sustantividad alguna, o muy mermada, y otra es tomar partido por lo que se considera veraz y necesario, a partir de la realidad y de una asunción que es necesariamente subjetiva: la escala ética del que escribe. La realidad es objetiva pero la percepción de esa realidad pasa por el tamiz de los valores que ha incorporado el individuo: éticos, estéticos, morales, científicos, filosóficos, políticos. En esencia: entre a, b, c, x y z, me inclino por c porque me parece lo más digno, lo más humano, lo más necesario para nuestra sociedad y para mí como individuo y ser social. Y otro elemento indispensable para que se cumpla la función comunicativa del periodismo: que el artículo, la crónica, el reportaje o una simple noticia, cualquiera sea el género, esté bien escrito. Debe ser, como decía el gran poeta romano Horacio, dulce et utile, grato y necesario, porque si el material periodístico ―cualquier género― no me aporta nada, no me enseña nada, no sé lo que pasó y encima, es un ladrillo que me cayó del quinto piso, no me gusta, no me place ni  tampoco me es útil, no sirve como objeto ni sujeto periodístico. 

Los artículos, las notas, los reportajes de Iris respetan la sustantividad de los hechos, pero no son neutrales, optan, asumen posiciones y además, son gratos de leer: están bien escritos. 

Que la realidad es objetiva pero su percepción es subjetiva no siempre es fácil de entender. A mis alumnos de periodismo, cuando abordamos este aspecto esencial de nuestro oficio, les pongo el siguiente ejercicio, les pregunto: ¿este salón es objetivo o subjetivo, es real o es una ilusión? Obviamente, eso parece una pregunta retórica: la sala donde estamos es real. Bien, descríbela, dime lo que ves, lo que tus sentidos perciben. Cada uno, aunque vea o escuche lo mismo, lo percibe con matices diferentes, y muchas veces algunos alumnos no ven o no oyen lo que otros ven o escuchan. Un periodista tiene que saber ver y escuchar lo esencial, lo que no puede faltar en su nota, sea para el medio que sea. Y esa sensibilidad aguzada la lleva Iris en la sangre, en las pupilas y en el corazón de periodista.   

Iris María Felisa Dávila Muné no vino de la quinta galaxia: nació en Güines, un pueblo muy pegado a la tierra, que tuvo la primera Comunidad de Regantes de Cuba y  el tren, ese portento tecnológico de la primera revolución industrial, antes que España y que la mayoría de los países latinoamericanos y caribeños, y que está muy cerca de la capital: a sólo unos 60 kilómetros al suroeste. Allí nació Iris el 18 de mayo de 1918, el año de gracia en que concluyó la primera guerra mundial. Sus padres, Carlos Dávila Díaz y Ana Muné Nicolás, eran descendientes de antiguas familias güineras. Allí, en su pueblo natal, cursó Iris la enseñanza primaria, en la Escuela Pública Nº 5. En el colegio privado San Julián, fundado por un cura párroco de la hechura de algunos curas que se veían en los filmes del neorrealismo italiano (Don Camilo) preparó el ingreso al bachillerato. Cuando ese colegio se incorporó en Güines como instituto provincial al Nº 1 de la ciudad de La Habana, cursó allí los dos primeros años de bachillerato. Y conoció entonces a una profesora inolvidable para todos los que fuimos sus alumnos en Güines o en la Universidad de La Habana: la doctora Vicentina Antuña. Le decíamos cariñosamente Uikentina, por la fonía romana del latín que nos enseñaba. Para Iris, la doctora Vicentina Antuña constituye un símbolo del más alto magisterio en lo académico y en la ética. 

El último año del bachillerato lo cursó Iris  en el Instituto de Segunda Enseñanza de Güines, en tanto que el acto de investidura del grado se efectuó en el Liceo de la villa. El discurso de despedida de los alumnos lo pronunció ella. 

Allí, en Güines, su pueblo natal, se casó con el Dr. Agustín Lage Salseiro, que vino de España siendo niño pero asumió lo cubano y güinero por nacionalización, vida y espíritu. 

En todo ese período de formación, la futura guionista, publicista, abogada, periodista, asesora, directora, escritora estuvo enviando colaboraciones al órgano del Instituto donde estudiaba, a la revista Cúspide, de Melena del Sur  y también al periódico El Mundo y la revista Carteles, ambos de La Habana. 

Estudió Derecho en la Universidad de La Habana y luego periodismo en la Manuel Márquez Sterling, y se graduó primero en Leyes (1942) y tres años después asumió la dura y hermosa responsabilidad del periodismo. Esta profesión u oficio, como ustedes prefieran, lo ejerció siempre, pero como abogada no pleiteó más de cuatro casos. No era su vocación. En cambio, hacer periodismo y escribir radionovelas y luego telenovelas y también cuentos, sí le interesó, y tuvo muy buena acogida. Su telenovela “Y si ella volviera” tuvo tanta aceptación que un  productor mexicano decidió hacer una película. La telenovela de Iris se desarrollaba en Puerto Esperanza, Pinar del Río, pero el productor y el director mexicanos decidieron hacerla en Caibarién. El guión cinematográfico adaptado por los realizadores no era precisamente de Visconti. Iris hizo un nuevo guión de la telenovela, esta vez para cine. Pero los productores decidieron seguir con el que habían hecho ellos…y así les fue. Lástima que se desaprovechó a una excelente actriz: Raquel Revuelta. 

Los espacios radiales “Divorciadas” y “Por los caminos  de la vida” acogieron sus radionovelas que tuvieron gran éxito, lo mismo que sus guiones para telenovelas por la cadena más importante en aquella época, CMQ. Todas esas actividades las compartía con su trabajo periodístico y literario. 

Con el triunfo de la Revolución, se multiplican sus tareas: trabajó en la revista Nueva Industria, que dirigía el Che, luego en el Departamento de Teatro del Consejo Provincial de Cultura,  donde escribe comedias en un acto que se escenificaron en todo el país, hasta en los lugares más apartados de la Sierra Maestra. En el Consejo Nacional de Cultura trabajó intensamente. Había mucho por hacer. En 1966 solicitaron sus servicios en el ICRT, donde su trabajo fue arduo y fecundo: desde escribir libretos, ser productora de mesa, asesora de la dirección de CMQ Radio (luego Liberación), Directora de Programas de la subdirección dramática hasta  miembro de la Comisión Nacional de Radio. En el 72 se integra al colectivo de la revista Mujeres. En el 80 pasa a la Editorial Arte y Literatura como analista y editora. Al jubilarse en el año 83, siguió de manera activa en el Consejo Técnico Asesor de las Editoriales Arte y Literatura y Abril, mientras en el ICRT preside el Comité permanente de selección de programas de televisión para festivales y exportación. Se la conoce y respeta por su calidad, su franqueza y su larga trayectoria en los medios cubanos y del exterior. En el 2001 se editó su libro de cuentos Intimidades.   

Por supuesto, es miembro del PCC, de la UNEAC y de cuanta organización social y cultural le pide asistencia para trabajar mejor, para hacer la vida más grata, más fecunda, más próxima a los ideales de esta Revolución que es también suya. 

Cerrado ese capítulo necesario a la hora de presentar a Iris Dávila a los más jóvenes, a los que todavía se están formando, vuelvo a la semilla: Iris periodista. 

Les aconsejo que lean con atención sus trabajos periodísticos sobre nuestra historia. Cito: “Abrir un periódico y tropezarse con la crónica social  hacía pensar que para ser elegantes requeríamos amalgamar el inglés y el español: el  “baby shower”, el “five o`clock  tea”, la “canasta party”, la  “teen age”, inoculaban la moda apagando cualquier acento castizo o criollo. Los ricos que fallecían eran expuestos en las funerarias caras que ostentaban en la puerta un rótulo simbólico: “funeral home”.  Pero Iris no se queda en lo aparencial, lo externo; toca los elementos materiales, sustantivos de la penetración norteamericana. Nos recuerda que “en 1898 el valor de sus inversiones (de EE.UU. en Cuba) ascendía a 50 millones de dólares; en 1906 a 160 millones; y en 1927 a 1,450 millones”. Y cita luego un informe del Departamento de Estado (EE.UU.) hecho público en 1956: “Las únicas inversiones extranjeras importantes que existen en Cuba son las de EE.UU. La participación norteamericana  sobrepasa el 90 % de los servicios telefónicos y eléctricos; del 50 % de los ferrocarriles de servicio público; y aproximadamente del 40 % de la producción de azúcar cruda.” La periodista Iris Dávila recordaba en ese artículo lo que había dicho en Washington en 1805 el presidente Jefferson: “Es preciso adquirir a Cuba”. Es decir, añado, lo mismo que hicieron con la Luisiana, que se la compraron a los franceses, o la Florida que era española, o el millón de dólares que les pagaron a los rusos por Alaska, y la mitad del territorio mexicano, que ahí sí no pagaron ni un quilo prieto. Fue a la cañona. 

Lo que escribió Iris en el centenario de la muerte de Ignacio Agramonte, que como sabemos cayó combatiendo  como un héroe en mayo de 1873 a los 32 años de edad, aúna el conocimiento de la historia, una prosa fluida y fina sensibilidad para recrear el amor que construyeron en el brutal escenario de una guerra sin tregua Amalia Simoni e Ignacio, un hombre, que nos recuerda Iris, ascendió de soldado a Mayor General y luego a Jefe máximo del Centro, y una mujer que pasó de las sedas familiares a la dureza de la manigua, la separación obligada, la hijita con el padre en el frente de lucha y la entereza cuando es capturada por una tropa española y le preguntan su nombre, responde: “Soy Amalia Simoni, esposa del Mayor General del Ejército Libertador Ignacio Agramonte. ¡Viva Cuba!” El amor que se tenían y el amor que ambos sentían por la patria los hizo grandes, dichosos, seguros  incluso en los peores trances de la guerra. 

Me hubiese gustado glosar algunos párrafos de los trabajos que hizo Iris con gente tan afín y queridas por ella como las doctoras Vicentina Antuña y  Mirta Aguirre. Por tres razones: están bien escritos, captan la esencia de ellas y porque también yo les tuve mucho aprecio: fueron mis maestras en la Universidad.  Creo que los trabajos sobre telenovelas como Roque Santeiro y la importancia que tuvo en el género, en la poesía y en la música Félix B. Caigné, un autor que hay que estudiar, merecerían varios párrafos anticipatorios. Pero en una homologación forzada del final de un extraordinario poema de nuestro querido e inolvidable amigo Eliseo Diego, les diría… les dejo el texto, todo el texto.

Prólogo del libro Delirio de periodista

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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