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Iris tenía 24 años, una edad en la que
el que miente se traiciona tal vez para
siempre. Quizá por eso y su formación
familiar y en parte también la
académica, le pasó por arriba a la
mojigatería de la época ―que a veces
reaparece― y abordó la hermosa y trágica
historia de la Niña de Guatemala ―digna
de una tragedia de Shakespeare― sin
celosías que oscurecieran realidades ni
acomodos a la doble moral, tan al uso en
aquellos tiempos, y más difícil de
exterminar que el marabú.
En “Una oración a la niña de Guatemala”,
publicada en la revista Vanidades
en l942, aborda sin rodeos el amor que
hubo entre la joven María García
Granados, hija de un general
guatemalteco, y el profesor de Historia
y Literatura, proscrito de su patria por
el colonialismo español, nuestro José
Martí.
Escribe Iris Dávila en su artículo
publicado en Vanidades: “Lo amó
enseguida. Su sensibilidad no opuso
resistencia a la ternura acariciante con
que modulaba las palabras aquel joven
triste de rostro pálido y frente
pensadora. Martí también la quiso. ¿Cómo
hubiera sido posible que él, admirador
postrado ante la mujer y la belleza, se
mantuviera indiferente a aquel espíritu
sutil, ávido de su amor, consciente del
valor del poeta, del hombre y del
maestro? Así lo dijeron sus versos:
Como una enredadera
ha trepado este afecto
por mi vida.
Díjele que de mí se
desasiera
y se enredó por mi sangre
adolorida
como por el balcón la
enredadera.
Iris va más allá: “Ella lo amó como
ninguna porque su alma, como el alma del
Maestro, había nacido contemplando ya de
cerca el insondable misterio de la
Muerte, y a la Muerte irían los dos en
completa floración de plenitudes,
ofreciéndose en el ara de los grandes
amores: él murió por su Patria. Ella
murió por él.” Y dice más: “Martí la amó
y nos dejó versos de su amado recuerdo.
Para nosotros los cubanos, María, la
melancólica niña guatemalteca, es algo
nuestro porque fue algo de él. Y cuando
en la patria hermana pensamos, hay
siempre un afecto, un deseo de
apretarnos a su entraña americana en
abrazo cariñoso y sentido...”
En el artículo “La Universidad que
quiero para mis hijos” publicado en
Bohemia el 30 de junio de 1957
―plena lucha contra la tiranía
batistiana en la sierra y en el llano―,
la periodista Iris Dávila se formula
una serie de preguntas que van más allá
del título y tocan un punto medular para
el futuro: qué universidad le hace falta
al país.
Y va descartando. De ninguna manera,
dice enfática, enviaría a sus tres hijos
a la universidad “cuyos objetivos sean
brindar conocimientos más o menos
teóricos o prácticos, más o menos
abundantes, y expedir títulos que
capaciten básica y exclusivamente para
ganarse la vida…”
Rechazó de plano una universidad en que
no tenga cabida el blanco y el negro y
que privilegie a las castas. “La masa
estudiantil agrupada en castas crea y
prolonga los prejuicios hasta más allá
de las aulas, marcando en el
conglomerado social los surcos de un
divisionismo inhumano, dañino y
primitivo. Casta es igual a prejuicio.
Prejuicio significa atraso. Atraso y
cultura son términos que se excluyen. El
hombre verdaderamente culto, culto
hasta el refinamiento depurado del
espíritu, es un hombre bueno. Yo quiero
que mis hijos sean educados y
exquisitamente buenos. Por eso no puedo
querer para ellos una Universidad de
privilegios. Yo quiero para mis hijos
una Universidad donde tengan presente
(…) que la Patria da derechos y exige
deberes, tan legítimos los primeros como
insoslayables los segundos; que no se
puede pertenecer a una nación y vivir
frívola y cómodamente al margen de sus
problemas sociales y políticos; que
preocuparse por el destino histórico de
su país, es algo que un estudiante
universitario no puede dejar para
mañana.”
Y resume de esta manera: “Yo quiero que
mis hijos asistan a una Universidad que
tenga la calle dentro y que les haga
mirar hacia la calle(…)Una Universidad
que no lleve de la mano únicamente por
los caminos de la ciencia escrita, sino
que al mismo tiempo prepare el noble y
obligado ejercicio del civismo y la
dignidad. Una Universidad donde de un
modo u otro se les recuerde a diario que
son partes de un todo y que si no
contribuyen a mejorar esa unidad, están
contribuyendo al perjuicio propio y
general. Una Universidad, en fin, de
pueblo y para el pueblo, sin frías
insensibilidades, con temblor de Patria
y palpitar de Humanidad.”
Esto no lo escribió Iris Dávila hace una
semana en la revista Bohemia. Lo
escribió en esa revista pero hace casi
medio siglo.
Estos dos artículos son un buen ejemplo
de un periodismo que toma partido con
argumentos, con hechos, con razones y
emociones ―que no tienen por qué
excluirse― y defiende con energía lo que
considera ético, necesario, tal vez
imprescindible.
Bueno es añadir aquí, cuando se habla
del periodismo que ha hecho Iris Dávila,
que una cosa es un panfleto recargado de
adjetivos sin sustantividad alguna, o
muy mermada, y otra es tomar partido por
lo que se considera veraz y necesario, a
partir de la realidad y de una asunción
que es necesariamente subjetiva: la
escala ética del que escribe. La
realidad es objetiva pero la percepción
de esa realidad pasa por el tamiz de los
valores que ha incorporado el individuo:
éticos, estéticos, morales, científicos,
filosóficos, políticos. En esencia:
entre a, b, c, x y z, me inclino por c
porque me parece lo más digno, lo más
humano, lo más necesario para nuestra
sociedad y para mí como individuo y ser
social. Y otro elemento indispensable
para que se cumpla la función
comunicativa del periodismo: que el
artículo, la crónica, el reportaje o una
simple noticia, cualquiera sea el
género, esté bien escrito. Debe ser,
como decía el gran poeta romano Horacio,
dulce et utile, grato y
necesario, porque si el material
periodístico ―cualquier género― no me
aporta nada, no me enseña nada, no sé lo
que pasó y encima, es un ladrillo que me
cayó del quinto piso, no me gusta, no me
place ni tampoco me es útil, no sirve
como objeto ni sujeto periodístico.
Los artículos, las notas, los reportajes
de Iris respetan la sustantividad de los
hechos, pero no son neutrales, optan,
asumen posiciones y además, son gratos
de leer: están bien escritos.
Que la realidad es objetiva pero su
percepción es subjetiva no siempre es
fácil de entender. A mis alumnos de
periodismo, cuando abordamos este
aspecto esencial de nuestro oficio, les
pongo el siguiente ejercicio, les
pregunto: ¿este salón es objetivo o
subjetivo, es real o es una ilusión?
Obviamente, eso parece una pregunta
retórica: la sala donde estamos es real.
Bien, descríbela, dime lo que ves, lo
que tus sentidos perciben. Cada uno,
aunque vea o escuche lo mismo, lo
percibe con matices diferentes, y muchas
veces algunos alumnos no ven o no oyen
lo que otros ven o escuchan. Un
periodista tiene que saber ver y
escuchar lo esencial, lo que no puede
faltar en su nota, sea para el medio que
sea. Y esa sensibilidad aguzada la lleva
Iris en la sangre, en las pupilas y en
el corazón de periodista.
Iris María Felisa Dávila Muné no vino de
la quinta galaxia: nació en Güines, un
pueblo muy pegado a la tierra, que tuvo
la primera Comunidad de Regantes de Cuba
y el tren, ese portento tecnológico de
la primera revolución industrial, antes
que España y que la mayoría de los
países latinoamericanos y caribeños, y
que está muy cerca de la capital: a sólo
unos 60 kilómetros al suroeste. Allí
nació Iris el 18 de mayo de 1918, el año
de gracia en que concluyó la primera
guerra mundial. Sus padres, Carlos
Dávila Díaz y Ana Muné Nicolás, eran
descendientes de antiguas familias
güineras. Allí, en su pueblo natal,
cursó Iris la enseñanza primaria, en la
Escuela Pública Nº 5. En el colegio
privado San Julián, fundado por un cura
párroco de la hechura de algunos curas
que se veían en los filmes del
neorrealismo italiano (Don Camilo)
preparó el ingreso al bachillerato.
Cuando ese colegio se incorporó en
Güines como instituto provincial al Nº 1
de la ciudad de La Habana, cursó allí
los dos primeros años de bachillerato. Y
conoció entonces a una
profesora
inolvidable para todos los que fuimos
sus alumnos en Güines o en la
Universidad de La Habana: la doctora
Vicentina Antuña. Le decíamos
cariñosamente Uikentina, por la fonía
romana del latín que nos enseñaba. Para
Iris, la doctora Vicentina Antuña
constituye un símbolo del más alto
magisterio en lo académico y en la
ética.
El último año del bachillerato lo cursó
Iris en el Instituto de Segunda
Enseñanza de Güines, en tanto que el
acto de investidura del grado se efectuó
en el Liceo de la villa. El discurso de
despedida de los alumnos lo pronunció
ella.
Allí, en Güines, su pueblo natal, se
casó con el Dr. Agustín Lage Salseiro,
que vino de España siendo niño pero
asumió lo cubano y güinero por
nacionalización, vida y espíritu.
En todo ese período de formación, la
futura guionista, publicista, abogada,
periodista, asesora, directora,
escritora estuvo enviando colaboraciones
al órgano del Instituto donde estudiaba,
a la revista Cúspide, de Melena
del Sur y también al periódico El
Mundo y la revista Carteles,
ambos de La Habana.
Estudió Derecho en la Universidad de La
Habana y luego periodismo en la Manuel
Márquez Sterling, y se graduó primero en
Leyes (1942) y tres años después asumió
la dura y hermosa responsabilidad del
periodismo. Esta profesión u oficio,
como ustedes prefieran, lo ejerció
siempre, pero como abogada no pleiteó
más de cuatro casos. No era su vocación.
En cambio, hacer periodismo y escribir
radionovelas y luego telenovelas y
también cuentos, sí le interesó, y tuvo
muy buena acogida. Su telenovela “Y si
ella volviera” tuvo tanta aceptación que
un productor mexicano decidió hacer una
película. La telenovela de Iris se
desarrollaba en Puerto Esperanza, Pinar
del Río, pero el productor y el director
mexicanos decidieron hacerla en
Caibarién. El guión cinematográfico
adaptado por los realizadores no era
precisamente de Visconti. Iris hizo un
nuevo guión de la telenovela, esta vez
para cine. Pero los productores
decidieron seguir con el que habían
hecho ellos…y así les fue. Lástima que
se desaprovechó a una excelente actriz:
Raquel Revuelta.
Los espacios radiales “Divorciadas” y
“Por los caminos de la vida” acogieron
sus radionovelas que tuvieron gran
éxito, lo mismo que sus guiones para
telenovelas por la cadena más importante
en aquella época, CMQ. Todas esas
actividades las compartía con su trabajo
periodístico y literario.
Con el triunfo de la Revolución, se
multiplican sus tareas: trabajó en la
revista Nueva Industria, que
dirigía el Che, luego en el Departamento
de Teatro del Consejo Provincial de
Cultura, donde escribe comedias en un
acto que se escenificaron en todo el
país, hasta en los lugares más apartados
de la Sierra Maestra. En el Consejo
Nacional de Cultura trabajó
intensamente. Había mucho por hacer. En
1966 solicitaron sus servicios en el
ICRT, donde su trabajo fue arduo y
fecundo: desde escribir libretos, ser
productora de mesa, asesora de la
dirección de CMQ Radio (luego
Liberación), Directora de Programas de
la subdirección dramática hasta miembro
de la Comisión Nacional de Radio. En el
72 se integra al colectivo de la revista
Mujeres. En el 80 pasa a la
Editorial Arte y Literatura como
analista y editora. Al jubilarse en el
año 83, siguió de manera activa en el
Consejo Técnico Asesor de las
Editoriales Arte y Literatura y Abril,
mientras en el ICRT preside el Comité
permanente de selección de programas de
televisión para festivales y
exportación. Se la conoce y respeta por
su calidad, su franqueza y su larga
trayectoria en los medios cubanos y del
exterior. En el 2001 se editó su libro
de cuentos Intimidades.
Por supuesto, es miembro del PCC, de la
UNEAC y de cuanta organización social y
cultural le pide asistencia para
trabajar mejor, para hacer la vida más
grata, más fecunda, más próxima a los
ideales de esta Revolución que es
también suya.
Cerrado ese capítulo necesario a la hora
de presentar a Iris Dávila a los más
jóvenes, a los que todavía se están
formando, vuelvo a la semilla: Iris
periodista.
Les aconsejo que lean con atención sus
trabajos periodísticos sobre nuestra
historia. Cito: “Abrir un periódico y
tropezarse con la crónica social hacía
pensar que para ser elegantes
requeríamos amalgamar el inglés y el
español: el “baby shower”, el “five
o`clock tea”, la “canasta party”, la
“teen age”, inoculaban la moda apagando
cualquier acento castizo o criollo. Los
ricos que fallecían eran expuestos en
las funerarias caras que ostentaban en
la puerta un rótulo simbólico: “funeral
home”. Pero Iris no se queda en lo
aparencial, lo externo; toca los
elementos materiales, sustantivos de la
penetración norteamericana. Nos recuerda
que “en 1898 el valor de sus inversiones
(de EE.UU. en Cuba) ascendía a 50
millones de dólares; en 1906 a 160
millones; y en 1927 a 1,450 millones”. Y
cita luego un informe del Departamento
de Estado (EE.UU.) hecho público en
1956: “Las únicas inversiones
extranjeras importantes que existen en
Cuba son las de EE.UU. La participación
norteamericana sobrepasa el 90 % de los
servicios telefónicos y eléctricos; del
50 % de los ferrocarriles de servicio
público; y aproximadamente del 40 % de
la producción de azúcar cruda.” La
periodista Iris Dávila recordaba en ese
artículo lo que había dicho en
Washington en 1805 el presidente
Jefferson: “Es preciso adquirir a Cuba”.
Es decir, añado, lo mismo que hicieron
con la Luisiana, que se la compraron a
los franceses, o la Florida que era
española, o el millón de dólares que les
pagaron a los rusos por Alaska, y la
mitad del territorio mexicano, que ahí
sí no pagaron ni un quilo prieto. Fue a
la cañona.
Lo que escribió Iris en el centenario de
la muerte de Ignacio Agramonte, que como
sabemos cayó combatiendo como un héroe
en mayo de 1873 a los 32 años de edad,
aúna el conocimiento de la historia, una
prosa fluida y fina sensibilidad para
recrear el amor que construyeron en el
brutal escenario de una guerra sin
tregua Amalia Simoni e Ignacio, un
hombre, que nos recuerda Iris, ascendió
de soldado a Mayor General y luego a
Jefe máximo del Centro, y una mujer que
pasó de las sedas familiares a la dureza
de la manigua, la separación obligada,
la hijita con el padre en el frente de
lucha y la entereza cuando es capturada
por una tropa española y le preguntan su
nombre, responde: “Soy Amalia Simoni,
esposa del Mayor General del Ejército
Libertador Ignacio Agramonte. ¡Viva
Cuba!” El amor que se tenían y el amor
que ambos sentían por la patria los hizo
grandes, dichosos, seguros incluso en
los peores trances de la guerra.
Me hubiese gustado glosar algunos
párrafos de los trabajos que hizo Iris
con gente tan afín y queridas por ella
como las doctoras Vicentina Antuña y
Mirta Aguirre. Por tres razones: están
bien escritos, captan la esencia de
ellas y porque también yo les tuve mucho
aprecio: fueron mis maestras en la
Universidad. Creo que los trabajos
sobre telenovelas como Roque Santeiro y
la importancia que tuvo en el género, en
la poesía y en la música Félix B.
Caigné, un autor que hay que estudiar,
merecerían varios párrafos
anticipatorios. Pero en una homologación
forzada del final de un extraordinario
poema de nuestro querido e inolvidable
amigo Eliseo Diego, les diría… les dejo
el texto, todo el texto.
Prólogo del libro Delirio de
periodista |