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Viajar a Bolivia es entrar a un mundo de
espesura cultural; el peso de las
tradiciones indígenas se impone apenas
se arriba al aeropuerto. Los ponchos,
sombreros y gorros tradicionales cubren
con elegancia natural a esos hombres y
mujeres que, a pesar de siglos de
discriminación y globalización
seudocultural, preservan sus costumbres,
su idiosincrasia y el aire sencillo,
pero orgulloso, de quien atesora en su
carácter la sabiduría pulimentada en un
proceso milenario.
La Paz sacude al cubano, acostumbrado a
estar al nivel del mar, con una altura
de casi 4 mil metros; hay que adaptarse
al paso lento y la falta de aire. Es
como el hoyo central de una majestuosa
cordillera liderada por el pico Illimani,
siempre coronado de nieve. Ciudad muy
tranquila, una excepción en el
continente (y hasta diría en el mundo de
hoy, donde las capitales se destacan más
por asaltos, asesinatos y robos, que por
sus bondades). Como para hacer honor a
su nombre, uno se puede pasear por La
Paz a cualquier hora del día y de la
noche; no obstante a saber que se pisa
sobre un volcán en erupción social.
Tanta miseria acumulada salta a la vista
en sus calles. Niños por doquiera
esperando en los rincones una mano
piadosa. El desamparo y la
discriminación ha sometido a todo un
pueblo al "status" de nadies y ahora ese
pueblo cobra voz y agita su esperanza
con el gobierno de Evo Morales. El ALBA
latinoamericana lleva la salud y la
educación hasta sus más apartados
rincones. Frente a ese humanismo la
oligarquía sabotea el proceso, pero ya
el indio boliviano conoce la libertad y
el poder de la unión.
De toda esa belleza originaria y sus
luchas de hoy está impregnada la obra de
un reconocido artista plástico
boliviano. Recorriendo la Feria del
Libro en Bolivia, me llamó la atención
un
stand
donde sus cuadros se exhiben como
símbolo de esa nación. Gracias a buenos
amigos pude conocer al creador. Puro
indio, afable, tierno, firme, llano y
directo. De inmediato surgió la amistad,
y con Yoel, Tere, Brooks y otros
compañeros de las misiones cubanas allí,
le tejimos una amorosa trampa: lo
invitamos a un domingo de cubaneo, con
macho asado incluido, y el típico (y
¡fuerte!) aguardiente Singani para
solidarizarnos con la patria que nos
recibía.
Roberto Mamani Mamani, ¿nombre
artístico?
Roberto no es un nombre aymará, yo
hubiera preferido llamarme Uyustus,
que sí es un nombre aymará, de un
pensador aymará. Y mis apellidos, Mamani
Mamani, no son artísticos, son
originales. Mis hijos sí tienen nombres
originarios, el mayor se llama
Illimani, como la montaña, que
significa "el resplandeciente", "el
eterno". El segundo se llama Liampú
que es otra montaña y significa "el más
fuerte" o "fortaleza". Yo soy de una
tercera generación que vive aquí en la
ciudad. Mis abuelos fueron los primeros
inmigrantes del campo a la ciudad y ahí
cambian muchas cosas. Los abuelos
enseñan a los hijos, pero esos hijos, ya
de padres, no quieren enseñarles a los
suyos el aymará porque el racismo, la
exclusión y otros muchos factores, han
hecho que la gente se sienta avergonzada
de sus apellidos, de sus nombres;
entonces, para mí, ha sido volver a
encontrarme con mis raíces y gritar con
mi arte: soy un indio; soy un aymará y
voy a llevar los apellidos de mis
abuelos.
Mi abuela era Juana Mamani, mi abuelo
era Carlos Mamani, que fue a la guerra
del Chaco. Pero los nombres vienen ya
con la iglesia; con la conquista la
iglesia cambia los nombres porque ya en
el campo no podías bautizar a los hijos
si llevabas un nombre originario. Decías
"mi hijo se va a llamar Illimani Mamani",
y te dicen, "pero eso no es un nombre
cristiano". Mi madre me contaba que te
decían, por ejemplo, "¿En qué fecha has
nacido… 15 de julio? Ah bueno, es San
Antonio, se va a llamar Antonio". O si
era Santa Ana o San Felipe te sacaban el
nombre por el calendario. Ahora las
cosas están cambiando, pero desde la
colonia ha venido ese proceso en el que
hemos perdido los nombres. La pérdida de
los apellidos ha sido más por un
problema de racismo porque si eres
Madani o Quisne o Choquehuanca, te dicen
"Ah, este es indio" y, por tanto es
despectivo y no puedes tener, por
ejemplo, un cargo importante. Por ello,
los mismos aymarás o los mismos
quechuas, han cambiado sus apellidos
para sentirse aceptados socialmente.
Mi niñez es de ciudad, en una mezcla de
cosas. Nací en un territorio quechua; mi
nacimiento y todo este acto de unión de
mis padres —porque los aymarás se
juntan, no se casan— es una historia. La
familia de mi madre no aceptaba a mi
padre porque lo veían medio
irresponsable, un bonachón y ellos se
escapan a Cochabamba y allí nacimos mi
hermana y yo, en Cochabamba, territorio
quechua. Una vez confirmada esa unión
por la familia, volvemos a Tihuanaco,
adonde están mis abuelos, la familia de
mi madre. Así que tengo una mezcla de
ciudad, tengo de campo, tengo toda una
enseñanza de mi aguicha, de mi
abuela, que me enseña los rituales, los
agradecimientos, los colores del aguayo,
la simbología; no me enseña como en una
academia, me enseña de las cosas que han
pasado y que pasan, de las cosas que hay
que hacer.
¿Y cuándo sientes necesidad de
expresarte con el dibujo?
Creo que los dioses me han bendecido,
los achachivas, los sapos. Yo
recuerdo mis primeros dibujos, los hacía
con el carbón del fogón de mi madre, los
hacía sobre el papel periódico, sobre el
cartón. Hasta ahora sigo pintando sobre
el papel periódico, pues me parece un
soporte noble, porque ahí se me explican
los dibujos. Desde niño me manifestaba
haciendo dibujos, bosquejos…
Mi formación artística… fue con recortes
de revistas, periódicos, información que
veía y la recortaba para tenerla, porque
no estudié arte. Además de esa actitud,
de ser un chico que pintaba o hacía
dibujos, hice mi bachillerato aquí, en
La Paz, y estudié Agronomía y estudié
Derecho. La familia era humilde y no
podía estudiar Arte, pues estaban las
necesidades y las prioridades. Estudiaba
y me apasionaba pintar; a la vez que
estudiaba dibujaba toda la noche y no
era porque al día siguiente pudiera
vender un cuadro: era la necesidad
interior que yo tenía. Recuerdo que me
untaba grasa de gama para atenuar el
frío de La Paz, pues vivía en un sótano
que era muy frío pero no dejaba de
pintar, por esa necesidad tan fuerte.
La energía en mi pintura sale del
entorno, los Andes, el altiplano, las
montañas, son lugares de mucha fuerza
telúrica, además de su gente, su
cultura, su historia. De todo esto emana
una energía que se dio en mi obra; es
como un aura que tiene esta parte de la
tierra. Yo creo que nuestros mayores,
nuestros antecesores, nuestros abuelos,
han vivido en una sociedad con mucha
armonía. Creo que han llegado a niveles
de entenderse mutuamente, con la
naturaleza, con el hombre mismo; son
conocimientos que se han ido perdiendo y
han sido los que han trabajado en toda
esa cosmovisión andina. Pienso que no
solo eran naciones, eran imperios
tremendamente importantes a un nivel muy
superior. Cuando yo veo Tihuanaco, o veo
otras culturas como la Tchimú, la
Paracas
—y otras que han tenido que ser muy
agresivas, como toda sociedad en
formación—, no puedo menos que sentir
gran admiración. Creo que la cultura
Tihuanaco
ha llegado a niveles de
conocimientos tan elevados que son los
que quiero reflejar en mi obra. Es esa
parte de "energías", digamos, de
conocimientos superiores, de fuerzas,
que el hombre sentía para compenetrarse,
para complementarse en ese respeto hacia
la naturaleza, hacia la comunidad, hacia
los abuelos, hacia los niños. Yo siempre
digo que somos herederos de una gran
cultura y la identidad vale cien veces
más que esa falta de identidad.
En tus pinturas priman los símbolos y
colores de tu tierra, de tu bandera, con
un estilo inconfundible. En esa síntesis
de tradición, ¿existe también un diálogo
con las convulsiones actuales de la
sociedad?
Estamos viviendo momentos importantes en
Bolivia. Aquí está el corazón de
América; aquí se encuentran las
montañas, parte de los Andes. Tenemos
que sentirnos privilegiados por estos
cambios; muchos ojos están mirando a
estos movimientos indígenas, no solo por
el aspecto político, sino por su
profundidad, por su sabiduría, por sus
conocimientos que traen en los rubros
indígenas. Es como un compromiso para
mí, pues al ser parte de ellos, siento
la necesidad de sacar de lo más adentro
posible.
Cada color tiene un significado para
cada comunidad, cada comunidad usa un
color que determina su aspecto de la
región, de su política, del ayllú,
cosas que se han ido perdiendo y
olvidando; y hay que recuperar y
reinventar sobre esos conocimientos y es
ese el deber de los artistas aymarás, de
los artistas quechuas; que si bien se
han tenido como una escuela occidental,
han llevado detrás, siempre, una gran
sombra, la raíz profunda y nuestra que
es la parte indígena. Esa resistencia
está hasta ahora, se siente en muchas
naciones originarias, que sí han tenido
que soportar la colonización y han
tenido que soportar la república, pero
detrás, han sostenido la otra parte de
su alma, su cultura, su identidad. Y
ahora son momentos para decir al mundo:
aquí estamos, con nuestra voz, con
nuestra visión con nuestros
sentimientos, y lo que podemos decir es
que podemos aportar también algo al
mundo con esa sabiduría de nuestros
pueblos.
El arte es una herramienta, un arma para
hacer ver, hacer entender, el arte rompe
barreras sectoriales. Por ejemplo, en
Santa Cruz, yo abrí una galería donde
estaba el Comité pro Santa Cruz y muchas
posiciones contrarias, y la cultura
puede ser tan fuerte que rompa esos
obstáculos. A veces, cuando pasan los
cambas por la tienda y ven los
cuadros, dicen "esto es un superindio" y
se van. Creo que la cultura es una
herramienta valiosa para algunos
problemas intrínsecos: políticos,
regionales, sociales; hay que dirigirlos
muy bien. He estado trabajando con los
niños cóndores, los niños pumas, que son
los futuros sabios que tienen que
gobernar este país. Tanto que la última
exposición se llama Hacha hindi,
el renacer de los niños cóndores, que
quiere decir “el gran sol”; y de ahí
nacen los futuros niños cóndores, los
futuros amutas
de este país.
Uno de los dolores que asaltan cuando te
paseas por las calles de La Paz son los
niños mendigos o buscando el sustento de
mil maneras…
Estos chicos le desgarran a uno el alma,
por muchos factores que hemos
cuestionado y que es una realidad
permanente para toda la gente que viene
y que lo ve. ¿Cómo es posible que un
país con tanta riqueza natural, tan
inmenso y con muy poca población, no
pueda ser un lugar donde todos los
habitantes sean hombres felices y
radiantes, que puedan vivir en esa
eterna armonía de felicidad, de
equilibrio? En eso, por lo menos yo,
como artista, me he comprometido siempre
a ayudar; donde estén los chicos estará
mi apoyo como artista. Trabajo con
ellos, me doy en una infinidad de
situaciones en que podemos aliviar a
estos chicos. Porque yo lo he vivido y
sufrido, pienso a veces que es un
compromiso de sangre con los chicos, eso
tiene que cambiar ahora, es el momento,
creo que todos los bolivianos tenemos
que apoyar ese cambio. Si no, ¿cómo
vamos a cambiar?
Volviendo a tu vida; tu obra goza de
reconocimiento internacional, incluso
mucho más allá del plano sudamericano.
Háblame de otras influencias que has
recibido de la cultura latinoamericana o
europea, de obras que te gusten, de
creadores...
Sí, sí creo que uno debe alimentarse
continuamente. De un maestro, de la
primera exposición de un artista joven.
El universo de la plástica es un
alimento para el artista; uno se va
nutriendo y va absorbiendo, reconociendo
alguna pincelada, algún trazo, y eso es
alimentarse mutuamente; y por estos
privilegios de ser artista he ido
recorriendo y conociendo. Cuando estaba
en Holanda admiré la obra de Vicent Van
Gogh y mucho mucho a Wilfredo Lam. ¿Qué
me pasó en Cuba, digamos? Como artista,
lo primero que hago, y adonde me llego
siempre, es a los museos. Recientemente
estuve en Cuba y lo primero fue visitar
el Museo de Bellas Artes. Me quedé
mirando durante mucho rato un cuadro
inmenso de Lam. A veces creo que los
artistas caminamos por un mismo camino,
y a veces nos encontramos con ciertas
cosas, elementos, y de Lam me gustó su
simbología. Su padre puede haber sido un
indio negro, y él maneja dioses,
igloos, un simbolismo… y que de
repente, yo, de este otro lado, otro
indio, esté manejando esas
inspiraciones, en esa misma dirección
pero con diferentes objetos…
espiritualmente juntos. Así mismo pasa
con otros artistas. Particularmente,
Mamani Mamani busca en el color de los
jaguados, de los textiles, soy
figurativo y simbolista, me acerco mucho
a los que trabajan en esta corriente y
un poco me entiendo con ellos, y puedo
bailar la chueca o bailo la
música que me gusta.
Cuando pintas, ¿te sientas a soñar en
abstracto o pones música? ¿Qué ambiente
te rodea cuando dibujas, qué ocasiones o
entorno escoges?
Tengo siempre que agradecer a la música,
trabajo con ella a todo volumen, al
estilo de ustedes. Gusto de todas las
músicas. En todos los viajes que hago
traigo solo libros y música.
¿Lo que pones es música folclórica de
acá?
Sí, sí, tengo muy buenos amigos músicos.
Lo más cercano al artista plástico es el
músico. Además, es solitario ser artista
plástico, necesitas la compañía de la
música. De repente escucho un guaño
romántico y paso, y puedo escuchar una
salsa de Polo Montañez, que me ha
fascinado. Tal vez me voy a un Jazz, a
una subcurial, soy un mundo de
cosas cuando pinto. Voy creando siete u
ocho cuadros a la vez, paso de este,
salto y brinco. Mi arte es como una
challa; la challa en Bolivia
es como una ofrenda, la pachamama,
y esta ofrenda está llena de colores y
llena de objetos: confites, dulces,
inciensos, coa, toda una mesa que a la
madre diosa le gusta. Es un poco, así,
mi trabajo.
Te hemos casi metido en una trampa
cubanística, donde hay mucha gritería,
música y una comida que quizá no sea lo
más típico, aunque el cerdo es también
parte de la comida boliviana.
Sí, en la comida criolla sí.
A mí me invitaron aquí como a unos
tamales de maíz. El maíz también es
típico en Bolivia.
Sí, tenemos la cultura quechua que es la
cultura del maíz. La cultura aymará es
la cultura de la papa, cuando iba a
Cochabamba de niño, decían, "ha llegado
el come chungo", el come papa.
Cuando venía de Cochabamba, ha venido el
come maíz, "el come lagua": eso
fue parte del alimento para ser un
creador. Los tamales se parecen mucho a
las humentas.
Y el chancho es de la parte
aymará; se come mucho cordero, se come
la llama, el cerdo también, pero no
tanto. La llama, además de ser un animal
sagrado, también se utiliza para la
construcción de las casas.
Estuve en Colombia hace poco y vi, por
vez primera, una llama; sus ojos
enormes… me quedé extasiado. En tu
cultura está muy presente, incluso
tienes entre tus obras la pachamama
de la llama.
Es un animal sagrado, de ofrendas y
también de alimentos; es como símbolo de
fortalezas andinas o aymarás. Por otra
parte, su carne tiene cero por ciento de
colesterol, así que es una carne benigna
y creo que ha sido la sobrevivencia de
los aymarás. La papa y la carne de llama
son alimentos fundamentales del hombre
de los Andes.
Quisiera saber sobre el movimiento
cultural en estos momentos en Bolivia.
Lugares de exposición, galerías,
espacios de confrontación entre
creadores, ¿cómo se desarrolla este
movimiento?
Muy flojo, casi nada, tanto así. Existen
bastantes creadores, pero no hay una
constancia para debatir hacia dónde va
la cultura boliviana, qué se está
haciendo en estos momentos o qué
queremos hacer. Las galerías son escasas
y a nivel local. Al artista joven no se
le brinda un sentido de vida, qué va a
pasar en su futuro; no hay gente que
promocione a los artistas hacia fuera;
cada artista lo hace por sí solo.
Digamos, en mi caso, soy yo y los
cuadros, sin salir de viaje y pelearse
con el mundo.
Pienso que un artista como tú, de tanta
resonancia internacional, en Cuba fuera
como una especie de maestro, como eje de
múltiples contactos. Estarías esquivando
dar clases, conferencias, a los
creadores, no solo de las artes
plásticas, sino de otras
manifestaciones... ¿Eso no sucede en
Bolivia con los auténticos artistas? ¿Se
explota esa sabiduría en función de la
comunidad de creadores?
Todavía no, son fuertes los muros que
hay que romper. Yo siempre digo: así
como en la política se está cuestionando
y se están queriendo romper ciertos
adormecimientos socioculturales; en la
cultura es peor, más difícil, y es por
ello necesario un despertar en ese
sentido. La cultura es casi lo último,
porque las necesidades, las prioridades,
son de comer y de muchas otras cosas. La
cultura está casi al final. Quiero hacer
una proclama para ver qué pasa con el
arte y con el artista indígena, al que
le resulta más difícil todavía abrir un
camino. En el caso mío ha sido cien
veces más duro llegar a posesionarme, a
estar donde estoy; he tenido que chocar
con una elite de artistas, con otro
grupo de gente que estudia arte y dice:
"Y este Madani, ¿de dónde ha salido, no
ha estudiado?"; y la otra elite dice
"¿Qué pasa con este?”. Entonces, nunca
la escuela de Bellas Artes me ha
invitado a dar una charla. En Cochabamba
pasó, después de 20 años, que he podido
dar una charla de cómo ha sido Mamani
Mamani. Así pasan todavía en Bolivia
esas cosas que, de repente, falta mucho,
mucho por avanzar, mucho por hacer,
mucho por trabajar, mucho por romper
barreras.
Casi para terminar este encuentro
contigo tan emotivo, yo te voy a
mencionar un nombre nada más:
Guayasamín.
Un gran maestro, hermano de sangre
porque era un artista indígena quechua,
de él recibí el primer alto
reconocimiento; si él no hubiera estado
en el jurado tal vez no me hubieran dado
el premio. Los premios que yo he
conseguido siempre han sido con jurado
de afuera, porque si es de acá, se
"cocina"; por eso te digo que hay que
cambiar todo, no solamente en el aspecto
político, también hay que cambiar en la
parte cultural. Romper esas trabas que
han ido quedando no únicamente en
política, sino culturalmente.
Sientes, Mamani, que es un gozo tuyo
creativo ser parte de tu pueblo.
Sí, lo creo tanto así, que una vez
alguien me dijo: "Madani, ¿cuál es el
premio más importante que tú has
recibido?”. Y le conté de un niño que en
El Alto me dijo: "Yo quiero ser como
Mamani Mamani". Ese es el premio más
grande que yo he recibido. Por más que
me hayan cerrado las puertas y contando
con las que puedan seguirme cerrando, yo
ya soy un cóndor, soy maikol
que está volando por los Andes. |