Año VI
La Habana

26 de ABRIL
al 2 de MAYO
de 2008

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Mamani Mamani

Un cóndor sobre el Illimani

Fidel Díaz • La Paz
Fotos: Alain Gutierrez

 

Viajar a Bolivia es entrar a un mundo de espesura cultural; el peso de las tradiciones  indígenas se impone apenas se arriba al aeropuerto. Los ponchos, sombreros y gorros tradicionales cubren con elegancia natural a esos hombres y mujeres que, a pesar de siglos de discriminación y globalización seudocultural, preservan sus costumbres, su idiosincrasia y el aire sencillo, pero orgulloso, de quien atesora en su carácter la sabiduría pulimentada en un proceso milenario.

La Paz sacude al cubano, acostumbrado a estar al nivel del mar, con una altura de casi 4 mil metros; hay que adaptarse al paso lento y la falta de aire. Es como el hoyo central  de una majestuosa cordillera liderada por el pico Illimani, siempre coronado de nieve. Ciudad muy tranquila, una excepción en el continente (y hasta diría en el mundo de hoy, donde las capitales se destacan más por asaltos, asesinatos y robos, que por sus bondades). Como para hacer honor a su nombre, uno se puede pasear por La Paz a cualquier hora del día y de la noche; no obstante a saber que se pisa sobre un volcán en erupción social.

Tanta miseria acumulada salta a la vista en sus calles. Niños por doquiera esperando en los rincones una mano piadosa. El desamparo y la discriminación ha sometido a todo un pueblo al "status" de nadies y ahora ese pueblo cobra voz y agita su esperanza con el gobierno de Evo Morales. El ALBA latinoamericana lleva la salud y la educación hasta sus más apartados rincones. Frente a ese humanismo la oligarquía sabotea el proceso, pero ya el indio boliviano conoce la libertad y el poder de la unión.         

De toda esa belleza originaria y sus luchas de hoy está impregnada la obra de un reconocido artista plástico boliviano. Recorriendo la Feria del Libro en Bolivia, me llamó la atención un stand donde sus cuadros se exhiben como símbolo de esa nación. Gracias a buenos amigos pude conocer al creador. Puro indio, afable, tierno, firme, llano y directo. De inmediato surgió la amistad, y con Yoel, Tere, Brooks y otros compañeros de las misiones cubanas allí, le tejimos una amorosa trampa: lo invitamos a un domingo de cubaneo, con macho asado incluido, y el típico (y ¡fuerte!) aguardiente Singani para solidarizarnos con la patria que nos recibía. 

Roberto Mamani Mamani, ¿nombre artístico?

Roberto no es un nombre aymará, yo hubiera preferido llamarme Uyustus, que sí es un nombre aymará, de un pensador aymará. Y mis apellidos, Mamani Mamani, no son  artísticos, son originales. Mis hijos sí tienen nombres originarios, el mayor se llama Illimani, como la montaña, que significa "el resplandeciente", "el eterno". El segundo se llama Liampú que es otra montaña y significa "el más fuerte" o "fortaleza". Yo soy de una tercera generación que vive aquí en la ciudad. Mis abuelos fueron los primeros inmigrantes del campo a la ciudad y ahí cambian muchas cosas. Los abuelos enseñan a los hijos, pero esos hijos, ya de padres, no quieren enseñarles a los suyos el aymará porque el racismo, la exclusión y otros muchos factores, han hecho que la gente se sienta avergonzada de sus apellidos, de sus nombres; entonces, para mí, ha sido volver a encontrarme con mis raíces y gritar con mi arte: soy un indio; soy un aymará y voy a llevar los apellidos de mis abuelos. 

Mi abuela era Juana Mamani, mi abuelo era Carlos Mamani, que fue a la guerra del Chaco. Pero los nombres vienen ya con la iglesia; con la conquista la iglesia cambia los nombres porque ya en el campo no podías bautizar a los hijos si llevabas un nombre originario. Decías "mi hijo se va a llamar Illimani Mamani", y te dicen, "pero eso no es un nombre cristiano". Mi madre me contaba que te decían, por ejemplo, "¿En qué fecha has nacido… 15 de julio? Ah bueno, es San Antonio, se va a llamar Antonio". O si era Santa Ana o San Felipe te sacaban el nombre por el calendario. Ahora las cosas están cambiando, pero desde la colonia ha venido ese proceso en el que hemos perdido los nombres. La pérdida de los apellidos ha sido más por un problema de racismo porque si eres Madani o Quisne o Choquehuanca, te dicen "Ah, este es indio" y, por tanto es despectivo y no puedes tener, por ejemplo, un cargo importante. Por ello, los mismos aymarás o los mismos quechuas, han cambiado sus apellidos para sentirse aceptados socialmente.

Mi niñez es de ciudad, en una mezcla de cosas. Nací en un territorio quechua; mi nacimiento y todo este acto de unión de mis padres —porque los aymarás se juntan, no se casan— es una historia. La familia de mi madre no aceptaba a mi padre porque lo veían medio irresponsable, un bonachón y ellos se escapan a Cochabamba y allí nacimos mi hermana y yo, en Cochabamba, territorio quechua. Una vez confirmada esa unión por la familia, volvemos a Tihuanaco, adonde están mis abuelos, la familia de mi madre. Así que tengo una mezcla de ciudad, tengo de campo, tengo toda una enseñanza de mi aguicha, de mi abuela, que me enseña los rituales, los agradecimientos, los colores del aguayo, la simbología; no me enseña como en una academia, me enseña de las cosas que han pasado y que pasan, de las cosas que hay que hacer. 

¿Y cuándo sientes necesidad de expresarte con el dibujo?

Creo que los dioses me han bendecido, los achachivas, los sapos. Yo recuerdo mis primeros dibujos, los hacía con el carbón del fogón de mi madre, los hacía sobre el papel periódico, sobre el cartón. Hasta ahora sigo pintando sobre el papel periódico, pues me parece un soporte noble, porque ahí se me explican los dibujos. Desde niño me manifestaba haciendo dibujos, bosquejos…

Mi formación artística… fue con recortes de revistas, periódicos, información que veía y la recortaba para tenerla, porque no estudié arte. Además de esa actitud, de ser un chico que pintaba o hacía dibujos, hice mi bachillerato aquí, en La Paz, y estudié Agronomía y estudié Derecho. La familia era humilde y no podía estudiar Arte, pues estaban las necesidades y las prioridades. Estudiaba y me apasionaba pintar; a la vez que estudiaba dibujaba toda la noche y no era porque al día siguiente pudiera vender un cuadro: era la necesidad interior que yo tenía. Recuerdo que me untaba grasa de gama para atenuar el frío de La Paz, pues vivía en un sótano que era muy frío pero no dejaba de pintar, por esa necesidad tan fuerte.   

La energía en mi pintura sale del entorno, los Andes, el altiplano, las montañas, son lugares de mucha fuerza telúrica, además de su gente, su cultura, su historia. De todo esto emana una energía que se dio en mi obra; es como un aura que tiene esta parte de la tierra. Yo creo que nuestros mayores, nuestros antecesores, nuestros abuelos, han vivido en una sociedad con mucha armonía. Creo que han llegado a niveles de entenderse mutuamente, con la naturaleza, con el hombre mismo; son conocimientos que se han ido perdiendo y han sido los que han trabajado en toda esa cosmovisión andina. Pienso que no solo eran naciones, eran imperios tremendamente importantes a un nivel muy superior. Cuando yo veo Tihuanaco, o veo otras culturas como la Tchimú, la Paracas —y otras que han tenido que ser muy agresivas, como toda sociedad en formación—, no puedo menos que sentir gran admiración. Creo que la cultura Tihuanaco ha llegado a niveles de conocimientos tan elevados que son los que quiero reflejar en mi obra. Es esa parte de "energías", digamos, de conocimientos superiores, de fuerzas, que el hombre sentía para compenetrarse, para complementarse en ese respeto hacia la naturaleza, hacia la comunidad, hacia los abuelos, hacia los niños. Yo siempre digo que somos herederos de una gran cultura y la identidad vale cien veces más que esa falta de identidad. 

En tus pinturas priman los símbolos y colores de tu tierra, de tu bandera, con un estilo inconfundible. En esa síntesis de tradición, ¿existe también un diálogo con las convulsiones actuales de la sociedad?

Estamos viviendo momentos importantes en Bolivia. Aquí está el corazón de América; aquí se encuentran las montañas, parte de los Andes. Tenemos que sentirnos privilegiados por estos cambios; muchos ojos están mirando a estos movimientos indígenas, no solo por el aspecto político, sino por su profundidad, por su sabiduría, por sus conocimientos que traen en los rubros indígenas. Es como un compromiso para mí, pues al ser parte de ellos, siento la necesidad de sacar de lo más adentro posible.

Cada color tiene un significado para cada comunidad, cada comunidad usa un color que determina su aspecto de la región, de su política, del ayllú, cosas que se han ido perdiendo y olvidando; y hay que recuperar y reinventar sobre esos conocimientos y es ese el deber de los artistas aymarás, de los artistas quechuas; que si bien se han tenido como una escuela occidental, han llevado detrás, siempre, una gran sombra, la raíz profunda y nuestra que es la parte indígena. Esa resistencia está hasta ahora, se siente en muchas naciones originarias, que sí han tenido que soportar la colonización y han tenido que soportar la república, pero detrás, han sostenido la otra parte de su alma, su cultura, su identidad. Y ahora son momentos para decir al mundo: aquí estamos, con nuestra voz, con nuestra visión con nuestros sentimientos, y lo que podemos decir es que podemos aportar también algo al mundo con esa sabiduría de nuestros pueblos.          

El arte es una herramienta, un arma para hacer ver, hacer entender, el arte rompe barreras sectoriales. Por ejemplo, en Santa Cruz, yo abrí una galería donde estaba el Comité pro Santa Cruz y muchas posiciones contrarias, y la cultura puede ser tan fuerte que rompa esos obstáculos. A veces, cuando pasan los cambas por la tienda y ven los cuadros, dicen "esto es un superindio" y se van. Creo que la cultura es una herramienta valiosa para algunos problemas intrínsecos: políticos, regionales, sociales; hay que dirigirlos muy bien. He estado trabajando con los niños cóndores, los niños pumas, que son los futuros sabios que tienen que gobernar este país. Tanto que la última exposición se llama Hacha hindi, el renacer de los niños cóndores, que quiere decir “el gran sol”; y de ahí nacen los futuros niños cóndores, los futuros amutas de este país. 

Uno de los dolores que asaltan cuando te paseas por las calles de La Paz son los niños mendigos o buscando el sustento de mil maneras…

Estos chicos le desgarran a uno el alma, por muchos factores que hemos cuestionado y que es una realidad permanente para toda la gente que viene y que lo ve. ¿Cómo es posible que un país con tanta riqueza natural, tan inmenso y con muy poca población, no pueda ser un lugar donde todos los habitantes sean hombres felices y radiantes, que puedan vivir en esa eterna armonía de felicidad, de equilibrio? En eso, por lo menos yo, como artista, me he comprometido siempre a ayudar; donde estén los chicos estará mi apoyo como artista. Trabajo con ellos, me doy en una infinidad de situaciones en que podemos aliviar a estos chicos. Porque yo lo he vivido y sufrido, pienso a veces que es un compromiso de sangre con los chicos, eso tiene que cambiar ahora, es el momento, creo que todos los bolivianos tenemos que apoyar ese cambio. Si no, ¿cómo vamos a cambiar? 

Volviendo a tu vida; tu obra goza de reconocimiento internacional, incluso mucho más allá del plano sudamericano. Háblame de otras influencias que has recibido de la cultura latinoamericana o europea, de obras que te gusten, de creadores...

Sí, sí creo que uno debe alimentarse continuamente. De un maestro, de la primera exposición de un artista joven. El universo de la plástica es un alimento para el artista; uno se va nutriendo y va absorbiendo, reconociendo alguna pincelada, algún trazo, y eso es alimentarse mutuamente; y por estos privilegios de ser artista he ido recorriendo y conociendo. Cuando estaba en Holanda admiré la obra de Vicent Van Gogh y mucho mucho a Wilfredo Lam. ¿Qué me pasó en Cuba, digamos? Como artista, lo primero que hago, y adonde me llego siempre, es a los museos. Recientemente estuve en Cuba y lo primero fue visitar el Museo de Bellas Artes. Me quedé mirando durante mucho rato un cuadro inmenso de Lam. A veces creo que los artistas caminamos por un mismo camino, y a veces nos encontramos con ciertas cosas, elementos, y de Lam me gustó su simbología. Su padre puede haber sido un indio negro, y él maneja dioses, igloos, un simbolismo… y que de repente, yo, de este otro lado, otro indio, esté manejando esas inspiraciones, en esa misma dirección pero con diferentes objetos… espiritualmente juntos. Así mismo pasa con otros artistas. Particularmente, Mamani  Mamani busca en el color de los jaguados, de los textiles, soy figurativo y simbolista, me acerco mucho a los que trabajan en esta corriente y un poco me entiendo con ellos, y puedo bailar la chueca o bailo la música que me gusta. 

Cuando pintas, ¿te sientas a soñar en abstracto o pones música? ¿Qué ambiente te rodea cuando dibujas, qué ocasiones o entorno escoges?

Tengo siempre que agradecer a la música, trabajo con ella a todo volumen, al estilo de ustedes. Gusto de todas las músicas. En todos los viajes que hago traigo solo libros y música. 

¿Lo que pones es música folclórica de acá?

Sí, sí, tengo muy buenos amigos músicos. Lo más cercano al artista plástico es el músico. Además, es solitario ser artista plástico, necesitas la compañía de la música. De repente escucho un guaño romántico y paso, y puedo escuchar una salsa de Polo Montañez, que me ha fascinado. Tal vez me voy a un Jazz, a una subcurial, soy un mundo de cosas cuando pinto. Voy creando siete u ocho cuadros a la vez, paso de este, salto y brinco. Mi arte es como una challa; la challa en Bolivia es como una ofrenda, la pachamama, y esta ofrenda está llena de colores y llena de objetos: confites, dulces, inciensos, coa, toda una mesa que a la madre diosa le gusta. Es un poco, así, mi trabajo. 

Te hemos casi metido en una trampa cubanística, donde hay mucha gritería, música y una comida que quizá no sea lo más típico, aunque el cerdo es también parte de la comida boliviana.

Sí, en la comida criolla sí. 

A mí me invitaron aquí como a unos tamales de maíz. El maíz también es típico en Bolivia.

Sí, tenemos la cultura quechua que es la cultura del maíz. La cultura aymará es la cultura de la papa, cuando iba a Cochabamba de niño, decían, "ha llegado el come chungo", el come papa. Cuando venía de Cochabamba, ha venido el come maíz, "el come lagua": eso fue parte del alimento para ser un creador. Los tamales se parecen mucho a las humentas. Y el chancho es de la parte aymará; se come mucho cordero, se come la llama, el cerdo también, pero no tanto. La llama, además de ser un animal sagrado, también se utiliza para la construcción de las casas. 

Estuve en Colombia hace poco y vi, por vez primera, una llama; sus ojos enormes… me quedé extasiado. En tu cultura está muy presente, incluso tienes entre tus obras la pachamama de la llama.

Es un animal sagrado, de ofrendas y también de alimentos; es como símbolo de fortalezas andinas o aymarás. Por otra parte, su carne tiene cero por ciento de colesterol, así que es una carne benigna y creo que ha sido la sobrevivencia de los aymarás. La papa y la carne de llama son alimentos fundamentales del hombre de los Andes. 

Quisiera saber sobre el movimiento cultural en estos momentos en Bolivia. Lugares de exposición, galerías, espacios de confrontación entre creadores, ¿cómo se desarrolla este movimiento?

Muy flojo, casi nada, tanto así. Existen bastantes creadores, pero no hay una constancia para debatir hacia dónde va la cultura boliviana, qué se está haciendo en estos momentos o qué queremos hacer. Las galerías son escasas y a nivel local. Al artista joven no se le brinda un sentido de vida, qué va a pasar en su futuro; no hay gente que promocione a los artistas hacia fuera; cada artista lo hace por sí solo. Digamos, en mi caso, soy yo y los cuadros, sin salir de viaje y pelearse con el mundo. 

Pienso que un artista como tú, de tanta resonancia internacional, en Cuba fuera como una especie de maestro, como eje de múltiples contactos. Estarías esquivando dar clases, conferencias, a los creadores, no solo de las artes plásticas, sino de otras manifestaciones... ¿Eso no sucede en Bolivia con los auténticos artistas? ¿Se explota esa sabiduría en función de la comunidad de creadores?

Todavía no, son fuertes los muros que hay que romper. Yo siempre digo: así como en la política se está cuestionando y se están queriendo romper ciertos adormecimientos socioculturales; en la cultura es peor, más difícil, y es por ello necesario un despertar en ese sentido. La cultura es casi lo último, porque las necesidades, las prioridades, son de comer y de muchas otras cosas. La cultura está casi al final. Quiero hacer una proclama para ver qué pasa con el arte y con el artista indígena, al que le resulta más difícil todavía abrir un camino. En el caso mío ha sido cien veces más duro llegar a posesionarme, a estar donde estoy; he tenido que chocar con una elite de artistas, con otro grupo de gente que estudia arte y dice: "Y este Madani, ¿de dónde ha salido, no ha estudiado?"; y la otra elite dice "¿Qué pasa con este?”. Entonces, nunca la escuela de Bellas Artes me ha invitado a dar una charla. En Cochabamba pasó, después de 20 años, que he podido dar una charla de cómo ha sido Mamani Mamani. Así pasan todavía en Bolivia esas cosas que, de repente, falta mucho, mucho por avanzar, mucho por hacer, mucho por trabajar, mucho por romper barreras. 

Casi para terminar este encuentro contigo tan emotivo, yo te voy a mencionar un nombre nada más: Guayasamín.

Un gran maestro, hermano de sangre porque era un artista indígena quechua, de él recibí el primer alto reconocimiento; si él no hubiera estado en el jurado tal vez no me hubieran dado el premio. Los premios que yo he conseguido siempre han sido con jurado de afuera, porque si es de acá, se "cocina"; por eso te digo que hay que cambiar todo, no solamente en el aspecto político, también hay que cambiar en la parte cultural. Romper esas trabas que han ido quedando no únicamente en política, sino culturalmente. 

Sientes, Mamani, que es un gozo tuyo creativo ser parte de tu pueblo.

Sí, lo creo tanto así, que una vez alguien me dijo: "Madani, ¿cuál es el premio más importante que tú has recibido?”. Y le conté de un niño que en El Alto me dijo: "Yo quiero ser como Mamani Mamani". Ese es el premio más grande que yo he recibido. Por más que me hayan cerrado las puertas y contando con las que puedan seguirme cerrando, yo ya soy un cóndor, soy maikol que está volando por los Andes.
 

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