Año VI
La Habana

26 de ABRIL
al 2 de MAYO
de 2008

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

presentación del número 2 , marzo-abril de La Gaceta de Cuba

El drama del triángulo arte-mercado-institución cultural

Corina Matamoros • La Habana

 

Soy lectora voraz de La Gaceta, pero jamás imaginé que me invitaran a presentar un número. Primero me sentí feliz; luego, por un minuto, persona importante. Pero cuando leí el dossier principal me consideré especialmente tonta: me habían tendido una verdadera trampa. 

¿Quién sabría tanto como para comentar con prudencia una recopilación tal de problemas sobre mercado, arte, e instituciones culturales no solo en Cuba, sino en bastas zonas del mundo? ¿No me habrán escogido, acaso, porque he trabajado durante treinta años en un museo, el paradigma negativo de institución cultural, cuando se sabe que en todo el mundo se despotrica por igual de estos establecimientos? Sospeché al punto que, como William Vivanco, los editores de La Gaceta “lo tenían to pensao”... 

Entonces, por primera vez triste al leer mi revista nacional predilecta, comencé a repasarla con cierto desgano. Mantuve, eso sí, mi estricta manía de empezar por el punto, ese final que siempre me recuerda que no hay nada como un buen cierre. Y este final, hecho por Gustavo Arcos, tiene puntos suspensivos, porque lanza un grito de alerta sobre qué haremos para difundir y curar la explosión del audiovisual independiente cubano. 

Y luego, sin más remedio, entré de lleno en el drama del  triángulo arte-mercado-institución cultural. Me sublevé de celos escuchando hablar a la eminente curadora de arte Catherine David quien, después de participar ella también de ciertos megaproyectos expositivos que tanto recrimina hoy por espectaculares y buscadores de público, se puede dar el lujo de concentrarse ahora en la exquisitez expositiva de los que denomina “fragmentos” e investigar zonas culturales ajenas a occidente, entablando una “colaboración entre zonas” según dice en su entrevista. Pensé, tal vez con cierta vileza, que nosotros en la Isla no hemos podido ni experimentar siquiera eso de las mega-exposiciones y saborear el verdadero espectáculo de la cola de público en un museo. Cuando eso llegue, ya veremos cómo pensamos. 

Luego me fui al estilo del problema arte-mercado en la madre patria, donde otra entrevista cuenta cómo dos galeristas españoles se sienten en desventaja frente a los museos, quienes -según ellos- les chupan a  la sangre legitimando a los artistas luego de que las galerías han invertido tiempo y recursos en mostrar previamente a los artistas en sus espacios. También se quejan de que los españoles no estén bien reconocidos en el mundo -¿No suena antigua la pregunta? 

Luego leí con cuidado al mexicano Ery Cámara, un hombre de museos, quien introduce en sus respuestas reflexiones más cercanas a nuestro contexto y habla con toda su experiencia en un tono salomónico, como quien ha tenido que barajar muchas cartas y ha encontrado recursos para aprovechar tanto la intervención del capital privado en el arte, que según él da cohesión a los artistas en su país, así como las ventajas del poder estatal, que asegura, mediante becas, la producción de los creadores. 

Antes de pasar a los tres bateadores cubanos que hablan en el complicado dossier, tomé un respiro y me detuve en la entrevista que Esther Suárez le hace al teatrista José Milián. Hice bien: es una bella, sutil y grave entrevista. Me sorprendió la manera en que se comprendieron mutuamente al hablarse, sin decirse nada de más: la entrevistadora esbozando apenas el tema, y el entrevistado sacando  afuera toda su vida con una honestidad reflexiva impactante. Aleccionadora entrevista esa, que me permitió volver al dossier de arte-mercado e institución con más mesura y contención de la que tengo. 

Los tres probados expertos cubanos tienen mucha razón en sus honradas reflexiones del dossier. Helmo Hernández, decano de un trabajo histórico con la cultura que ha incluido teatro, literatura, plástica y diseño, cuenta la filiación de un nuevo tipo de institución: la Fundación Ludwig de Cuba. Pequeña de plantilla, semi-secreta, de espíritu alternativo, esta fundación fue un gesto de inteligencia en el momento en que el mercado nos tomó por sorpresa en los 90; una especie de híbrido nacional erigido entre la ortodoxia de la institución (que Helmo conocía bien), y los zarpazos del mercado. Su estrategia está bien definida, cosa rara en nosotros, y se precia de trabajar subrepticiamente a favor de la transdisciplinariedad y de la experimentación en las artes y en los procesos investigativos que la rodean. 

Helmo traza, además, en su entrevista, la lógica en que se despliegan las diferentes “plataformas del mercado”: comienza con en el boom de la segunda mitad del siglo XX, continúa con el fenómeno de la Bienales, lo apuntala con el sistema de subastas, sigue con el más reciente suceso de las ferias de arte, y apunta, con mucha actualidad, hacia la nueva meca de estas ferias que se edifica hoy en la ciudad floridana de Miami. 

Orlando Hernández, el investigador cultural de las marginalidades, expone en su artículo Criando cuervos una triste verdad de hoy: la construcción social del prestigio artístico en Cuba a fuerza de una funesta trilogía: pericia formal, éxito comercial y habilidad mediática. Si una persona hace exquisitamente un objeto, lo vende a precio exorbitante y lo promueve en todos lados, ya tiene su prestigio aquí. Me sumo al dolor del investigador que ve en estas habilidades lo más lejano de lo que esperamos del arte, casi diríamos que lo contrario del arte. Y todos contentos, como si nada: ni política de instituciones, ni crítica de arte, ni reuniones, ni una simple bronca callejera para darle dos trompadas a este mal. Tarea de todos los intelectuales honorables cubanos la de enfrentar a este peligroso triunvirato de las tres habilidades del triunfo fácil y de evitar la instauración del seudo arte. 

David Mateo, el hombre de la mesura en la crítica, ha radiografiado los sucesos más relevantes del mercado de arte en nuestros últimos veinticinco años; desde las acciones del Fondo Cubano de Bienes Culturales, que no fueron pocas miradas a la distancia, hasta la actual red comercial de galerías Génesis. Hay que asentir con él en que, pese a los reiterados esfuerzos de las instituciones no se ha tenido mucho éxito, y que son hoy los propios artistas quienes marcan las pautas de la promoción comercial. Aún más, este experto afirma que los artistas están forzando a las propias instituciones a acomodarse a sus ideas, a sus contactos y a sus parámetros, y no a la inversa, que es lo que debiera ser. Y esa es una muy dura verdad. 

Siguiéndole el juego a esta trampa del dossier quiero agregar mis conclusiones personales sobre tema tan escabroso. Nuestras mayores dificultades proceden de la poca claridad, cuando no de un verdadero despropósito, en los objetivos específicos de cada institución de la cultura.  En el diseño de esas estrategias está gran parte de la sabiduría que necesitamos y muchas veces ni siquiera se sabe cuáles son esas políticas, no se publican, se infringen por todo tipo de circunstancias, o se cambian con cada nuevo jefe que trae, ya se sabe, su librito. 

El segundo problema que advierto es la ignorancia olímpica del nivel de los especialistas en la cultura, al punto de que hoy parecen existir solamente, en el escenario de trabajo, los funcionarios y los creadores. A los especialistas no se nos convoca, excepto cuando se reparten los palos. Esto es un signo inequívoco de incultura y del predominio de un estilo centrado en los pormenores de la esfera política. 

El tercer problema es el relativo a nuestra incapacidad de trabajar coordinadamente (todos: los artistas, las instituciones, la crítica, el mercado,  la economía de la cultura, los actores privados,  los promotores) para que vuelva a florecer en Cuba el arte con mayúscula sobre la base de estimular todo el arte. Y estimularlo quiere decir enseñarlo mejor en las escuelas, diversificar todas sus ramas, asegurar su producción y circulación dentro de la nación y fuera de ella, promoverlo mediante libros, exposiciones, estrategias de mercado, divulgación adecuada, valoración crítica y amplias facilidades de acceso para los consumidores. Si no trabajamos en todos los aspectos que implican la institución arte, nada nos saldrá bien. No podemos orientarnos exclusivamente hacia la lógica de la obra que se vende: eso aniquila el arte, desacredita las instituciones, prostituye al artista, envilece al crítico y engaña al público. 

Después de esto, tenía que irme a la ficción. Y encontré el lenguaje culterano y la elucubración poética de la muy joven Lia Villares, en una historia que mereciera el accésit del decimoquinto Premio de cuentos de La Gaceta. Y a Serguei Svoboda, quien obtuviera mención, con una historia atrayente, de buen ritmo, una gota de intriga y simpatía. 

Hay semblanzas de tres artistas en este número de la revista: del poeta español Marcos Ana, de la ilustre Lilia Carpentier y del gran Tata Güines. Al español lo esboza con pasión la prosa de María Elena Llana; a la compañera inseparable de Carpentier, el experimentado periodista Ciro Bianchi Ross; y al mago de la percusión cubana Wendy Guerra, quien, con muchísima gracia y ágil escritura, evoca vívidamente el temperamento y el talante popular de Tata Güines. 

Trae, además, esta Gaceta un cuidadoso mini-dossier organizado por Cira Romero, en ocasión del centenario del poeta Emilio Ballagas. Agradecemos a la investigadora la fina presentación del poeta y  traernos unas prosas de este ilustre autor que parecen haber sido escritas hoy. Aderezado esto con una página donde Pablo Armando Fernández recuerda su amistad con el poeta homenajeado. 

Otra investigación que nos aporta este número es la del musicólogo Raúl Fernández, quien arroja una nueva mirada sobre la importancia del cantante cubano Guillermo Portabales. El artículo se encarga de situar el trabajo del artista en una gama interpretativa más amplia de la que generalmente se le reconoce, y de mostrar la resonancia actual de su legado en músicos del Congo y el Zaire contemporáneos. 

El rincón de la poesía le pertenece esta vez al manzanillero Yoel Mesa, que se las ha ingeniado para esconder entre sus versos un finísimo sentido del humor. 

La sección reservada a la crítica, que no voy a comentar por razones de tiempo, denota esta vez una curiosa particularidad; mientras que las reseñas sobre música y libros se dedican a explicar las obras que dan pie a los respectivos artículos, detallándonos algunos de sus pormenores, partes, estructuras o significados, las reseñas sobre artes plásticas semejan más bien sendos soliloquios de los autores, que parecen haberse olvidados de nosotros los lectores y de nuestra humilde necesidad de entender. 

Yo también estaba buscando mi “punto” para el cierre y así vengarme de los editores... pero ellos volvieron a burlarse de mí, porque el punto de cierre que quería lo hallé en la propia revista: dice Ballagas como si fuera hoy: “crisis y crítica no son pues la expresión de la enfermedad que ciertamente padece nuestra época, sino la favorable reacción  que  opera en el organismo del hombre actual.”

Palabras en la presentación del número 2 , marzo-abril de La Gaceta de Cuba; el 24 de abril 2008, en la sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
IE-Firefox, 800x600