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Soy lectora voraz de La Gaceta, pero
jamás imaginé que me invitaran a
presentar un número. Primero me sentí
feliz; luego, por un minuto, persona
importante. Pero cuando leí el dossier
principal me consideré especialmente
tonta: me habían tendido una verdadera
trampa.
¿Quién sabría tanto como para comentar
con prudencia una recopilación tal de
problemas sobre mercado, arte, e
instituciones culturales no solo en
Cuba, sino en bastas zonas del mundo?
¿No me habrán escogido, acaso, porque he
trabajado durante treinta años en un
museo, el paradigma negativo de
institución cultural, cuando se sabe que
en todo el mundo se despotrica por igual
de estos establecimientos? Sospeché al
punto que, como William Vivanco, los
editores de La Gaceta “lo tenían
to pensao”...
Entonces, por primera vez triste al
leer mi revista nacional predilecta,
comencé a repasarla con cierto desgano.
Mantuve, eso sí, mi estricta manía de
empezar por el punto, ese final
que siempre me recuerda que no hay nada
como un buen cierre. Y este final, hecho
por Gustavo Arcos, tiene puntos
suspensivos, porque lanza un grito de
alerta sobre qué haremos para difundir y
curar la explosión del audiovisual
independiente cubano.
Y luego, sin más remedio, entré de lleno
en el drama del triángulo
arte-mercado-institución cultural. Me
sublevé de celos escuchando hablar a la
eminente curadora de arte Catherine
David quien, después de participar ella
también de ciertos megaproyectos
expositivos que tanto recrimina hoy por
espectaculares y buscadores de público,
se puede dar el lujo de concentrarse
ahora en la exquisitez expositiva de los
que denomina “fragmentos” e investigar
zonas culturales ajenas a occidente,
entablando una “colaboración entre
zonas” según dice en su entrevista.
Pensé, tal vez con cierta vileza, que
nosotros en la Isla no hemos podido ni
experimentar siquiera eso de las
mega-exposiciones y saborear el
verdadero espectáculo de la cola de
público en un museo. Cuando eso llegue,
ya veremos cómo pensamos.
Luego me fui al estilo del problema
arte-mercado en la madre patria, donde
otra entrevista cuenta cómo dos
galeristas españoles se sienten en
desventaja frente a los museos,
quienes -según ellos- les chupan a
la sangre legitimando a los artistas
luego de que las galerías han invertido
tiempo y recursos en mostrar previamente
a los artistas en sus espacios. También
se quejan de que los españoles no estén
bien reconocidos en el mundo -¿No suena
antigua la pregunta?
Luego leí con cuidado al mexicano Ery
Cámara, un hombre de museos, quien
introduce en sus respuestas reflexiones
más cercanas a nuestro contexto y habla
con toda su experiencia en un tono
salomónico, como quien ha tenido que
barajar muchas cartas y ha encontrado
recursos para aprovechar tanto la
intervención del capital privado en el
arte, que según él da cohesión a los
artistas en su país, así como las
ventajas del poder estatal, que asegura,
mediante becas, la producción de los
creadores.
Antes de pasar a los tres bateadores
cubanos que hablan en el complicado
dossier, tomé un respiro y me detuve en
la entrevista que Esther Suárez le hace
al teatrista José Milián. Hice bien: es
una bella, sutil y grave entrevista. Me
sorprendió la manera en que se
comprendieron mutuamente al hablarse,
sin decirse nada de más: la
entrevistadora esbozando apenas el tema,
y el entrevistado sacando afuera toda
su vida con una honestidad reflexiva
impactante. Aleccionadora entrevista
esa, que me permitió volver al dossier
de arte-mercado e institución con más
mesura y contención de la que tengo.
Los tres probados expertos cubanos
tienen mucha razón en sus honradas
reflexiones del dossier. Helmo
Hernández, decano de un trabajo
histórico con la cultura que ha incluido
teatro, literatura, plástica y diseño,
cuenta la filiación de un nuevo tipo de
institución: la Fundación Ludwig de
Cuba. Pequeña de plantilla, semi-secreta,
de espíritu alternativo, esta fundación
fue un gesto de inteligencia en el
momento en que el mercado nos tomó por
sorpresa en los 90; una especie de
híbrido nacional erigido entre la
ortodoxia de la institución (que Helmo
conocía bien), y los zarpazos del
mercado. Su estrategia está bien
definida, cosa rara en nosotros, y se
precia de trabajar subrepticiamente a
favor de la transdisciplinariedad y de
la experimentación en las artes y en los
procesos investigativos que la rodean.
Helmo traza, además, en su entrevista,
la lógica en que se despliegan las
diferentes “plataformas del mercado”:
comienza con en el boom de la segunda
mitad del siglo XX, continúa con el
fenómeno de la Bienales, lo apuntala con
el sistema de subastas, sigue con el más
reciente suceso de las ferias de arte, y
apunta, con mucha actualidad, hacia la
nueva meca de estas ferias que se
edifica hoy en la ciudad floridana de
Miami.
Orlando Hernández, el investigador
cultural de las marginalidades, expone
en su artículo Criando cuervos
una triste verdad de hoy: la
construcción social del prestigio
artístico en Cuba a fuerza de una
funesta trilogía: pericia formal, éxito
comercial y habilidad mediática. Si una
persona hace exquisitamente un objeto,
lo vende a precio exorbitante y lo
promueve en todos lados, ya tiene su
prestigio aquí. Me sumo al dolor del
investigador que ve en estas habilidades
lo más lejano de lo que esperamos del
arte, casi diríamos que lo contrario del
arte. Y todos contentos, como si nada:
ni política de instituciones, ni crítica
de arte, ni reuniones, ni una simple
bronca callejera para darle dos
trompadas a este mal. Tarea de todos los
intelectuales honorables cubanos la de
enfrentar a este peligroso triunvirato
de las tres habilidades del triunfo
fácil y de evitar la instauración del
seudo arte.
David Mateo, el hombre de la mesura en
la crítica, ha radiografiado los sucesos
más relevantes del mercado de arte en
nuestros últimos veinticinco años; desde
las acciones del Fondo Cubano de Bienes
Culturales, que no fueron pocas miradas
a la distancia, hasta la actual red
comercial de galerías Génesis. Hay que
asentir con él en que, pese a los
reiterados esfuerzos de las
instituciones no se ha tenido mucho
éxito, y que son hoy los propios
artistas quienes marcan las pautas de la
promoción comercial. Aún más, este
experto afirma que los artistas están
forzando a las propias instituciones a
acomodarse a sus ideas, a sus contactos
y a sus parámetros, y no a la inversa,
que es lo que debiera ser. Y esa es una
muy dura verdad.
Siguiéndole el juego a esta trampa del
dossier quiero agregar mis conclusiones
personales sobre tema tan escabroso.
Nuestras mayores dificultades proceden
de la poca claridad, cuando no de un
verdadero despropósito, en los objetivos
específicos de cada institución de la
cultura. En el diseño de esas
estrategias está gran parte de la
sabiduría que necesitamos y muchas veces
ni siquiera se sabe cuáles son esas
políticas, no se publican, se infringen
por todo tipo de circunstancias, o se
cambian con cada nuevo jefe que trae, ya
se sabe, su librito.
El segundo problema que advierto es la
ignorancia olímpica del nivel de los
especialistas en la cultura, al punto de
que hoy parecen existir solamente, en el
escenario de trabajo, los funcionarios y
los creadores. A los especialistas no se
nos convoca, excepto cuando se reparten
los palos. Esto es un signo inequívoco
de incultura y del predominio de un
estilo centrado en los pormenores de la
esfera política.
El tercer problema es el relativo a
nuestra incapacidad de trabajar
coordinadamente (todos: los artistas,
las instituciones, la crítica, el
mercado, la economía de la cultura, los
actores privados, los promotores) para
que vuelva a florecer en Cuba el arte
con mayúscula sobre la base de estimular
todo el arte. Y estimularlo quiere decir
enseñarlo mejor en las escuelas,
diversificar todas sus ramas, asegurar
su producción y circulación dentro de la
nación y fuera de ella, promoverlo
mediante libros, exposiciones,
estrategias de mercado, divulgación
adecuada, valoración crítica y amplias
facilidades de acceso para los
consumidores. Si no trabajamos en todos
los aspectos que implican la institución
arte, nada nos saldrá bien. No podemos
orientarnos exclusivamente hacia la
lógica de la obra que se vende: eso
aniquila el arte, desacredita las
instituciones, prostituye al artista,
envilece al crítico y engaña al
público.
Después de esto, tenía que irme a la
ficción. Y encontré el lenguaje
culterano y la elucubración poética de
la muy joven Lia Villares, en una
historia que mereciera el accésit del
decimoquinto Premio de cuentos de La
Gaceta. Y a Serguei Svoboda, quien
obtuviera mención, con una historia
atrayente, de buen ritmo, una gota de
intriga y simpatía.
Hay semblanzas de tres artistas en este
número de la revista: del poeta español
Marcos Ana, de la ilustre Lilia
Carpentier y del gran Tata Güines. Al
español lo esboza con pasión la prosa de
María Elena Llana; a la compañera
inseparable de Carpentier, el
experimentado periodista Ciro Bianchi
Ross; y al mago de la percusión cubana
Wendy Guerra, quien, con muchísima
gracia y ágil escritura, evoca
vívidamente el temperamento y el talante
popular de Tata Güines.
Trae, además, esta Gaceta un cuidadoso
mini-dossier organizado por Cira Romero,
en ocasión del centenario del poeta
Emilio Ballagas. Agradecemos a la
investigadora la fina presentación del
poeta y traernos unas prosas de este
ilustre autor que parecen haber sido
escritas hoy. Aderezado esto con una
página donde Pablo Armando Fernández
recuerda su amistad con el poeta
homenajeado.
Otra investigación que nos aporta este
número es la del musicólogo Raúl
Fernández, quien arroja una nueva mirada
sobre la importancia del cantante cubano
Guillermo Portabales. El artículo se
encarga de situar el trabajo del artista
en una gama interpretativa más amplia de
la que generalmente se le reconoce, y de
mostrar la resonancia actual de su
legado en músicos del Congo y el Zaire
contemporáneos.
El rincón de la poesía le pertenece esta
vez al manzanillero Yoel Mesa, que se
las ha ingeniado para esconder entre sus
versos un finísimo sentido del humor.
La sección reservada a la crítica, que
no voy a comentar por razones de tiempo,
denota esta vez una curiosa
particularidad; mientras que las reseñas
sobre música y libros se dedican a
explicar las obras que dan pie a los
respectivos artículos, detallándonos
algunos de sus pormenores, partes,
estructuras o significados, las reseñas
sobre artes plásticas semejan más bien
sendos soliloquios de los autores, que
parecen haberse olvidados de nosotros
los lectores y de nuestra humilde
necesidad de entender.
Yo también estaba buscando mi “punto”
para el cierre y así vengarme de los
editores... pero ellos volvieron a
burlarse de mí, porque el punto de
cierre que quería lo hallé en la propia
revista: dice Ballagas como si fuera
hoy: “crisis y crítica no son pues la
expresión de la enfermedad que
ciertamente padece nuestra época, sino
la favorable reacción que opera en el
organismo del hombre actual.”
Palabras en la
presentación del
número 2 , marzo-abril de
La Gaceta de Cuba; el 24
de abril 2008, en la sala Rubén Martínez
Villena de la UNEAC. |