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El espíritu creador que hizo posible
la expresión del talento
lo fomentó
la propia Revolución con su giro
renovador
y
el desafío tan alto que significó para
nuestra conciencia
Julio García Espinosa
Múltiples han sido las ocasiones en que
nos hemos reunido para indagar en
aquellos aspectos que contribuyeron al
auge de la fotografía cubana de los años
sesenta, pero de manera general, los
análisis han sido encausados únicamente
hacia el conocimiento y valoración de la
obra de los fotógrafos que constituyen
el núcleo fundamental de la llamada
“década prodigiosa” sin considerar que
el periodo en cuestión marca el acceso a
la comprensión del arte moderno, a la
explosión de los “ismos” generados por
Europa y el reemplazo de Paris por Nueva
York como metrópoli del arte. En esta
década comienza el terrorismo de las
vanguardias y la incesante producción
del arte de consumo como proyecto de las
sociedades altamente industrializadas.
No obstante a ello, en el panorama
cultural de los sesenta, inciden
acontecimientos sociales como el auge
de los movimientos de liberación en
América Latina, dignamente representado
por la Revolución cubana, el incremento
de la lucha de masas, los brotes de la
guerrilla urbana y rural, la insurgencia
de los movimientos estudiantiles, la
incorporación de los cristianos a la
lucha revolucionaria y el crecimiento
del proceso descolonizador.
Y es en Nuestra América que los artistas
frente a la dualidad de acciones,
adoptan la cultura de la resistencia,
calificativo acuñado por la
fallecida crítica de arte colombiana
Marta Traba. Ello se hizo evidente con
el renacimiento de expresiones como el
dibujo y sobre todo de la gráfica,
hermana carnal de la fotografía desde
sus orígenes, aunque no beneficiada esta
última con el reconocimiento y justa
valoración de los historiadores del
arte, que siempre han cuestionado su
categoría artística, su carácter de obra
múltiple y su condición de servicio a
otras expresiones.
Teniendo en cuenta estos aspectos,
debemos considerar además que el triunfo
de la Revolución produce en el país un
cambio profundo, explosión que
estimulará el compromiso social, el afán
renovador y generaría además, una
especial sensibilidad ante la
participación colectiva. No es casual
entonces que fuera la prensa, diaria o
periódica, la que nos muestre las
primeras imágenes de una fotografía que
acogió como responsabilidad la captación
de vivencias concretas, corrientes
documentalistas mas tarde calificadas
como fotografía épica cubana.
Fue a la fotografía a la que le
correspondió con mayor fuerza que a
cualquier otro género artístico expresar
su relación con la sociedad, pues fue el
valor testimonial quien definió el
carácter social y respaldó el
planteamiento político elevando a través
del arte lo cotidiano. Pero para poder
entender este hecho, es también
necesario hablar del hombre, conocer su
procedencia y antecedentes
profesionales, la función social que
desempeñó y el por qué desde siempre
puso la obra al servicio de la causa
revolucionaria cubana, es necesario
conocer los caminos por los que transitó
el movimiento fotográfico cubano. Fue la
fotografía llamada “de estudio” la de
mas larga tradición nacional, si tenemos
en cuenta que en el siglo XIX muchos
artistas extranjeros, fundamentalmente
grabadores, llegaron al país atraídos
por el desarrollo de la industria
azucarera, pero entre ellos llegó el
fotógrafo norteamericano Washington
Hasley, considerado hasta hoy el
introductor de la fotografía en Cuba,
pues fue a finales de 1840 que se
instaló en la calle Obispo No.26
invitando a los habaneros a visitar su
estudio.
En el periodo que transcurre de 1920 a
1940 la fotografía posada fue
considerada como de búsqueda formal, el
resultado de esa búsqueda cubría las
páginas de importantes revistas de la
época donde abundaban noticias sociales,
pero ese género si así pudiera
llamársele, fue degenerando con los
años. En el período prerrevolucionario
los establecimientos más activos por su
especialidad, realizan fotografías para
los artistas de espectáculos, la radio y
la televisión y las debutantes sociales,
el público los consideró estudio para
las “estrellas”.
Otro campo de acción de la fotografía
cubana característico de la década del
50 fue el de la publicidad, expresión
muy ligada al diseño gráfico. De ese
campo proviene Liborio Noval quien
además de trabajar como fotógrafo
realizaba estudios de mercado en la
Publicitaria Siboney.
Alberto Díaz Gutiérrez fundador con Luis
A. Pierce de los Estudios Korda, de
donde toma su nombre, realiza trabajos
para las más importantes compañías
publicitarias del país. Korda, con la
versatilidad con que después hizo gala,
fotografiaba también modas, con una
fuerte influencia como el mismo
aseguraba, de los fotógrafos
norteamericanos Irving Pen y Richard
Avedon, convirtiéndolo en el pionero de
esa manifestación en el país.
Si la fotografía de estudio y de
publicidad concentraba a un grupo
representativo de fotógrafos cubanos, el
área más concurrida, y de larga y
variada tradición fue la de la
documentación social, la ligada al
periodismo, que tenía en el fotoclubismo
su matriz y el fotógrafo testimoniaba
como un cazador de imágenes. De la
Cuba Sono Film, agencia de
propaganda del Partido Socialista
Popular, nace al mundo de la imagen Raúl
Corral Fornos, Corrales para la historia
de la fotografía. Acompaña a líderes
obreros, publica su obra en Noticias
de Hoy cuando hacerlo constituía un
verdadero riesgo. Entre asaltos y
clausuras trabajó en numerosas
publicaciones, denuncias sociales de la
situación en el campo y asaltos de la
policía a los sindicalistas testimonian
su quehacer.
Otros fotógrafos dejan testimonio de la
lucha clandestina, de las crónicas
policíacas, de las incidencias de las
tropas rebeldes y desde Nueva York
Osvaldo Salas enviará materiales por los
que conoceremos sobre la visita de
Fidel a esa ciudad promoviendo
actividades de apoyo al Movimiento 26 de
Julio, sin abandonar el tratamiento de
retratos trabajados en el estudio. Con
él aprende su hijo Salitas (Roberto
Salas) que ya trabajaba en Nueva York
para el periódico clandestino El
Imparcial.
Este breve panorama solo aspira a dejar
constancia de afinidades y diferencias
de los continuadores de nuestra
fotografía de campaña, que dejó
testimonio de las luchas por nuestra
independencia a finales del siglo XIX y
que con este inconsciente pero innegable
vínculo histórico llegará al 1 de enero
de 1959 con la activa participación en
el proceso social, político y económico
que comienza a transformar el país, es
el “instante decisivo” para los
cazadores de imágenes y a su disposición
están los medios que esperan por la
mirada penetrante y lúcida que al captar
lo esencial comienza a otorgarle
autonomía a la imagen.
Tras su regreso al país Salas y Salitas
coinciden en el periódico Revolución
con Corrales, Korda, Ernesto Fernández,
Liborio y Mario García Joya, por solo
mencionar a los más reconocidos.
Del habitual trabajo individual pasan al
método colectivo, se discute el material
a publicar o el número de imágenes. No
se fotografía al otro, sino a sí mismo,
se comparten ideas, un motivo tiene
muchas miradas, se construye el mapa
fotográfico del país. La fotografía
perdía la inocencia, como afirma el
fotógrafo brasileño Miguel Río Branco,
se afilia a una causa que considera
justa, toma partido. Ella registra la
belleza y el conflicto, los triunfos y
las luchas, de las trincheras a los
trabajos voluntarios, de las marchas y
concentraciones a las memorias de los
viajes. Se nutre el legado de un caudal
fotográfico que va ganando el
reconocimiento nacional e
internacional.
Esa fotografía, que en esencia no
representó notables cambios formales, si
ganó en circulación y en la recepción de
un espectador que compartía las ideas
que la imagen expresaba con autonomía y
donde lo esencial era la verdad que la
calidad y la carga estética trasmitían.
Y todo ello debido fundamentalmente, a
la relación de los fotógrafos con los
diagramadores y diseñadores gráficos, lo
que alcanza su mayor altura con la
creación en enero de 1960 de la revista
INRA del Instituto Nacional de la
Reforma Agraria, publicación mensual
ilustrada que va a representar un fuerte
estímulo para el afán renovador que
generaban los profundos cambios. La
fotografía ganaba espacios y enriquecía
el diálogo con la Revolución.
Si la revista Life mostraba con
orgullo los ensayos de Eugene Smith, y
la revista O’Cruceiro la obra de
José Medeiros, Cuba lanzaba INRA
apoyada en el talento de Raúl Corrales
como editor de fotografía. Allí estaban
los hechos al alcance de la mirada, un
mundo que no necesitaba intermediarios,
se expresaba por sí mismo,
testimoniarlo, convertirlo en historia
gráfica, en memoria colectiva era el
reto. La Revolución estaba allí, sólo
había que captarla, afirmaba Raúl
Corrales, acompañado de Ernesto
Fernández, Agraz, Tirso Martínez,
Canales, Ante, Salas, Mario Ferrer y
Mayito, dar fe de ello en las imágenes
del combate durante el ataque mercenario
de Playa Girón y de la Alfabetización
preñada de esperanzas que se
desarrollaba en el mismo tiempo. Las
armas, la derrota de los mercenarios, el
hundimiento del buque madre, contrastan
con las conmovedoras fotos de los
alfabetizadores.
No hay hechos que no fueran
testimoniados: la entrega de los títulos
de la propiedad de la tierra, los
momentos de la Crisis de octubre, la
participación popular tras el atentado
al buque La Coubre y ese instante
que Korda capta por sorpresa y
transforma la imagen del guerrillero
convirtiéndola en la más divulgada en la
historia de la fotografía, haciendo
valederos los planteamientos de Henri
Cartier-Bresson y su teoría del
instante decisivo.
La creación de las milicias nacionales
revolucionarias, la lucha contra
bandidos en las montañas del Escambray y
la transformación social y económica de
la montaña, es tema de cobertura gráfica
en la prensa de la época y el estilo
particular que cada artista le fue
otorgando a sus fotos, en que mirada,
contraste, ternura, encuadre, el uso del
retrato, el paisaje natural y humano de
la cotidianidad, hasta lo popular y lo
kitsch, se complementaron para otorgarle
un carácter particular a la fotografía
cubana al elevar la realidad a la altura
del arte .
Entender este panorama facilita
comprender porque sin perder la
identidad personal y propiciando a la
vez una unidad en el conjunto, la
muestra Cuba: imágenes de una
Revolución nos ofrece la posibilidad
de apreciar en la obra de Raúl Corrales,
el simbolismo, el poder de síntesis y
la capacidad de entregarnos los
detalles por el uso escultórico en el
tratamiento de la luz. Alberto Korda,
inmerso en el torbellino de la historia,
siempre fue en busca de la belleza,
estilo y mirada muy particular que en la
versatilidad de su obra, otorga a su
fotografía una fuerte carga humanista.
Corresponsales de guerra, siempre
vinculados a la prensa pero con fuerte
apego a ese casi sinónimo de fotografía
que es el retrato, Salas, Salitas y
Liborio, nos acercan al gesto, a la
riqueza expresiva y a la memoria
personal.
La unidad en la diversidad es una de las
categorías que tipifica al arte del
Continente latinoamericano y caribeño y
el conjunto fotográfico que constituye
esta muestra que llamaremos de la épica
revolucionaria o documentalista o
testimonial, por su honestidad y
democratización le otorgó un nuevo valor
a las imágenes, pero mejor que cualquier
otro argumento, por rotundo y categórico
que este sea, resulta la opinión de
Fidel a propósito del valor de la imagen
de esa época, expresada durante una
conversación sostenida en el Palacio de
la Revolución con Corrales, Korda,
Salitas y Liborio, en el año 2000,
cuando afirmó: Gracias a ustedes
nosotros existimos.
Presentación de la
muestra Cuba: imágenes de una
Revolución en 2007 en Alemania. |