Año VI
La Habana
2008

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Las cosas necesarias

Argenis Osorio Sánchez • Santiago de Cuba

 

I

Ahora el abuelo está muerto. Yo lo maté.

Seguimos en el cuarto, solos, como antes, cuando me dijo.

—No se suba en la cama con los pies sucios.

Yo estaba cansado de estar tanto rato de pie, o agachado, según el caso. Le alcanzaba un pedazo de cuero, le llevaba un zapato o le ensartaba la aguja. Ensartar una aguja puede ser divertido y eso. Pero nada más si uno lo hace un par de veces. Ya después no. Cansa. No aguanté más y me subí al camastro.

A él no le gustó. Se mordió el labio, cogió la chaveta, vino hasta donde yo estaba y me cortó un dedo del pie. Yo no dije nada, pero me quedé mirándolo. Era como si la tierra me hubiera tragado la voz.

—Usted tiene que aprender a ser obediente. Si le digo que no se suba, no lo haga.

El dedo saltaba en el suelo y yo me sentía como si estuviera muerto.

—¿Usted va a ser obediente? Dígame, ¿va a ser obediente?

La chaveta del abuelo siempre estaba afilada.

Abrió un hueco, cogió el dedo y lo enterró. Después lavó la chaveta y otra vez se paró delante de mí. Se veía inmenso, como una palma.

—Siéntese en la cama que le voy a amarrar una venda.

No me moví. Pero él me cargó y con mucho cuidado me puso en la cama.

—Apúrese.

Me dijo. Lavó con luz brillante y puso una venda.

—¿Cómo se siente ahora?

No dije nada.

—¿Los ratones le comieron la lengua?

Me miró fijo a los ojos.

—¿Más o menos mide su lengua?

Era como si la tierra me hubiera tragado la voz.

—Algún día usted debiera hacer un esfuerzo y saber ese dato. Puede ser importante. ¿Sabe una cosa? No voy a aguantar esos gritos por mucho tiempo.

Me dio la espalda, caminó hasta el banquito y empezó a trabajar. Miré el pie, el vendaje estaba rojo. No sé por qué creí que el pie se me estaba pudriendo y se lo dije.

—No se preocupe pronto vamos a almorzar. No siga con esos gritos. Ya usted me ha hecho perder tiempo y eso no es bueno. Si quiere ponga la cabeza en la almohada pero deje los pies afuera.

—Seré obediente.

—Recuéstese.

Dijo y cortó un trozo de cuero. 


II
 

Cuando me desperté él no estaba. Al lado de la cama había una muleta.

—Está durmiendo mucho. Coja la muleta que le va a servir.

No dejaba de toser, era como si estuviera muriéndose de la tos. Agarré la muleta, fui a dar un paso y me caí. Él entró y me ayudó.

—Tiene que aprender a andar con eso. No puedo estar levantándolo cada vez que se caiga.

—Sí, abuelo.

—No diga, “sí, abuelo”, y apúrese. Ya usted está aprendiendo a ser cuidadoso, durmió como un angelito y no ensució las sábanas, ¿ve? A lo mejor llega a ser un buen hombre.

—Pero ahora nada más tengo nueve dedos.

—Usted debería aprender algunas cosas.

Se quedó pensativo.

—¿Usted sabe por qué remiendo zapatos?

—Sí.

—No sea charlatán, usted no sabe nada ni siquiera caminar con una muleta. Cree que remiendo zapatos por necesidad y no es así. ¡No es así, carajo! Lo hago porque los zapatos no tienen cerebro. Un día me di cuenta que los hombres tienen cerebro y los zapatos no.

Volvió a quedarse pensativo. Como media hora. En todo ese tiempo, para no aburrirme, me puse a tratar de aprender a caminar con la muleta. Era dificilísimo. Al rato el abuelo me dijo.

—Ahora usted cree que yo soy un hijo de puta.

—No, abuelo, yo…

—¡Cállese!

Se puso a darle filo a la chaveta.

—Si usted piensa eso está pensando bien. Ahora mismo soy tremendo hijoeputa. Pero, no sabe por qué le corté el dedo.

—Porque no le hice caso, abuelo y los nietos tenemos que ser obedientes.

—No sea comemierda, ¿o se va a pasar la vida repitiendo lo que le dicen? Le corté el dedo por varias razones.

Pasó un dedo por el filo de la chaveta pero todavía no estaba satisfecho.

—Primero, porque no lo necesita, y esa sólo es una razón superficial.

Dejó la chaveta sobre la mesa, se metió una mano en el bolsillo, sacó un paquete de dinero y empezó a contarlo.

—Aprenda cuáles son las cosas necesarias. ¿Qué le parece por ejemplo, fracturarse el cráneo de vez en cuando?

—Creo que no es una buena idea, abuelo.

—Dije dudando.

—Vaya, al fin una respuesta inteligente. Se da cuenta de que usted sí puede. Así como no es necesario fracturarse el cráneo de vez en cuando tampoco usted necesitaba ese dedo.

Ahí fue cuando lo miré con odio por primera vez pero todavía no imaginaba que sería capaz de matarlo.

—¿A usted le parece que el dedo gordo del pie es necesario para vivir?

Terminó de contar el dinero y lo puso sobre la mesa.

—Responda.

Me dijo sin levantar la cabeza.

—¿O es que le tiene miedo a su propia respuesta?

—No sé, abuelo, le juro que…

—No jure nada. El dedo gordo tampoco es necesario pero tenía miedo pensó que  también se lo iba cortar. Dígame una cosa. ¿Usted cree que si a alguien le falta un dedo podrá ponerse un zapato?

No respondí. Miré la chaveta. Estaba al lado del dinero.

—No sea pendejo y responda.

— A lo mejor sí, no sé. No puedo dar una opinión.

—¡Claro que puede dar una opinión! Si un hombre no puede dar una opinión lo mejor que hace es morirse.

Me tiró un zapato.

—Coja ese zapato y póngaselo.

Yo empecé a ponérmelo.

—No, en ese pie no, en el que tiene la venda.

Vino hasta donde yo estaba y me puso el zapato.

—Mueva el pie.

No le hice caso.

—Ah, ya me doy cuenta. No quiere moverlo porque es un zapato de mujer y eso está muy bien. ¿Le duele más ahora o le duele igual?

Me dolía muchísimo y volví a mirarlo con odio. Con ese odio que impulsa a la gente a matar.

—Igual, le duele igual, y esa puede ser la razón concreta. Usted necesita entrenarse contra el dolor. El dolor será una constante en su vida. ¿Le gusta el dolor?

Le respondí.

—¿Ya ve? Esta es una experiencia nueva.

Entonces trajo los platos de sopa y empezamos a comer.

—Puedo cortarle un dedo pero nunca dejaría de traerle su comida. Un abuelo es siempre un abuelo. ¿Usted cree que sea un buen abuelo?

—Sí. 

Entonces dejó de comer y me miró.

—También que le gustaría rajarme la garganta y le daré esa oportunidad pero déme tiempo para un tabaquito.

Hasta ese momento yo no había pensado en eso.

—Es una costumbre que heredé de mi abuelo. Le ruego que no se arrepienta a última hora. No le vaya a dejar esa tarea a nadie.

Entonces entendí lo que quería. O al menos creí haber entendido. Y por eso empecé a tomar la sopa con más calma.

—Así se hace, piense y decídase.

Hice un gesto y dejé de mirarlo. Estuvimos un rato sin hablar, incluso después que se llevó los platos. Al regresar traía un tabaco encendido.

Fumaba y escupía tratando de que cada salivazo cayera en el lugar donde había enterrado el dedo.

—Le voy a dejar este dinero.

—Gracias.

—No me dé las gracias, solamente trate de hacerlo bien.

—Está bien, abuelo.

—Ya estoy listo.

Dijo y tiró el pedazo de tabaco.

 

Tomado del volumen inédito En este lado de la muerte (cuentos-2005).
 

Argenis Osorio Sánchez: Narrador y profesor cubano. Nació en Manzanillo el 27 de junio de 1970. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ganó el Premio Provincial de Narrativa durante dos años consecutivos 2000 y 2001 en el Concurso Provincial de Talleres Literarios. En 2002 Ganó Mención Especial en el Encuentro- Debate Nacional de Talleres Literarios. Obtuvo Mención en la Edición del Premio de la Ciudad de Santiago de Cuba en el género de Cuento en 2006. Ediciones Santiago publicó sus libros de cuentos Convite de cenizas (2002) y Tras la piel (2004). Textos suyos han aparecido en la Revista SIC, e Isabelica punto. cu. Tiene inéditos los volúmenes Ellos me quieren (novela), Prohibido morir en La Habana (novela) y, En este lado de la muerte (cuento). Fue guionista, productor musical y director de programas de radio durante diez años. Se desempeña como docente en la Sede Universitaria Municipal de Mayarí Arriba.

 
 

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