Año VI
La Habana
2008

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Amado del Pino • La Habana

El poeta cubano Alexis Díaz Pimienta recibió esta semana en Murcia, el Premio Los Odres, el mejor dotado de los que se convocan en España en poesía. Pero que no se asuste mi paciente lector. No voy a contaminar demasiado de información un espacio que trata de ser fiel a este género que lo he recordado más de una vez  el colega Pérez Betancourt bautizó certeramente como jíbaro.

Desde la escurridiza, tenue, ligera, agridulce y grave a la vez crónica es que evoco al muchacho del Diezmero, al humilde transeúnte de San Miguel del Padrón cosechando aplausos en un hotel de mucho rango; entre hombres con corbata y discursos de constructores de casas que para sorpresa de muchos y suspicacia de otros han decidido apoyar la poesía. No lo veo tan contradictorio, pues ahora que los dueños del negocio inmobiliario claman ante la crisis de su sector, está muy bien que uno al menos mire hacia el interior, hacia las olvidadas habitaciones del alma.

En medio, al lado, casi de espaldas al protocolo, Alexis, Tania, Natalia, yo y hasta el pequeño Alejandro nos pusimos al recuerdo y la melancolía. Para los que no sepan lo que es el Diezmero, les recuerdo que se trata de un barrio obrero de las afueras de La Habana. Cerca hay una socorrida parada de guaguas que le llaman El Caballo Blanco. Visto de lejos es hermoso el nombre del sitio, aunque ya en mi época de habitante ocasional solo había allí una fea y mal surtida cafetería. En uno de los poemas de Alexis se oye cantar a Benny Moré mientras él se consume de nostalgia en uno de sus viajes al extranjero. Benny vivió cerca del Caballo sin silueta ni color en el conuco en el que ensayó algunos de sus prodigiosos boleros o sus contagiosas guarachas.

Alexis viene de la intermedia voz de lo suburbano. Yo traigo a Tamarindo a flor de piel y la gente me entiende más rápido. Lo mío es paisaje tipo postal y un hombre en un caballo de verdad que atraviesa el prodigio de la campiña. Los de las afueras se sienten tímidos y casi ajenos en el vanidoso centro, pero tampoco suelen atesorar la pertenencia con lo rural. La familia de los Pimienta tiró hacia el campo y el padre cultivó la décima que fue su compañera por distintas casas, amores y afanes. Alexis acompañó, desde los cinco años, a su progenitor en las controversias de décimas cantadas. Sigue con su familia grande, su barrio pobre, su oficio de cantor que viene a ser suburbano y visto por encima del hombro por los aristócratas o los pequeño-burgueses de la cultura.

Nuestros repentistas, maestros de la improvisación, escriben en el viento, logran la emoción del auditorio a fuerza de poner en riesgo cada noche su prodigiosa facundia y su casi mágica capacidad para hermanar palabras. En una de esas controversias nuestro poeta definió como nadie la sutil diferencia entre el campo hirsuto y el barrio trémulo y precario de las afueras. El otro poeta cantaba a un río clásico de su provincia. Alexis que en Murcia y recién premiado también improvisó versos esgrimió ante su contrincante este precioso matiz: “Pero el Mayabeque mío/ fue una zanja del Diezmero/ que ni yo porque la quiero/ me atrevo a llamarla río”.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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