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El poeta cubano Alexis Díaz Pimienta
recibió esta semana en Murcia, el Premio
Los Odres, el mejor dotado de los que se
convocan en España en poesía. Pero que
no se asuste mi paciente lector. No voy
a contaminar demasiado de información un
espacio que trata de ser fiel a este
género que
—lo
he recordado más de una vez—
el colega Pérez Betancourt bautizó
certeramente como jíbaro.
Desde la escurridiza, tenue, ligera,
agridulce y grave a la vez crónica es
que evoco al muchacho del Diezmero, al
humilde transeúnte de San Miguel del
Padrón cosechando aplausos en un hotel
de mucho rango; entre hombres con
corbata y discursos de constructores de
casas que
—para
sorpresa de muchos y suspicacia de otros—
han decidido apoyar la poesía. No lo veo
tan contradictorio, pues ahora que los
dueños del negocio inmobiliario claman
ante la crisis de su sector, está muy
bien que uno al menos mire hacia el
interior, hacia las olvidadas
habitaciones del alma.
En medio, al lado, casi de espaldas al
protocolo, Alexis, Tania, Natalia, yo y
hasta el pequeño Alejandro nos pusimos
al recuerdo y la melancolía. Para los
que no sepan lo que es el Diezmero, les
recuerdo que se trata de un barrio
obrero de las afueras de La Habana.
Cerca hay una socorrida parada de
guaguas que le llaman El Caballo Blanco.
Visto de lejos es hermoso el nombre del
sitio, aunque ya en mi época de
habitante ocasional solo había allí una
fea y mal surtida cafetería. En uno de
los poemas de Alexis se oye cantar a
Benny Moré mientras él se consume de
nostalgia en uno de sus viajes al
extranjero. Benny vivió cerca del
Caballo sin silueta ni color en el
conuco en el que ensayó algunos de sus
prodigiosos boleros o sus contagiosas
guarachas.
Alexis viene de la intermedia voz de lo
suburbano. Yo traigo a Tamarindo a flor
de piel y la gente me entiende más
rápido. Lo mío es paisaje tipo postal y
un hombre en un caballo de verdad que
atraviesa el prodigio de la campiña. Los
de las afueras se sienten tímidos y casi
ajenos en el vanidoso centro, pero
tampoco suelen atesorar la pertenencia
con lo rural. La familia de los Pimienta
tiró hacia el campo y el padre cultivó
la décima que fue su compañera por
distintas casas, amores y afanes. Alexis
acompañó, desde los cinco años, a su
progenitor en las controversias de
décimas cantadas. Sigue con su familia
grande, su barrio pobre, su oficio de
cantor que viene a ser suburbano y visto
por encima del hombro por los
aristócratas o los pequeño-burgueses de
la cultura.
Nuestros repentistas, maestros de la
improvisación, escriben en el viento,
logran la emoción del auditorio a fuerza
de poner en riesgo cada noche su
prodigiosa facundia y su casi mágica
capacidad para hermanar palabras. En una
de esas controversias nuestro poeta
definió como nadie la sutil diferencia
entre el campo hirsuto y el barrio
trémulo y precario de las afueras. El
otro poeta cantaba a un río clásico de
su provincia. Alexis
—que
en Murcia y recién premiado también
improvisó versos—
esgrimió ante su contrincante este
precioso matiz: “Pero el Mayabeque mío/
fue una zanja del Diezmero/ que ni yo
porque la quiero/ me atrevo a llamarla
río”. |