Año V
La Habana
2008

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Ángel Augier
(Holguín, 1910)


EL DOLOR DE SER TRISTE 

El dolor de ser triste

No reside en la causa de la propia tristeza,

puesto que en la tristeza hondo placer existe

que es recóndito germen de armoniosa belleza.

El dolor de ser triste reside en el prurito

de ostentar el grotesco disfraz de la alegría

cuando el alma nostálgica, ansiosa de infinito,

goza las plenitudes de su melancolía.

En la tristeza hay una diafanidad secreta,

–fuga de lo banal y refugio en sí mismo–

que satura las almas de su esencia discreta

pródiga en el milagro de un fecundo idealismo.

Es algo indefinible que nos deja sus huellas

luminosas en toda la psiquis anhelante:

huellas como de estrellas

que en sus destellos vuelcan un hálito fragante.

Pero todos no saben de estas íntimas cosas

inefables, no saben de estas excelsitudes

interiores, no pueden comprender la armoniosa

belleza que hay en esas sutiles inquietudes.

Y hay que ocultar la dulce distinción de ser triste

y mezclar nuestras risas con las risas del mundo.

Y es esa alborozada máscara la que viste

de dolor tan profundo

el gozo de ser triste.

 


SI MIS PALABRAS…

 

Si mis palabras

pudieran andar descalzas

como esos niños indios que van para la escuela.

Pies desnudos que saben muchas cosas,

que van palpando las asperezas de la tierra,

que conocen la caricia cálida del sol

y la ternura de las yerbas

húmedas del rocío

junto con las magulladuras de las piedras

y la pintura gris del lodo que la lluvia

extiende por calles y caminos.

Y saben y enseñan más que todo eso.

Humildes plantas campesinas

que van rozando la miseria,

recogiendo gérmenes de enfermedad y muerte,

recorriendo hasta el fondo la injusticia social.

Protestas silenciosas que frotan lentas,

desesperadas,

el pedernal de los dolores colectivos

que producirá chispas rebeldes…,

Si mis palabras

pudieran andar también descalzas…

Si pudieran andar con las plantas desnudas

por todos los caminos:

sucias, magulladas, endurecidas,

pero protestas directas y vigorosas,

gritando sin retóricas inútiles,

sencillas, elementalmente,

este dolor enorme, universal y sin fronteras,

de los pobres y los humildes,

de los que sufren, padecen y perecen

bajo el régimen capitalista.

Sin mis palabras

pudieran expresar de esa manera

esta angustia callada donde laten tumultos

de los que llevan el peso de todas las miserias

sobre los hombros proletarios…

 


CUBA

Cuba, flotante línea suspendida
en la punta del agua sin sosiego;
llama en el centro de su propio fuego,
roja al viento la túnica encendida.

Cuba, de amor extiendes tu medida
y la sombra sepulta su astro ciego:
tu sangre, ardiente luz, es dulce riego
para alzar el tamaño de la vida.

Marítima y frutal, solar y sola,
las olas que establecen tu corola
forman, Cuba, coraza a tu alegría.

Y en tu carrera de canción y espuma
deslumbra a la mirada entre la bruma
el fulgor con que en ti florece el día.


EL MAR

Se ha caído al suelo el Mar. Difícil
recogerlo, alzarlo, ayudarle.
La masa espesa se mece y se deshace en espuma,
en olas; se contrae y distiende, se agita y calma,
se enfurece y desborda como en inútil esfuerzo por levantarse.
La espesa masa no descansa: moja, hunde, ahoga;
su corrosivo hálito de salitre, esa onda salada y húmeda,
está ahí siempre incansable, y el espumoso oleaje de gelatina,
azogue, agua. Se ha caído al suelo el Mar.
Y es difícil asirlo, levantarlo.
Quizás sea preferible dejarlo donde está,
hasta que pueda alzarse por sí solo.
O hasta cuando lentamente se deseque por cansancio.
O por aburrimiento.


ISLA EN EL TACTO    

I
Cosida al mar y al viento por puntuadas olas
a puro sol prendida,
tu perfil, isla mía, tu contorno en el agua
con tu constante litoral dibujas
revuelto hacia la luz y hacia la espuma,
hacia el húmedo mundo clamoroso
donde pierden la tierra y el árbol sus fronteras,
donde encuentra el azul su razón en los mapas
y se disuelve en sal la geografía.

II
Soledad por tu sol y por tu ola:
isla sola: sol y ola
confundidos ciñendo, acariciándote
la piel mulata de la costa,
la femenina piel, fragante de tabaco,
y la piel de la playa,
cálida y temblorosa con su arena de azúcar.

III
En ti misma comienza y se reanuda
la línea en movimiento de tus bordes inmóviles,
ese voluptuoso
límite que recorre tu dimensión exacta
y aprieta con su júbilo
tu verde desnudez estremecida.
En ti nace y renace,
ondulante rodeando tu náutica estructura,
esa inundada sombra flotadora,
esa flotante sombra sumergida
que marca tu presencia
en el sitio preciso donde el agua
seca las vestiduras de su viaje marítimo
y se detiene el aire para lavar su túnica.

IV
Isla mía, resonante,
naviera y vegetal a la deriva.
Cañaveral velamen
extendido de líquida, musical transparencia.
Sonora y descubierta caracola
de sol y mar y viento traspasada.
Palmar de verdes puntas de sonidos
del aire dueño y de la enredadera.
Amo y recorro al tacto
tu ámbito circundado de acústica intemperie,
tu ámbito en que despliega
la luz de su canción el oleaje.
Ola en la luz, luz rota en la ola:
Ola, ala de sal que interminable vuela en tu cielo terrestre;
luz, ala de sol que cubre tu dimensión celeste.
Ola y luz en una única canción
que sin cesar afila su fragancia
en los clamores de los arrecifes.

V
Desde todos sus pétalos la rosa de los vientos
desde todas sus hojas
olas de verdeazul lanza cada segundo
sobre tu acantilado relieve de desnuda
y abierta geometría.
Desde qué edad remota, desde qué día sin año,
isla mía sonora,
ya en su oficio sin pausa lanza la rosa insomne
olas prefabricadas, en serie, arquitectónicas,
con sus crestas perfectas, con su lote de espumas,
con su rumor secreto de amante silencioso,
con su clamor de enfurecido amante,
con su caricia apenas insinuada,
con su látigo sordo, su lenta cuchillada, su constante golpear,
ese ceñir sin tregua con sus líquidas manos,
con sus dedos de espumas
la extensión que se alarga, se cierra, se despliega,
la extensión que está anclada
en su firme frontera submarina,
esa incansable, ciega, salvaje, tierna, dominante costumbre
de no cesar de no cesar de no cesar
en el ardiente ceñir de tu collar de olas. 


VESPERAL

No hagas ruido, a ver,
si no se va la tarde.
Dile a tu alma que haga
un silencio absoluto.
Acalla ese ruido de pensamientos,
rompe ese hondo clamor de recuerdos,
ahoga ese sordo rumor de ensueños.
No seas imprudente, no hagas ruidos,
que le molestan a la tarde.
Ante ella hay que estar como una esfinge jovial,
ungida de serenos éxtasis
florecidos de silencios blancos.
Tenemos que rimar ese silencio
con el blanco silencio de la tarde.

Pero, ¿ya ves?, se va la tarde.
No pudiste amordazar el grito desbocado de tus nostalgias
y has espantado a la tarde.
Mira como huye despavorida a otro lugar donde comprendan
el silencio blanco de su alma. Y nos deja las sombras
-gran silencio negro-
para el negro silencio de nuestros ruidos.

 

Ángel Augier. Poeta, ensayista, periodista, investigador literario y crítico cubano. Nació el 10 de diciembre de 1910 en el central Santa Lucía, hoy Rafael Freyre, en Gibara, Holguín. En 1932 publicó su primer libro de versos e ingresó en el primer partido marxista leninista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Es miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua, miembro del Consejo Asesor del Centro de Estudios Martianos, miembro fundador de la Unión de Periodistas y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Fue condecorado con la Orden Nacional Félix Varela, de Primer Grado y en 1991 recibió el Premio Nacional de Literatura.

 

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