|
EL DOLOR DE SER TRISTE
El dolor de ser triste
No reside en la causa de la propia
tristeza,
puesto que en la tristeza hondo placer
existe
que es recóndito germen de armoniosa
belleza.
El dolor de ser triste reside en el
prurito
de ostentar el grotesco disfraz de la
alegría
cuando el alma nostálgica, ansiosa de
infinito,
goza las plenitudes de su melancolía.
En la tristeza hay una diafanidad
secreta,
–fuga de lo banal y refugio en sí mismo–
que satura las almas de su esencia
discreta
pródiga en el milagro de un fecundo
idealismo.
Es algo indefinible que nos deja sus
huellas
luminosas en toda la psiquis anhelante:
huellas como de estrellas
que en sus destellos vuelcan un hálito
fragante.
Pero todos no saben de estas íntimas
cosas
inefables, no saben de estas
excelsitudes
interiores, no pueden comprender la
armoniosa
belleza que hay en esas sutiles
inquietudes.
Y hay que ocultar la dulce distinción de
ser triste
y mezclar nuestras risas con las risas
del mundo.
Y es esa alborozada máscara la que viste
de dolor tan profundo
el gozo de ser triste.
SI MIS PALABRAS…
Si mis palabras
pudieran andar descalzas
como esos niños indios que van para la
escuela.
Pies desnudos que saben muchas cosas,
que van palpando las asperezas de la
tierra,
que conocen la caricia cálida del sol
y la ternura de las yerbas
húmedas del rocío
junto con las magulladuras de las
piedras
y la pintura gris del lodo que la lluvia
extiende por calles y caminos.
Y saben y enseñan más que todo eso.
Humildes plantas campesinas
que van rozando la miseria,
recogiendo gérmenes de enfermedad y
muerte,
recorriendo hasta el fondo la injusticia
social.
Protestas silenciosas que frotan lentas,
desesperadas,
el pedernal de los dolores colectivos
que producirá chispas rebeldes…,
Si mis palabras
pudieran andar también descalzas…
Si pudieran andar con las plantas
desnudas
por todos los caminos:
sucias, magulladas, endurecidas,
pero protestas directas y vigorosas,
gritando sin retóricas inútiles,
sencillas, elementalmente,
este dolor enorme, universal y sin
fronteras,
de los pobres y los humildes,
de los que sufren, padecen y perecen
bajo el régimen capitalista.
Sin mis palabras
pudieran expresar de esa manera
esta angustia callada donde laten
tumultos
de los que llevan el peso de todas las
miserias
sobre los hombros proletarios…
CUBA
Cuba, flotante línea suspendida
en la punta del agua sin sosiego;
llama en el centro de su propio fuego,
roja al viento la túnica encendida.
Cuba, de amor extiendes tu medida
y la sombra sepulta su astro ciego:
tu sangre, ardiente luz, es dulce riego
para alzar el tamaño de la vida.
Marítima y frutal, solar y sola,
las olas que establecen tu corola
forman, Cuba, coraza a tu alegría.
Y en tu carrera de canción y espuma
deslumbra a la mirada entre la bruma
el fulgor con que en ti florece el día.
EL MAR
Se ha caído al suelo el Mar. Difícil
recogerlo, alzarlo, ayudarle.
La masa espesa se mece y se deshace en
espuma,
en olas; se contrae y distiende, se
agita y calma,
se enfurece y desborda como en inútil
esfuerzo por levantarse.
La espesa masa no descansa: moja, hunde,
ahoga;
su corrosivo hálito de salitre, esa onda
salada y húmeda,
está ahí siempre incansable, y el
espumoso oleaje de gelatina,
azogue, agua. Se ha caído al suelo el
Mar.
Y es difícil asirlo, levantarlo.
Quizás sea preferible dejarlo donde
está,
hasta que pueda alzarse por sí solo.
O hasta cuando lentamente se deseque por
cansancio.
O por aburrimiento.
ISLA EN EL TACTO
I
Cosida al mar y al viento por puntuadas
olas
a puro sol prendida,
tu perfil, isla mía, tu contorno en el
agua
con tu constante litoral dibujas
revuelto hacia la luz y hacia la espuma,
hacia el húmedo mundo clamoroso
donde pierden la tierra y el árbol sus
fronteras,
donde encuentra el azul su razón en los
mapas
y se disuelve en sal la geografía.
II
Soledad por tu sol y por tu ola:
isla sola: sol y ola
confundidos ciñendo, acariciándote
la piel mulata de la costa,
la femenina piel, fragante de tabaco,
y la piel de la playa,
cálida y temblorosa con su arena de
azúcar.
III
En ti misma comienza y se reanuda
la línea en movimiento de tus bordes
inmóviles,
ese voluptuoso
límite que recorre tu dimensión exacta
y aprieta con su júbilo
tu verde desnudez estremecida.
En ti nace y renace,
ondulante rodeando tu náutica
estructura,
esa inundada sombra flotadora,
esa flotante sombra sumergida
que marca tu presencia
en el sitio preciso donde el agua
seca las vestiduras de su viaje marítimo
y se detiene el aire para lavar su
túnica.
IV
Isla mía, resonante,
naviera y vegetal a la deriva.
Cañaveral velamen
extendido de líquida, musical
transparencia.
Sonora y descubierta caracola
de sol y mar y viento traspasada.
Palmar de verdes puntas de sonidos
del aire dueño y de la enredadera.
Amo y recorro al tacto
tu ámbito circundado de acústica
intemperie,
tu ámbito en que despliega
la luz de su canción el oleaje.
Ola en la luz, luz rota en la ola:
Ola, ala de sal que interminable vuela
en tu cielo terrestre;
luz, ala de sol que cubre tu dimensión
celeste.
Ola y luz en una única canción
que sin cesar afila su fragancia
en los clamores de los arrecifes.
V
Desde todos sus pétalos la rosa de los
vientos
desde todas sus hojas
olas de verdeazul lanza cada segundo
sobre tu acantilado relieve de desnuda
y abierta geometría.
Desde qué edad remota, desde qué día sin
año,
isla mía sonora,
ya en su oficio sin pausa lanza la rosa
insomne
olas prefabricadas, en serie,
arquitectónicas,
con sus crestas perfectas, con su lote
de espumas,
con su rumor secreto de amante
silencioso,
con su clamor de enfurecido amante,
con su caricia apenas insinuada,
con su látigo sordo, su lenta
cuchillada, su constante golpear,
ese ceñir sin tregua con sus líquidas
manos,
con sus dedos de espumas
la extensión que se alarga, se cierra,
se despliega,
la extensión que está anclada
en su firme frontera submarina,
esa incansable, ciega, salvaje, tierna,
dominante costumbre
de no cesar de no cesar de no cesar
en el ardiente ceñir de tu collar de
olas.
VESPERAL
No hagas ruido, a ver,
si no se va la tarde.
Dile a tu alma que haga
un silencio absoluto.
Acalla ese ruido de pensamientos,
rompe ese hondo clamor de recuerdos,
ahoga ese sordo rumor de ensueños.
No seas imprudente, no hagas ruidos,
que le molestan a la tarde.
Ante ella hay que estar como una esfinge
jovial,
ungida de serenos éxtasis
florecidos de silencios blancos.
Tenemos que rimar ese silencio
con el blanco silencio de la tarde.
Pero, ¿ya ves?, se va la tarde.
No pudiste amordazar el grito desbocado
de tus nostalgias
y has espantado a la tarde.
Mira como huye despavorida a otro lugar
donde comprendan
el silencio blanco de su alma. Y nos
deja las sombras
-gran silencio negro-
para el negro silencio de nuestros
ruidos.
Ángel
Augier.
Poeta, ensayista,
periodista, investigador literario y
crítico cubano. Nació el 10 de diciembre
de 1910 en el central Santa Lucía, hoy
Rafael Freyre, en Gibara, Holguín. En
1932 publicó su primer libro de versos e
ingresó en el primer partido marxista
leninista cubano. Doctor en Ciencias
Filológicas por la Universidad de La
Habana. Es miembro de Número de la
Academia Cubana de la Lengua, miembro
del Consejo Asesor del Centro de
Estudios Martianos, miembro fundador de
la Unión de Periodistas y de la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba. Fue
condecorado con la Orden Nacional Félix
Varela, de Primer Grado y en 1991
recibió el Premio Nacional de
Literatura. |