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Una sola Bolivia, blanca y próspera |
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Jorge Majfud
• Página 12 |
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La rápida conquista de Amerindia hubiese
sido imposible sin la cosmología
mesoamericana y andina. De otra forma
nunca dos imperios maduros, con
poblaciones millonarias y ejércitos de
valor, hubiesen sucumbido a la locura de
un puñado de españoles. Pero también fue
posible por el nuevo espíritu aventurero
y guerrero de la cultura medieval de la
Castilla vencedora en la Reconquista y
del nuevo espíritu capitalista del
Renacimiento. Desde un punto de vista
simplemente militar, ni Cortés ni
Pizarro se recordarían hoy de no haber
sido por la mala conciencia de dos
imperios como el azteca de Moctezuma y
el inca de Atahualpa. Ambos se sabían
ilegítimos y les pesaba como no les pesa
a ningún gobernador moderno.
Los españoles conquistaron primero estas
cabezas o las estrujaron y cortaron para
poner en su lugar a caciques títeres y
privilegiar la vieja aristocracia
nativa, una historia que le puede ser
muy familiar a cualquier pueblo
periférico del siglo XXI.
La principal herencia estratégica de
esta historia fue la progresiva división
social y geográfica. Mientras se
admiraba primero la revolución cultural
de Estados Unidos, basada en teorías
utópicas, y luego simplemente se admiró
su fuerza muscular, la que procedía por
uniones y anexiones, la América del Sur
procedía con el método inverso de las
divisiones. Así se destruyeron los
sueños de los hoy llamados libertadores,
como Simón Bolívar, José Artigas o San
Martín. Así explotaron en fragmentos de
pequeñas naciones como las de América
Central o las de América del Sur.
Esta fragmentación fue conveniente a los
nacientes imperios de la Revolución
Industrial y del celebrado caudillismo
criollo, donde un jefe representante de
la cultura agrícolo-feudal se imponía
sobre la ley y el progreso humanista
para salvar su prosperidad, la que
confundía con la prosperidad del nuevo
país. Paradójicamente, como en la
democracia imperial de la Atenas de
Pericles, tanto el imperio británico
como el americano se administraban de
forma diferente, como democracias
representativas. Paradójicamente,
mientras el discurso de las clases
prósperas en América latina imponía el
ideoléxico “patriotismo”, su práctica
consistía en servir los intereses
extranjeros, los suyos propios como
minorías, y someter a la expoliación,
expropiación y ninguneo de una mayoría
que estratégicamente se consideraban
minorías.
En Bolivia los indígenas fueron siempre
una minoría. Minoría en los diarios, en
las universidades, en la mayoría de los
colegios católicos, en la imagen
pública, en la política, en la
televisión. El detalle radicaba en que
esa minoría era por lejos más de la
mitad de la población invisible. Algo
así como hoy se llama minoría a los
hombres y mujeres de piel negra en el
Sur de Estados Unidos, allí donde suman
más del cincuenta por ciento. Para no
ver que la clase dirigente boliviana era
la minoría étnica de una población
democrática, se pretendía que un
indígena, para serlo, debía llevar
plumas en la cabeza y hablar el aymará
del siglo XVI, antes de la contaminación
de la Colonia. Como este fenómeno es
imposible en cualquier pueblo y en
cualquier momento de la historia,
entonces le negaban ciudadanía amerindia
por pecado de impureza. Para ello, el
mejor recurso ahora consiste en la burla
sistemática en libros harto
publicitados: se burlan de aquellos que
reclaman su linaje amerindio por hablar
español y encima lo hacen a través de
Internet o de un teléfono celular. Por
el contrario, a un buen francés o a un
japonés tradicional nunca se les exige
que orinen detrás de un naranjo como en
Versailles o que su mujer camine detrás
con la cabeza gacha. Es decir, los
pueblos amerindios no tienen más lugar
que el museo y los bailes para turistas.
No tienen derecho al progreso, eso que
no es invento de ninguna nación
desarrollada sino de la humanidad a lo
largo de toda su historia.
Los recientes referéndum separatistas de
Bolivia –evitemos el eufemismo– son
parte de una larga tradición, lo que
demuestra que la habilidad para retener
el pasado no es patrimonio exclusivo de
quienes se niegan a progresar sino de
quienes se consideran la vanguardia del
progreso civilizador.
Si las ideologías y las culturas
medievales (es decir, prehumanistas)
defendían hasta ayer con sangre en los
ojos y en sus sermones políticos y
religiosos las diferencias de clase, de
raza y de género como parte de la
naturaleza o del derecho divino y ahora
han cambiado el discurso, no es que
hayan progresado gracias a su propia
tradición sino a pesar de esa tradición.
No han tenido más remedio que reconocer
e incluso tratar de apropiarse de
ideoléxicos como “libertad”, “igualdad”,
“diversidad”, “derechos de minorías”,
etcétera, para legitimarse y extender
una práctica contraria. Si la democracia
era “un invento del demonio” hasta
mediados del siglo XX, según esta
mentalidad feudal, hoy ni el más
fascista sería capaz de manifestarlo en
una plaza pública. Por el contrario, su
método consiste en repetir esta palabra
asociándola a prácticas musculares
contrarias hasta vaciarla de
significado.
Es fácil advertir por qué un patriotismo
o un nacionalismo puede ser fascista y
el otro humanista: uno impone la
diferencia de su fuerza muscular y el
otro reclama el derecho a la igualdad.
Pero como tenemos una sola palabra y
dentro de ella se mezclan todas las
circunstancias históricas, usualmente
condenamos o elogiamos
indiscriminadamente.
Ahora, la fuerza muscular del opresor no
es suficiente; es necesaria también la
tara moral del oprimido. No hace mucho
una Miss Bolivia –con unos trazos de
rasgos indígenas para una mirada
exterior– se quejaba de que su país sea
reconocido por sus cholas, cuando en
realidad había otras partes del país
donde las mujeres eran más lindas. Esta
es la misma mentalidad de un impuro
llamado Domingo Sarmiento en el siglo
XIX y la mayoría de los educadores de la
época.
El coloniaje militar ha dejado paso al
coloniaje político y éste le ha pasado
la posta al coloniaje cultural. Esta es
la razón por la cual un gobierno
compuesto de etnias históricamente
repudiadas por propios y ajenos no sólo
debe lidiar con las dificultades
prácticas de un mundo dominado y hecho a
la medida del sistema capitalista, cuya
única bandera es el interés y el
beneficio de clases financieras, sino
que además debe lidiar con siglos de
prejuicios, racismo, sexismo y clasismo
que se encuentran incrustados debajo de
cada poro de la piel de cada habitante
de esta adormecida América.
Como reacción a esta realidad, quienes
se oponen recurren al mismo método de
elevar a la cúspide caudillos, hombres o
mujeres individuales a quienes hay que
defender a rajatabla. Desde un punto de
vista de un análisis humanista, esto es
un error. Sin embargo, si consideramos
que el progreso de la historia –cuando
es posible– también está movido por los
cambios políticos, entonces habría que
reconocer que la teoría del intelectual
debe hacer concesiones a la práctica del
político. No obstante, otra vez, aunque
dejemos en suspenso esta advertencia, no
debemos olvidar que no hay progreso
humanista luchando eternamente con los
instrumentos de una vieja tradición
opresora y antihumanista.
Pero primero lo primero: Bolivia no se
puede partir en dos en base a una
Bolivia rica y blanca y otra Bolivia
india y pobre. ¿Qué fundamento moral
puede tener un país o una región
autónoma basada en principios de agudo
retardo histórico y mental? ¿Por qué no
se llegó a estos límites separatistas –o
de “unión descentralizada”– cuando el
gobierno y la sociedad estaban dominados
por las tradicionales clases criollas?
¿Por qué entonces era más patriótica una
Bolivia unida sin autonomías indígenas?
Escritor
uruguayo. Profesor en la Universidad de
Georgia, EE.UU. |
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