|
|
|
 |
|
|
| El
hundimiento del centro del mundo |
| Entre la
recesión y el colapso |
|
|
|
|
Jorge
Beinstein •
Alai |
|
|
La recesión se ha instalado en los
Estados Unidos, los subsidios
alimentarios que cubrían a unas 26
millones y medio de personas en 2006
subieron en 2007 a 28 millones, nivel
nunca alcanzado desde los años 1960.
Recientemente la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo Económico
(OCDE) ha revisado a la baja sus
previsiones de crecimiento para la
economía estadounidense asignándole una
expansión igual a cero para el primer
semestre del año actual, por su parte el
FMI acaba de hacer un pronóstico aún más
grave incluyendo períodos de crecimiento
negativo. Estos organismos venían
bombardeando a los medios de
comunicación (que a su vez bombardeaban
al planeta) con pronósticos optimistas
basados en la supuesta fortaleza de la
economía norteamericana; sostenían que
no habría recesión y que lo peor podría
ser un crecimiento bajo rápidamente
desbordado por una nueva expansión... si
ahora admiten la recesión es porque algo
mucho peor está en el horizonte.
Bajo la apariencia de varias crisis
convergentes se despliega ante nuestros
ojos el final de lo que deberíamos mirar
como el primer capítulo de la
declinación del Imperio norteamericano
(aproximadamente 2001-2007) y el
comienzo de un proceso turbulento
disparado por el salto cualitativo de
tendencias negativas que se fueron
desarrollando a lo largo de períodos de
distinta duración.
De todos modos las malas noticias
financieras, energéticas y militares no
parecen aplacar los delirios mesiánicos
de Washington sino todo lo contrario, es
como si Bush y sus halcones no fueran a
dejar la Casa Blanca dentro de unos
pocos meses. Siguen amenazando a
gobiernos que no se someten a sus
caprichos, insinúan nuevas guerras y
afirman querer prolongar indefinidamente
las ocupaciones de Irak y Afganistán,
incluso un ataque devastador contra Irán
todavía es posible. De tanto en tanto
emerge una nueva ola de rumores bélicos
apuntando hacia Irán por lo general
originados en declaraciones o
trascendidos de altos funcionarios del
gobierno, un ataque contra ese país
tendría consecuencias inmediatas
catastróficas para la economía mundial,
el precio del petróleo se dispararía
hacia las nubes, el sistema financiero
global pasaría a una situación caótica y
la recesión imperial se convertiría en
ultra recesión encabezada por un dólar
en caída libre. Tal vez algunos
estrategas del Pentágono y del círculo
de halcones más radicalizados estén
imaginando un gran fuego mundial
purificador del que emergería victoriosa
la nación elegida por Dios: los Estados
Unidos de América. Se trata de una
locura pero forma parte de la
configuración psicológica de una porción
importante de la élite dominante
atravesada por una corriente letal que
combina virtualismo, omnipotencia,
desesperación y furia ante una realidad
cada día menos dócil.
En los grandes centros de decisión
económica actualmente domina la
incertidumbre que se va convirtiendo en
pánico; el fantasma del colapso comienza
a asomar su rostro. Mientras tanto la
autoridades económicas norteamericanas
inyectan masivamente liquidez en el
mercado, otorgan subsidios fiscales e
improvisan costosos salvatajes a las
instituciones financieras en bancarrota
intentando suavizar la recesión sabiendo
que de ese modo aceleran la inflación y
la caída del dólar: su margen de
maniobras es muy pequeño, la mezcla de
inflación y recesión hace completamente
ineficaces sus instrumentos de
intervención.
La palabra "colapso" fue apareciendo con
creciente intensidad desde fines del año
pasado en entrevistas y artículos
periodísticos muchas veces combinadas
con otras expresiones no menos
terribles, en algunos casos adoptando su
aspecto más popular (derrumbe, muerte,
caída catastrófica) y en otros su forma
rigurosa, es decir como sucesión
irreversible de graves deterioros
sistémicos, como decadencia general.
Paul Craig Roberts (que fue en el pasado
miembro del staff directivo del
Departamento del Tesoro de los Estados
Unidos y editor de Wall Street Journal)
publicó el 20 de marzo un texto titulado
“El colapso de la potencia americana”
donde describe los rasgos decisivos de
la declinación integral de los Estados
Unidos (1), el 27 de marzo “The
Economist” titulaba “Esperando el
arnagedon” a un articulo referido a la
marea irresistible de bancarrotas
empresarias norteamericanas. El 14 de
marzo “The Intelligencer” titulaba
“Expertos internacionales pronostican el
colapso de la economía norteamericana”
donde recogía las opiniones entre otros
de Bernard Connelly del Banco AIG y de
Martin Wolf, columnista del Financial
Times.
El 3 de abril Peter Morici en una nota
aparecida en “Counterpunch” señalaba que
“es imposible negar que la economía
(estadounidense) ha entrado en una
recesión cuya profundidad y duración son
impredecibles” (2). A modo de conclusión
el 14 de abril Financial Times publicaba
un articulo de Richard Haass, presidente
del Consejo de Relaciones Exteriores de
los Estados Unidos donde señalaba que
“la era unipolar, periodo sin
precedentes de dominio estadounidense,
ha terminado. Duro unas dos décadas,
algo más de un instante en términos
históricos” (3).
Una prolongada degradación
Para entender lo que está ocurriendo así
como sus posibles desarrollos futuros es
necesario tomar en cuenta fenómenos que
han modelado el comportamiento de la
sociedad norteamericana durante las
últimas tres décadas generando un
proceso más amplio de decadencia social.
En primer lugar el deterioro de la
cultura productiva gradualmente
desplazada por una combinación de
consumismo y prácticas financieras. La
precarización laboral incentivada a
partir de la presidencia de Reagan
buscaba disminuir la presión salarial
mejorando así la rentabilidad
capitalista y la competitividad
internacional de la industria, pero a
largo plazo degradó la cohesión laboral,
el interés de los asalariados hacia las
estructuras de producción. Ello derivó
en una creciente ineficacia de los
procesos innovativos que pasaron a ser
cada vez más difíciles y caros
comparados con los de los principales
competidores globales (europeos,
japoneses, etc.). Uno de sus resultados
fue el déficit crónico y ascendente del
comercio exterior (2 mil millones de
dólares en 1971, 28 mil millones en
1981, 77 mil millones en 1991, 430 mil
millones en 2001, 815 mil millones en
2007).
Mientras tanto se fue expandiendo la
masa de negocios financieros absorbiendo
capitales que no encontraban espacios
favorables en el tejido industrial y
otras actividades productivas. Las
empresas y el Estado demandaban esos
fondos, las primeras para desarrollarse,
concentrase, competir en un mundo cada
vez más duro, y el segundo para
solventar sus gastos militares y civiles
que cumplían un papel muy importante en
el sostenimiento de la demanda interna.
Recordemos por ejemplo las erogaciones
descomunales motivadas por la llamada
"Iniciativa de Defensa Estratégica" (mas
conocida como "Guerra de las Galaxias")
lanzada por Reagan en 1983 en el momento
en que la desocupación superaba el 10%
de la Población Económicamente Activa
(la cifra más alta desde el fin de la
Segunda Guerra Mundial).
Un segundo fenómeno fue la concentración
de ingresos, hacia comienzos de los años
1980 el 1 % más rico de la población
absorbía entre el 7 % y el 8 % del
Ingreso Nacional, veinte años después la
cifra se había duplicado y en 2007
rondaba el 20 %: el más alto nivel de
concentración desde fines de los años
1920, por su parte el 10 % mas rico paso
de absorber un tercio del Ingreso
Nacional hacia mediados de los años 1950
a cerca del 50% en la actualidad (4).
Contrariamente a lo que enseña la
“teoría económica” dicha concentración
no derivó en mayores ahorros e
inversiones industriales sino en más
consumo y más negocios improductivos que
con la ayuda del boom de las tecnologías
de la información y la comunicación
engendraron un universo semi virtual por
encima del mundo, casi mágico, donde
fantasía y realidad se mezclan
caóticamente. Por allí navegaron (y aún
navegan) millones de norteamericanos, en
especial las clases superiores.
Enlazado a lo anterior irrumpió un
proceso, casi imperceptible primero pero
luego arrollador de desintegración
social uno de cuyos aspectos más
notables es el incremento de la
criminalidad y de la subcultura de la
transgresión abarcando a los mas
variados sectores de la población,
acompañada por la criminalización de
pobres, marginales y minorías étnicas.
Actualmente las cárceles norteamericanas
son las más pobladas del planeta, hacia
1980 alojaban unos 500 mil presos, en
1990 cerca de 1.150.000 , en 1997 eran
1.700.000 a los que había que agregar
3.900.000 en libertad vigilada
(probation, etc.), pero a fines de 2006
los presos sumaban unos 2.260.000 y los
ciudadanos en libertad vigilada unos 5
millones; en total más de 7.200.000
norteamericanos se encontraban bajo
custodia judicial (5). En abril de 2008
un articulo aparecido en el New York
Times señalaba que los Estados Unidos
con menos del 5 % de la población
mundial alojan al 25 % de todos los
presos del planeta, uno de cada cien de
sus habitantes adultos se encuentran
encarcelados; es la cifra más alta a
nivel internacional (6).
Militarización y decadencia estatal
Otro fenómeno a tomar en cuenta es la
larga marcha ascendente del Complejo
Industrial Militar, área de convergencia
entre el Estado, la industria y la
ciencia que se fue expandiendo desde
mediados de los años 1930 atravesando
gobiernos demócratas y republicanos,
guerras reales o imaginarias, períodos
de calma global o de alta tensión.
Algunos autores, entre ellos Chalmers
Johnson, consideran que los gastos
militares han sido el centro dinámico de
la economía norteamericana desde la
Segunda Guerra Mundial hasta las guerras
eurasiáticas de la administración
Bush-Cheney pasando por Corea, Vietnam,
la Guerra de las Galaxias y Kosovo.
Según Johnson, que define a la
estrategia sobre determinante seguida en
las últimas siete décadas como
"keynesianismo militar", el gasto bélico
real del ejercicio fiscal 2008 superaría
los 1,1 billones (millones de millones)
de dólares, el más alto desde la Segunda
Guerra Mundial (7). Estos gastos han ido
creciendo a lo largo del tiempo
involucrando a miles de empresas y
millones de personas, de acuerdo a los
cálculos de Rodrigue Tremblay en el año
2006 el Departamento de Defensa de los
Estados Unidos empleó a 2.143.000
personas. mientras que los contratistas
privados del sistema de defensa
empleaban a 3.600.000 trabajadores (en
total 5.743.000 puestos de trabajo) a
los que hay que agregar unos 25 millones
de veteranos de guerra. En suma, en los
Estados Unidos unas 30 millones de
personas (cifra equivalente al 20 % de
la Población Económicamente Activa)
reciben de manera directa e indirecta
ingresos provenientes del gasto público
militar (8).
El efecto multiplicador del sector sobre
el conjunto de la economía posibilitó en
el pasado la prosperidad de un esquema
que Scott MacDonald califica como "the
guns and butter economy", es decir una
estructura donde el consumo de masas y
la industria bélica se expandían al
mismo tiempo (9). Pero ese largo ciclo
esta llegando a su fin; la magnitud
alcanzada por los gastos bélicos los ha
convertido en un factor decisivo del
déficit fiscal causando inflación y
desvalorización internacional del dólar.
Además su hipertrofia otorgó un enorme
peso político a élites estatales
(civiles y militares) y empresarias que
se fueron embarcando en un autismo sin
contrapesos sociales.
La creciente sofisticación tecnológica
paralela al encarecimiento de los
sistemas de armas alejó cada vez más a
la ciencia militarizada de sus
eventuales aplicaciones civiles
afectando negativamente la
competitividad industrial. Esta
separación ascendente entre la
ciencia-militar (devoradora de fondos y
de talentos) y la industria civil llegó
a niveles catastróficos en el período
terminal de la ex Unión Soviética, ahora
la historia parece repetirse.
A todo esto se agrega un acontecimiento
aparentemente inesperado, las guerras de
Irak y Afganistán y de manera indirecta
el fracaso de la ofensiva israelí en el
Líbano muestran la ineficacia operativa
de la súper compleja (y súper cara)
maquinaria bélica de última generación
puesta en jaque por enemigos que operan
de manera descentralizada y con armas
sencillas y baratas. Planteando una
grave crisis de percepción (una
catástrofe psicológica) entre los
dirigentes del Complejo Industrial
Militar de los Estados Unidos y de la
OTAN (en la historia de las
civilizaciones no es esta la primera vez
que ocurre un fenómeno de este tipo).
Ahora bien, la hipertrofia-crisis de la
militarización esta estrechamente
asociada (forma parte de) la decadencia
del Estado expresada por el repliegue de
su capacidad integradora (declinación de
la seguridad social, predominio de la
cultura elitista en sus centros de
decisión, etc.), la degradación de la
infraestructura y por un déficit fiscal
crónico y en aumento que ha derivado en
una deuda pública gigantesca. Si nos
remitimos a las últimas cuatro décadas
los superávits fiscales constituyen una
rareza, desde los años 1970 los déficits
fueron creciendo hasta llegar a
comienzos de los 1990 a niveles muy
altos, sin embargo Clinton se despidió a
fines de esa década con algunos
superávits que observados desde un
enfoque de largo plazo aparecen como
hechos efímeros. Pero desde la llegada
de George W. Bush el déficit regresó
alcanzando cifras sin precedentes: 160
mil millones de dólares en 2002, 380 mil
millones en 2003, 320 mil millones en
2005...
Nos encontramos ahora frente a un estado
imperial cargado de dudas, cuyo
funcionamiento depende ya no solo del
sistema financiero nacional sino también
(cada vez más) del financiamiento
internacional, le hubiera resultado
extremadamente difícil a la Casa Blanca
lanzarse a su aventura militar asiática
sin las compras de sus títulos por parte
de China, Japón, Alemania y otras
fuentes externas.
La dependencia energética
A lo anterior es necesario agregar la
dependencia petrolera, hacia 1960 los
Estados Unidos importaban el 16 % de su
consumo, actualmente llega al 65 %.
Durante mucho tiempo pudieron importar a
precios bajos pero ahora la situación ha
cambiado, la producción mundial de
petróleo se esta acercando a su máximo
nivel (dentro de muy poco tiempo
comenzará a descender) lo cual combinado
con el debilitamiento del dólar esta
llevando el precio a niveles nunca antes
alcanzados. Y el remplazo parcial de
combustible de origen fósil por
biocombustibles (en el que también están
empeñadas la otras grandes potencias
industriales) reduce la disponibilidad
relativa global de tierras agrícolas
para la producción de alimentos lo que
provoca la suba general de los precios
de los productos de la agricultura, en
consecuencia el efecto inflacionario se
amplifica.
Los Estados Unidos emergieron como un
gran país industrial porque desde
comienzos del siglo XX fueron también la
primera potencia petrolera
internacional. Al igual que Inglaterra
durante el siglo XIX respecto del
carbón, gozaron de una ventaja
energética que les permitió desarrollar
tecnologías apoyadas en dicho privilegio
y competir exitosamente con el resto del
mundo. Pero a mediados de los años 1950
prestigiosos expertos norteamericanos
como el geólogo King Hubbert anunciaron
el fin próximo de la era de abundancia
energética nacional, según lo anticipó
Hubbert (en 1956) desde comienzos de los
1970 la producción petrolera
estadounidense comenzaría a declinar:
así ocurrió.
La incapacidad de los Estados Unidos
para reconvertir su sistema energético
(tuvo casi cuatro décadas para hacerlo)
reduciendo o frenando su dependencia
respecto del petróleo puede ser
atribuida en primer lugar a la presión
de la compañías petroleras que
impusieron la opción de la explotación
intensiva de recursos externos,
periféricos, que fueron sobrestimados.
Podría afirmarse en este caso que la
dinámica imperialista forjó una trampa
energética de la que ahora es victima el
propio Imperio. El Estado no desarrolló
estrategias de largo plazo tendientes al
ahorro de energía, lo que probablemente
habría desacelerado (no evitado) la
crisis energética actual, no solo por la
imposición del lobby petrolero sino
también porque sus cúpulas políticas
(demócratas y republicanas) se fueron
sumergiendo en la cultura del corto
plazo correspondiente a la era de la
hegemonía financiera, subordinándose por
completo a los intereses inmediatos de
los grupos económicos dominantes.
Pero también deberíamos reflexionar
acerca de los límites del sistema
tecnológico occidental-moderno que los
estadounidenses exacerbaron al extremo.
El mismo se ha reproducido en torno de
objetos técnicos decisivos de la cultura
individualista (por ejemplo el
automóvil) que definen el estilo de vida
dominante y a procedimientos productivos
basados en la explotación intensiva de
recursos naturales no renovables o en la
destrucción de los ciclos de
reproducción de los recursos renovables.
Gracias a esa lógica destructiva el
capitalismo industrial pudo en Europa
desde fines del siglo XVIII
independizarse de los ritmos naturales
sometiendo brutalmente a la naturaleza y
acelerando su expansión. Ello aparecía
ante los admiradores del progreso de los
siglos XIX y XX como la gran proeza de
la civilización burguesa, una visión más
amplia nos permite ahora darnos cuenta
que se trataba del despliegue de una de
sus irracionalidades fundamentales que
los Estados Unidos, el capitalismo más
exitoso de la historia, llevó al más
alto nivel jamás alcanzado.
Desequilibrios, deudas, caída del dólar
La pérdida de dinamismo del sistema
productivo fue compensado por la
expansión del consumo privado (centrado
en las clases altas), los gastos
militares y la proliferación de
actividades parasitarias lideradas por
el sistema financiero. Lo que engendró
crecientes desequilibrios fiscales y del
comercio exterior y una acumulación
incesante de deudas públicas y privadas,
internas y externas. La deuda pública
norteamericana pasó de 390 mil millones
de dólares en 1970, a 930 mil millones
en 1980, a 3,2 billones (millones de
millones) en 1990, a 5,6 billones en
2000 para saltar a 9,5 billones en abril
de 2008; por su parte la deuda total de
los estadounidenses (pública más
privada) rondaba en la última fecha
mencionada los 53 billones de dólares
(aproximadamente equivalente a Producto
Bruto Mundial) de esa cifra el 20 %
(unos 10 billones de dólares)
constituyen deuda externa. Solo durante
2007 la deuda total aumento cerca de 4,3
billones de dólares (equivalente al 30 %
del Producto Bruto Interno
norteamericano) (10). El proceso fue
coronado por una sucesión de burbujas
especulativas que marcaron, desde los
años 1990 a un sistema que consumía más
allá de sus posibilidades productivas.
A partir de los años 1970-1980 es
posible observar el crecimiento paralelo
de tendencias perversas como los
déficits comercial, fiscal y energético,
los gastos militares, el número de
presos y las deudas públicas y privadas.
Todas esas curvas ascendentes aparecen
atravesadas por algunas tendencias
descendentes; por ejemplo la disminución
de la tasa de ahorro personal y la caída
del valor internacional del dólar (que
se aceleró en la década actual),
expresión de la declinación de la
supremacía imperial.
La articulación de esos fenómenos nos
permite esbozar una totalidad social
decadente a la que se incorporan
(convergen) una gran diversidad de
hechos de distinta magnitud (culturales,
tecnológicos, sociales, políticos,
militares, etc.).
Esta visión de largo plazo ubica a la
era de los halcones presidida por
George. W. Bush como una suerte de
“salto cualitativo” de un proceso con
varias décadas de desarrollo y no como
un hecho-excepcional o una
desviación-negativa. Nos encontraríamos
ante la fase más reciente de la
degradación del capitalismo
estatista-keynesiano iniciada en los
años 1970 puntapié inicial de la crisis
general del sistema. La experiencia
histórica enseña que esos despegues
hacia el infierno casi siempre debutan
en medio de euforias triunfalistas donde
detrás de cada señal de victoria se
oculta una constatación de desastre. La
loca carrera militar sobre Eurasia
estaba (está aún) en el centro del
discurso acerca del supuesto combate
victorioso contra un enemigo
(terrorista) global imaginario que
sumergió en el pantano a las fuerzas
armadas imperiales, las expansiones
desenfrenadas de la burbuja inmobiliaria
y de las deudas eran ocultada por las
cifras de aumento del Producto Bruto
Interno y la sensación (mediática) de
prosperidad.
El centro del mundo
Los Estados Unidos constituyen hoy el
centro del mundo (del capitalismo
global), su declinación no es solo la de
la primera potencia sino la del espacio
esencial de la interpenetración
productiva, comercial y financiera a
escala planetaria que se fue acelerando
en las tres últimas décadas hasta
conformar una trama muy densa de la que
ninguna economía capitalista
desarrollada o subdesarrollada puede
escapar (salir de esa tupida red
significa romper con la lógica, con el
funcionamiento concreto del capitalismo
integrado por clases dominantes locales
altamente transnacionalizadas).
Durante la década actual la expansión
económica en Europa, China más otros
países subdesarrollados y el modesto
(efímero) fin del estancamiento japonés
solían ser mostrados como el
restablecimiento de capitalismos maduros
y el ascenso de jóvenes capitalismos
periféricos cuando en realidad se trató
de prosperidades estrechamente
relacionadas con la expansión
consumista-financiera norteamericana.
Estados Unidos representa el 25 % del
Producto Bruto Mundial y es el primer
importador global, en 2007 compró bienes
y servicios por 2,3 millones de millones
de dólares, es el principal cliente de
China, India y Japón, Inglaterra, el
primer mercado extra europeo de
Alemania. Pero es sobre todo en el plano
financiero, área hegemónica del sistema
internacional, donde se destaca su
primacía. Por ejemplo, la red de los
negocios con productos financieros
derivados (más de 600 millones de
millones de dólares registrados por el
Banco de Basilea, es decir unas 12 veces
el Producto Bruto Mundial) se articula a
partir de la estructura financiera
norteamericana, las grandes burbujas
especulativas imperiales irradian al
resto del mundo de manera directa o
generando burbujas paralelas como fue
posible comprobar con la experiencia
reciente de la especulación inmobiliaria
en los Estados Unidos y sus clones
directos en España, Inglaterra, Irlanda
o Australia e indirectos como la
superburbuja bursátil china.
Si observamos el comportamiento
económico de las grandes potencias
comprobaremos en cada caso como sus
esferas de negocios superan siempre los
límites de los respectivos mercados
nacionales e incluso regionales cuya
dimensión real resulta insuficiente
desde el punto de vista del volumen y la
articulación internacional de sus
actividades. La Unión Europea está
sólidamente atada a los Estados Unidos a
nivel comercial e industrial y
principalmente financiero, Japón agrega
a lo anterior su histórica dependencia
de las compras norteamericanas, por su
parte China desarrolló su economía en el
último cuarto de siglo sobre la base de
sus exportaciones industriales a los
Estados Unidos y a países, como Japón,
Corea del Sur y otros, fuertemente
dependientes del Imperio. En fin, el
renacimiento ruso gira en torno de sus
exportaciones energéticas
(principalmente dirigidas hacia Europa),
su élite económica se fue estructurando
desde el fin de la URSS multiplicando
sus operaciones a escala transnacional
en especial sus vínculos financieros con
Europa occidental y los Estados Unidos.
No se trata de simples lazos directos
con el Imperio sino de la reproducción
ampliada acelerada de una compleja red
global de negocios, mercados
interdependientes, asociaciones
financieras, innovaciones tecnológicas,
etc., que integra al conjunto de
burguesías dominantes del planeta. El
mundo financiero hipertrofiado es su
espacio de circulación natural y su
motor geográfico son los Estados Unidos
cuya decadencia no puede ser disociada
del fenómeno más amplio de la llamada
globalización, es decir la
financierización de la economía mundial.
Podríamos visualizar al Imperio como
sujeto central del proceso, su gran
beneficiario y manipulador, y al mismo
tiempo como su objeto, producto de una
corriente que lo llevo hasta el más alto
nivel de riqueza y degradación. Gracias
a la globalización los Estados Unidos
pudieron sobre-consumir pagando al resto
del mundo con sus dólares devaluados
imponiéndoles su atesoramiento (bajo la
forma de reservas) y sus títulos
públicos que financiaron sus déficits
fiscales. Aunque también gracias al
parasitismo norteamericano, europeos,
chinos, japoneses, etc., pudieron
colocar en el mercado imperial una
porción significativa de sus
exportaciones de mercancías y de
excedentes de capitales. En ese sentido
el parasitismo financiero, producto de
la crisis de sobreproducción crónica, es
a la vez norteamericano y universal, la
otra cara del consumismo imperial es la
reproducción de capitalismos centrales y
periféricos que necesitan desbordar sus
mercados locales para hacer crecer sus
beneficios. Ello es evidente en los
casos de Europa occidental y Japón pero
también lo es en el de China que exporta
gracias a sus bajos salarios
(comprimiendo su mercado interno).
Lo que se está hundiendo ahora no es la
nave principal de la flota (si así
fuera, numerosas embarcaciones podrían
salvarse); solo hay una nave y es su
sector decisivo el que está haciendo
agua.
Horizontes turbulentos e ilusiones
conservadoras
Debemos ubicar en su contexto histórico
a las actuales intervenciones de los
estados de los países centrales
destinadas a contrarrestar la crisis. En
los últimos meses han proliferado
ilusiones conservadoras referidas al
posible desacople de varias economías
industriales y subdesarrolladas respecto
de la recesión imperial pero lo hechos
van derrumbando esas esperanzas. Junto a
ellas apareció la fantasía del
renacimiento del intervencionismo
keynesiano: según dicha hipótesis el
neoliberalismo (entendido como simple
desestatización de la economía) sería un
fenómeno reversible y nuevamente como
hace un siglo el Estado salvaría al
capitalismo. En realidad en las últimas
cuatro décadas se ha producido en los
países centrales un doble fenómeno: por
una parte la degradación general de los
estados que manteniendo su tamaño con
relación a cada economía nacional
quedaron sometidos a los grupos
financieros, perdieron legitimidad
social. Y por otra fueron
progresivamente desbordados por el
sistema económico mundial no solo por su
trama financiera sino también por
operaciones industriales y comerciales
que burlaban los controles (cada vez más
flojos) de las instituciones nacionales
y regionales.
En los Estados Unidos dicho proceso
avanzó más que en ningún otro país
desarrollado, nunca fue abandonado el
histórico keynesianismo militar por el
contrario el Complejo Militar-Industrial
se hipertrofió articulándose con un
conjunto de negocios mafiosos,
financieros, energéticos, etc., que se
convirtió en el centro dominante del
sistema de poder apropiándose
groseramente del aparato estatal hasta
convertirlo en una estructura decadente.
En los países centrales el estado
intervencionista (de raíz keynesiana) no
necesita regresar porque nunca se ha
ido, a lo largo de las últimas décadas,
obediente a las necesidades de las áreas
más avanzadas del capitalismo, fue
modificando sus estrategias, apuntalando
la concentración de ingresos y los
desarrollos parasitarios, cambiando su
ideología, su discurso (ayer integrador,
social, productivista-industrial, hoy
elitista, neoliberal y
virtualista-financiero).
Es en el mundo subdesarrollado donde el
estatismo retrocedió hasta ser triturado
en numerosos casos por la ola
depredadora imperialista, la
desestatización fue su forma concreta de
sometimiento a la dinámica del
capitalismo global. Allí el regreso al
estado interventor-desarrollista de
otras épocas es un viaje en el tiempo
físicamente imposible, las burguesías
dominantes locales, sus negocios
decisivos, están completamente
transnacionalizados o bien bajo la
tutela directa de firmas
transnacionales.
Ahora en plena crisis quedan al
descubierto los dos problemas sin
solución a la vista del Estado
desarrollado (imperialista): su
degeneración estructural y su
insuficiencia, su impotencia ante un
mundo capitalista demasiado grande y
complejo. Es lo que señala Richard Haas
en el articulo arriba citado aunque sin
decir que no se trata de una
reconversión positiva sobredeterminante
del capitalismo internacional lo que
acorrala al estado norteamericano y a
los otros estados centrales sino más
bien de un fenómeno mundial negativo que
de manera rigurosa deberíamos definir
como decadencia global
(económica-institucional-política-militar-tecnológica).
Es por ello que el paralelo ahora de
moda en ciertos círculos de expertos
entre la implosión soviética y la
probable futura implosión de los Estados
Unidos es totalmente insuficiente porque
existe entre otras cosas una diferencia
de magnitud decisiva, el
hiper-gigantismo del Imperio hace que su
hundimiento tenga un poder de arrastre
sin precedentes en la historia humana.
Pero también porque los Estados Unidos
no constituyen “un mundo aparte”
(marginado) sino el centro de la cultura
universal (el capitalismo), la etapa más
reciente de una larga historia mundial
en torno de Occidente.
La inmensidad del desastre en curso, la
extrema radicalidad de las rupturas que
puede llegar a engendrar, muy superiores
a las que causó la crisis iniciada hacia
1914 (que dio nacimiento a un largo
ciclo de tentativas de superación del
capitalismo y también al fascismo,
intento de recomposición bárbara del
sistema burgués) genera reacciones
espontáneas negadoras de la realidad en
las élites dominantes, los espacios
sociales conservadores y más allá de
ellos, pero la realidad de la crisis se
va imponiendo. Todo el edificio de
ideas, de certezas de diferente signo,
construido a lo largo de más de dos
siglos de capitalismo industrial está
empezando a agrietarse.
Notas
(1), Paul Craig Roberts, “The collapse
of American power”, Online Journal,
20-03-2008.
(2), Peter Morice, “Bush Administration
Dithers While Rome Burns. The Deepening
recesion”, Counterpunch, April 3, 2008.
(3), Richard Haass, “What follows
American dominion?”, Financial Times,
April 16, 2008.
(4), Center on Budget and Policy
Priorities.
(5), U.S. Department of Justice - Bureau
of Justice Statistics.
(6), Adam Liptak, “American Exception.
Inmate Count in U.S. Dwarfs Other
Nations”, The New York Times, April 23,
2008
(7), Chalmers Johnson, "Going bankrupt:
The US's greatest threat", Asia Times,
24 Jan 2008.
(8), Rodrigue Tremblay, "The Five
Pillars of the U.S. Military-Industrial
Complex", September 25, 2006,
http://www.thenewamericanempire.com/tremblay=1038.htm.
(9), Scott B. MacDonald, "End of the
guns and butter economy", Asia Times,
October 31, 2007.
(10), Grandfader Economic Report
(http://mwhodges.home.att.net/nat-debt).
http://www.alainet.org/active/23919 |
|
 |
 |
 |
|
|