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Bohemia
no es una revista. Bohemia es una
institución nacional. No es casual
entonces que para muchos Bohemia
y revista sean sinónimos. Aún hoy, en
que tanto se dificulta conseguirla, la
gente no ha perdido el hábito de leerla.
Quien esto escribe mantiene la
costumbre, en un primer intento, de
hojearla al revés, esto es, de atrás
hacia delante, que también es una forma
de leerla. Si bien no encontramos en sus
páginas todo lo que esperamos, sus bien
estructurados y acuciosos reportajes de
investigación se leen siempre con
interés, al igual que muchas de sus
entrevistas. Sus títulos enganchan por
lo llamativo. Muchos de sus números, de
antes y de después del triunfo de la
Revolución, son objeto de culto por
parte de los coleccionistas de dentro y
fuera de Cuba. Atesoro algunos de ellos:
la edición por el 25 aniversario de la
publicación, en 1934, y la que, dos
décadas después, dedicó a sus 45 años.
El número, de septiembre de 1947, que
insertó las fotos captadas por Guayo en
la llamada masacre de Orfila. La Edición
de la Libertad, de enero y febrero de
1959. La edición del 1 de enero del 2000
sobre el siglo XX que se iba, y la
especial del 29 de diciembre del propio
año con su recuento de la vida cubana
desde 1901, y que se complementa en el
número subsiguiente. La edición del 24
de noviembre del 2006 sobre el 50
aniversario del desembarco del Granma,
que tuvo el acierto de reproducir los
artículos de Fidel publicados en la
revista en 1955 y 1956.
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1953, Ernest
Hemingway. Retrato de LLanes |
Hay otra edición hoy muy buscada, la
correspondiente al 15 de marzo de 1953,
que incluyó íntegra y por primera vez en
español, El viejo y el mar, de
Ernest Hemingway. La revista Life
la había publicado en inglés antes de
que apareciera en forma de libro y pagó
a su autor a razón de un 1,10 dólar por
palabra, lo que hizo que redondeara la
bonita cantidad de 30 000 dólares.
Aunque Bohemia no podía pagarle tanto,
solo 5 000, Hemingway aceptó la oferta.
Puso dos condiciones: una, que sus
honorarios se invirtieran en la compra
de televisores para los enfermos
internados en el leprosorio de El
Rincón. Dos, que el traductor fuera Lino
Novás Calvo, el autor de Pedro
Blanco, el negrero y La noche de
Ramón Yendía, entre otros títulos.
Cuando yo era niño, las infaltables
visitas dominicales de mi tío Oscar
constituían una pequeña fiesta porque,
aparte de los caramelos para los niños
de la casa, traía siempre como obsequio
para los mayores el último número de
Bohemia. Yo la hojeaba antes que
nadie porque me deleitaba, primero, con
las fotos de las modelos y bailarinas
que mostraban sus encantos en la sección
de La farándula pasa, y caía
enseguida sobre la tira cómica de El
hombre siniestro, de Prohías. En una
de ellas, recuerdo, se veía, en el
primer cuadro, a un hombre angustiado.
En el segundo, el hombre quería
suicidarse y conseguía una soga para
hacerlo, pero, en el tercero, su
estatura no le permitía amarrar la
cuerda a la rama de un árbol. En el
cuarto cuadro, El hombre siniestro se le
acercaba y le hablaba. Le pedía por
señas que esperara. ¿Disuadiría al
suicida de su propósito? Lo parecía.
Pero no. Porque en el quinto y último
cuadro El hombre siniestro regresaba a
la escena con una escalera. Y este otro:
hay un incendio en una casa y el que la
habita clama auxilio por una ventana.
Llega El hombre siniestro y le pide
fuego para su tabaco.
En los años 70 me leí todas y cada una
de las entregas de la sección En Cuba
desde 1943 hasta 1960. Tenía entonces
mucho tiempo libre y lo aproveché de esa
manera en la Biblioteca Nacional, en
jornadas maratónicas que se extendían de
lunes a viernes entre las doce del día y
las ocho de la noche. Fue una gran
escuela la de aquellas lecturas. Por esa
época conocí e hice amistad con el
caricaturista Juan David y los
periodistas Loló de la Torriente,
Lisandro Otero y Enrique de la Osa,
principal impulsor y redactor de En
Cuba y director de la revista
durante largos años. Ellos también eran
la Bohemia, como hoy siguen
siéndolo Marta Rojas y Carlos Lechuga.
El cieguito de Madrid
¿A qué viene todo eso?, preguntará el
lector. Resulta que Bohemia,
decana indiscutible de la prensa cubana
y quizás del continente, cumple cien
años. Y viene a mi mente ahora una
anécdota que me contó hace muchos años
otro gran amigo y periodista, Juan
Emilio Friguls. Si Bohemia es la
decana de nuestras publicaciones
periódicas, Friguls, por edad y su larga
vinculación a los medios, fue el decano
de todos nosotros hasta su muerte hace
poco tiempo.
Empezó muy joven. Cuando, siendo aún
estudiante, fue aceptado para escribir
la crónica católica en el periódico
Información, su director y
propietario, el doctor Santiago Claret,
le hizo sugerencias y recomendaciones.
Entre ellas que jamás elogiara ni
resaltara el quehacer de ningún
periodista que no perteneciera a la
redacción de Información. Andando
el tiempo, Sergio Carbó, director y
propietario de Prensa Libre, ganó
el premio Justo de Lara, el galardón más
relevante en el periodismo cubano de la
época, con un artículo sobre la
Nochebuena cristiana, y Friguls se
sintió obligado a reseñar el hecho en su
columna.
Información
era un periódico de 60 ó 70 páginas, y
Claret se lo leía de punta a cabo antes
de que saliera para la imprenta. Leía no
solo las noticias y los artículos de
fondo, sino también los anuncios, los
clasificados y las notas necrológicas.
Redactores y dibujantes no podían
abandonar la redacción hasta que no
hubieran recibido la aprobación de
Claret por su trabajo. El día en
cuestión, Friguls esperaba el OK del
director cuando fue llamado a la
dirección. Claret estaba hecho una
furia.
-¿Me puede explicar el por qué de este
artículo? ¿Cómo es posible que usted se
atreva a elogiar en mi periódico al
director de un órgano de la
competencia?— preguntó y sin dar a
Friguls tiempo para responder inquirió
si conocía el cuento del cieguito de
Madrid. Ante la respuesta negativa del
joven columnista, contó entonces que en
los días de la invasión napoleónica a
España, todas las mañanas, en la Puerta
del Sol, un ciego anunciaba las
victorias del ejército español sobre el
enemigo.
Decía: “Hoy que nuestro ejército derrotó
al abominable ejército francés, una
limosnita por el amor de Dios”. Y así un
día tras otro el ciego pedía su limosna
luego de proclamar la victoria española
sobre los invasores. Pero en una
ocasión, alguien que le escuchaba a
diario pregonar aquellos triunfos,
detuvo su camino para preguntarle si el
ejército francés no ganaba ninguna
batalla.
-Sí —respondió el ciego. Las gana, pero
esas las anuncia el cieguito de París.
Al fin accedió el director de
Información a publicar el trabajo de
Friguls sobre Carbó. Claret tenía ideas
muy particulares de lo que era el
periodismo. En su diario elogiaba sin
reservas al gobierno de turno hasta que
cesaba en el poder. Cuando eso sucedía,
comenzaba a elogiar, con el mismo
ímpetu, al gobierno siguiente. Decía que
Información tenía una línea, una
sola línea, y era una línea
gubernamental, pero que Información
no tenía la culpa de que cambiaran los
gobiernos.
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1910, Época 1
sábado 11 de junio. A. R. Morey
y A. Fdez. |
Diez pesos para Juan Gualberto
Claro que aquí no hay cieguito que
valga, y la fiesta de Bohemia lo
es también de todo el periodismo cubano
y en buena medida de los lectores. Es
un orgullo esa publicación de tan larga
existencia, honda repercusión e
influencia en la opinión pública y
nutridas tiradas. De julio de 1948 a
febrero de 1953, pasó de 125 000 a 259
821 ejemplares semanales. Y la Edición
de la Libertad de 1959 llegó al millón
de ejemplares certificados. A su
fundador, Miguel Ángel Quevedo Pérez,
cinco mil ejemplares le parecían
suficientes.
Cuando Bohemia nació, el 10 de
mayo de 1908, Quevedo era el
administrador de la revista El Fígaro.
Tomando de modelo a esa publicación,
quiso hacer una revista literaria. Por
una razón u otra, aquella Bohemia
no cristalizó; no vivió más allá de unos
pocos números. Tiempo después Quevedo,
en ocasión del nacimiento de su hijo,
pidió a El Fígaro cinco días de
licencia. Se los negaron y renunció a su
cargo. Tuvo así más tiempo a su
disposición para impulsar su viejo
proyecto, y la revista, que tomó su
nombre de la ópera Boheme, de
Puccini, volvía a estar en la calle, y
esa vez para quedarse, el 10 de mayo de
1910. Tenía carácter literario,
artístico y social y sus modelos eran
L’Ilustration, de París, y la
española La Esfera.
Para sacarla adelante, el director apeló
a los concursos, los campeonatos, las
competencias, las encuestas. Organizó
certámenes de belleza y también de ojos
y de perfiles femeninos. Carreras de
automóviles de niños. Torneos de
ciclistas y patinadores. Fue más lejos y
promovió en el país el movimiento de los
Boy Scout, y, llegada ya la I
Guerra Mundial, la idea de una colecta
para adquirir una flota de seis
submarinos para Cuba. Por entregas, la
revista publicaba novelas que podían ser
encuadernadas e incluía en cada número
una partitura musical. El éxito parecía
arrollador. Ante la nueva publicación
desaparecían revistas tradicionales como
El Mundo Ilustrado y Cuba y
América, mientras que El Fígaro
decaía y se batía en retirada. En
1914 Bohemia estrenaba edificio
propio en la calle Trocadero, y tres
años después su director decidía
publicar otra revista, Mundial,
que sería un fracaso económico.
La mala hora llegó también para
Bohemia. En la segunda mitad de la
década de los 20 las cosas iban tan mal
que Quevedo Pérez decidió cerrar la
revista. A punto ya de darle de baja en
la Secretaría de Comunicaciones, su hijo
le pidió, en el propio edificio, que le
diera un chance para experimentar con
sus ideas. Miguel Ángel Quevedo de la
Lastra traía nuevas concepciones.
Desaparecerían de Bohemia la
crónica social y las noticias de
provincia y la publicación se
convertiría en una gran revista de
información. Claro que no todo fue coser
y cortar. Más de una vez Quevedo debió
pedir diez pesos prestados al bodeguero
de la esquina para abonar la
colaboración de Juan Gualberto Gómez,
porque no podía permitir que el viejo
patricio, que vivía en Mantilla,
volviera a la casa sin su dinero.
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1914, La casa de
Bohemia |
Este es de la casa
Como en los tiempos de Quevedo padre,
Bohemia, en su nueva etapa, supo
atraerse a los mejores periodistas y
escritores cubanos. El departamento de
surveys que desde fines de los años 40
animó el doctor Raúl Gutiérrez, fue uno
de los triunfos resonantes de Bohemia.
Como lo fue, a partir de 1943, la
sección En Cuba.
Enrique de la Osa y Carlos Lechuga, dos
periodistas jóvenes y entusiastas,
querían salirse de la redacción del
periódico El Mundo. Conversaron
con Quevedo. Discutieron. Hicieron
planes. Se publicaba entonces en
Bohemia la sección Así va el
mundo, tomada de la revista Times,
y Quevedo quería algo similar pero
relativo a Cuba. ¿Serían ellos capaces
de hacerlo?
La sección en un comienzo cupo en una
página. Ganaría celebridad de la noche a
la mañana cuando sus redactores se
enteraron de que en la casa del
presidente electo Ramón Grau San Martín,
en la esquina de 17 y J, en el Vedado,
la cuñada y la secretaria del futuro
mandatario, negaban la entrada a todo el
que no portara un presente para la
familia presidencial. Si el visitante en
cambio llevaba un cake, una sorbetera de
helado o cualquier otro obsequio,
Paulina Alsina y Nena Coll lo acogían
con júbilo y le franqueaban el acceso al
avieso político con la exclamación
rotunda de “¡Este es de la casa!”.
Y con ese título De la Osa y Lechuga
dieron a conocer la información. Grau,
ofendido, mandó sus padrinos a Quevedo
para retarlo a un duelo. Quevedo se
deshizo en explicaciones y los padrinos
liquidaron el incidente sin llegar al
lance de honor. Pero la sección En
Cuba ganó en espacio y credibilidad.
Hoy sin ella y sin Bohemia no se
puede escribir sobre un buen trecho de
la historia de Cuba. |