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Cuando decidí optar por la
carrera de Periodismo, hace más
de 25 años (a “confesión de
fechas, relevo de edades”), mis
compañeros se asombraron; mis
profesores se sintieron
frustrados, ellos que me habían
soñado en una central nuclear o
fabricando vacunas contra el
cáncer; amigos intentaron
persuadirme de que no lo hiciera
—de algunos argumentos prefiero
no acordarme; otros me martillan
aún la memoria como un eco: “te
lo dije, de lo advertí…”—; mi
familia, insultada, aceptó con
una mezcla de resignación e
inconformidad.
He desandado en este lapso, sin
estridencias, casi todos los
caminos, desde las páginas de un
periódico provincial, hasta las
ediciones on line,
pasando por la corrección de
estilo, la televisión, la
docencia, la investigación, con
altos para el recuento de
algunos saldos y otras tantas
insatisfacciones.
Recuento con génesis en aquellos
primeros y atrevidos (vaya
redundancia) apuntes acerca del
Che periodista,
a los que sucedieron incursiones
académicas,
y pininos recientes,
para intentar acercarme, a
sombrero quitado ante los
grandes maestros cubanos y
universales de la teoría y la
práctica periodísticas, a un
nuevo discurso acerca del
periodismo.
No voy a tratar en esta historia
que tangencialmente me
involucra, la urgencia de
replantear la ética y la
deontología periodísticas a la
luz de las nuevas formas de
producción, transmisión y
recepción de la noticia; ni las
antinomias polares oligomonopolios
de la información-periodismo
alternativo, hiperinflación de
la información-noticias “no
sucedidas” (no contadas).
Sería demasiado pretencioso,
asimismo, pronunciarse por
reformar la prensa como sistema
y poder en el concierto de la
sinergia mediática y el desorden
informativo mundial, o por
cambios respecto a la formación
de periodistas (de esto ya se
han venido encargando voces muy
autorizadas)
o por un mejor periodismo
imitando los patrones
clásicos de calidad y
referencia dominante.
Quisiera referirme a los
procesos de escritura y lectura
de la noticia.
Porque ahora, cuando como nunca
antes en la historia de la
prensa, ni aun cuando surgieron
la radio, la TV, el cine o en
los albores de la propia era web,
la noticia había emergido entre
tantas formas no periodísticas y
paraperiodísticas de plasmación
de la información: dramatización
y narrativización de la noticia;
infotainment (information+entertainment),
información como espectáculo;
administración de la
información; cuando es
ostensible la alternancia de la
comunicación empresarial e
institucional, la persuasión
política (propaganda), la
persuasión comercial
(publicidad), las relaciones
públicas y el marketing; cuando
cobran auge el vacío lleno con
rumores, los proveedores de
contenido y gestores de
información (information
brokers) para los portales
de Internet, los diarios
gratuitos (cuánto ha advertido
al respecto el director de Le
Monde Diplomatique, Ignacio
Ramonet, quien considera esta
gratuidad como una de las
“amenazas a la información”);
cuando aumenta el volumen de
datos como garantía de
veracidad; proliferan los
opinólogos y los significantes
emergentes, y se retorna al
periodismo tradicional como
opción de credibilidad, todo el
periodismo es escrito.
Estar informados: necesario pero
no suficiente
Cuántos nos leen (escuchan,
ven). Quiénes y cómo son. Dónde
residen. Qué mensajes prefieren
o aprehenden más y mejor, e
incluso, qué segmento del
mensaje llega primero y por qué,
son preguntas de cuyas
respuestas disponemos. Otra, sin
embargo, subyace en el complejo
terreno de las subjetividades:
cómo nos interpretan.
Me cuestiono pensando en
nuestros lectores de Yaguajay,
Tacajó y Mantua; Toulousse,
Singapur, Bahía, ante
informaciones sobre campañas
antivectoriales, cascos blancos,
donaciones de sangre,
estrategias de manejo de marabú,
cursos de capacitación para
operarios de sacrificio… en un
mundo que legitima la velocidad
como valor (mientras más rápido,
mejor)
y con una latente
ortodoxia objetivista en cuyo
nombre se siguen aplicando
acríticamente instrumentos y
concepciones.
En qué medida, pues, informar
(decir, explicar) más, y más
rápidamente, a más personas, en
más medios, con más soportes,
garantiza la comprensión de la
noticia y legitima una u otra
interpretación del texto
periodístico y con este, de la
realidad noticiada. En otras
palabras, estar informados
¿implica entender lo que está
pasando? ¿Sabrán los cubanos de
mañana cómo éramos sus
predecesores leyendo los
periódicos de hoy?
Che, y otros (buenos) motivos
Hemingway soñaba con ser
escritor: se convirtió en el más
célebre periodista del mundo.
Siendo uno de los novelistas que
más dinero había ganado en la
historia, siguió haciendo
periodismo.
Aseguran que Marx fue poeta,
pero que su mayor don era el de
periodista polémico que hacía un
uso brillante de epigramas y
aforismos.
Lenin escribió:
“Las grandes fábricas, las
comunas agrícolas, los comités
de campesinos pobres, los
consejos de economía locales,
¿cuentan verdaderamente con
éxitos en la organización de la
nueva economía? ¿Se han visto
confirmados? ¿No son más bien
quimeras, jactancias, promesas
de intelectuales (‘las cosas
comienzan a arreglarse’, ‘el
plan está trazado’, ‘ponemos en
marcha las fuerzas’, ‘ahora
responderemos del éxito’, ‘la
mejora es indudable’ y demás
frases charlatanescas en las que
nosotros somos maestros
consumados)? Menos parloteo
político. Menos razonamientos
intelectuales. Mantenerse más
cerca de la vida.”
Al novelista palestino Gasan
Kanafani (1936-1972), le fue
conferido, post mortem,
en 1974, el premio de la
Organización Internacional de
Periodistas.
Vladimir Gubarev, cuya obra
teatral El sarcófago,
basada en el accidente nuclear
ocurrido en Chernobil en 1986,
le granjeó fama mundial, fue uno
de los líderes de mayor
prestigio dentro del periodismo
soviético.
Treinta años antes de que Scott
estableciera (1921) que “los
comentarios son libres pero los
hechos son sagrados”, José Martí
publicaba:
“Una es la prensa, y mayor su
libertad, cuando en la república
segura se contiende, sin más
escudo que ella, por defender
las libertades de los que las
invocan para violarlas, de los
que hacen de ellas mercancía, y
de los que las persiguen como
enemigas de sus privilegios y de
su autoridad. Pero la prensa es
otra cuando se tiene enfrente el
enemigo. Entonces, en voz baja,
se pasa la señal. Lo que el
enemigo ha de oír, no es más que
la voz del ataque”.
De ese mismo año son asertos
proverbiales: “decir lo que a
todos conviene y no dejar de
decir nada que a alguien pueda
convenir”. “Que todos
encuentren en el diario lo que
pueden necesitar saber…” “El
periódico deber ser útil, sano,
elegante, oportuno, valiente…”
“La verdad llega más pronto a
donde va cuando se la dice
bellamente…” “No hay cetro mejor
que un buen periódico…”
Tanto nos legó el Che, en tantos
textos periodísticos:
“Cada vez que haya un Fidel
Castro que levante la bandera de
redención de los humildes habrá
que investigar rápidamente para
descubrir al comunista que hay
detrás y liquidarlo.”
(“El desarme continental y otras
claudicaciones”. Verde Olivo,
24 de abril 1960).
“…un imperialismo desesperado e
histérico… Días negros esperan a
América Latina y las últimas
declaraciones de los gobernantes
de los Estados Unidos parecen
indicar que
días negros esperan al
mundo…”
(“Cuba, ¿excepción histórica o
vanguardia en la lucha
anticolonialista?”
Verde Olivo,
9 de abril de 1961).
“Los yanquis intervendrán por
solidaridad de intereses y
porque la lucha en América es
decisiva… Pero, de ahora en
adelante, lo harán con todas sus
energías; castigarán a las
fuerzas populares con todas las
armas de destrucción a su
alcance; no dejarán consolidarse
al poder revolucionario y, si
alguno llegara a hacerlo,
volverán a atacar, no lo
reconocerán, tratarán de dividir
las fuerzas revolucionarias,
introducirán saboteadores de
todo tipo, crearán problemas
fronterizos, lanzarán a otros
estados reaccionarios en su
contra…(los subrayados son
míos)… De hecho, la eclosión de
la lucha americana se ha
producido. ¿Estará su vórtice en
Venezuela, Guatemala, Colombia,
Perú, Ecuador?”
(“Guerra de guerrillas: un método”.
Cuba Socialista,
septiembre de 1963).
“Ellos, que vivieron el cuento
de una lucha que no hicieron…
despreciados por todos los
revolucionarios puros, pero
admitidos, aunque a
regañadientes, eran un insulto a
nuestra conciencia de
revolucionarios. Constantemente
con su presencia nos mostraban
nuestro pecado; el pecado de la
transigencia frente a la falta
de espíritu revolucionario,
frente al traidor en potencia o
de hecho, frente al débil de
espíritu, al cobarde, al ladrón,
al “comevaca”. …Muchas gracias
por darnos esta lección, por
demostrarnos que no se puede
comprar conciencias con la
dádiva revolucionaria, que es
exigua y exigente para con
todos, por demostrarnos que
tenemos que ser inflexibles
frente al error, la debilidad,
el dolo, la mala fe de
cualquiera y levantarnos y
denunciar y castigar en
cualquier lugar en que asome
algún vicio que vaya contra los
altos postulados de la
Revolución.”
“La conducta revolucionaria es
espejo de la fe revolucionaria y
cuando alguien que se dice
revolucionario no se conduce
como tal, no puede ser más que
un desfachatado. Un
pecado de la revolución.”
(Verde Olivo, 12 de
febrero de 1961)
Resucitar la noticia
La sinergia mediática ha traído,
al menos, dos nefastas
consecuencias: dispersión
informativa y periodismo efímero
y perecedero. No cuenta el viejo
axioma de nacer y morir todos
los días como la noticia, sino
una noticia que ya nace muerta:
la realidad noticiosa parece
estar exigiendo varios
significantes y no sólo aquél
que designa de manera unívoca a
cierta (parte de la) realidad.
Para llegar a la noticia deben
confluir capacidad de percepción
(no todos sentimos igual
el hecho) y capacidad
lingüística (aparte de normas,
cartas de estilo, técnicas
consabidas, no todos disponemos
del mismo lenguaje): hay
que percibir el hecho noticioso
y convertirlo lingüísticamente
en texto periodístico.
Por eso nuestro periodismo no
puede ser homogeneizador —ese
tono con el que aludimos a las
bondades de la computación o la
agricultura urbana, a las
proezas laborales o
estudiantiles, a los hallazgos
científicos o la lucha contra el
delito; el pionero que habla
igual que el abuelo, el médico,
el constructor.
Mejor autorreflexivo que
totalizador. Debe entenderse
como una integridad funcional
con arreglo a la complejidad del
mundo y de la información. Ello
implica reconocer una emergencia
de procesos, hechos y objetos
multidimensionales,
multirreferenciales,
interactivos y con componentes
de aleatoriedad, azar e
indeterminación. Mejor electivo,
heredero de
la tradición filosófica cubana y
el postulado de Luz y Caballero
“todas las escuelas y ninguna
escuela, he ahí la escuela”.
Un discurso periodístico que
reconozca al receptor (lector,
radioescucha, televidente) como
lo más importante: periodista y
destinatario de la información
son capaces
de interactuar y producir
socialmente sentido. Esto
significa que los límites de lo
que un medio quiere informar
terminan donde comienza lo que
el receptor quiere saber e
interpreta.
Tenemos “nuevas” noticias,
nuevos medios, nuevos soportes,
nuevos receptores. Sin embargo,
no tenemos nuevo discurso
periodístico ni nuevo texto
periodístico.
Por eso quizá sea necesario
reemplazar los tradicionales
qué, quién, cuándo, dónde, de la
noticia, por el qué de quién(es)
y hacia quién(es); el desde
cuándo y hacia cuándo; el desde
dónde y hacia dónde.
Posdata
No somos omniabarcadores:
no tenemos el poder sobre los
hechos noticiosos ni sobre sus
condiciones de producción,
difusión (transmisión,
distribución…) y recepción de la
noticia. Tampoco media
workers: tenemos el poder de
la escritura. Y ya que nos han
perdonado, al menos, la palabra
escrita y el teclado, me permito
evocar una
canción que hacía furor en mi
generación cuando irrumpíamos en
las redacciones: “soy lo que
fui, y lo que fui, es lo que
seré mañana también, porque yo
soy, solamente una ventana…”
Sobre el carácter de
nuestros periódicos,
en La literatura y el
arte, pp.. 138-140.
Los entrecomillados son
del texto consultado.
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