Año VI
La Habana

7 al 13 de JUNIO
de 2008

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NUEVA SALA DE ARTE CUBANO EN EL MUSEO MUNICIPAL DE NUEVA GERONA

Compartiendo Kchos

Mario Jorge Muñoz • La Habana
Fotos: Kaloian (La Jiribilla) e Iván Soca

 

Ni en la Isla de la Juventud, su tierra natal, lo conocen como Alexis Leyva Machado. Igual que para la mayoría de Cuba y en gran parte del mundo del arte contemporáneo, ese grandulón con tipo de deportista es simplemente Kcho, el joven que a los 11 años fue deslumbrado por aquellas colecciones de arte universal y cubano que en los años 70 invadieron con sus reproducciones los museos provinciales de todo el archipiélago nacional, gracias al maestro Alejo Carpentier, quien donó el dinero de su Premio Cervantes al gobierno cubano, y propuso que se destinara a ese fin.

En lo adelante, la casa puso el resto para que el destino de Kcho estuviese marcado: “La primera clase de dibujo que me cambió la vida me la dio mi mamá cuando tenía 13 años… Aquel día le tuve miedo al acto de crear, pero me gustó. Mi mamá me cogió la mano, me hizo lo que yo quería dibujar, e inmediatamente lo rompió. Y me dijo: ahora hazlo tú.

“La influencia de mi familia ha sido total. Cada cosa que define mi trabajo tiene que ver con mi casa. Y es que en ella se respiraba arte. Para una de las cosas que me sirvió la escuela fue para darme cuenta que mi entorno familiar era único.”

Por eso las primeras palabras del catálogo de la Sala de Arte Cubano, inaugurada el pasado 3 de junio en el Museo Municipal de la Isla de la Juventud, en Nueva Gerona, están dedicadas a Martha Machado: “A mi mamá y a todas las personas que han trabajado para cambiar esta Isla para siempre”.

De la mano de aquellas imágenes imprescindibles, donadas a toda Cuba por el reconocido escritor cubano, de la mano de sus padres, Martha y Leyva, el carpintero, el inventor, llegó Kcho al arte, a través del cual comenzó a ver el mundo de otra manera.

Kcho está agradecido de ello. Por eso sintió orgullo al decir que con su donación —son 52 obras de maestros de la plástica cubana de todos los tiempos— al Museo de su Isla, solo pretende devolver aquel gesto de desprendimiento del autor del Siglo de las Luces, que un día le permitiera comprender, al Kcho niño, que existían otras formas de ver y entender la vida.

Cuenta Kcho que la colección comenzó a cobrar forma con obras de Wifredo Lam, el pintor cubano más universal, el hombre que le abrió el camino a la plástica cubana. “Con el tiempo Lam se me fue haciendo más cercano, su obra se me aparecía en todos lados… En cuanto museo he expuesto, él ya estaba ahí, había hecho algo. Hace un tiempo, en el Museo de Israel, al llegar lo primero que hice fue preguntar dónde estaba el Lam de su colección. Y allí estaba, lo encontré al otro día. Es lindísimo. En casa de Picasso, en París, hay otro, en los países escandinavos... donde quiera me lo encuentro”.

En lo adelante, fue incorporando piezas de otros maestros cubanos: Vicente Escobar, Leopoldo Romañach, Antonio Rodríguez Morey, Eduardo Abela, Domingo Ramos, Fidelio Ponce de León, Amelia Peláez, Marcelo Pogolotti, Luis Martínez Pedro, René Portocarrero, Mariano Rodríguez, Servando Cabrera, Raúl Martínez y Antonia Eiriz. Sin dudas, una muestra de lujo.

“Un día me di cuenta de la colección que había logrado y comprendí que no podía quedarme con todo aquello solo para mí, en la sala de mi casa.”

Con esta exposición permanente, Kcho pretender ayudar a que otros niños y jóvenes pineros puedan acercarse verdaderamente a lo mejor del arte cubano, que les permita, como a él, descubrir las más variadas formas de representar lo bello, lo humano, lo que nos rodea.

Suena raro, pareciera de locos, tal desprendimiento en tiempos de tanto egoísmo y codicia, en tiempos en los que el mercado y sus tentáculos atrapan a más de uno. Sin embargo, su gesto no tiene nada que ver con el populismo o la vanidad. Es el resultado del más sincero y claro agradecimiento. De hecho, Kcho no aprobará estas líneas, preferiría que escribiera de las obras, del impacto que estas pudieran tener en las nuevas generaciones de pineros, alejados por el mar de museos y exposiciones nacionales.

Yo decidí escribir del gesto, del hombre que está detrás de la acción, del ejemplo a imitar. Créanlo. Solo tendrían que disfrutar, como lo hice yo, del rostro de una joven estudiante de la Escuela de Instructores de Arte, mientras miraba extasiada al guajiro de Romañach, que ya desde el pasado martes engalana una de las tantas paredes cubiertas de buen arte en el Museo Municipal de la Isla.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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