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Ni en la Isla de la Juventud, su
tierra natal, lo conocen como
Alexis Leyva Machado. Igual que
para la mayoría de Cuba y en
gran parte del mundo del arte
contemporáneo, ese grandulón con
tipo de deportista es
simplemente Kcho, el joven que a
los 11 años fue deslumbrado por
aquellas colecciones de arte
universal y cubano que en los
años 70 invadieron con sus
reproducciones los museos
provinciales de todo el
archipiélago nacional, gracias
al maestro Alejo Carpentier,
quien donó el dinero de su
Premio Cervantes al gobierno
cubano, y propuso que se
destinara a ese fin.
En lo adelante, la casa puso el
resto para que el destino de
Kcho estuviese marcado: “La
primera clase de dibujo que me
cambió la vida me la dio mi mamá
cuando tenía 13 años… Aquel día
le tuve miedo al acto de crear,
pero me gustó. Mi mamá me cogió
la mano, me hizo lo que yo
quería dibujar, e inmediatamente
lo rompió. Y me dijo: ahora
hazlo tú.
“La influencia de mi familia ha
sido total. Cada cosa que define
mi trabajo tiene que ver con mi
casa. Y es que en ella se
respiraba arte. Para una de las
cosas que me sirvió la escuela
fue para darme cuenta que mi
entorno familiar era único.”
Por eso las primeras palabras
del catálogo de la Sala de Arte
Cubano, inaugurada el pasado 3
de junio en el Museo Municipal
de la Isla de la Juventud, en
Nueva Gerona, están dedicadas a
Martha Machado: “A mi mamá y a
todas las personas que han
trabajado para cambiar esta Isla
para siempre”.
De la mano de aquellas imágenes
imprescindibles, donadas a toda
Cuba por el reconocido escritor
cubano, de la mano de sus
padres, Martha y Leyva, el
carpintero, el inventor, llegó
Kcho al arte, a través del cual
comenzó a ver el mundo de otra
manera.
Kcho está agradecido de ello.
Por eso sintió orgullo al decir
que con su donación —son 52
obras de maestros de la plástica
cubana de todos los tiempos— al
Museo de su Isla, solo pretende
devolver aquel gesto de
desprendimiento del autor del
Siglo de las Luces, que un
día le permitiera comprender, al
Kcho niño, que existían otras
formas de ver y entender la
vida.
Cuenta Kcho que la colección
comenzó a cobrar forma con obras
de Wifredo Lam, el pintor cubano
más universal, el hombre que le
abrió el camino a la plástica
cubana. “Con el tiempo Lam se me
fue haciendo más cercano, su
obra se me aparecía en todos
lados… En cuanto museo he
expuesto, él ya estaba ahí,
había hecho algo. Hace un
tiempo, en el Museo de Israel,
al llegar lo primero que hice
fue preguntar dónde estaba el
Lam de su colección. Y allí
estaba, lo encontré al otro día.
Es lindísimo. En casa de
Picasso, en París, hay otro, en
los países escandinavos... donde
quiera me lo encuentro”.
En lo adelante, fue incorporando
piezas de otros maestros
cubanos: Vicente Escobar,
Leopoldo Romañach, Antonio
Rodríguez Morey, Eduardo Abela,
Domingo Ramos, Fidelio Ponce de
León, Amelia Peláez, Marcelo
Pogolotti, Luis Martínez Pedro,
René Portocarrero, Mariano
Rodríguez, Servando Cabrera,
Raúl Martínez y Antonia Eiriz.
Sin dudas, una muestra de lujo.
“Un día me di cuenta de la
colección que había logrado y
comprendí que no podía quedarme
con todo aquello solo para mí,
en la sala de mi casa.”
Con esta exposición permanente,
Kcho pretender ayudar a que
otros niños y jóvenes pineros
puedan acercarse verdaderamente
a lo mejor del arte cubano, que
les permita, como a él,
descubrir las más variadas
formas de representar lo bello,
lo humano, lo que nos rodea.
Suena raro, pareciera de locos,
tal desprendimiento en tiempos
de tanto egoísmo y codicia, en
tiempos en los que el mercado y
sus tentáculos atrapan a más de
uno. Sin embargo, su gesto no
tiene nada que ver con el
populismo o la vanidad. Es el
resultado del más sincero y
claro agradecimiento. De hecho,
Kcho no aprobará estas líneas,
preferiría que escribiera de las
obras, del impacto que estas
pudieran tener en las nuevas
generaciones de pineros,
alejados por el mar de museos y
exposiciones nacionales.
Yo decidí escribir del gesto,
del hombre que está detrás de la
acción, del ejemplo a imitar.
Créanlo. Solo tendrían que
disfrutar, como lo hice yo, del
rostro de una joven estudiante
de la Escuela de Instructores de
Arte, mientras miraba extasiada
al guajiro de Romañach, que ya
desde el pasado martes engalana
una de las tantas paredes
cubiertas de buen arte en el
Museo Municipal de la Isla. |