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Vengo de una generación que
trabajó en la creación de los
museos municipales en Cuba,
cuando un decreto ley vino a
decirnos, un poco
sorprendentemente, que primero
serían abiertas las
instituciones y sobre la marcha
se recolectarían los tesauros.
Quizá para los que no estén
familiarizados con el mundo
museal esto no tenga
significación alguna, pero se
trataba de una inversión
importante y novedosa a
principio de los años 80. La
museología clásica ha girado
siempre en torno a la colección
como centro único de su
desarrollo. Históricamente
hablando, las colecciones se
formaron primero. Procedían
inicialmente del poder y las
riquezas de reyes y nobles,
luego de los nacientes estados
modernos y más tarde de las
fortunas de particulares
ilustrados. Estas colecciones,
con el tiempo, han derivado en
numerosos museos actuales,
haciendo drenar hacia ellos
siglos de saber y creación y
vastos espacios geográficos y
culturales que forman un inmenso
patrimonio.
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Hoy es muy frecuente encontrar,
en los países ricos,
instituciones extra-museales que
se precian de no arrastrar el
peso de una colección histórica
y se lanzan a fomentar las
producciones más actuales del
hombre contemporáneo. Son
también, de alguna manera,
primero instituciones y luego
–quizá— colecciones. Pero para
los de mi generación, toda esta
inversión de métodos museales
comenzó a principios de los años
80 con el fomento de los museos
municipales.
No es que crea perfectos estos
museos locales —nada más lejos
de eso— pero sin dudas su
surgimiento trajo buenos
momentos para los museólogos
cubanos: estábamos comunicados
unos con otros por toda la Isla
–cosa inexistente hoy—, una vida
interna fluía entre todos, y
parecíamos una verdadera
cofradía de gente entregada a su
trabajo. Cuando ocurre la grave
crisis de los 90 en nuestro
país, los museos, como
instituciones enteramente
financiadas por el Estado, se
deprimieron drásticamente. Son,
por cierto, instituciones muy
costosas, urgidas siempre de
grandes y variados recursos.
Por eso es un verdadero
acontecimiento cultural que un
museo municipal cubano inaugure
una nueva sala; que lo haga el
municipio más joven del país, un
perfecto orgullo. Cuando una
colección nace, cuando un evento
de esta naturaleza sucede, es
como si la tierra se hiciera más
firme, como si las claves para
comprender el mundo parecieran
mostrársenos mejor, o como si el
recuento de las creaciones
humanas cobraran mayor
envergadura.
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Pocos sucesos en la cultura son
tan rotundos y formadores como
el nacimiento de una colección.
Un objeto aislado podría no
decirnos mucho; un conjunto de
ellos comienza a dibujar
conjeturas; una colección es ya
un verdadero termómetro de la
sociedad. Y lo curioso es que,
ya sean especímenes científicos,
testigos de la historia, objetos
artísticos, producciones de
siglos pasados o creaciones de
hoy, lo cierto es que los
objetos de colección siempre
hablan de la época en que son
recolectados. Hablan desde ese
momento en que se reúnen, se
estudian, se catalogan, se
exhiben y se divulgan. Porque,
al hacerlo, evidencian la
perspectiva del que colecciona,
las interrogantes que se
formula, sus intenciones y las
hipótesis que se prefiguran
detrás de una serie de objetos.
Los objetos hablan por ellos
mismos, desde su materialidad y
desde el sedimento de
subjetividad que se concreta en
ellos, y hablan también desde la
perspectiva de quien los
congrega y los convoca a
decirnos algo.
Esta colección que comienza, aún
breve y nerviosa, está
hablándonos de pintura cubana.
Es una colección inquieta, que
olfatea ávida y abierta todas
las épocas, sin preferencias aún
por estilos, etiquetas
históricas o famas. Enlaza con
igual dignidad a nuestro
benemérito de la pintura popular
decimonónica, Vicente Escobar,
con el Lam más reconocido. Une a
maestros de la pintura moderna
como Pogolotti y Portocarrero
con los maestros contemporáneos
Raúl Martínez y Cabrera Moreno.
Parece una colección de instinto
apremiante, urgida de rescatar
el mayor arsenal simbólico
cubano posible, como si una
intención más general, más
básica, pasara por encima de las
obras mismas y de sus
particulares valores. Y es que
esa voracidad pone su mira en el
patrimonio. La mirada de esa
colección está diciendo que, en
épocas donde la precariedad nos
rodea, en momentos donde el arte
es cada vez más una inversión de
mercado, es bueno recordar toda
la grandeza espiritual que el
arte encierra.
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Esta colección que comienza es
buena además para pensar que
todo el arte puede unirse y
hacernos mirar el mundo, sin
importar que entre una pieza y
otra haya más de un siglo o
distancias poéticas esenciales.
En definitiva el arte siempre
mira al hombre, y no interesa
que lo haga bruñendo un bronce,
aplicando óleo con espátula o
disparando el lente de una
cámara. Todo el arte es uno:
desde el misterio de Ponce de
León hasta la agonía de Antonia
Eiriz. Desde los retratos
ingenuos de Escobar hasta las
dulces muchachas de Servando.
Esta colección que comienza
habla igualmente de intereses
filiales. Es como si, de pronto,
esta mano que colecciona —una
mano que también esculpe y
dibuja— se dijera que no ha
podido nunca estar sola, que
cuando se hace arte se está con
otras muchas miradas artísticas
a la vez. En silencio todo el
arte acompaña al artista cuando
crea y al espectador cuando
mira. Porque se crea y se
disfruta sobre una tradición
preexistente, se crea y se
comprende siempre sobre otras
creaciones, sobre un inmenso
palimpsesto de culturas. Y esta
colección quiere señalar ese
punto de mira. Quiere decir:
vamos a empezar a acompañarnos
con los que crean con nosotros,
incluso cuando no los conozcamos
bien o no nos demos cuenta de
ello. Un arroparse con el manto
de la pintura cubana.
Y también se perfila, en la
voracidad de esta colección,
otra inquietud: la de convivir
con nuestro patrimonio. Si tal
vez nos hemos cansado un poco de
que la gran obra maestra se
guarde inaccesible en un magno
museo, un poco lejos de nuestra
mirada, esta colección nos
acerca algunos maestros al
remanso más íntimo de casa. Si
hemos cerrado a veces los ojos
ante el hecho que las obras que
nacieron bajo el sol de esta
Isla parten de ella muchas veces
sin retorno, esta colección se
encarga de ofrecerles un
refugio. Si estuviéramos
esperando inútilmente que
alguien quiera compartir sus
tesoros artísticos particulares
con los modestos usuarios del
arte que somos, esta colección
se adelanta generosa.
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Entonces aquí, en la sencillez
del museo municipal, al abrigo
de una colección de historia
local, va a nacer una nueva y
briosa rama destinada a la
pintura cubana, sin etiquetas ni
divisiones. Una rama para que
los vecinos de esta pequeña isla
y los que la visiten tengan a
mano (a ojo más bien) un
patrimonio que fue hecho para
nosotros, por seres que
caminaron tal vez estas calles y
se abrasaron bajo este mismo
sol.
Y para que el patrimonio que nos
enseña a pensar desde toda la
cultura y a mirar hacia el
futuro no se quede dormido en
ninguna sala de este museo, se
necesitará que los pineros
vengan y estén un rato
codeándose con las obras,
familiarizándose con ellas como
si nada, adaptándose mutuamente,
hasta que aflore un equilibrio y
se comiencen a hablar
mutuamente.
Se requerirá también que esta
rama-colección que hoy le nace
al museo municipal de la Isla de
la Juventud, sea el inicio de
ulteriores enriquecimientos, el
punto de partida para que tal
vez usted o yo, traigamos aquí
nuestro tesoro y comencemos a
compartir juntos este
patrimonio, más grande o más
pequeño, pero que se hizo para
todos sin distinción, como hace
el arte.
La Habana, 20 de abril de
2008 |