Año VI
La Habana

7 al 13 de JUNIO
de 2008

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Una colección nace

Corina Matamoros • Gerona
Fotos: Iván Soca

 

Vengo de una generación que trabajó en la creación de los museos municipales en Cuba, cuando un decreto ley vino a decirnos, un poco sorprendentemente, que primero serían abiertas las instituciones y sobre la marcha se recolectarían los tesauros.

Quizá para los que no estén familiarizados con el mundo museal esto no tenga significación alguna, pero se trataba de una inversión importante y novedosa a principio de los años 80. La museología clásica ha girado siempre en torno a la colección como centro único de su desarrollo. Históricamente hablando, las colecciones se formaron primero. Procedían inicialmente del poder y las riquezas de reyes y nobles, luego de los nacientes estados modernos y más tarde de las fortunas de particulares ilustrados. Estas colecciones, con el tiempo, han derivado en numerosos museos actuales, haciendo drenar hacia ellos siglos de saber y creación y vastos espacios geográficos y culturales que forman un inmenso patrimonio.

Hoy es muy frecuente encontrar, en los países ricos, instituciones extra-museales que se precian de no arrastrar el peso de una colección histórica y se lanzan a fomentar las producciones más actuales del hombre contemporáneo. Son también, de alguna manera, primero instituciones y luego –quizá— colecciones. Pero para los de mi generación, toda esta inversión de métodos museales comenzó a principios de los años 80 con el fomento de los museos municipales.

No es que crea perfectos estos museos locales —nada más lejos de eso— pero sin dudas su surgimiento trajo buenos momentos para los museólogos cubanos: estábamos comunicados unos con otros por toda la Isla –cosa inexistente hoy—, una vida interna fluía entre todos, y parecíamos una verdadera cofradía de gente entregada a su trabajo. Cuando ocurre la grave crisis de los 90 en nuestro país, los museos, como instituciones enteramente financiadas por el Estado, se deprimieron drásticamente. Son, por cierto, instituciones muy costosas, urgidas siempre de grandes y variados recursos.

Por eso es un verdadero acontecimiento cultural que un museo municipal cubano inaugure una nueva sala; que lo haga el municipio más joven del país, un perfecto orgullo. Cuando una colección nace, cuando un evento de esta naturaleza sucede, es como si la tierra se hiciera más firme, como si las claves para comprender el mundo parecieran mostrársenos mejor, o como si el recuento de las creaciones humanas cobraran mayor envergadura.

Pocos sucesos en la cultura son tan rotundos y formadores como el nacimiento de una colección. Un objeto aislado podría no decirnos mucho; un conjunto de ellos comienza a dibujar conjeturas; una colección es ya un verdadero termómetro de la sociedad. Y lo curioso es que, ya sean especímenes científicos, testigos de la historia, objetos artísticos, producciones de siglos pasados o creaciones de hoy, lo cierto es que los objetos de colección siempre hablan de la época en que son recolectados. Hablan desde ese momento en que se reúnen, se estudian, se catalogan, se exhiben y se divulgan. Porque, al hacerlo, evidencian la perspectiva del que colecciona, las interrogantes que se formula, sus intenciones y las hipótesis que se prefiguran detrás de una serie de objetos. Los objetos hablan por ellos mismos, desde su materialidad y desde el sedimento de subjetividad que se concreta en ellos, y hablan también desde la perspectiva de quien los congrega y los convoca a decirnos algo.

Esta colección que comienza, aún breve y nerviosa, está hablándonos de pintura cubana. Es una colección inquieta, que olfatea ávida y abierta todas las épocas, sin preferencias aún por estilos, etiquetas históricas o famas. Enlaza con igual dignidad a nuestro benemérito de la pintura popular decimonónica, Vicente Escobar, con el Lam más reconocido. Une a maestros de la pintura moderna como Pogolotti y Portocarrero con los maestros contemporáneos Raúl Martínez y Cabrera Moreno.

Parece una colección de instinto apremiante, urgida de rescatar el mayor arsenal simbólico cubano posible, como si una intención más general, más básica, pasara por encima de las obras mismas y de sus particulares valores. Y es que esa voracidad pone su mira en el patrimonio. La mirada de esa colección está diciendo que, en épocas donde la precariedad nos rodea, en momentos donde el arte es cada vez más una inversión de mercado, es bueno recordar toda la grandeza espiritual que el arte encierra.

Esta colección que comienza es buena además para pensar que todo el arte puede unirse y hacernos mirar el mundo, sin importar que entre una pieza y otra haya más de un siglo o distancias poéticas esenciales. En definitiva el arte siempre mira al hombre, y no interesa que lo haga bruñendo un bronce, aplicando óleo con espátula o disparando el lente de una cámara. Todo el arte es uno: desde el misterio de Ponce de León hasta la agonía de Antonia Eiriz. Desde los retratos ingenuos de Escobar hasta las dulces muchachas de Servando.

Esta colección que comienza habla igualmente de intereses filiales. Es como si, de pronto, esta mano que colecciona —una mano que también esculpe y dibuja— se dijera que no ha podido nunca estar sola, que cuando se hace arte se está con otras muchas miradas artísticas a la vez. En silencio todo el arte acompaña al artista cuando crea y al espectador cuando mira. Porque se crea y se disfruta sobre una tradición preexistente, se crea y se comprende siempre sobre otras creaciones, sobre un inmenso palimpsesto de culturas. Y esta colección quiere señalar ese punto de mira. Quiere decir: vamos a empezar a acompañarnos con los que crean con nosotros, incluso cuando no los conozcamos bien o no nos demos cuenta de ello. Un arroparse con el manto de la pintura cubana.

Y también se perfila, en la voracidad de esta colección, otra inquietud: la de convivir con nuestro patrimonio. Si tal vez nos hemos cansado un poco de que la gran obra maestra se guarde inaccesible en un magno museo, un poco lejos de nuestra mirada, esta colección nos acerca algunos maestros al remanso más íntimo de casa. Si hemos cerrado a veces los ojos ante el hecho que las obras que nacieron bajo el sol de esta Isla parten de ella muchas veces sin retorno, esta colección se encarga de ofrecerles un refugio. Si estuviéramos esperando inútilmente que alguien quiera compartir sus tesoros artísticos particulares con los modestos usuarios del arte que somos, esta colección se adelanta generosa.

Entonces aquí, en la sencillez del museo municipal, al abrigo de una colección de historia local, va a nacer una nueva y briosa rama destinada a la pintura cubana, sin etiquetas ni divisiones. Una rama para que los vecinos de esta pequeña isla y los que la visiten tengan a mano (a ojo más bien) un patrimonio que fue hecho para nosotros, por seres que caminaron tal vez estas calles y se abrasaron bajo este mismo sol.

Y para que el patrimonio que nos enseña a pensar desde toda la cultura y a mirar hacia el futuro no se quede dormido en ninguna sala de este museo, se necesitará que los pineros vengan y estén un rato codeándose con las obras, familiarizándose con ellas como si nada, adaptándose mutuamente, hasta que aflore un equilibrio y se comiencen a hablar mutuamente.

Se requerirá también que esta rama-colección que hoy le nace al museo municipal de la Isla de la Juventud, sea el inicio de ulteriores enriquecimientos, el punto de partida para que tal vez usted o yo, traigamos aquí nuestro tesoro y comencemos a compartir juntos este patrimonio, más grande o más pequeño, pero que se hizo para todos sin distinción, como hace el arte. 

La Habana, 20 de abril de 2008
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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