Año VI
La Habana

7 al 13 de JUNIO
de 2008

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

El quetzal de la nada

Jesús Lozada • La Habana

 

Las islas, con la “maldición del agua” rodeándolas por todas partes, condenadas a prisión perpetua, si quieren viajar ascienden. La ascensión, también vista con su componente de fuga hacia lo alto, es la marca de identidad del poeta y la poesía insulares, de la gente de las ínsulas. De cierto lo sabemos, en este país nuestro se repite una y otra vez la obsesión del viaje. Hemos llegado hasta elaborar un imaginario viajero de tal magnitud que incluye la posibilidad de que la isla sea levantada en peso, de que la isla sea arrancada desde sus cimientos o que sea arrastrada a golpe de remo por una multitud que nos incluye a todos, es decir, hemos inventado formas colectivas de viaje, de escape o de ascensión. Concebimos el destino, que es la verdadera esencia del viaje, como asunto colectivo. 

Fíjense ustedes que las formas de viaje o de enajenación individual e individualista aquí siempre han sido condenadas y no únicamente por las leyes, sino por las gentes, es un asunto casi de “derecho natural”. El alcohol y la marihuana u otras drogas psicotrópicas, el viaje al centro de la conciencia individual en solitario, liberadora de la barrera cortical, no han sido nunca aceptadas, bien vistas dirían en mi casa, a nivel social. Sin embargo, el alcohol y hasta las drogas, si forman parte de la fiesta, de la celebración colectiva, si son provocadoras del viaje, de la “ascensión” en masa, comienzan a ser toleradas cuando no aceptadas. La posesión, el trance, con su carga de ascensión, de entrada en una dimensión distinta, en este caso la de los muertos o de los dioses, que se da en el  espiritismo o en la santería o en otras religiones sincréticas solo tienen sentido si el “caballo” o el poseso hacen que el “santo” o el muerto se comuniquen con los presentes, les digan cosas, les permitan tener una anticipación del viaje. 

Estas formas del viaje son apenas la cáscara, la apariencia, o mejor lo más visible. Para el hombre insular el viaje adquiere otros rostros: la resistencia, por ejemplo, que es ascensión, pero una ascensión que anula el sentido físico de lo de arriba y lo de abajo. Resistir es ascender hasta el núcleo de la nación, del grupo, del clan, de la familia, muchas veces mixturado, confundido todo esto. Para el isleño humanidad, patria, tierra, isla, familia son la misma cosa. Martí al centro. Cuando José Lezama Lima en Paradiso cuenta la historia de un hombre, José Cemí, y su familia, está contando también los avatares de un país que tiene rostro, habanero por cierto, donde el paseo del Prado parece más la rampa de lanzamiento de un país hacia lo alto que el lugar donde  se mueve un paseante específico. 

Resistir es ascender, ¿pero hacia dónde?, ¿para qué? Son preguntas duras, tenaces, que se nos aparecen a cada momento y que finalmente no acabamos nunca de bien formular o de responder, o sencillamente cada uno, cada generación, cada grupo tiene sus propias formas de vuelo. Dije vuelo e introduje un término ambiguo, que es una de las maneras de ser asertivos que tenemos los isleños. 

Dos islas, dos. Una sustancia verdadera. Puerto Rico y Cuba, para Lola Rodríguez de Tió, pájaro. Alas de pájaro. Único. Por lo que se infiere, entonces, que la reiteración del ave, el vuelo, el viaje, la subida, la resistencia, en sus poesías y poetas serían, son, una constante, el centro gravitacional de sus maneras, que, a pesar de las cercanías, las comuniones y los apareamientos, nunca llega a concretarse en destino común. El proyecto martiano-hostosiano, tantas veces pospuesto y ciertamente inconcluso, viene a ser la carta de navegación de un viaje que se prolonga, se ensancha, permanece en lo invisible, en el misterio, en la almendra. Develarlos, develarla, es entrar al reino de las esencias, de lo posible, al núcleo de las resonancias. 

Unos pocos nombres esenciales bastarían para concretar el proyecto de mirarnos, más no podemos. Es noche oscura. ¿Del alma? Es noche y basta. Noche (o nube) del no saber, que sin embargo alcanza, a trancos, por momentos,  los tonos de una luz vuelta sobre sí misma, concreta. Luz poseída. 

Sin avisar, como ocurren  los sucesos importantes, los esenciales, los que logran quebrar al corazón de piedra, tornándolo carne resucitada,  un día llegó hasta mí la lujosa edición de 2005 del Canto de la locura, de Francisco Matos Paoli (Terranova Editores) preparada por el poeta franciscano Ángel Darío Carrero Morales —las notas críticas también son suyas—  y que contiene además el ensayo El vuelo del quetzal: el Canto de la locura de Francisco Matos Paoli,  de Mercedes López Baralt y la Bibliografía completa… del poeta preparada por Isabel Freire de Matos. 

Esa edición engolosina no más verla. Libro de gran formato, de tapas duras, sobrecubierta en la que se reproduce un fragmento del óleo de Rafael Trelles El quetzal de la nada, completo en la página 4 y de soberbia factura, otras xilografías y dibujos, una iconografía del bardo y las caligrafías de Antonio Martorell con versos del poeta. Impresión y edición que con el texto componen una obra barroca, pero más en el sentido musical que escriturario, pues todos los elementos parecen ser variaciones, en contrapunto, sobre el tema que sería el poema en sí. Más que intento de guiar, que es también de alguna manera domesticar, al lector o de convertirse en una especie de pentagrama otro que condiciona y ajusta las lecturas, el libro, su forma, intenta reflejar el contenido, pero no a la manera de los espejos que siempre terminan deformando la imagen o fabricando otra realidad, sino dejándose poseer por las esencias del poema, enmudeciendo para que sea él quien hable. 

Aventurémonos en  una lectura del texto, tratando de dialogar con él más que desentrañarlo, pues esa es una labor inútil y por demás estéril. Hagamos como los editores: ser el bajo de la polifonía barroca, rastreando los elementos de la poesía de las ínsulas que se encuentran en el texto de Matos Paoli, descubramos sus tonos y sus claves y cantemos, pues a fin de cuentas el poema está hecho para la voz, para ser entonado más que para danzar en los ojos. El poema es un asunto de boca a oreja. Ya lo hemos insinuado o dicho, si no entendemos que este es un discurso que pide la voz y la representación, la situación coral, más que abrir sus puertas estaríamos entrejuntándolas. 

Este es un poema dramático de raíz griega clásica. Habla el poeta porque en su voz se encuentra el coro, es el coro y el solista a un mismo tiempo, demos total,  pero no por elección sino por designio. El autor está tan sorprendido que grita en la primera sección: 

                                    Yo. ¿Por qué yo?

                             Aún la conciencia vacila en el  remordimiento.

                             Tiene delante las aristas fugases, las venas,

                             la música primaveral,

                             el confundido siervo que pelea

                             entre el río y el mar, absorto. 

                             ¿Qué busco ahora mismo,

                             en el instante atleta y fuera de mi mismo,

                             en la premonición segada,

                             en la oclusión del mundo que me incita? 

                             Tal vez Dios me liberte

                             del arcoirisado tedio,

                             de las nubes que pasan henchidas de armonía. 

Él no sabe y sabe a un mismo tiempo, es el que posee todos los designios porque es poseído, penetrado, clavado. Su nada en la Nada. Lo eligieron porque dejó espacio, se hizo vacío, así pudieron entrar todas las voces, por eso puede contenerlas a todas, ser su vasija. El poeta se abaja y hace que el coro sea protagonista, de lo contrario este canto nacional puertorriqueño no tendría sentido. Llama la atención, además, que está dedicado a Lolita Lebrón, “nuestra Juana de Arco” la llama el poeta, una mujer que cuando el 1ro. de marzo de 1954 entra, pistola en mano, bandera al hombro, a la Cámara de Representantes de los EE.UU. junto a sus compañeros, y grita “¡Libertad para Puerto Rico ahora!” y dispara, pero no para matar, pues ella “ iba dispuesta a morir”. Solo ama en verdad la vida quien puede entregarla. 

Matos Paoli entra al coro, a la multitud, se anula voluntariamente. Se hace locura, absurdo, como en la cruz el de Nazaret. Más que una referencia a los desequilibrios mentales, a la locura como patología, a la insanidad que brota del encierro, hay que hacer aquí una lectura otra: el dolor como locura, la redención por la sangre como absurdo para el mundo que logra sentido en la resurrección-ascensión. Por eso la lectura del franciscano Carrero es brújula, hay que leer al poeta  con los ojos y la lengua de Pablo de Tarso y no con los de un psiquiatra o los de Erasmo de Rótterdam. Los desequilibrios químicos, el cerebro roto, producen engendros curiosos, nada más. No se trata siquiera de la “lúcida” locura de Friedrich Hölderlin: 

                Las delicias de este mundo ya he gozado,

      Los días de mi juventud hace tanto, ¡tanto!, que se desvanecieron,

                Abril y Mayo y Julio están lejanos,

                ¡Ya nada soy, ya nada me complace! 

De lo que se trata es del absurdo, del profundo dolor, de la desgarradura del que se ofrece, del que deja de ser para que otros sean, "pobre de rocío y enorme quetzal de la nada" se llama a sí mismo el poeta que entrará a la "azul aridez de vuelos". La calandria, la mimosa, las palomas, las aves, que pugnan por no morir, las que se resisten, van junto a la inutilidad de los signos, las lenguas, los ríos, el mar, las islas, la amapola, el loto, "los dolorosos caminos" que no bastan, que no son suficientes. Tampoco quiere al sol: 

                Pero yo no quiero el sol

                que fructifica en saludos:

                quiero la serena oquedad,

                el silencio vacío que tumba

                el ala de los ruiseñores. 

El primer poema del "Canto…", y volvemos a la polifonía, enuncia el tema y la variaciones que sucederán hasta el poema XXVIII. Todo está dicho, de ahí en lo adelante solo queda cantar, hacer obra de los amores. 

Las lecturas del poeta, las referencias, la biografía, su relación y práctica espiritista, su militancia independentista, podrían iluminar zonas, frases aisladas, crepusculares, podrían saciar nuestra necesidad de novedades, pero nunca aclarar el sentido último del texto, que empieza a comportarse como un cuerpo en sí mismo. 

 La recapitulación que se anuncia en el poema II no es el volver sobre las andaduras del poeta como algunos sugieren, y no creo que sea una referencia a la recapitulación paulina relacionada directamente con la parusía, sino de una inmediatez locuaz y palpable, más allá de las posibles lecturas relacionadas con el Dios coránico, o referencia a Isabel de la Trinidad o al misticismo trapense tan centrado en el estar “a solas con el Solo”, aquí hay una referencia directa a Dios como Unidad que habla incluso desde la dolorosa elocuencia de los "acantilados rotos" que encuentra plenitud en la "primera soledad de las olas sin mar", es decir, en el momento en el que creador y criaturas eran lo mismo, cuando no habían diferencias entre uno y otro, y que en alguna medida es ya una obra en progreso, recapitulada, desde el mismo momento de la encarnación. 

No entender la encarnación como primer paso para esta “recapitulación” no nos permitirá entender el sentido último de estos versos cuya clave será el verbo “desnace”, es decir, no se trata de “nacer” en el sentido humano, no es regresar, volver a los capítulos anteriores, sino hacerlos nuevos, en alguna medida hacerlos otros, como los joánicos cielos y tierras nuevas, que con cierta ingenuidad y pragmatismo, muy gringo, algunos representan como parques nacionales llenos de pequeños chalet donde viven perfectos y prósperos individuos sajones. Lo nuevo del cielo y de la tierra radica que serán y en alguna medida son ya, sustancia de resurrección, esencia. Unidad increada. 

La voz del texto pasa por asumir las voces plenas del ser isleño, las palabras encarnadas. Resistentes. En Cuba Lezama Lima canta a Martí como Casa de las posibilidades, del alibí, para Francisco Matos Paoli, en la isla del encanto,  el coro ―y por qué no el ser nacional―  se llama Don Pedro Albizu Campos: Dirigente del rocío, fundador del alba, Piedra de Puerto Rico, Piedra fluvial y alada… epítetos tan griegos que se convierten en fórmulas para cantar, para que se pueda asegurar y consumar su esencia coral, además de la posibilidad de que la palabra sea conservada y esté siempre lista para salir de la boca. 

La enumeración de los mártires, de los hijos de la sangre, desemboca en la visión del poeta como “befa mayor de la palabra”. El poeta solo es una voz tan frágil que no llega a cuajar, necesita del yunque y la fragua para poderse trasfigurar en fuego, y en ese horno arden todas las palabras, los verbos, los que podrán convertirse, purificación mediante, en llama del hogar, en yesca de la comunidad. 

Canto al imposible, canto coral de la isla, resistencia y piedra angular. Canto de la locura. Celebración gozosa del ser puertorriqueño, que alcanzará plenitud cuando sea entonado como un himno, como estandarte colocado en las almenas. 

El autor de Enemigo rumor y La fijeza contaba que una profesora universitaria mexicana le había notificado que por los años en los que se editó Paradiso en su país los estudiantes marchaban en las manifestaciones callejeras portando el libro abierto por las páginas en las que Cemí, alter ego del poeta, jadeante y presuroso participaba en la manifestación donde mataron a Rafael Trejo en el año 30. El Canto de la locura debería ser enarbolado cada vez que un puertorriqueño quiera reivindicar el derecho de su Isla a ser, cada vez que queramos celebrarla, como ala nuestra. 

Ojalá que en Cuba algún oído escuche, algún ojo vea, algún pecho se abra y más temprano que tarde podamos levantar gozosos este canto, hacerlo nuestro.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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