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Las islas, con la “maldición del
agua” rodeándolas por todas
partes, condenadas a prisión
perpetua, si quieren viajar
ascienden. La ascensión, también
vista con su componente de fuga
hacia lo alto, es la marca de
identidad del poeta y la poesía
insulares, de la gente de las
ínsulas. De cierto lo sabemos,
en este país nuestro se repite
una y otra vez la obsesión del
viaje. Hemos llegado hasta
elaborar un imaginario viajero
de tal magnitud que incluye la
posibilidad de que la isla sea
levantada en peso, de que la
isla sea arrancada desde sus
cimientos o que sea arrastrada a
golpe de remo por una multitud
que nos incluye a todos, es
decir, hemos inventado formas
colectivas de viaje, de escape o
de ascensión. Concebimos el
destino, que es la verdadera
esencia del viaje, como asunto
colectivo.
Fíjense ustedes que las formas
de viaje o de enajenación
individual e individualista aquí
siempre han sido condenadas y no
únicamente por las leyes, sino
por las gentes, es un asunto
casi de “derecho natural”. El
alcohol y la marihuana u otras
drogas psicotrópicas, el viaje
al centro de la conciencia
individual en solitario,
liberadora de la barrera
cortical, no han sido nunca
aceptadas, bien vistas dirían en
mi casa, a nivel social. Sin
embargo, el alcohol y hasta las
drogas, si forman parte de la
fiesta, de la celebración
colectiva, si son provocadoras
del viaje, de la “ascensión” en
masa, comienzan a ser toleradas
cuando no aceptadas. La
posesión, el trance, con su
carga de ascensión, de entrada
en una dimensión distinta, en
este caso la de los muertos o de
los dioses, que se da en el
espiritismo o en la santería o
en otras religiones sincréticas
solo tienen sentido si el
“caballo” o el poseso hacen que
el “santo” o el muerto se
comuniquen con los presentes,
les digan cosas, les permitan
tener una anticipación del
viaje.
Estas formas del viaje son
apenas la cáscara, la
apariencia, o mejor lo más
visible. Para el hombre insular
el viaje adquiere otros rostros:
la resistencia, por ejemplo, que
es ascensión, pero una ascensión
que anula el sentido físico de
lo de arriba y lo de abajo.
Resistir es ascender hasta el
núcleo de la nación, del grupo,
del clan, de la familia, muchas
veces mixturado, confundido todo
esto. Para el isleño humanidad,
patria, tierra, isla, familia
son la misma cosa. Martí al
centro. Cuando José Lezama Lima
en Paradiso cuenta la
historia de un hombre, José Cemí,
y su familia, está contando
también los avatares de un país
que tiene rostro, habanero por
cierto, donde el paseo del Prado
parece más la rampa de
lanzamiento de un país hacia lo
alto que el lugar donde se
mueve un paseante específico.
Resistir es ascender, ¿pero
hacia dónde?, ¿para qué? Son
preguntas duras, tenaces, que se
nos aparecen a cada momento y
que finalmente no acabamos nunca
de bien formular o de responder,
o sencillamente cada uno, cada
generación, cada grupo tiene sus
propias formas de vuelo. Dije
vuelo e introduje un término
ambiguo, que es una de las
maneras de ser asertivos que
tenemos los isleños.
Dos islas, dos. Una sustancia
verdadera. Puerto Rico y Cuba,
para Lola Rodríguez de Tió,
pájaro. Alas de pájaro. Único.
Por lo que se infiere, entonces,
que la reiteración del ave, el
vuelo, el viaje, la subida, la
resistencia, en sus poesías y
poetas serían, son, una
constante, el centro
gravitacional de sus maneras,
que, a pesar de las cercanías,
las comuniones y los
apareamientos, nunca llega a
concretarse en destino común. El
proyecto martiano-hostosiano,
tantas veces pospuesto y
ciertamente inconcluso, viene a
ser la carta de navegación de un
viaje que se prolonga, se
ensancha, permanece en lo
invisible, en el misterio, en la
almendra. Develarlos, develarla,
es entrar al reino de las
esencias, de lo posible, al
núcleo de las resonancias.
Unos pocos nombres esenciales
bastarían para concretar el
proyecto de mirarnos, más no
podemos. Es noche oscura. ¿Del
alma? Es noche y basta. Noche (o
nube) del no saber, que sin
embargo alcanza, a trancos, por
momentos, los tonos de una luz
vuelta sobre sí misma, concreta.
Luz poseída.
Sin avisar, como ocurren los
sucesos importantes, los
esenciales, los que logran
quebrar al corazón de piedra,
tornándolo carne resucitada, un
día llegó hasta mí la lujosa
edición de 2005 del Canto de
la locura, de Francisco
Matos Paoli (Terranova Editores)
preparada por el poeta
franciscano Ángel Darío Carrero
Morales —las notas críticas
también son suyas— y que
contiene además el ensayo El
vuelo del quetzal: el Canto de
la locura de Francisco Matos
Paoli, de Mercedes López
Baralt y la Bibliografía
completa… del poeta
preparada por Isabel Freire de
Matos.
Esa edición engolosina no más
verla. Libro de gran formato, de
tapas duras, sobrecubierta en la
que se reproduce un fragmento
del óleo de Rafael Trelles El
quetzal de la nada, completo
en la página 4 y de soberbia
factura, otras xilografías y
dibujos, una iconografía del
bardo y las caligrafías de
Antonio Martorell con versos del
poeta. Impresión y edición que
con el texto componen una obra
barroca, pero más en el sentido
musical que escriturario, pues
todos los elementos parecen ser
variaciones, en contrapunto,
sobre el tema que sería el poema
en sí. Más que intento de guiar,
que es también de alguna manera
domesticar, al lector o de
convertirse en una especie de
pentagrama otro que condiciona y
ajusta las lecturas, el libro,
su forma, intenta reflejar el
contenido, pero no a la manera
de los espejos que siempre
terminan deformando la imagen o
fabricando otra realidad, sino
dejándose poseer por las
esencias del poema, enmudeciendo
para que sea él quien hable.
Aventurémonos en una lectura
del texto, tratando de dialogar
con él más que desentrañarlo,
pues esa es una labor inútil y
por demás estéril. Hagamos como
los editores: ser el bajo de la
polifonía barroca, rastreando
los elementos de la poesía de
las ínsulas que se encuentran en
el texto de Matos Paoli,
descubramos sus tonos y sus
claves y cantemos, pues a fin de
cuentas el poema está hecho para
la voz, para ser entonado más
que para danzar en los ojos. El
poema es un asunto de boca a
oreja. Ya lo hemos insinuado o
dicho, si no entendemos que este
es un discurso que pide la voz y
la representación, la situación
coral, más que abrir sus puertas
estaríamos entrejuntándolas.
Este es un poema dramático de
raíz griega clásica. Habla el
poeta porque en su voz se
encuentra el coro, es el coro y
el solista a un mismo tiempo,
demos total, pero no por
elección sino por designio. El
autor está tan sorprendido que
grita en la primera sección:
Yo.
¿Por qué yo?
Aún
la conciencia vacila en el
remordimiento.
Tiene
delante las aristas fugases, las
venas,
la
música primaveral,
el
confundido siervo que pelea
entre
el río y el mar, absorto.
¿Qué
busco ahora mismo,
en
el instante atleta y fuera de mi
mismo,
en
la premonición segada,
en
la oclusión del mundo que me
incita?
Tal
vez Dios me liberte
del
arcoirisado tedio,
de
las nubes que pasan henchidas de
armonía.
Él no sabe y sabe a un mismo
tiempo, es el que posee todos
los designios porque es poseído,
penetrado, clavado. Su nada en
la Nada. Lo eligieron porque
dejó espacio, se hizo vacío, así
pudieron entrar todas las voces,
por eso puede contenerlas a
todas, ser su vasija. El poeta
se abaja y hace que el coro sea
protagonista, de lo contrario
este canto nacional
puertorriqueño no tendría
sentido. Llama la atención,
además, que está dedicado a
Lolita Lebrón, “nuestra Juana de
Arco” la llama el poeta, una
mujer que cuando el 1ro. de
marzo de 1954 entra, pistola en
mano, bandera al hombro, a la
Cámara de Representantes de los
EE.UU. junto a sus compañeros, y
grita “¡Libertad para Puerto
Rico ahora!” y dispara, pero no
para matar, pues ella “ iba
dispuesta a morir”. Solo ama en
verdad la vida quien puede
entregarla.
Matos Paoli entra al coro, a la
multitud, se anula
voluntariamente. Se hace locura,
absurdo, como en la cruz el de
Nazaret. Más que una referencia
a los desequilibrios mentales, a
la locura como patología, a la
insanidad que brota del
encierro, hay que hacer aquí una
lectura otra: el dolor como
locura, la redención por la
sangre como absurdo para el
mundo que logra sentido en la
resurrección-ascensión. Por eso
la lectura del franciscano
Carrero es brújula, hay que leer
al poeta con los ojos y la
lengua de Pablo de Tarso y no
con los de un psiquiatra o los
de Erasmo de Rótterdam. Los
desequilibrios químicos, el
cerebro roto, producen engendros
curiosos, nada más. No se trata
siquiera de la “lúcida” locura
de Friedrich Hölderlin:
Las delicias
de este mundo ya he gozado,
Los días de mi juventud
hace tanto, ¡tanto!, que se
desvanecieron,
Abril y Mayo y
Julio están lejanos,
¡Ya nada soy, ya
nada me complace!
De lo que se trata es del
absurdo, del profundo dolor, de
la desgarradura del que se
ofrece, del que deja de ser para
que otros sean, "pobre de rocío
y enorme quetzal de la nada" se
llama a sí mismo el poeta que
entrará a la "azul aridez de
vuelos". La calandria, la
mimosa, las palomas, las aves,
que pugnan por no morir, las que
se resisten, van junto a la
inutilidad de los signos, las
lenguas, los ríos, el mar, las
islas, la amapola, el loto, "los
dolorosos caminos" que no
bastan, que no son suficientes.
Tampoco quiere al sol:
Pero yo no
quiero el sol
que fructifica
en saludos:
quiero la serena
oquedad,
el silencio
vacío que tumba
el ala de los
ruiseñores.
El primer poema del "Canto…", y
volvemos a la polifonía, enuncia
el tema y la variaciones que
sucederán hasta el poema XXVIII.
Todo está dicho, de ahí en lo
adelante solo queda cantar,
hacer obra de los amores.
Las lecturas del poeta, las
referencias, la biografía, su
relación y práctica espiritista,
su militancia independentista,
podrían iluminar zonas, frases
aisladas, crepusculares, podrían
saciar nuestra necesidad de
novedades, pero nunca aclarar el
sentido último del texto, que
empieza a comportarse como un
cuerpo en sí mismo.
La recapitulación que se
anuncia en el poema II no es el
volver sobre las andaduras del
poeta como algunos sugieren, y
no creo que sea una referencia a
la recapitulación paulina
relacionada directamente con la
parusía, sino de una inmediatez
locuaz y palpable, más allá de
las posibles lecturas
relacionadas con el Dios
coránico, o referencia a Isabel
de la Trinidad o al misticismo
trapense tan centrado en el
estar “a solas con el Solo”,
aquí hay una referencia directa
a Dios como Unidad que habla
incluso desde la dolorosa
elocuencia de los "acantilados
rotos" que encuentra plenitud en
la "primera soledad de las olas
sin mar", es decir, en el
momento en el que creador y
criaturas eran lo mismo, cuando
no habían diferencias entre uno
y otro, y que en alguna medida
es ya una obra en progreso,
recapitulada, desde el mismo
momento de la encarnación.
No entender la encarnación como
primer paso para esta
“recapitulación” no nos
permitirá entender el sentido
último de estos versos cuya
clave será el verbo “desnace”,
es decir, no se trata de “nacer”
en el sentido humano, no es
regresar, volver a los capítulos
anteriores, sino hacerlos
nuevos, en alguna medida
hacerlos otros, como los
joánicos cielos y tierras
nuevas, que con cierta
ingenuidad y pragmatismo, muy
gringo, algunos representan como
parques nacionales llenos de
pequeños chalet donde viven
perfectos y prósperos individuos
sajones. Lo nuevo del cielo y de
la tierra radica que serán y en
alguna medida son ya, sustancia
de resurrección, esencia. Unidad
increada.
La voz del texto pasa por asumir
las voces plenas del ser isleño,
las palabras encarnadas.
Resistentes. En Cuba Lezama Lima
canta a Martí como Casa de
las posibilidades, del
alibí, para Francisco Matos
Paoli, en la isla del encanto,
el coro ―y por qué no el ser
nacional― se llama Don Pedro
Albizu Campos: Dirigente del
rocío, fundador del alba,
Piedra de Puerto Rico,
Piedra fluvial y alada…
epítetos tan griegos que se
convierten en fórmulas para
cantar, para que se pueda
asegurar y consumar su esencia
coral, además de la posibilidad
de que la palabra sea conservada
y esté siempre lista para salir
de la boca.
La enumeración de los mártires,
de los hijos de la sangre,
desemboca en la visión del poeta
como “befa mayor de la palabra”.
El poeta solo es una voz tan
frágil que no llega a cuajar,
necesita del yunque y la fragua
para poderse trasfigurar en
fuego, y en ese horno arden
todas las palabras, los verbos,
los que podrán convertirse,
purificación mediante, en llama
del hogar, en yesca de la
comunidad.
Canto al imposible, canto coral
de la isla, resistencia y piedra
angular. Canto de la locura.
Celebración gozosa del ser
puertorriqueño, que alcanzará
plenitud cuando sea entonado
como un himno, como estandarte
colocado en las almenas.
El autor de Enemigo rumor
y La fijeza contaba que
una profesora universitaria
mexicana le había notificado que
por los años en los que se editó
Paradiso en su país los
estudiantes marchaban en las
manifestaciones callejeras
portando el libro abierto por
las páginas en las que Cemí,
alter ego del poeta,
jadeante y presuroso participaba
en la manifestación donde
mataron a Rafael Trejo en el año
30. El Canto de la locura
debería ser enarbolado cada vez
que un puertorriqueño quiera
reivindicar el derecho de su
Isla a ser, cada vez que
queramos celebrarla, como ala
nuestra.
Ojalá que en Cuba algún oído
escuche, algún ojo vea, algún
pecho se abra y más temprano que
tarde podamos levantar gozosos
este canto, hacerlo nuestro. |