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Calificada por algunos como un
thriller y por otros como
comedia de humor negro
—clasificación que acepto y
considero la más adecuada— la
cinta cubana 7 muertes a
plazo fijo, representó sin
dudas un paso de avance en el
cine cubano que se había hecho
durante las primeras 4 décadas
del siglo pasado y en los
primeros 12 años de cine sonoro.
Algunos precedentes que llevaron
a la realización de este filme
—histórico para el cine cubano—
y los principales medios con que
se contó para lograrlo son
tratados en este artículo, así
como una valoración del mismo,
desde una perspectiva actual.
Se lucha por hacer cine en Cuba
Después del comienzo del cine
sonoro en Cuba con aquel éxito
taquillero de La serpiente
roja en 1937, basado en las
aventuras radiales del detective
Chan Li Po1,
prosiguieron los últimos años de
la década del 30 con una especie
de “fiebre” de cine. Los
“enamorados” de hacer cine en
Cuba trataron de hacer un número
relativamente grande de filmes,
y lo lograron en algunos casos,
tomando en cuenta las
condiciones que existían en
aquellos años. Se llegó a crear
inclusive la Escuela Cubana de
Arte Cinematográfico, en los
jardines de los manantiales de
agua La Cotorra, en Guanabacoa.
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En total, hasta 1939 pudieron
filmarse 9 cintas, entre las que
destacan: Sucedió en
La Habana y
Romance del palmar (otro
gran éxito de taquilla) ambas de
Ramón Peón, el director más
experimentado en aquellos años,
quien había regresado de una
estancia en EE.UU. y México2,
y Mi tía de América, de
Jaime Salvador, como las más
significativas. Posteriormente,
en la década del 40, la
producción fílmica cubana bajó
bastante y el promedio fue de
menos de dos películas por año,
ya que solo llegaron a 14
largometrajes los que se
realizaron, sin contar algunas
cintras extranjeras que se
filmaron en Cuba, con
participación pequeña de
técnicos o artistas cubanos, y
algunos documentales y cortos
musicales. De estas películas es
poco también lo que hay de
destacar, pues en general fueron
de baja calidad, tanto artística
como técnica. Solo pudieran
señalarse la filmación de la
primera película de dibujos
animados en colores: El hijo
de la ciencia, en 1948; la
realización de María la O,
producción mexicana-cubana
basada en la famosa zarzuela,
con participación de Rita
Montaner y fotografiada por el
mexicano Gabriel Figueroa, y una
producción realizada por Manuel
Alonso, el llamado Zar del Cine
Cubano, con el título de
Hitler soy yo, una especie
de comedia burlesca sobre el
personaje de Adolfo Hitler,
basada en varios cortos cómicos
que se habían filmado
anteriormente y tomando la idea
de Chaplin en El gran
dictador, de donde se copió
inclusive parte de la
escenografía del despacho de
Hitler. Esta cinta no fue
lograda totalmente, pero
demostró cierto talento de su
realizador.
Manuel Alonso
Alonso, que hasta ese momento, y
también después, llevó una
trayectoria ambiciosa y dirigida
a dominar todo lo relativo a la
filmación y proyección del cine
en Cuba, lo cual casi llegó a
poseer totalmente, se propone
entonces dar un paso adelante en
la calidad del cine de ficción
que se realizaba en esos
momentos y acomete la tarea de
aunar factores para lograrlo
tanto en lo técnico como en lo
artístico.
Equipo técnico
Como primer paso en esa
dirección, Alonso contrata un
equipo técnico de lujo,
envidiable para cualquier
realizador en esos años: Hugo
Chinea, un fotógrafo
suizo-argentino que había sido
laureado en Cannes, un año
antes, como jefe de fotografía,
auxiliado además con un
camarógrafo como Ricardo
Delgado, que era de lo mejor en
Cuba en esa fecha; Dean Cole, un
ingeniero de sonido
norteamericano de buena
experiencia en el cine sonoro,
secundado por un técnico muy
capaz como Alejandro Caparrós y
con la utilización de sonido RCA
Victor de Alta Fidelidad (recién
adquirido), y el cubano Mario
González para el corte y
edición, con lauros en el cine
mexicano, entre ellos un premio
Ariel también el año anterior. A
esto se agregó un grupo de
actores de primera línea,
algunos con poca experiencia en
el cine, pero con probada
calidad en el teatro y la radio
y algo no usado anteriormente:
una supervisora para todo lo
referente al guión y los
diálogos: María Julia Casanova.
La música de la cinta se
encomendó a un compositor de
primera línea como Osvaldo
Farrés y para los números
musicales, que fueron reducidos
en relación a lo acostumbrado en
las cintas cubanas, se
utilizaron a dos buenos
intérpretes como Manolo
Fernández y Elizabeth del Río.
Los puntos más débiles quedaron
en la escenografía y los
decorados, en que pudieron
buscarse, quizá, artistas de
mayor experiencia y calidad,
tómese en cuenta que tampoco era
acostumbrado una dirección de
Arte, en aquellos años.
El tema escogido, fue sencillo y
sin grandes complicaciones, y
esto según afirmó Mirta Aguirre3,
fue una jugada inteligente de
Alonso y apropiada para la
inexperiencia del cine cubano,
el argumento era original de
Obón y Correón y había sido
situado originalmente en Ciudad
México, donde se filmaría la
cinta. Alonso solicitó a los
guionistas Rita Arroyo y Antonio
Ortega que lo trasladaran a La
Habana, pero sin pretensiones
localistas, la historia que se
cuenta podría desarrollarse en
cualquier capital
latinoamericana.
Otro tanto a favor de Alonso en
esta cinta es, sin duda, “el
gancho” de las escenas
iniciales, la introducción a la
trama de una forma ágil y
entretenida que atrapó sin duda
al espectador de la época y que
aún ahora podría atrapar.
Veamos una sinopsis de la misma:
En la noche de fin de año un
banquero prepara una pequeña
fiesta con su familia y amigos
allegados, para la tradicional
espera del año nuevo. Se conecta
la radio y la noticia de última
hora es que un peligroso
asesino, “7 Caras” (Alejandro
Lugo), escapado de la prisión,
se esconde en la misma zona
donde se está celebrando la
fiesta. El asesino aprovecha la
llegada de dos invitados y entra
con ellos a la casa, previa
amenaza de pistola en mano,
atemoriza a todos y plantea su
objetivo de escapar de la
policía que tiene rodeada la
zona. En ese momento hay otra
visita de un personaje
inesperado: un brujo o adivino,
no puede definirse, ni se sabe
de donde ha llegado, que se dice
llamar Crisantemos (Ernesto de
Gali). Sin el menor temor a “7
Caras” le anuncia la fecha de su
muerte y le dice que esa noche
no será, que escapará sin
problemas. Después anuncia la
fecha de la muerte de otros de
los presentes, con fechas y
horas exactas, y de un papagayo
existente en la casa, el cual
moririría a las 12 en punto. “7
Caras” finalmente logra escapar
por el balcón, la sentencia del
papagayo se cumple a causa de un
rayo y la tensión aumenta: las
primeras profecías de
Crisantemos se han cumplido, ¿se
cumplirá el resto?
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Aunque estas escenas están
tratadas con seriedad y rigor,
hay un cierto tono de comedia en
el ambiente, luego completado
por el funerario (Adolfo Otero),
que empieza a proponer la venta
de panteones a los presuntos
futuros fallecidos.
Podemos decir que en estos 20
primeros minutos, solo falla un
tanto la escenografía de la casa
del banquero, algo cursi y fuera
de tono, pero no hay duda de que
la cinta “atrapa” al espectador
y fluye con agilidad e interés
continuado.
Desarrollo de la trama
Al marcharse Crisantemos, el
reportero de El País
(Rosendo Rosell), lo sigue y lo
interroga. Está preocupado por
ser uno de los siete anunciados
para morir. Crisantemos le
confiesa que solo morirán 3 en
realidad de los anunciados (esto
da un vuelco a la profecía
inicial).
La trama continua, siguiendo el
personaje del bandido “7 Caras”
y su desenlace, lo cual se
consigue de una forma bastante
lograda, sobre todo su captura,
cuando este visita a su madre
enferma. Hay una delación y la
policía lo cerca, con el
consiguiente tiroteo, que
recuerda escenas del cine
“negro” de los 40. La muerte de
“7 Caras” confirma la predicción
del enigmático Crisantemos y
entonces la acción se deriva a
los siguientes profetizados para
morir, los cuales en realidad
serán solo dos de los seis
anunciados.
El hilo de la cinta es seguido
ahora a través de dos personajes
principales: el reportero y el
funerario, quienes van
recorriendo la vida de los
distintos personajes, lo cual se
va desarrollando con toques de
dramatismo y de humor, y son
manejados con un balance muy
nivelado que es a nuestro juicio
uno de los mejores tantos a
favor de Alonso.
La presuntas fechas de la muerte
para el banquero (Eduardo
Casado) y el detective (Hugo
Montes), son tratadas en
diferente forma: mientras la
crisis del primero se hace
dramática y se relaciona con la
venta de acciones en la bolsa y
la incredulidad de sus
subalternos que no entienden sus
decisiones, otra historia se
cuenta con el detective, quien
tiene que hacer su boda un día
antes de la fecha fijada para su
muerte, con el fin de aprovechar
por lo menos una hora de luna de
miel. Esta historia es tratada
en un tono de comedia ligera,
que sin duda se logra con éxito
y en la cual aparecen actores
cómicos de primer nivel como
Julito Díaz y una aparición
especial de Garrido y Piñero.
El personaje del reportero,
interpretado por Rosendo Rosell,
que aquí se nos presenta en el
papel de un joven dinámico que
posteriormente cae en depresión
al ver que es uno de los
señalados para morir, centra la
etapa final de la cinta cuando
el desarrollo de las
predicciones va creando una soga
alrededor de su cuello, hasta
llegar al clímax, cuando él o el
sacerdote deben morir. El
desenlace final, a mi juicio, es
acertado de acuerdo al estilo en
el que se desenvuelve la cinta.
El guión y las actuaciones
Los mayores lauros de la
actuación, un factor de gran
importancia en el éxito que tuvo
esta cinta, se otorgan a Ernesto
de Gali en el papel de
Crisantemos, el enigmático
adivino. Alejandro Lugo estuvo
muy completo en la
personificación del bandido “7
Caras” y el “gallego” Adolfo
Otero como el funerario brindó
el tono de humor negro que
adereza la cinta, aunque el
elenco de actores en general
tiene una actuación bastante
pareja, ayudados por un guión
mejorado por María Julia
Casanova, que logra romper la
ramplonería de los diálogos
acostumbrados en el cine cubano
precedente y le otorga fluidez y
agilidad a los mismos. Entre los
personajes femeninos, todos muy
bien, destacan Raquel Revuelta
(como la esposa del banquero),
Maritza Rosales (en su primera
actuación de importancia en el
cine cubano) y Carmita Ignarra
(como la novia del detective),
que logran momentos brillantes
en las diferentes situaciones,
sin necesidad de utilizar en
ningún caso el erotismo o
“sensualismo oroliano”
predominante en esa etapa.
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Fotografía y edición
Si exceptuamos la ausencia casi
total de primeros planos y los
pocos exteriores que se muestran
en la cinta, la fotografía del
binomio Chiesa-Delgado puede
considerarse entre lo mejor del
cine cubano logrado hasta esa
fecha. La misma logra sobresalir
también por el magnífico corte y
edición a cargo de Mario
González, con la supervisión de
Alonso que logran por vez
primera que una cinta cubana se
desarrolle con una fluidez y
agilidad que no envidiaba a
ninguna cinematografía
latinoamericana de la época,
eliminando todas las tomas y
planos innecesarios que eran
acostumbrados y las largas
escenas musicales que nada
aportaban.
El sonido y la banda sonora
Si la mayoría de las películas
cubanas sonoras de los 30 y los
40 basaban en la música sus
escenas principales y llenaban
de canciones una gran parte de
ellas, esta cinta es una
excepción que rompe con lo
acostumbrado. No hay un tema
musical que predomine en ella,
ni es la música un pretexto para
desarrollar el argumento o parte
del mismo. Sin embargo, el
sonido, encomendado al
norteamericano Dean Cole, es el
mejor logrado por una película
cubana hasta ese momento.
Todavía hoy las copias de la
cinta pueden disfrutarse con un
sonido fresco y claro, algo
difícil de lograr con otras
cintas de la época. La música
encomendada a un exquisito
compositor como era Osvaldo
Farrés, cumple su cometido sin
que sobresalga como algo
especial.
Es cierto que hay momentos
musicales que hoy nos parecerían
un poco largos e inadecuados,
pero recordemos que eso era lo
usual en aquel cine sobre todo
méxico-cubano de los años 40 y
no podía suprimirse todo de un
brochazo. Hay solamente tres
números musicales en la cinta y
esto ya es bastante. La primera
coreografía es la más larga y,
sin duda alguna, un corte
hubiera dado un mayor dinamismo
al filme. El resto de los
momentos musicales, puede
decirse que son aceptablemente
adecuados al ritmo de la trama,
con lucimiento para los
intérpretes.
Una valoración final
Vista a 58 años de su estreno,
que fue también un éxito de
taquilla y se mantuvo en
cartelera durante varias
semanas, la cinta que analizamos
(2do. largometraje de Manuel
Alonso) representó sin duda un
paso de avance notable para el
cine cubano de ficción,
principalmente en el aspecto
técnico, sin demeritar sus
méritos artísticos.
Como conocemos, una gran parte
del “viejo cine cubano”,
principalmente el silente, se ha
perdido definitivamente y no es
posible hacer un análisis
completo de los primeros 60 años
de cine en Cuba —período pre-ICAIC.
Sin embargo, esto no quita que
podamos hacer una evaluación
bastante aproximada, sobre todo
del cine sonoro realizado en
aquella etapa, ya que por suerte
y gracias a algunas situaciones
casuales que salvaron una gran
parte de largometrajes sonoros
de los 40 y 50, aún podemos ver
y analizar gran parte de ellos.
Partiendo de esto, podemos
afirmar que la cinta 7
muertes a plazo fijo
clasifica sin lugar a dudas
entre las cinco mejores cintas
sonoras de ficción realizadas en
todos esos años, a la que
pudieran unirse Casta de
Roble, del propio Alonso,
La Renegada y La única,
ambas de Ramón Peón, y La
vida comienza ahora, de
Vázquez Gallo, en una selección
realizada rápidamente y quizá a
vuelo de pluma, pero que no debe
alejarse mucho del criterio de
la mayoría de los historiadores
del cine cubano. Adicional a
esto, no hay dudas de que por
ser la primera realizada de ese
grupo, 7 Muertes a Plazo Fijo
significó “la mayoría de
edad para el cine cubano”5.
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Notas:
1-Para más datos sobre esta
cinta, ver el artículo “70 Años
de la Serpiente Roja”, del mismo
autor en “La Jiribilla” digital,
No. 347.
2-Una ampliación de la obra de
Ramón Peón, puede verse
detalladamente en la obra “El
hombre de los glóbulos negros”
de Arturo Agramonte y Luciano
Castillo Ed. Ciencias Sociales,
2003.
3-Aguirre, Mirta: Siete Muertes
a Plazo Fijo, en Hoy, Revista
Popular del Sábado, 21 de
Octubre de 1950. Incluido en la
obra Crónicas de Cine, selección
de O. Miranda y M.Castillo.
Editorial Letras Cubanas, La
Habana, 1989. Tomo II, Pág.
97-100.
4-Aguirre, Mirta, Obra citada.
5-Aguirre, Mirta, Obra citada.
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