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Como un privilegio para las
pupilas y un escenario para el
enriquecimiento estético debe
considerarse esta colección de
obras que dan cuenta de diversos
estadios en la historia de las
artes plásticas cubanas.
Una colección de tal naturaleza
posee el alcance de una
antología mínima, sumamente útil
no solo para el bautismo en los
caminos de la apreciación
artística, sino también para
aprehender la consistencia de
una construcción visual
íntimamente vinculada a la forja
de nuestra nación y el
desarrollo de nuestra identidad
cultural.
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Desde la imaginería prebarroca
de Vicente Escobar, aquel mulato
de origen humilde que llegó a
las aulas de la Academia
madrileña y regresó a su isla
con afanes propios, hasta la
filiación expresionista de
Antonia Eiriz; desde el realismo
cultivado sucesivamente en el
reflejo de personas y paisajes
por parte de Leopoldo Romañach,
Antonio Rodríguez Morey y
Domingo Ramos, a las rupturas
vanguardistas de Eduardo Abela,
Fidelio Ponce de León, Amelia
Peláez y Marcelo Pogolotti;
desde los colores festivos de
René Portocarrero y la evidencia
de los temas recreados por
Mariano Rodríguez a la explosión
del pop en Raúl Martínez y la
resonancia lírica de la línea de
Servando Cabrera Moreno, sin
olvidar la abstracción en la
obra de Martínez Pedro, todos y
cada uno de estos cuadros
confirman un marcado sentido de
pertenencia.
La visualidad cubana no es solo
luz, color, estruendo y caricia;
es también misterio, raíz,
interrogación. Es múltiple y
diversa. Pero, por sobre todas
las cosas, es resistencia y
afirmación. Continuidad y
ruptura, que mantienen y
reafirman nuestra versátil y
plural identidad.
De cada uno y del conjunto que
se muestra, podría decirse lo
que alguna vez señaló nuestro
José Martí al juzgar la
distancia entre la intención y
la plasmación artística: “Un
pintor demasiado humano no
podría concebir una figura que
no está probablemente en su
corazón, y que no está
seguramente en la atmósfera que
respira en la sociedad en que se
mueve”.
Bueno será que esta colección se
convierta en punto de partida
para otra mayor, enriquecida en
el tiempo. Que el gesto generoso
promovido por un artista que
donde quiera que va lleva en su
alma los esplendores de esta
pequeña isla, sirva de acicate
para que los lugareños sientan
como suya la riqueza que estas
obras reparten. Que los dones de
estos cuadros fertilicen para
siempre la mirada de los
espectadores privilegiados de
hoy y de mañana.
Palabras del catálogo de la Sala
de Arte Cubano, primavera de
2008. |