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A partir de 2000 el trovador
cubano Inti Santana no ha parado
de generar canciones y
proyectos: hoy, a pesar de su
aún breve carrera, cuenta con
varias producciones
discográficas como El riesgo
del juego de 2003 (Colección
A guitarra limpia),
Antologías Puntal Alto (Vol.
I y III), todo producido
por el Centro Cultural Pablo de
la Torriente Brau.
Además el músico se las ha
agenciado para, con factura
independiente, concebir Todo
empieza cuando...,
Agujeros en la ruta 20 y
En Vivo (2003-2006) y
presentarse en importantes
escenarios de La Habana como la
sala Che Guevara de la Casa de
las Américas, en los teatros
Hubert de Blanck, Bellas
Artes y auditórium Amadeo Roldán
y en los Centros Culturales
Pablo de la Torriente y Dulce
María Loynaz.
También —indispensablemente
apoyado por la productora Mari
Hue Fong— se ha ocupado y
preocupado por abrir espacios
para la difusión de la trova,
algunos con más éxitos que
otros. En estos momentos
defienden el proyecto La
Tanda bajo el criterio de
Trova-Café que una vez a la
semana se desarrolla en el
Centro Cultural Cinematográfico
Fresa y Chocolate,
ubicado en la calle 23, una de
las arterias más importantes y
concurridas de la capital
cubana.
Y ese concepto de Café,
infusión cercana y que pone
acento en la intimidad, se ha
convertido en una suerte de
fetiche para Inti, quien el
próximo jueves 12 de junio, a
las 7 p.m., y auspiciado por el
Centro Nacional de Música
Popular, ofrecerá en la sala del
teatro del Museo Nacional de
Bellas Artes su próximo
concierto que, precisamente, ha
titulado Café África, pero ¿por
qué?
“Es como un Café de lo
alternativo, imagínate un Café
donde la música que escuchas no
es ‘la que le gusta a la gente’,
o sea la hegemónica, sino la que
un grupo de gente adora y
disfruta, donde todo esté en
función de esa estética
específica.
Nosotros soñamos en el Café de
la trova que, inexplicablemente,
no tenemos en La Habana, pero
también es necesario pensar en
el rock, el hip hop, entre
muchísimas estéticas que
reclaman su espacio. Por eso, es
el Café de lo alternativo como
contrapartida al Café
hegemónico, que vendría siendo
como una cafetería impersonal
donde Don Omar y Marco Antonio
Solís, vestidos de camareros, te
obligan a pagar un mojito
adulterado.
Café África porque no hay, casi,
nada más alternativo que el
continente madre. Siento una
deuda enorme con la música
africana y me gustaría escuchar
con más naturalidad en los
medios de comunicación a los
grandes de ese continente que
nos aportó ingredientes
culturales vitales y no me
refiero, solamente, a la cultura
cubana. Ahí está ese polo
tremendo que es Brasil y también
el blues y el jazz, hoy géneros
universales con raíces afro.
¿Qué puntos en común posee este
concierto en relación con otros
anteriores y qué de diferente?
En todos los anteriores está
presente la fusión musical, pero
en Café África la mayoría de los
temas incluyen elementos de
origen africano. Me gusta ir
jugando con sonoridades extrañas
o poco conocidas e ir
adicionándolas a las más
propias, como una manera de
enriquecer lo que ya existe.
Hay sonidos que uno va
prefiriendo y un día me di
cuenta de que muchas de esas
predilecciones tenían un "abuelo
africano", o eran propiamente de
allá, como ese grande que se
llama Salif Keita y que en Cuba
es un gran desconocido.
Lamentable.
Excepto cuatro canciones, las
demás se han escuchado, pero no
aglutinadas con ese criterio
musical. Un reto ha sido que lo
musical no se ‘trague’ las
letras y eso es algo que siempre
tenemos presente: trabajar para
que todo se entienda. Uno es
trovador y es fundamental que se
comprendan las letras, el
mensaje.
Según se ha comentado, el uso
del audiovisual será una suerte
de “invitado de honor” en tu
concierto, ¿cuál es la lógica
de esta inclusión?, ¿por qué
recursos estás apostando?,
¿acaso la interacción con el
público se está convirtiendo en
una personal herramienta para la
comunicación?
Un concierto es algo más que la
oportunidad de cantar canciones.
Disfruto poner a dialogar
diferentes lenguajes artísticos
y que todos se apoyen mutuamente
en función de una idea.
En este caso el audiovisual
tiene un tono de reportaje y
viene a calzarnos la idea de la
necesidad de aquel
café
alternativo, ¿existen
cafés
alternativos en La Habana?
¿Cumplen su función? ¿Qué podría
ser diferente para que este
panorama mejore?
Esas, quizá, podrían ser algunas
de las preguntas que despiertan
la inclusión de los
audiovisuales que acuden a
códigos inmediatos y que aportan
otro lenguaje un tanto más
distante al de las canciones
que, generalmente, es más
poético y sensual.
Con tantos trovadores (buenos y
amigos), ¿por qué elegiste a
Eric Méndez y Pedro Beritán para
que te acompañen en Café
África?
Porque además de ser buenos
cantautores, se mostraron
enseguida dispuestos a la
batalla. Porque esto de hacer un
concierto es una cruzada donde
la recompensa no tiene forma de
billete, es a pura bomba y tiene
que haber una identificación
importante con el trabajo que
vas a hacer.
Por suerte, todavía nos
divertimos haciendo esto juntos
y de ese intercambio uno siempre
sale más grande y feliz. Cada
gente nueva que se suma te
enriquece y con ellos nunca
había compartido un concierto;
un poco responsable de esto es
La Tanda, ese espacio que todos
los jueves nos hace cantar y
acompañarnos.
Saúl Bergman (guitarra
eléctrica), David Hernández
(percusión), Alberto Miranda
(bajo), Janio Abreu (clarinete),
David Reyes (saxofón) y Yasek
Manzano (trompeta) arroparán tus
canciones. ¿Acaso una necesidad
el apoyarte en otros
instrumentos e ir dejando atrás
la imagen del trovador, en
solitario, con su guitarra?
Desde que organicé mi primer
concierto hago cosas así. Es una
necesidad expresiva que nace
desde que compongo el tema, ¡ojalá
siempre pudiera tocar con
músicos de ese nivel!, mientras
tanto me defiendo con la
guitarra y aprovecho estas
ocasiones de lujo.
Es como una relación odio-amor:
me paso el tiempo queriendo
cantar tal canción con la banda
y, luego, me gusta más
desnudarla y regresar al
trovador con su guitarra. Es
así, ¿qué le voy a hacer?
Sientes que estás llegando (o
que has llegado) a un punto de
giro en tu carrera. ¿Ya te
consideras eso que llaman
“trovador maduro”?
¡Claro que no! Solo tengo que
oír, en soledad, la grabación de
algún concierto para darme
cuenta de lo mucho que me queda
por madurar, mientras tanto me
divierto haciendo y cantando
canciones.
La sala teatro del Museo
Nacional de Bellas Artes, se ha
ido convirtiendo en un espacio
que favorece la promoción de la
trova como género musical. ¿Es
suficiente?
Es uno de los escasos espacios
que funciona muy bien para
músicos que no convoquen a miles
de espectadores; está, también,
el Centro Cultural Pablo de la
Torriente Brau que lleva
12 años defendiendo la trova.
Hace unos dos o tres años el
Centro Hispanoamericano de
Cultura se ha sumado, pero son
muy pocos teniendo en cuenta que
no solo sirven para los
trovadores, sino para muchos
proyectos relacionados con el
jazz, la música de concierto y
la cancionística en general,
entre otros.
No, no es suficiente. Hay otros
espacios, pero o no son
sistemáticos o el audio es
lamentable o te atienden como si
quisieran que hicieras el
concierto rápido y te acabaras
de ir.
Junto a Marihue Fong (como
productora), en el Centro
Cultural
Fresa
y
Chocolate
impulsas La Tanda,
proyecto auspiciado por el
Centro Nacional de Música
Popular. ¿Cuáles han sido las
mayores alegrías en este breve,
pero intenso tiempo de trabajo?
Descargar con casi todos los
trovadores de la Isla, sentir
que la trova tiene un público
joven que se renueva y que cada
jueves repleta Fresa y
Chocolate, hacer nuevos amigos y
constatar de cerca un gran
sentimiento de esperanza: cuando
los que amamos la trova cerramos
filas, se la ponemos difícil a
la burocracia. Es una noción,
pero ilumina. |