Año VI
La Habana

7 al 13 de JUNIO
de 2008

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Entrevista con David Jaime Veitía

"A los niños hay que darles lo mejor"

Mabel Machado • La Habana

 

Cuando la edad del retiro se acerca, parece que hay urgencia de decir. David Jaime Veitía, próximo a cumplir los sesenta años, no quiere que se le escape nada en el relato de su vida ligada a la animación, como no quiere dejar morir la tradición que fundara con algunos compañeros del ICRT en los años siguientes al triunfo de la Revolución. El bisoño instructor de arte que pasó su servicio social en Mina de Buey Arriba en la Sierra Maestra, aprendió con esa experiencia que el arte sale de las cosas simples, y que la falta de ingenio no puede escudarse en escasez de recursos, porque un guajiro le enseñó  a hacer de una yagua, un lienzo.   En 1967, la dirección del Instituto Cubano de Radio y Televisión determinó que los dibujos animados norteamericanos debían ser sustituidos por producciones nacionales, y se habilitó un curso para formar profesionales en esta rama. David sale de esta primera promoción y recuerda la confluencia en espacio y tiempo con animadores de los años ´50 como Gaspar González y Luis Castillo. “No había mucha experiencia ni exigencia –comenta-.Una enseñanza del dibujo animado en seis meses era muy incipiente, más cuando las procedencias eran muy diferentes. Teníamos que dedicarnos a perfeccionar el trabajo”. Por eso, aunque el edificio de la otra esquina de 23 y M se dedicó por entero a la producción industrial de cartones, el esfuerzo se encaminó en lo fundamental a la propaganda para la Revolución, trabajos de carácter educativo y algunas canciones infantiles.  

Jaime cuenta que “para 1974 se reconoció que habíamos llegado a dominar la técnica de animación y que entraríamos a sustituir los dibujos de entretenimiento con nuestros propios cuentos, canciones infantiles, historias, en su mayoría de cinco minutos. Ahí aparecieron los ya legendarios Guaso y Carburo, Los Pirulí y muchos otros”.  

Entonces se dio el boom del dibujo animado en Cuba. Aparecieron grandes producciones y las obras traspasaron la pantalla chica para insertarse en certámenes internacionales. Muchas fueron merecedoras de elogios, premios y reconocimientos. En esta etapa también, cubanos dedicados a mundo del animado fueron a estudiar a los países socialistas y, a decir de Jaime, “regresaron con un alto nivel, ya que allí se tenía mejor tradición que la nuestra y manejaban otros conceptos, donde la publicidad no se usaba de manera indiscriminada como en los países capitalistas”.  

Fue de este influjo de la estética socialista, que se dio en Cuba la invasión de los “muñequitos de palo”. Una forma de hacer que marcó a toda una generación que hoy la reacuerda con reticencias, sobre todo por haberse erigido, en sus primeros momentos, en calco de sus inspiradores, cuyas costumbres, modos de vida y ritmos, eran tan diferentes a las dinámicas del Caribe. “De palo”, son los animados que ha escogido David para entregarle sus fuerzas. Claro, después de aquellos rechazos, muchos como él entendieron la necesidad de redimensionar la técnica de la animación corpórea y el sentido de las obras, para que fueran entendidas y justamente valoradas en el contexto cubano.

David Jaime defiende la técnica que admiró de un publicista norteamericano en una obra que no olvida: “El cuervo y el espantapájaros”. Habla de otros referentes como el teatro de títeres y las paradigmáticas obras checas como “Canción de la Pradera”. Recuerda que, cuando la labor con la animación corpórea empezaba a dar sus mejores frutos en los estudios del ICRT, irrumpió nefasto el Período Especial. “la producción se deprimió mucho, porque la técnica era de elaboración: trabajábamos con laboratorios, películas. De pronto fueron desapareciendo los recursos, no había manera de capturar las imágenes, no existían las ventajas de la informática. Nos pasamos alrededor de ocho años sin hacer dibujos animados. Fueron dispersándose y desapareciendo los precursores del género de la animación cuadro a cuadro. Quedamos solo dos, Roberto Sarría y yo”.  

Para que no arrase el viento del olvido

“A nosotros nos preocupaba grandemente la continuidad de un trabajo de tantos años y tanta dedicación –explica el veterano animador-. Por ello, convocamos a dos cursos donde hemos preparado un relevo que está trabajando desde hace seis años fundamentalmente con la técnica de la animación corpórea. Todos son mejores que yo. Creo que en eso radica la mayor satisfacción de un maestro”.  

Como maestro, piensa que los horizontes de la educación están muy vinculados al animado: “Se hace imprescindible inculcar valores. Yo creo que a los niños hay que darle lo mejor. Por ello, no me canso de decir que hay que otorgarle una mayor importancia a la programación infantil en la televisión. Estamos trabajando sobre una generación que es el futuro del país. Si no los cuidamos, vamos a malograr lo que hemos hecho, y necesitamos la continuidad de este proceso completo. Tenemos que hacer mucho porque la frase de que no hay nada más importante que un niño, no suene hueca”. 

¿Que importancia le concede al animado para adultos?

Es vital, sobre todo para generar reflexiones de carácter filosófico, para afianzar conceptos, para sintetizar.  Es muy útil en los jóvenes, para apoyar el cambio en el que se empieza a ver la vida desde la realidad y ya no desde la fantasía, para llegar a conclusiones sobre la vida que indican nuevos caminos.  

Lo que queda por vivir…

David Jaime es de los consagrados que no abandonan el trabajo hasta altas horas de la noche. Sin embargo, ya piensa en buscar la tranquilidad, y la manera de alimentar “un bichito que pica desde hace rato”. El antiguo compañero de estudios de artistas como Choco, Ernesto García Peña, Isabel Jimeno y Fúster piensa “desarrollar un poco la plástica, necesito ver de qué manera puedo vincular las dos cosas. Lo esencial es que tengo pintura, pincel, lienzos… y pinto. Me gustaría hacer trabajos de tesis y artesanías. No quiero sentarme en un sillón, pero ya estoy buscándole un destino al barco de mi vida”.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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