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Con sus filas de estrictos casilleros,
ansiosos, dóciles al fin, los
crucigramas hacían la más completa
obsesión del gran Alfonso. Toda vez que
lo vi resolver ese entramado sinuoso y
displicente, sentí que era feliz y que
esa felicidad, por su contagio, escondía
un peligro extraño. Enorme de estatura,
más bien delgado, serio; era poco común
hallarlo alegre aun cuando empleaba sus
escasas bromas. Su personalidad se hacía
objeto de duros comentarios, aunque yo
prefería no sumarme a esas tiradas de
insípidas diatribas. Apenas conseguía
comunicarse con los profesores, vencidos
los imprescindibles asuntos laborales,
quienes lo tildaron de sabelotodo,
autosuficiente, egocéntrico, y otros
tantos calificativos comunes y afectivos
de los que suelen servirse para
encasillar en la marginalidad a
cualquier trabajador incómodo. Por mi
parte, contaba con el privilegio de
verlo, cada martes, mientras cumplía con
su guardia semanal como si fuese un
fantasma enclavado sobre uno de los
muros del edificio docente. Me había
ganado el derecho a sostener con él
conversaciones extensas.
—¡El gran Alfonso!
Era el cliché de mi saludo; y un
chasquido de manos apenas efusivo.
Cada martes, mientras hundía sus codos
en el muro y dejaba que su vista se
posara en un punto indefinido, me
esperaba, es algo que puedo asegurar.
Acaso quería parecer el capitán de un
buque fantasma —esa escuela con sus
vivos colores en medio de los verdes del
paisaje— y desbordar sus pensamientos
contra los naranjales, como si fuesen
boyas dormidas y lumínicas.
Verme salir de mi larga jornada de
dicción y juegos de significados
arduamente explicados, bastaba para que
me abordara, en ristre su tema favorito:
el inglés y sus giros idiomáticos.
Consultaba después, como ante un
diccionario humanizado, palabras,
frases, combinaciones y giros del
sentido, en su pronunciación precaria,
casi escolar, aunque entregada con
dignidad de profesor de altos estudios.
Y concluía con vitales esfuerzos para
hilvanar en un diálogo —al que yo
accedía como si él fuese un perfecto
angloparlante— aquellas expresiones
acumuladas en jornadas nocturnas
mientras toda su familia se abandonaba
al éxtasis televisivo.
De los crucigramas, el gran Alfonso
hablaba en muy pocas ocasiones.
Si descubría que el cansancio me
hostigaba, pasaba a temas literarios.
Neruda un genio; y parrafadas extensas
de sus versos. García Márquez un vivo
redactor que supo emplear estilos que
estaban en el aire, fáciles de capturar
por el ambiente. Carpentier un francés
muy nostálgico de Cuba; y sesiones de
remedar pronunciación y acento. Vallejo
un loco obsesionado porque no comprendía
el sano decursar de las palabras, la fe
de la oración. Hemingway, Dos Passos y
Truman Capote, verdaderos escritores,
gente que sí sabía crear para lectores,
personas con calma comunicativa. Y
remataba con su intensa diatriba contra
aquellos poetas empecinados en escribir
a base de recónditas metáforas, imágenes
surreales y complejas figuras
literarias.
—Para colmo —sentenciaba, tal vez sin
comprender que, de acuerdo con mis
intentos poéticos, recibiría su andanada
como una acusación directa— renuncian a
usar puntos y comas y cuántos signos el
idioma creó para suplir la carencia del
tono en la escritura.
—El gran Alfonso, caramba.
Así plantaba mi modo más sano de
evadirlo; de abandonarlo sin rechazo,
sin el perenne desafío con que los demás
compañeros lo trataban.
—¡Y hasta se tragan las mayúsculas! A
nada llegan, te lo aseguro —añadía, como
si fuese el rector de los poetas.
En otras ocasiones, cuando Alfonso
conseguía evadir estos escollos y la
conversación, tan cercana al monólogo
conferencista, duraba un poco más, se
hundía en un tema que lo apasionaba: los
novelines del oeste. Llegué a pensar que
había leído algunas más de las que
podían haber sido escritas, que al
soñar, sobre el vértigo onírico (frase
suya), componía nuevas historias.
Conocía en sus mínimos detalles las
obras de Marcial la Fuente Estefanía,
nombre que pronunciaba con tono de
impecable locutor radial, para seguir
entonces con la perfecta narración de
sus instantes de mayor estereotipo.
Ironizaba buscando un preciosismo que en
no pocas ocasiones se dejaba vencer por
la complicidad. Acto seguido la
emprendía con las novelas de Corín
Tellado, remedando una música trivial y
adulterada. En este momento sí conseguía
una sátira distante, aguda y agresiva.
Nada lo unía a esa retahíla genérica de
novelines que, literalmente, se
deshacían en las manos de múltiples
lectoras. Pero muy poco hablaba de los
crucigramas, que eran su diversión por
excelencia.
Y, en aquellos aislados momentos en que,
empleando senderos indirectos, lograba
adentrarlo en ese tema, el
apasionamiento, liberado el dique,
desbordaba cualquier extremo de la
imaginación. Podía discriminar, en la
linealidad del método y con detalles de
lujo ya exquisito, un sinnúmero de
estilos, normas y maneras de
confeccionarlos, así como una profusa
lista de caminos posibles para su
solución. Tenía criterios bien
determinados acerca de las tablas de
salvación de cada autor y describía
montones de recursos eventuales y
cañonas. No dudo que de algún modo fuese
cierta la leyenda de que podía
prescindir del cuestionario. Su pasión
lo llevaba a competir consigo mismo; a
medir el tiempo y a proponerse metas
cada vez más insólitas, como llenarlo a
la zurda o con un ojo vendado o con
dolor de cabeza, diarreas o cualquier
otra enfermedad. En momentos de vívido
entusiasmo, confesaba cuántos minutos
empleaba con regularidad para cada una
de las publicaciones, que no eran pocas,
pues tenía múltiples amigos extranjeros
cuya correspondencia se llenaba con
crucigramas de los más insospechados
temas y maneras. Su colección,
encarpetada, clasificada con rigor,
ocupaba el sitio de estricto privilegio
entre sus pertenencias. Me lo había
revelado en uno de esos momentos de
extrema solidaridad, y hasta me había
prometido que, si alguna vez lo
visitaba, me concedería el honor de
permitirme hojearla. Ese era el gran
Alfonso, siempre como un coloso retraído
sobre el buque fantasma en el que
transcurría nuestra vida de esmerados
profesores, de jodedores forzosos ante
cualquier peligro de monotonía.
Alfonso tenía un alto número de
detractores. Lo sabíamos todos, incluso
él mismo. Por eso contrarrestaron mi
intento de elogiarlo, de concederle al
menos la supremacía en el trivial hecho
de resolver los crucigramas, aquella
confesión un poco involuntaria en una
tarde de vapor y cansancio. Le opusieron
a alguien que, por su noble carácter, su
gusto común y su discreto sentido del
humor, gozaba de popularidad: Pinto;
Ramón Pinto Sánchez, estudiante del
penúltimo año del Instituto Superior
Pedagógico y, por tanto, profesor de
práctica en la escuela. Si hombre tan
noble, cortés y amable, aceptaba el
desafío, no había por qué sospechar de
crueles doblefondos. Se pactó el
enfrentamiento para un jueves, a
mediodía, en el Salón de Producción, que
era espacioso y radicaba bajo las
órdenes del propio Alfonso.
—¡El gran Alfonso! —lo animé, sin la más
mínima ironía.
Delimitaron el área para el público, la
zona de juego, la mesa de los jueces y
el ágil reglamento. Profesores,
estudiantes de práctica docente,
personal de servicio y de
administración, se congregaron como
habituados a parecer en asuntos tan
curiosos. Y al menos dos de las alumnas
que Alfonso empleaba para el papeleo de
su cargo consiguieron quedarse para
admirar la competencia. Hábil, dinámico,
seguro. Pinto hacía que su destreza
también fuese admirable. Su lápiz pasaba
sobre las cuadrículas con la prestancia
del mejor surfista, pero sin la más
mínima salpicadura, sin tachaduras ni
borrones. Parecía, casi tenían razón sus
defensores, un paladín del crucigrama.
Eso sí; jamás lo había escuchado
jactarse, ni por insinuación, de
semejante habilidad.
Ambos llegaron a un tiempo a la última
palabra. Cada cronómetro se detuvo en la
misma centésima de segundo, de manera
tan impresionante, que los numerosos
partidarios de Pinto no atinaron a sacar
la ventaja del empate en esas
situaciones de público a favor. Pero el
pacto quedó ya para siempre. Como dos
pistoleros que van al final del novelín.
La tradición se fundó y cada jueves
había crucigramas disponibles en el
Salón de Producción. Y cronómetros
listos y jueces imparciales a pesar de
que el público, en pleno, asistía con la
esperanza de que Alfonso perdiese en
esta vez. Como los jueces eran nombrados
por los competidores, fui juez en cada
uno de los desafíos y aprendí a sentir
el peso específico de las casillas y,
sobre todo, la densidad del tiempo en su
más mínima medida, cronómetro en mano,
ante el accionar apacible de Ramón Pinto
Sánchez. También aprendí a llevar con
dignidad el peso bruto de la antipatía y
la marginación, porque esos constantes
nombramientos y esa confianza manifiesta
en la expresión "El gran Alfonso",
hicieron que el rechazo alcanzara para
mí. Yo era imparcial y nunca sorprendí
en Pinto el más mínimo reproche, ni
siquiera en sus ojos que, eso sí,
enrojecían mientras ganaba las filas de
cuadrículas. También su piel, roja como
las tierras de labranza más allá de los
vastos naranjales, y sus pecas, parecían
exaltarse en el instante más vivo de la
competencia. Pero ello era normal; no
podía verlo como una señal de desafío.
El resultado invariable, idéntico una y
otra vez, lejos de hacer monótono el
certamen, avivó el interés. Las sesiones
se extendieron a cualquier tiempo libre.
Con rapidez pasmosa se organizaba la
contienda y acudía todo aquel que no
tuviese ocupación impostergable. Incluso
el alumnado, aunque permanecía sin ser
autorizado a entrar, se mantenía
informado y, aquellos que podían,
esperaban la noticia a la puerta del
Salón, y hasta apostaban algún que otro
almuerzo o prendas de vestir. No es que
el régimen docente o productivo se
detuviera para atender al desafío, como
en esos duelos imprescindibles del
oeste, sino que todo crecía a la par del
curso cotidiano, junto al ritmo habitual
del régimen tranquilo de la escuela; sin
posponer una clase, sin dejar de cumplir
con las tareas. De ahí que ni la
directora, ni los subdirectores docente
o de internado, siempre lejos de toda
iniciativa común, impersonales y
distantes como capo brechtiano, se
atrevieran a vetar el suceso.
Pero la competencia era febril.
Alfonso dejó de hablarme de temas
literarios, abandonó el aprendizaje de
giros idiomáticos y las comparaciones
entre la frase en inglés y en español y
hasta sus vivas dramatizaciones de los
novelines del oeste, para hablar sólo de
cómo resolvía este crucigrama y este
otro, para advertirme, como si fuese yo
el competidor, las trampas que podían
aparecer en ese juego de casillas
aparentemente inofensivas. Correspondí a
su confianza dejando de llamarlo El gran
Alfonso. Él sospechaba, aunque es justo
decir que no lo confesó, que su rival se
preparaba gracias a la complicidad de
los incansables donadores. Nadie podría,
pensaba, resolver tantos crucigramas a
su propio ritmo. Pero asumía la posible
componenda con una dignidad estoica.
Como yo continuaba siendo el único
destinado a comunicarme con Alfonso, y
como aquellas jornadas de tiempo
sostenido en mi pulso habían logrado
afectar mis intenciones literarias,
pensé que estaba ante el momento
propicio para averiguar si había fraude
y, de ser cierto, imponer justicia.
—Si algún día Alfonso se lleva la
victoria, —había dicho un bromista,
organizador activo de los desafíos—
habrá crisis en Educación, porque todo
el personal de esta escuela es capaz de
renunciar.
Eso, desde luego, tienta a cualquiera a
avanzar en sus sospechas. La nobleza de
Pinto, pensaba en ese instante, puede
dejarse arrastrar por los bromistas e,
incluso, por solapados detractores que
suelen envolver sus invectivas en juegos
de chistosos. Alfonso era, y yo lo sabía
bien, un experto en las más íntimas
sensaciones de los crucigramas; de ahí
que, si todo era un invento, mereciera
llevarse la victoria.
Precisamente un martes, a mediodía,
aparecí con una pareja de crucigramas
como quien va con jaula de oro al vacío
escenario de la exposición; dos
preciosos ejemplares que fui
confeccionando durante casi un mes, en
el tiempo que habitualmente empleaba
para mis lecturas y mis menguadas
incursiones líricas. La organización
inmediata se había desarrollado de tal
forma que en un santiamén estuvo todo
listo. Tras el sorteo ritual, los
contendientes se prepararon para el
disparo de arrancada. Por primera vez no
pude hacer de juez; el reglamento
prohibía esa función a quien fuese el
donador, aunque sí lo premiaba con el
mejor palco. No les había revelado mi
autoría, puesto que eso se hubiera
prestado a una sospecha unánime, fatal.
También por vez primera, a Alfonso no le
preocupó la presencia de uno de sus
detractores en el cronómetro de Pinto.
Si su único interlocutor había aportado
los crucigramas, razonaba, con lógica
aplastante, no habría sitio para las
componendas. No estaba agitado, ansioso,
como si hubiese vencido el tiempo de
labor en el buque sin que el relevo
apareciese; sino apacible, más seguro
que nunca.
Fui público entonces. Fui espectador a
toda ley. Hincha. Fanático. Uno más
entre todos.
Las manos rasgaban el papel cubriendo
las casillas acaso en ritmos de
electrocardiogramas. Saltos y accidentes
eran vencidos por ellos como si fuesen
momentos habituales de una escritura
indetenible, veloz entre las líneas
pautadas, un poco oriental cuando los
caracteres bajaban la senda vertical.
Una expectativa absoluta inundaba esa
vez al Salón de Producción. Sentí,
también por vez primera, ese silencio
unánime, esa forma de ser a un tiempo
espectador de una partida de ajedrez y
de una inverosímil carrera de caballos.
Ambas en una. Ciencia y destreza. Y esos
lemas que surten el efecto de estar sin
ser ya nada.
Aclamé cuando esas manos sin freno
soltaron los bolígrafos con una
sincronía pasmosa, como si un ente
divino tuviera diversión en verlas
descansar siempre al unísono. Grité, yo
por Alfonso, el único; el resto por
Ramón Pinto Sánchez, retador firme,
capaz en toda la extensión del
crucigrama. Paladín en verdad, lo había
resuelto con su propio esfuerzo. No
había trampas. Toda sospecha era una
forma de acusar a quien no lo merecía,
de increpar a quien no había dejado
nunca de ser justo. Lo comprendí un
momento después de que el Salón
estuviera desierto, cuando la historia
corría por los pasillos con su sarta de
interpretaciones y matices, con sus
siempre diversos testimonios.
Alfonso, casi imponiéndose al júbilo y a
la tupida red de exclamaciones y
murmullos, anunció que ese sería su
crucigrama último. Tan enérgico fue, y a
la vez tan grave y tan solemne, que
nadie se atrevió a ponerlo en duda, ni
siquiera el más agudo de sus
detractores. Instante, si no de una
crisis en Educación, sí del desánimo
absoluto; fin de una diversión que había
sobrepasado su inocencia inicial para
situarse en el lugar del vicio, en la
más cruda dependencia. Se había roto el
encanto. Impulsos tuve de apoyar al
jocoso que propuso un mes de pase,
incluyendo un turismo a Trinidad.
La noticia llegaría a las escuelas
vecinas; algún que otro intentó reeditar
la competencia, pero nada interesante
pudo reportarse de esos sucedáneos.
Alfonso había cesado, inesperadamente, y
Pinto, su digno rival, se había
apresurado a ofrecerle su mano en señal
de saludo y solidaridad.
Conmigo no habría trampas, Alfonso lo
sabía. Por ello también pudo saber que
había sido igualado en buena lid.
Precisamente yo, su único interlocutor,
había propiciado la demostración. Fue
claro para él que alguien empírico podía
obtener sus mismos resultados,
conseguidos en múltiples jornadas de
analizar y comparar estilos y
tendencias, recursos y estructuras. No
era el campeón, como creía.
Y ese martes, cuando salí de mi larga
jornada de vocablos y frases repetidas
en pos de una pronunciación al menos
aceptable, Alfonso no esperaba acodado
en la cubierta de su buque fantasma.
Había renunciado a cargos y salarios. De
todas formas, sentí que vigilaba mis
pasos un coloso invisible que jamás
demoraría mi horario de llegar al
albergue y, tras una ducha, acostarme a
leer pacientemente.
Jorge Ángel Hernández
(Vueltas, Villa Clara, 1961 ) Narrador,
poeta y ensayista. Preside la Sección de
Literatura de la UNEAC en Villa Clara.
Dirigió la revista de cultura Umbral
y actualmente está a cargo de la
edición de Hacerse el cuerdo,
publicación de crítica de la UNEAC.
Autor de la columna Semiosis (en
plural), de Cubaliteraria. Ha
publicado: Sobre un pony de corcho,
AHS, Isla de la Juventud, 1985; Las
Islas, Sectorial provincial de
Cultura, Villa Clara, 1987;
Relaciones de Osaida, Sectorial
provincial de Cultura, Villa Clara 1990;
Paisajes y leyendas, Ed. Capiro,
1991 (para niños y jóvenes); Las
etapas del odio, Ed. Capiro, 2000;
El peligro del viaje, Edic.
Luminarias, 2001, Ojos de gato negro,
Ed. Capiro, 2006, y Criaturas finitas
y contables, Unión, 2006, todos en
poesía; La Parranda, Fundación
Fernando Ortiz, 2000; Ensayos raros y
de uso, Edic. Sed de Belleza, 2002,
César López en la circularidad del
cuento, (en El Autor y su obra
dedicado a César López) Letras Cubanas,
2003, en ensayo; Hamartia, Ed.
Capiro, 1995, Los graduados de Kafka,
Vigía, 2008, en cuento, Antojos de
tía Másicas, cuento (para niños y
jóvenes), Ed. Capiro, 2002 y las novelas
La luz y el universo, Ed.
Oriente, 2002, El callejón de las ratas,
Ed. Capiro, 2004 y Carmen de Bisset,
Letras Cubanas, 2004.
Entre otros, ha obtenido
los premios Fundación de la ciudad de
Santa Clara, 1989, 2005 (poesía) y 1984
(cuento); 13 de Marzo, 1989 (poesía para
niños y jóvenes); Premio Internacional
Mono Rosa, 1995 (cuento); III Bienal de
narrativa AHS, 1997 (novela); Becas
Dador, Fernando Ortiz, 1999 (ensayo) el
Premio Oriente “José Soler Puig” de
novela, 2001 y el Premio “Razón de ser”
de la Fundación Alejo Carpentier, 2002
(novela). En el 2005 la UNEAC concedió
sendos premios Ser en el tiempo
(premio a los tres mejores libros del
año de autores villaclareños) a sus
novelas El callejón de las ratas
y Carmen de Bisset. El mismo
premio lo obtuvo el poemario Criaturas
finitas y contables, en 2007. En la
Feria Internacional del Libro de La
Habana en 2008 recibió el Premio de
Becas Bolívar-Martí . |