Año VI
La Habana
2008

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Crucigramas

Jorge Ángel Hernández (Vueltas, 1961)

 

Con sus filas de estrictos casilleros, ansiosos, dóciles al fin, los crucigramas hacían la más completa obsesión del gran Alfonso. Toda vez que lo vi resolver ese entramado sinuoso y displicente, sentí que era feliz y que esa felicidad, por su contagio, escondía un peligro extraño. Enorme de estatura, más bien delgado, serio; era poco común hallarlo alegre aun cuando empleaba sus escasas bromas. Su personalidad se hacía objeto de duros comentarios, aunque yo prefería no sumarme a esas tiradas de insípidas diatribas. Apenas conseguía comunicarse con los profesores, vencidos los imprescindibles asuntos laborales, quienes lo tildaron de sabelotodo, autosuficiente, egocéntrico, y otros tantos calificativos comunes y afectivos de los que suelen servirse para encasillar en la marginalidad a cualquier trabajador incómodo. Por mi parte, contaba con el privilegio de verlo, cada martes, mientras cumplía con su guardia semanal como si fuese un fantasma enclavado sobre uno de los muros del edificio docente. Me había ganado el derecho a sostener con él conversaciones extensas.

—¡El gran Alfonso!

Era el cliché de mi saludo; y un chasquido de manos apenas efusivo.

Cada martes, mientras hundía sus codos en el muro y dejaba que su vista se posara en un punto indefinido, me esperaba, es algo que puedo asegurar. Acaso quería parecer el capitán de un buque fantasma —esa escuela con sus vivos colores en medio de los verdes del paisaje— y desbordar sus pensamientos contra los naranjales, como si fuesen boyas dormidas y lumínicas.

Verme salir de mi larga jornada de dicción y juegos de significados arduamente explicados, bastaba para que me abordara, en ristre su tema favorito: el inglés y sus giros idiomáticos. Consultaba después, como ante un diccionario humanizado, palabras, frases, combinaciones y giros del sentido, en su pronunciación precaria, casi escolar, aunque entregada con dignidad de profesor de altos estudios. Y concluía con vitales esfuerzos para hilvanar en un diálogo —al que yo accedía como si él fuese un perfecto angloparlante— aquellas expresiones acumuladas en jornadas nocturnas mientras toda su familia se abandonaba al éxtasis televisivo.

De los crucigramas, el gran Alfonso hablaba en muy pocas ocasiones.

Si descubría que el cansancio me hostigaba, pasaba a temas literarios. Neruda un genio; y parrafadas extensas de sus versos. García Márquez un vivo redactor que supo emplear estilos que estaban en el aire, fáciles de capturar por el ambiente. Carpentier un francés muy nostálgico de Cuba; y sesiones de remedar pronunciación y acento. Vallejo un loco obsesionado porque no comprendía el sano decursar de las palabras, la fe de la oración. Hemingway, Dos Passos y Truman Capote, verdaderos escritores, gente que sí sabía crear para lectores, personas con calma comunicativa. Y remataba con su intensa diatriba contra aquellos poetas empecinados en escribir a base de recónditas metáforas, imágenes surreales y complejas figuras literarias.

—Para colmo —sentenciaba, tal vez sin comprender que, de acuerdo con mis intentos poéticos, recibiría su andanada como una acusación directa— renuncian a usar puntos y comas y cuántos signos el idioma creó para suplir la carencia del tono en la escritura.

—El gran Alfonso, caramba.

Así plantaba mi modo más sano de evadirlo; de abandonarlo sin rechazo, sin el perenne desafío con que los demás compañeros lo trataban.

—¡Y hasta se tragan las mayúsculas! A nada llegan, te lo aseguro —añadía, como si fuese el rector de los poetas.

En otras ocasiones, cuando Alfonso conseguía evadir estos escollos y la conversación, tan cercana al monólogo conferencista, duraba un poco más, se hundía en un tema que lo apasionaba: los novelines del oeste. Llegué a pensar que había leído algunas más de las que podían haber sido escritas, que al soñar, sobre el vértigo onírico (frase suya), componía nuevas historias. Conocía en sus mínimos detalles las obras de Marcial la Fuente Estefanía, nombre que pronunciaba con tono de impecable locutor radial, para seguir entonces con la perfecta narración de sus instantes de mayor estereotipo. Ironizaba buscando un preciosismo que en no pocas ocasiones se dejaba vencer por la complicidad. Acto seguido la emprendía con las novelas de Corín Tellado, remedando una música trivial y adulterada. En este momento sí conseguía una sátira distante, aguda y agresiva. Nada lo unía a esa retahíla genérica de novelines que, literalmente, se deshacían en las manos de múltiples lectoras. Pero muy poco hablaba de los crucigramas, que eran su diversión por excelencia.

Y, en aquellos aislados momentos en que, empleando senderos indirectos, lograba adentrarlo en ese tema, el apasionamiento, liberado el dique, desbordaba cualquier extremo de la imaginación. Podía discriminar, en la linealidad del método y con detalles de lujo ya exquisito, un sinnúmero de estilos, normas y maneras de confeccionarlos, así como una profusa lista de caminos posibles para su solución. Tenía criterios bien determinados acerca de las tablas de salvación de cada autor y describía montones de recursos eventuales y cañonas. No dudo que de algún modo fuese cierta la leyenda de que podía prescindir del cuestionario. Su pasión lo llevaba a competir consigo  mismo; a medir el tiempo y a proponerse metas cada vez más insólitas, como llenarlo a la zurda o con un ojo vendado o con dolor de cabeza, diarreas o cualquier otra enfermedad. En momentos de vívido entusiasmo, confesaba cuántos minutos empleaba con regularidad para cada una de las publicaciones, que no eran pocas, pues tenía múltiples amigos extranjeros cuya correspondencia se llenaba con crucigramas de los más insospechados temas y maneras. Su colección, encarpetada, clasificada con rigor, ocupaba el sitio de estricto privilegio entre sus pertenencias. Me lo había revelado en uno de esos momentos de extrema solidaridad, y hasta me había prometido que, si alguna vez lo visitaba, me concedería el honor de permitirme hojearla. Ese era el gran Alfonso, siempre como un coloso retraído sobre el buque fantasma en el que transcurría nuestra vida de esmerados profesores, de jodedores forzosos ante cualquier peligro de monotonía.

Alfonso tenía un alto número de detractores. Lo sabíamos todos, incluso él mismo. Por eso contrarrestaron mi intento de elogiarlo, de concederle al menos la supremacía en el trivial hecho de resolver los crucigramas, aquella confesión un poco involuntaria en una tarde de vapor y cansancio. Le opusieron a alguien que, por su noble carácter, su gusto común y su discreto sentido del humor, gozaba de popularidad: Pinto; Ramón Pinto Sánchez, estudiante del penúltimo año del Instituto Superior Pedagógico y, por tanto, profesor de práctica en la escuela. Si hombre tan noble, cortés y amable, aceptaba el desafío, no había por qué sospechar de crueles doblefondos. Se pactó el enfrentamiento para un jueves, a mediodía, en el Salón de Producción, que era espacioso y radicaba bajo las órdenes del propio Alfonso.

—¡El gran Alfonso! —lo animé, sin la más mínima ironía.

Delimitaron el área para el público, la zona de juego, la mesa de los jueces y el ágil reglamento. Profesores, estudiantes de práctica docente, personal de servicio y de administración, se congregaron como habituados a parecer en asuntos tan curiosos. Y al menos dos de las alumnas que Alfonso empleaba para el papeleo de su cargo consiguieron quedarse para admirar la competencia. Hábil, dinámico, seguro. Pinto hacía que su destreza también fuese admirable. Su lápiz pasaba sobre las cuadrículas con la prestancia del mejor surfista, pero sin la más mínima salpicadura, sin tachaduras ni borrones. Parecía, casi tenían razón sus defensores, un paladín del crucigrama. Eso sí; jamás lo había escuchado jactarse, ni por insinuación, de semejante habilidad.

Ambos llegaron a un tiempo a la última palabra. Cada cronómetro se detuvo en la misma centésima de segundo, de manera tan  impresionante, que los numerosos partidarios de Pinto no atinaron a sacar la ventaja del empate en esas situaciones de público a favor. Pero el pacto quedó ya para siempre. Como dos pistoleros que van al final del novelín. La tradición se fundó y cada jueves había crucigramas disponibles en el Salón de Producción. Y cronómetros listos y jueces imparciales a pesar de que el público, en pleno, asistía con la esperanza de que Alfonso perdiese en esta vez. Como los jueces eran nombrados por los competidores, fui juez en cada uno de los desafíos y aprendí a sentir el peso específico de las casillas y, sobre todo, la densidad del tiempo en su más mínima medida, cronómetro en mano, ante el accionar apacible de Ramón Pinto Sánchez. También aprendí a llevar con dignidad el peso bruto de la antipatía y la marginación, porque esos constantes nombramientos y esa confianza manifiesta en la expresión "El gran Alfonso", hicieron que el rechazo alcanzara para mí. Yo era imparcial y nunca sorprendí en Pinto el más mínimo reproche, ni siquiera en sus ojos que, eso sí, enrojecían mientras ganaba las filas de cuadrículas. También su piel, roja como las tierras de labranza más allá de los vastos naranjales, y sus pecas, parecían exaltarse en el instante más vivo de la competencia. Pero ello era normal; no podía verlo como una señal de desafío.

El resultado invariable, idéntico una y otra vez, lejos de hacer monótono el certamen, avivó el interés. Las sesiones se extendieron a cualquier tiempo libre. Con rapidez pasmosa se organizaba la contienda y acudía todo aquel que no tuviese ocupación impostergable. Incluso el alumnado, aunque permanecía sin ser autorizado a entrar, se mantenía informado y, aquellos que podían, esperaban la noticia a la puerta del Salón, y hasta apostaban algún que otro almuerzo o prendas de vestir. No es que el régimen docente o productivo se detuviera para atender al desafío, como en esos duelos imprescindibles del oeste, sino que todo crecía a la par del curso cotidiano, junto al ritmo habitual del régimen tranquilo de la escuela; sin posponer una clase, sin dejar de cumplir con las tareas. De ahí que ni la directora, ni los subdirectores docente o de internado, siempre lejos de toda iniciativa común, impersonales y distantes como capo brechtiano, se atrevieran a vetar el suceso.

Pero la competencia era febril.

Alfonso dejó de hablarme de temas literarios, abandonó el aprendizaje de giros idiomáticos y las comparaciones entre la frase en inglés y en español y hasta sus vivas dramatizaciones de los novelines del oeste, para hablar sólo de cómo resolvía este crucigrama y este otro, para advertirme, como si fuese yo el competidor, las trampas que podían aparecer en ese juego de casillas aparentemente inofensivas. Correspondí a su confianza dejando de llamarlo El gran Alfonso. Él sospechaba, aunque es justo decir que no lo confesó, que su rival se preparaba gracias a la complicidad de los incansables donadores. Nadie podría, pensaba, resolver tantos crucigramas a su propio ritmo. Pero asumía la posible componenda con una dignidad estoica. Como yo continuaba siendo el único destinado a comunicarme con Alfonso, y como aquellas jornadas de tiempo sostenido en mi pulso habían logrado afectar mis intenciones literarias, pensé que estaba ante el momento propicio para averiguar si había fraude y, de ser cierto, imponer justicia.

—Si algún día Alfonso se lleva la victoria, —había dicho un bromista, organizador activo de los desafíos— habrá crisis en Educación, porque todo el personal de esta escuela es capaz de renunciar.

Eso, desde luego, tienta a cualquiera a avanzar en sus sospechas. La nobleza de Pinto, pensaba en ese instante, puede dejarse arrastrar por los bromistas e, incluso, por solapados detractores que suelen envolver sus invectivas en juegos de chistosos. Alfonso era, y yo lo sabía bien, un experto en las más íntimas sensaciones de los crucigramas; de ahí que, si todo era un invento, mereciera llevarse la victoria.

Precisamente un martes, a mediodía, aparecí con una pareja de crucigramas como quien va con jaula de oro al vacío escenario de la exposición; dos preciosos ejemplares que fui confeccionando durante casi un mes, en el tiempo que habitualmente empleaba para mis lecturas y mis menguadas incursiones líricas. La organización inmediata se había desarrollado de tal forma que en un santiamén estuvo todo listo. Tras el sorteo ritual, los contendientes se prepararon para el disparo de arrancada. Por primera vez no pude hacer de juez; el reglamento prohibía esa función a quien fuese el donador, aunque sí lo premiaba con el mejor palco. No les había revelado mi autoría, puesto que eso se hubiera prestado a una sospecha unánime, fatal.

También por vez primera, a Alfonso no le preocupó la presencia de uno de sus detractores en el cronómetro de Pinto. Si su único interlocutor había aportado los crucigramas, razonaba, con lógica aplastante, no habría sitio para las componendas. No estaba agitado, ansioso, como si hubiese vencido el tiempo de labor en el buque sin que el relevo apareciese; sino apacible, más seguro que nunca.

Fui público entonces. Fui espectador a toda ley. Hincha. Fanático. Uno más entre todos.

Las manos rasgaban el papel cubriendo las casillas acaso en ritmos de electrocardiogramas. Saltos y accidentes eran vencidos por ellos como si fuesen momentos habituales de una escritura indetenible, veloz entre las líneas pautadas, un poco oriental cuando los caracteres bajaban la senda vertical. Una expectativa absoluta inundaba esa vez al Salón de Producción. Sentí, también por vez primera, ese silencio unánime, esa forma de ser a un tiempo espectador de una partida de ajedrez y de una inverosímil carrera de caballos. Ambas en una. Ciencia y destreza. Y esos lemas que surten el efecto de estar sin ser ya nada.

Aclamé cuando esas manos sin freno soltaron los bolígrafos con una sincronía pasmosa, como si un ente divino tuviera diversión en verlas descansar siempre al unísono. Grité, yo por Alfonso, el único; el resto por Ramón Pinto Sánchez, retador firme, capaz en toda la extensión del crucigrama. Paladín en verdad, lo había resuelto con su propio esfuerzo. No había trampas. Toda sospecha era una forma de acusar a quien no lo merecía, de increpar a quien no había dejado nunca de ser justo. Lo comprendí un momento después de que el Salón estuviera desierto, cuando la historia corría por los pasillos con su sarta de interpretaciones y matices, con sus siempre diversos testimonios.

Alfonso, casi imponiéndose al júbilo y a la tupida red de exclamaciones y murmullos, anunció que ese sería su crucigrama último. Tan enérgico fue, y a la vez tan grave y tan solemne, que nadie se atrevió a ponerlo en duda, ni siquiera el más agudo de sus detractores. Instante, si no de una crisis en Educación, sí del desánimo absoluto; fin de una diversión que había sobrepasado su inocencia inicial para situarse en el lugar del vicio, en la más cruda dependencia. Se había roto el encanto. Impulsos tuve de apoyar al jocoso que propuso un mes de pase, incluyendo un turismo a Trinidad.

La noticia llegaría a las escuelas vecinas; algún que otro intentó reeditar la competencia, pero nada interesante pudo reportarse de esos sucedáneos. Alfonso había cesado, inesperadamente, y Pinto, su digno rival, se había apresurado a ofrecerle su mano en señal de saludo y solidaridad.

Conmigo no habría trampas, Alfonso lo sabía. Por ello también pudo saber que había sido igualado en buena lid. Precisamente yo, su único interlocutor, había propiciado la demostración. Fue claro para él que alguien empírico podía obtener sus mismos resultados, conseguidos en múltiples jornadas de analizar y comparar estilos y tendencias, recursos y estructuras. No era el campeón, como creía.

Y ese martes, cuando salí de mi larga jornada de vocablos y frases repetidas en pos de una pronunciación al menos aceptable, Alfonso no esperaba acodado en la cubierta de su buque fantasma. Había renunciado a cargos y salarios. De todas formas, sentí que vigilaba mis pasos un coloso invisible que jamás demoraría mi horario de llegar al albergue y, tras una ducha, acostarme a leer pacientemente.

Jorge Ángel Hernández (Vueltas, Villa Clara, 1961 ) Narrador, poeta y ensayista. Preside la Sección de Literatura de la UNEAC en Villa Clara. Dirigió la revista de cultura Umbral y actualmente está a cargo de la edición de Hacerse el cuerdo, publicación de crítica de la UNEAC. Autor de la columna Semiosis (en plural), de Cubaliteraria. Ha publicado: Sobre un pony de corcho, AHS, Isla de la Juventud, 1985; Las Islas, Sectorial provincial de Cultura, Villa Clara, 1987; Relaciones de Osaida, Sectorial provincial de Cultura, Villa Clara 1990; Paisajes y leyendas, Ed. Capiro, 1991 (para niños y jóvenes); Las etapas del odio, Ed. Capiro, 2000; El peligro del viaje, Edic. Luminarias, 2001, Ojos de gato negro, Ed. Capiro, 2006, y Criaturas finitas y contables, Unión, 2006, todos en poesía; La Parranda, Fundación Fernando Ortiz, 2000; Ensayos raros y de uso, Edic. Sed de Belleza, 2002, César López en la circularidad del cuento, (en El Autor y su obra dedicado a César López) Letras Cubanas, 2003, en ensayo; Hamartia, Ed. Capiro, 1995, Los graduados de Kafka, Vigía, 2008, en cuento, Antojos de tía Másicas, cuento (para niños y jóvenes), Ed. Capiro, 2002 y las novelas La luz y el universo, Ed. Oriente, 2002, El callejón de las ratas, Ed. Capiro, 2004 y Carmen de Bisset, Letras Cubanas, 2004. Entre otros, ha obtenido los premios Fundación de la ciudad de Santa Clara, 1989, 2005 (poesía) y 1984 (cuento); 13 de Marzo, 1989 (poesía para niños y jóvenes); Premio Internacional Mono Rosa, 1995 (cuento); III Bienal de narrativa AHS, 1997 (novela); Becas Dador, Fernando Ortiz, 1999 (ensayo) el Premio Oriente “José Soler Puig” de novela, 2001 y el Premio “Razón de ser” de la Fundación Alejo Carpentier, 2002 (novela). En el 2005 la UNEAC concedió sendos premios Ser en el tiempo (premio a los tres mejores libros del año de autores villaclareños) a sus novelas El callejón de las ratas y Carmen de Bisset. El mismo premio lo obtuvo el poemario Criaturas finitas y contables, en 2007. En la Feria Internacional del Libro de La Habana en 2008 recibió el Premio de Becas Bolívar-Martí .

 
 

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