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Cada
vez disfruto más de los epistolarios,
libros de memoria, diarios íntimos.
Claro, no todos son iguales de hondos y
diáfanos. Como la grandeza o la
brillantez varían aun entre los mejores
autores; la capacidad o el gusto para
escribir cartas, hacer apuntes, dejar
contraseñas a la posteridad también
cambia de una firma a otra.
Hace poco estaba en una biblioteca a
la que acudo de vez en cuando. A decir
verdad, prefiero la Regional de Murcia:
más pública y llena de adolescentes,
pero también con mayores dosis de
alegría y eficacia. Esa tarde no andaba
muy inspirado en mi investigación. Pensé
anotar algo ahí mismo y no llevarme
ningún libro prestado. En lo alto del
anaquel de madera, encontré el grueso
tomo. Todas las cartas de Lorca se
agrupaban en el libraco, que no pude
dejar de pasar por las manos de una
señora un poco distante y portadora de
la advertencia de que solo cuento con
diez días para tanto intercambio.
A
mitad de la lectura, me voy percatando
de que los afanes y desvelos de Federico
tuvieron algo que ver con los de todos
los que intentamos publicar y, sobre
todo cuando andamos por los campos de la
dramaturgia, estrenar. Me da un poco de
gracia la forma casi compulsiva en que
—ya a principios de la década del 30 del
siglo pasado, años después a las cartas
que voy leyendo— mi querido Miguel
Hernández pretendió que el genial Lorca
le ayudara a llevar sus obras a las
tablas. Tal vez para el de Orihuela —ni
tan pobre ni tan pastor como se ha
enarbolado, pero con muchas menos
opciones económicas— García Lorca
siempre lo tuvo todo fácil. Y no fue
así. Escribe, pregunta, espera, se
disgusta como cualquier autor teatral,
principiante o no tan novato, en busca
de entrar en contacto con el público.
Claro, después de los primeros éxitos en
España, en medio mundo no han dejado de
representarlo.
Este
amigo con letras, casi tan grueso como
yo, me trae, además, muchos recuerdos.
En primer lugar la querida antología
cubana, aquel Lorca por Lorca que
nos aprendimos de memoria en la
adolescencia. Mi relación con los libros
no ha sido un lecho de rosas. En una
época compré y guardé; en otra
(amarguita) perdí y hasta vendí. Sin
embargo, el tomo con buena parte de la
poesía y del teatro de Federico siempre
termina por aparecer en un costado de
las cajas. Hace años perdió la endeble y
hermosa cubierta, cada vez está más
amarillento, pero siempre que lo vuelva
a rescatar sentiré algo que por no
parecer ridículo no nombro francamente
como emoción.
Con
unas cuartillas sobre el autor de
Bodas de sangre llegué al Instituto
Superior de Arte hace ahora unos 30
años. Al irónico pero sensible Rine Leal
—fundador de la Teatrología cubana— le
conmovió un poco mi pasión lorquiana,
que procedía de la infancia y de mi
profunda y añorada ruralidad.
Dialogando con las cartas me viene a la
memoria el estreno de Mariana,
dirigida por el maestro Roberto Blanco
en 1987. Pienso que muy bien le habrían
venido al renovador de la escena cubana
estas cartas y apuntes que entonces no
habían visto la luz. Evoco aquel ensayo
general doble y sobre todo la labor
protagónica de Susana Alonso que después
pocos disfrutarían ante el público. El
libro se queda sobre mi pecho y recuerdo
los comienzos de mi amistad con Roberto
Bertrand, el formidable actor que antes
había sido salvavidas, pero no pudo
nadar bien entre la corriente del
alcohol y la melancolía. Pero todo fue
después. Entonces “el Bértran” brilló en
cuatro personajes y siempre evocamos la
emoción con que asumía al propio Lorca
en una electrizante escena hacia el
final de la obra.
En
esta Mariana —a la que Blanco le
quitó el apellido Pineda pero respetó
muy bien sus esencias— había un coro de
jóvenes que debía acomodarse y funcionar
debajo de un hermoso manto. Todavía el
cercano actor Renecito de la Cruz cuenta
anécdotas de las bromas y sustos que se
producían debajo de aquel manto, que
desde el público se veía tan hermoso y
resultaba tan eficaz. Uno de los que más
sufría era el gigantesco Camilo
Portuondo, otro entrañable amigo de esos
80 al que no veo desde hace mucho.
Las
líneas que escribo ya se pasan de mi
costumbre y, con el amanecer, regreso a
este librote que comprime tantos
mensajes, esperanzas, certezas. |