Año VI
La Habana
2008

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Amado del Pino • La Habana

Cada vez disfruto más de los epistolarios, libros de memoria, diarios íntimos. Claro, no todos son iguales de hondos y diáfanos. Como la grandeza o la brillantez varían aun entre los mejores autores; la capacidad o el gusto para escribir cartas, hacer apuntes, dejar contraseñas a la posteridad también cambia de una firma a otra.

Hace poco estaba en una biblioteca a la que acudo de vez en cuando. A decir verdad, prefiero la Regional de Murcia: más pública y llena de adolescentes, pero también con mayores dosis de alegría y eficacia. Esa tarde no andaba muy inspirado en mi investigación. Pensé anotar algo ahí mismo y no llevarme ningún libro prestado. En lo alto del anaquel de madera, encontré el grueso tomo. Todas las cartas de Lorca se agrupaban en el libraco, que no pude dejar de pasar por las manos de una señora un poco distante y portadora de la advertencia de que solo cuento con diez días para tanto intercambio.

A mitad de la lectura, me voy percatando de que los afanes y desvelos de Federico tuvieron algo que ver con los de todos los que intentamos publicar y, sobre todo cuando andamos por los campos de la dramaturgia, estrenar. Me da un poco de gracia la forma casi compulsiva en que —ya a principios de la década del 30 del siglo pasado, años después a las cartas que voy leyendo— mi querido Miguel Hernández pretendió que el genial Lorca le ayudara a llevar sus obras a las tablas. Tal vez para el de Orihuela —ni tan pobre ni tan pastor como se ha enarbolado, pero con muchas menos opciones económicas— García Lorca siempre lo tuvo todo fácil. Y no fue así. Escribe, pregunta, espera, se disgusta como cualquier autor teatral, principiante o no tan novato, en busca de entrar en contacto con el público. Claro, después de los primeros éxitos en España, en medio mundo no han dejado de representarlo.

Este amigo con letras, casi tan grueso como yo, me trae, además, muchos recuerdos. En primer lugar la querida antología cubana, aquel Lorca por Lorca que nos aprendimos de memoria en la adolescencia. Mi relación con los libros no ha sido un lecho de rosas. En una época compré y guardé; en otra (amarguita) perdí y hasta vendí. Sin embargo, el tomo con buena parte de la poesía y del teatro de Federico siempre termina por aparecer en un costado de las cajas. Hace años perdió la endeble y hermosa cubierta, cada vez está más amarillento, pero siempre que lo vuelva a rescatar sentiré algo que por no parecer ridículo no nombro francamente como emoción.

Con unas cuartillas sobre el autor de Bodas de sangre llegué al Instituto Superior de Arte hace ahora unos 30 años. Al irónico pero sensible Rine Leal —fundador de la Teatrología cubana— le conmovió un poco mi pasión lorquiana, que procedía de la infancia y de mi profunda y añorada ruralidad.

Dialogando con las cartas me viene a la memoria el estreno de Mariana, dirigida por el maestro Roberto Blanco en 1987. Pienso que muy bien le habrían venido al renovador de la escena cubana estas cartas y apuntes que entonces no habían visto la luz. Evoco aquel ensayo general doble y sobre todo la labor protagónica de Susana Alonso que después pocos disfrutarían ante el público. El libro se queda sobre mi pecho y recuerdo los comienzos de mi amistad con Roberto Bertrand, el formidable actor que antes había sido salvavidas, pero no pudo nadar bien entre la corriente del alcohol y la melancolía. Pero todo fue después. Entonces “el Bértran” brilló en cuatro personajes y siempre evocamos la emoción con que asumía al propio Lorca en una electrizante escena hacia el final de la obra.

En esta Mariana —a la que Blanco le quitó el apellido Pineda pero respetó muy bien sus esencias— había un coro de jóvenes que debía acomodarse y funcionar debajo de un hermoso manto. Todavía el cercano actor Renecito de la Cruz cuenta anécdotas de las bromas y sustos que se producían debajo de aquel manto, que desde el público se veía tan hermoso y resultaba tan eficaz. Uno de los que más sufría era el gigantesco Camilo Portuondo, otro entrañable amigo de esos 80 al que no veo desde hace mucho.

Las líneas que escribo ya se pasan de mi costumbre y, con el amanecer, regreso a este librote que comprime tantos mensajes, esperanzas, certezas.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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