Año VI
La Habana
2008

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La tragedia de Isasi
Josefina Ortega • La Habana


Cuentan que durante años existió en La Habana colonial un fuerte antagonismo entre los dos Cuerpos de Bomberos de la ciudad, los Municipales y los del Comercio.

Ambos querían llegar primero al lugar del siniestro.

Los vecinos no estaban ajenos a esa rivalidad, a tal punto que ante la alarma de un fuego, corrían a todo lo que daban sus piernas para apoderarse de las fuentes de abasto que solo procuraban a los bomberos de su preferencia.

Se dice también que el público permanecía en las proximidades de la catástrofe en cuestión con el propósito de conocer de primera mano todos los detalles y hasta llevaban la cuenta de los incendios dominados por cada cuerpo de bomberos.

En ocasiones como esta nos resulta difícil discernir entre historia y leyenda.

Lo cierto es que todavía hoy se afirma que esta absurda competencia solo terminó cuando La Habana vivió uno de sus hechos más espantosos, la tragedia de Isasi. 

Las llamas parecían incontrolables

El aviso oficial de aquel incendio llegó por vía telefónica del número 233 a la estación central de los Bomberos del Comercio, quienes llegaron en unos minutos para hacerse cargo de la situación, de igual modo que los Municipales, que no se hicieron aguardar.

El drama había comenzado cerca de las diez y 30 de la noche de aquel fatídico sábado 17 de mayo de 1890 en la ferretería de Isasi, situada en la calle de Mercaderes esquina a Lamparilla.

Las llamas parecían incontrolables.

Los bomberos iban entrando por un oscuro laberinto, conscientes de que no todos verían la luz al final.

Ni siquiera las dos terribles explosiones, una detrás de otra, paralizaron el quehacer de los sobrevivientes, quienes se abrazaron al peligro para impedir que el fuego se extendiera.

Noble heroísmo el de aquellos hombres que habían ingresado a esos dos cuerpos de prevención en un acto totalmente voluntario y por cuya labor no recibían retribución económica alguna.

En el siniestro perdieron la vida 38 personas, de las cuales 25 eran bomberos pertenecientes a los dos cuerpos, Municipales y  del Comercio.

Cinco años después, el joven Néstor Aranguren, sobreviviente de la tragedia, cambiaría el casco y el hacha de bombero por el machete mambí, al incorporarse a las filas del Ejército Libertador, donde alcanzó los grados de Coronel.   

La causa de la catástrofe

Esta devastación de grandes proporciones fue provocada por la codicia de un individuo.

Isasi, el dueño de la ferretería, había almacenado ilegalmente grandes cantidades de pólvora y dinamita en el lugar y no les advirtió del peligro a los bomberos.

Pero eso no es todo. El depósito quemado en el establecimiento estaba asegurado en 20 000 pesos oro y, cosa curiosa, a las 12 de la noche del domingo vencían precisamente las pólizas, pero Isasi, adelantándose a la conflagración, las había pagado “casualmente” el sábado, el mismo día de la tragedia.

Sin embargo, cosas de la época, este infame sujeto fue puesto en libertad, desconociéndose el dictamen de la comisión facultativa designada para investigar la hecatombe, la cual dictaminó que las sustancias inflamables en la ferretería causaron las terribles explosiones.

Hermanados en la tragedia

“Durante 118 años hemos vuelto a este sitio”, como dijera Eusebio Leal, el Historiador de la Ciudad, en la reciente conmemoración, que tuvo lugar junto a la lápida fijada en el inmueble donde ocurrió el siniestro, y en 1995 se inauguró una sala dedicada a los bomberos, en la actualidad en labores de restauración por especialistas del Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador.

“El fuego se convirtió en un desastre que provocó una cuestación pública, un sentimiento nacional de solidaridad.”

“En las galerías del Palacio de Gobierno fueron expuestos los féretros de los bomberos, jefes y oficiales, muchos de los cuales eran, en el sentido más estricto y no institucional que tenía aquella época, voluntarios, que fuera de horas laborales prestaban un servicio de extraordinaria utilidad a la población”.

En el  mausoleo a los mártires de Isasi inaugurado el 24 de julio de 1897 en el cementerio habanero de Colón, obra del escultor español Agustín Querol, aparecen las efigies esculpidas en mármol de los bomberos blancos y los bomberos negros, de los Municipales y los del Comercio.

Entrando por un oscuro laberinto se hermanaron en la tragedia.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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