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Cuentan que durante años existió en La
Habana colonial un fuerte antagonismo
entre los dos Cuerpos de Bomberos de la
ciudad, los Municipales y los del
Comercio.
Ambos querían llegar primero al
lugar del siniestro.
Los vecinos no estaban ajenos a esa
rivalidad, a tal punto que ante la
alarma de un fuego, corrían a todo lo
que daban sus piernas para apoderarse de
las fuentes de abasto que solo
procuraban a los bomberos de su
preferencia.
Se dice también que el público
permanecía en las proximidades de la
catástrofe en cuestión con el propósito
de conocer de primera mano todos los
detalles y hasta llevaban la cuenta de
los incendios dominados por cada cuerpo
de bomberos.
En ocasiones como esta nos resulta
difícil discernir entre historia y
leyenda.
Lo cierto es que todavía hoy se
afirma que esta absurda competencia solo
terminó cuando La Habana vivió uno de
sus hechos más espantosos, la tragedia
de Isasi.
Las llamas parecían incontrolables
El aviso oficial de aquel incendio
llegó por vía telefónica del número 233
a la estación central de los Bomberos
del Comercio, quienes llegaron en unos
minutos para hacerse cargo de la
situación, de igual modo que los
Municipales, que no se hicieron
aguardar.
El drama había comenzado cerca de
las diez y 30 de la noche de aquel
fatídico sábado 17 de mayo de 1890 en la
ferretería de Isasi, situada en la calle
de Mercaderes esquina a Lamparilla.
Las llamas parecían incontrolables.
Los bomberos iban entrando por un oscuro
laberinto, conscientes de que no todos
verían la luz al final.
Ni siquiera las dos terribles
explosiones, una detrás de otra,
paralizaron el quehacer de los
sobrevivientes, quienes se abrazaron al
peligro para impedir que el fuego se
extendiera.
Noble heroísmo el de aquellos
hombres que habían ingresado a esos dos
cuerpos de prevención en un acto
totalmente voluntario y por cuya labor
no recibían retribución económica
alguna.
En el siniestro perdieron la vida 38
personas, de las cuales 25 eran bomberos
pertenecientes a los dos cuerpos,
Municipales y del Comercio.
Cinco años después, el joven Néstor
Aranguren, sobreviviente de la tragedia,
cambiaría el casco y el hacha de bombero
por el machete mambí, al incorporarse a
las filas del Ejército Libertador, donde
alcanzó los grados de Coronel.
La causa de la catástrofe
Esta devastación de grandes
proporciones fue provocada por la
codicia de un individuo.
Isasi, el dueño de la ferretería,
había almacenado ilegalmente grandes
cantidades de pólvora y dinamita en el
lugar y no les advirtió del peligro a
los bomberos.
Pero eso no es todo. El depósito
quemado en el establecimiento estaba
asegurado en 20 000 pesos oro y, cosa
curiosa, a las 12 de la noche del
domingo vencían precisamente las
pólizas, pero Isasi, adelantándose a la
conflagración, las había pagado
“casualmente” el sábado, el mismo día de
la tragedia.
Sin embargo, cosas de la época, este
infame sujeto fue puesto en libertad,
desconociéndose el dictamen de la
comisión facultativa designada para
investigar la hecatombe, la cual
dictaminó que las sustancias inflamables
en la ferretería causaron las terribles
explosiones.
Hermanados en la tragedia
“Durante 118 años hemos vuelto a
este sitio”, como dijera Eusebio Leal,
el Historiador de la Ciudad, en la
reciente conmemoración, que tuvo lugar
junto a la lápida fijada en el inmueble
donde ocurrió el siniestro, y en 1995 se
inauguró una sala dedicada a los
bomberos, en la actualidad en labores de
restauración por especialistas del
Gabinete de Arqueología de la Oficina
del Historiador.
“El fuego se convirtió en un
desastre que provocó una cuestación
pública, un sentimiento nacional de
solidaridad.”
“En las galerías del Palacio de
Gobierno fueron expuestos los féretros
de los bomberos, jefes y oficiales,
muchos de los cuales eran, en el sentido
más estricto y no institucional que
tenía aquella época, voluntarios, que
fuera de horas laborales prestaban un
servicio de extraordinaria utilidad a la
población”.
En el mausoleo a los mártires de
Isasi inaugurado el 24 de julio de 1897
en el cementerio habanero de Colón, obra
del escultor español Agustín Querol,
aparecen las efigies esculpidas en
mármol de los bomberos blancos y los
bomberos negros, de los Municipales y
los del Comercio.
Entrando por un oscuro laberinto se
hermanaron en la tragedia. |