Año VI
La Habana
2008

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Arte Joven en Ciego de Ávila

Murlay & Bonsai

Andrés D. Abreu • La Habana

Fotos: Ricardo Rodríguez

 

En una sosegada ciudad como Ciego de Ávila los acontecimientos no parecen agitarse jamás y a nada le está permitido desencadenarse de lo apacible por poco común, antiordinario o impertinente que de pronto pudiera o quisiera parecer alguna que otra cosa. Ni siquiera una emisora anunciando un casting para elegir a un presidente, o alguien a quien le aplican una irracional tonsura o poda de cabellos en una esquina. Tampoco unos tozudos y tenaces queriendo torcer el tronco de un viejo eucalipto, una luz vigilante persiguiendo en la noche a un transeúnte o un perturbado gritando y disintiendo en medio de un parque consiguieron hacer de la vida avileña un desvarío. Todo, e  incluyo estas provocadoras intrusiones artísticas a su espacio citadino, es superado allí por una tranquilidad latente que definitivamente domina y amansa.

En una ciudad así, antiprogramática y cuasinaturalista, puede estimarse tan lógico como paradójico que inconcientemente acojan durante una semana de residencia a un grupo llamativo de hacedores de arte público, que se organice desde hace siete años un salón para la confrontación de jóvenes creadores contemporáneos  y que   en medio de su paz también haya surgido una vez un Murlay, quien habiendo hecho lo que hizo siguió pareciendo un joven tranquilo, difícilmente repudiable en la superficial apreciación de su aprensiva imagen proyectada pero tenebrosamente sugestivo en el fondo  oscuro de las sus bien calculadas ideas y estudiadas acciones.

Nada sabía de él y poco de Ciego cuando entré en Espacio Cero, pero bastó la cínica y provinciana anunciación pop de su nombre tiritando sobre la pared negra de la galería para provocar el ¿quién es? y una  tentación a sucumbir en el mito.

Si Murlay no fuese un real  inteligente artífice de asaltos, escapadas, motines y muertes —posible cultivo del mejor global telefilm y la sensacional saga de ídolos hollywoodenses— que, sin embargo, la massmedia no ha banalizado como estrella espectacular y  persiste como leyenda difusa en la memoria de un pueblo, quizá no le hubiese servido a Jousviel Abstengo de buen (pre)texto para una instalación visual tan  pasmosa.

Si escandalosamente se hubiese dicho y escrito hasta el tuétano de Murlay, existiría entonces una versión históricamente mediatizada y reconocida del Tipo y, por tanto, sus subyacentes atractivos como auténtica y ontológica identidad anti(héroe) se reducirían sobre todo para los exclusivos campos del arte y la arqueológica manera con que Abstengo  opera como artista.

Pero la subsistencia de su mayor trascendencia en la cautelosa oralidad local de Ciego de Ávila le sostiene un profundo significado sociocultural a este singular y superlativo símbolo de lo delictivo como filosofía operante. Murlay como sujeto porta una carga poderosa de contradicciones tan valorativas como su transmutación y cultivación de la personalidad criminal a partir de referentes universales (cine y televisión de acción policial) y la apacible localidad del entorno donde operó y subyace como una leyenda al estilo clásico-popular escasamente infiltrada por los vicios narrativos del metarrelato.

La construcción visual realizada por el artista para llamar la atención sobre este personaje fenómeno juega igualmente con estas oposiciones: es una obra neoconceptual en el proceso y la escritura, naif en la rotulación, minimalista en  la representación y pop en la operatividad de la comunicación. Su debilidad mayor: el título; preferiblemente evitable por no intitularse homónimamente Murlay, como la insuperable quintaesencia  de su todo.

Por su parte "Bonsái"  la otra pieza  premiada durante la más reciente edición de Espacio Cero resultó ser un ejercicio formal grupal liderado  por Liesther Amador, su autor conceptual. Dominar la conducta y torcer el rumbo de un árbol maduro, crecido en un campo abierto implica un acercamiento a los constantes absurdos del ser humano en su afán de dominación y transformación antinaturalista del mundo, también pudiera metaforizar una apelación al irremediable fracaso de las utopías y los procederes irracionales.

La intervención pública realizada por un grupo de jóvenes artistas y su registro fotográfico se constituyeron de una apreciable performatividad y atractivo visual a la par que generaron un conjunto de conjeturas que habilitaron lecturas y reflexiones alrededor de una acción (de)constructora de  un proceso divinizado en su empeño.

El cultivo del bonsai —pequeño árbol símbolo de la eternidad, representación cultural tradicional de un puente entre lo divino y lo humano, el cielo y la tierra— es un sugestivo acto de convivencia entre la paciencia y la resistencia, la técnica y la genética. Si se ejecuta adecuadamente, su drástica belleza sobrevivirá el mismo tiempo que un árbol normal de la misma especie, pero si lo hacemos de forma incorrecta, probablemente morirá.

Más cercano a ese pacto de lo erróneo con la muerte, al fracaso de la tozudez en el ejercicio forzado del poder y la ilusión del imposible como impulso a la vida estuvo vinculada esta acción artística que no obstante a la significativa provocación que implicó en su facto público, no detuvo apenas el paso de otros muchos citadinos expectantes, apenas unas torcidas de la mirada y algún que otro equívoco comentario sobre su intencionalidad. ¿Será que a tanto se ha acostumbrado el hombre a convivir con el absurdo dominante y Ciego de Ávila a la injerencia artística de su urbanística? Fabulando también pudiéramos culpar por ello al sosiego avileño, a la ciudad calmada.

 

 
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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