En una sosegada ciudad como Ciego de
Ávila los acontecimientos no parecen
agitarse jamás y a nada le está
permitido desencadenarse de lo
apacible por poco común,
antiordinario o impertinente que de
pronto pudiera o quisiera parecer
alguna que otra cosa. Ni siquiera
una emisora anunciando un casting
para elegir a un presidente, o
alguien a quien le aplican una
irracional tonsura o poda de
cabellos en una esquina. Tampoco
unos tozudos y tenaces queriendo
torcer el tronco de un viejo
eucalipto, una luz vigilante
persiguiendo en la noche a un
transeúnte o un perturbado gritando
y disintiendo en medio de un parque
consiguieron hacer de la vida
avileña un desvarío. Todo, e
incluyo estas provocadoras
intrusiones artísticas a su espacio
citadino, es superado allí por una
tranquilidad latente que
definitivamente domina y amansa.
En una ciudad así, antiprogramática
y cuasinaturalista, puede estimarse
tan lógico como paradójico que
inconcientemente acojan durante una
semana de residencia a un grupo
llamativo de hacedores de arte
público, que se organice desde hace
siete años un salón para la
confrontación de jóvenes creadores
contemporáneos y que en medio de
su paz también haya surgido una vez
un Murlay, quien habiendo hecho lo
que hizo siguió pareciendo un joven
tranquilo, difícilmente repudiable
en la superficial apreciación de su
aprensiva imagen proyectada pero
tenebrosamente sugestivo en el fondo
oscuro de las sus bien calculadas
ideas y estudiadas acciones.
Nada sabía de él y poco de Ciego
cuando entré en Espacio Cero, pero
bastó la cínica y provinciana
anunciación pop de su nombre
tiritando sobre la pared negra de la
galería para provocar el ¿quién es?
y una tentación a sucumbir en el
mito.
Si Murlay no fuese un real
inteligente artífice de asaltos,
escapadas, motines y muertes
—posible cultivo del mejor global
telefilm y la sensacional saga
de ídolos hollywoodenses— que, sin
embargo, la massmedia no ha
banalizado como estrella
espectacular y persiste como
leyenda difusa en la memoria de un
pueblo, quizá no le hubiese servido
a Jousviel Abstengo de buen (pre)texto
para una instalación visual tan
pasmosa.
Si escandalosamente se hubiese dicho
y escrito hasta el tuétano de Murlay,
existiría entonces una versión
históricamente mediatizada y
reconocida del Tipo y, por tanto,
sus subyacentes atractivos como
auténtica y ontológica identidad
anti(héroe) se reducirían sobre todo
para los exclusivos campos del arte
y la arqueológica manera con que
Abstengo opera como artista.
Pero la subsistencia de su mayor
trascendencia en la cautelosa
oralidad local de Ciego de Ávila le
sostiene un profundo significado
sociocultural a este singular y
superlativo símbolo de lo delictivo
como filosofía operante. Murlay como
sujeto porta una carga poderosa de
contradicciones tan valorativas como
su transmutación y cultivación de la
personalidad criminal a partir de
referentes universales (cine y
televisión de acción policial) y la
apacible localidad del entorno donde
operó y subyace como una leyenda al
estilo clásico-popular escasamente
infiltrada por los vicios narrativos
del metarrelato.
La construcción visual realizada por
el artista para llamar la atención
sobre este personaje fenómeno juega
igualmente con estas oposiciones: es
una obra neoconceptual en el proceso
y la escritura, naif en la
rotulación, minimalista en la
representación y pop en la
operatividad de la comunicación. Su
debilidad mayor: el título;
preferiblemente evitable por no
intitularse homónimamente Murlay,
como la insuperable quintaesencia
de su todo.
Por su parte "Bonsái" la otra
pieza premiada durante la más
reciente edición de Espacio Cero
resultó ser un ejercicio formal
grupal liderado por Liesther
Amador, su autor conceptual. Dominar
la conducta y torcer el rumbo de un
árbol maduro, crecido en un campo
abierto implica un acercamiento a
los constantes absurdos del ser
humano en su afán de dominación y
transformación antinaturalista del
mundo, también pudiera metaforizar
una apelación al irremediable
fracaso de las utopías y los
procederes irracionales.
La intervención pública realizada
por un grupo de jóvenes artistas y
su registro fotográfico se
constituyeron de una apreciable
performatividad y atractivo visual a
la par que generaron un conjunto de
conjeturas que habilitaron lecturas
y reflexiones alrededor de una
acción (de)constructora de un
proceso divinizado en su empeño.
El cultivo del bonsai —pequeño árbol
símbolo de la eternidad,
representación cultural tradicional
de un puente entre lo divino y lo
humano, el cielo y la tierra— es un
sugestivo acto de convivencia entre
la paciencia y la resistencia, la
técnica y la genética. Si se ejecuta
adecuadamente, su drástica belleza
sobrevivirá el mismo tiempo que un
árbol normal de la misma especie,
pero si lo hacemos de forma
incorrecta, probablemente morirá.
Más cercano a ese pacto de lo
erróneo con la muerte, al fracaso de
la tozudez en el ejercicio forzado
del poder y la ilusión del imposible
como impulso a la vida estuvo
vinculada esta acción artística que
no obstante a la significativa
provocación que implicó en su facto
público, no detuvo apenas el paso de
otros muchos citadinos expectantes,
apenas unas torcidas de la mirada y
algún que otro equívoco comentario
sobre su intencionalidad. ¿Será que
a tanto se ha acostumbrado el hombre
a convivir con el absurdo dominante
y Ciego de Ávila a la injerencia
artística de su urbanística?
Fabulando también pudiéramos culpar
por ello al sosiego avileño, a la
ciudad calmada.