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APROXIMACIÓN A VENUS
Para unas muchachas de Bances
Candamo,
al margen de un estudio de Pedro
Penzol
Belzeraida, Armelina y Bradamante,
hermosas como el saludo matinal de la
oropéndola,
vestidas de nostalgia y de poesía,
decidieron
pasar un breve tiempo -el otoño no más,
sólo el otoño-
en las praderas reservadas en el planeta
Venus
para los viajeros de excepcional
belleza.
(Los aztecas rezaban su poesía coral,
noche
tras noche en honor del planeta,
predilecto entre todos los del cielo).
Ellas sabían que en Venus es una falta a
los dioses
no ser arrebatadoramente hermosos. Allí
en Venus
sólo llegan a nacer los niños una vez
comprobado,
en el vientre de la madre,
que no perturbarán el equilibrio que
sostiene
cristalinamente encendido al astro en su
burbuja de diamante,
que es la Belleza.
En Venus nos permiten asomarse a un
balcón
a quien no posea un rostro perfecto, y
una piel
tan tersa como el plumaje del colibrí, o
como el canto
mañanero de la oropéndola.
(Los aztecas,
danzaban felices al entregar sus hijos
al fulgor de Venus).
Belzeraida, Armelina y Bradamante,
entrelazadas como los versos de un
poema,
fueron llevadas en volandas por el Sol
en persona,
que delicadamente las hizo enflorecer en
su jardín de Venus.
Y están allí, en el hogar que les era
debido desde siempre
por su belleza, por su aterciopelada
vestimenta
de nostalgia y poesía. El planeta,
festejó cumplidamente la llegada de
hadas tan perfectas.
(Los aztecas tejíanle a Venus, con la
sangre de sus príncipes más bellos,
túnicas de rubíes, diademas de himnos
jubilosos).
Ahora, desde la tierra, podemos
asomarnos de tiempo en tiempo
a contemplarle a Venus su recrecido
fulgor. Y sentimos,
con un suave estremecimiento en la piel,
cómo vibra en el astro el alma de la
música nacida
de la mirada azul de Belzeraida, de la
sensual sonrisa de Armelina, de
la promesa de amor de Bradamante.
1986
BREVE VIAJE NOCTURNO
Mi madre no sabe que por la noche,
cuando ella mira mi cuerpo dormido
y sonríe feliz sintiéndome a su lado,
mi alma sale de mí, se va de viaje
guiada por elefantes blanquirrojos,
y toda la tierra queda abandonada,
y ya no pertenezco a la prisión del
mundo,
pues llego hasta la luna, desciendo
en sus verdes ríos y en sus bosques de
oro,
y pastoreo rebaños de tiernos elefantes,
y cabalgo los dóciles leopardos de la
luna,
y me divierto en el teatro de los astros
contemplando a Júpiter danzar, reír a
Hyleo.
Y mi madre no sabe que al otro día,
cuando toca en mi hombro y dulcemente
llama,
yo no vengo del sueño: yo he regresado
pocos instantes antes, después de haber
sido
el más feliz de los niños, y el viajero
que despaciosamente entra y sale del
cielo,
cuando la madre llama y obedece el
alma.
CANCIÓN
¡Toda mi miel
y toda mi delicia!
¡Toda mi infantil
malicia!
¡Toda alegría
y todo desazón!
¡Todo mi pequeño solar
junto al pino!
¡Todo lo que es noble
y todo lo que es fino,
con el alma toda
y todo el corazón!
CANCIÓN SOBRE EL NOMBRE DE IRENE
¡Qué bueno es estar contigo ante este
fuego, Irene,
saber que sigues llamándote así, Irene;
que tu nombre no se te ha evaporado de
la piel
como se evapora el rocío de la panza del
sapo!
Ah decir Irene, Irene, Irene, Irene,
cerrando los ojos y diciendo nada más
Irene
por el solo placer y la magia de decir
Irene,
Pedaleando en el aire existas o no
existas,
¡qué real y sólida eres, qué verdadera
eres
en medio del irreal universo por
llamarte Irene!
Las salamandritas del fuego se te quedan
mirando,
y el humo, antes de irse, se detiene
feliz a contemplarse
en el topacioespejo de tus ojos, como
una mujer que se empolva la nariz
antes de entrar en el cementerio.
Y tú en tu aire,
y tú, impasible con tu abanico de
llamas, sigues nada más
llamándote Irene,
segura de que todo el universo no puede
despojarte de tu nombre de Irene!
Yo paseaba un día por el Tíber,
-Tíber de cascabeles ahogados, Tíber de
pececitos oscuros
Tíber meado por Tiberio-,
y vi en medio del río una isla
verdeante,
trabajada en la materia de las
madréporas o de las malaquitas,
¡vaya usted a saber!, pero pequeñita y
completamente real;
y vi en la orilla
una de esas estatuas del Tíber
sumergidas por siglos,
donde el mármol se ha hecho róseo, y
carnal, y blando;
y con mucho temor, con una reverencia,
pregunté a la estatua:
-Perdone usted, señor, ¿cómo se llama
esta isla?
Y con un gran desdén, entreabriendo
apenas los labios y mirándome para nada,
dijo suavemente:
-¿Cómo va a llamarse esta isla? Esta
isla se llama Irene.
¡Qué bueno es estar contigo junto al
fuego,
y saber que ahí estás, real y verdadera,
saber que estás ahí mientras afuera se
evapora el mundo,
y que sigues y sigues,
y seguirás para siempre llámandote
Irene!
PALABRAS ESCRITAS EN LA ARENA POR UN
INOCENTE
I
Yo no sé escribir y soy un inocente.
Nunca he sabido para qué sirve la
escritura y soy un inocente.
No sé escribir, mi alma no sabe otra
cosa que estar viva.
Va y viene entre los hombres respirando
y existiendo.
Voy y vengo entre los hombres y
represento seriamente el papel que ellos
quieren:
Ignorante, orador, astrónomo, jardinero.
E ignoran que en verdad soy solamente un
niño.
Un fragmento de polvo llevado y traído
hacia la tierra por el peso de su
corazón.
El niño olvidado por su padre en el
parque.
De quien ignoran que ríe con todo su
corazón, pero jamás con los ojos.
Mis ojos piensan y hablan y andan por su
cuenta.
Pero yo represento seriamente mi papel y
digo:
Buenos días, doctor, el mundo está a sus
órdenes, la medida exacta de la tierra
es hoy de seis pies y una pulgada, ¿no
es ésta la medida exacta de su cuerpo?
Pero el doctor me dice:
Yo no me llamo Protágoras, pero me llamo
Anselmo.
Y usted es un inocente, un idiota
inofensivo y útil.
Un niño que ignora totalmente el arte de
escribir.
Vuelva a dormirse.
II
Yo soy un inocente y he venido a la
orilla del mar,
Del sueño, al sueño, a la verdad, vacío,
navegando el sueño.
Un inocente, apenas, inocente de ser
inocente, despertando inocente.
Yo no sé escribir, no tengo nociones de
lengua persa.
¿Y quién que no sepa el persa puede
saber nada?
Sí, señor, flor, amor, puede acaso que
sepa historia de la antigüedad.
En la antigüedad está erguido Julio
César con Cleopatra en los brazos.
Y César está en los brazos de Alejandro.
Y Alejandro está en los brazos de
Aristóteles.
Y Aristóteles está en los brazos de
Filipo.
Y Filipo está en los brazos de Ciro.
Y Ciro está en los brazos de Darío.
Y Darío está en los brazos del
Helesponto.
Y el Helesponto está en los brazos del
Nilo.
Y el Nilo está en la cuna del inocente
David.
Y David sonríe y canta en los brazos de
las hijas del Rey.
Yo soy un inocente, ciego, de nube en
nube, de sombra a sombra levantado.
Veo debajo del cabello a una mujer y
debajo de la mujer a una rosa y debajo
de la rosa a un insecto.
Voy de alucinación en alucinación como
llevado por los pies del tiempo.
Asomado a un espejo está Absalom desnudo
y me adelanto a estrecharle la mano.
Estoy muerto en este balcón desde hace
cinco minutos lleno de dardos.
Estoy cercado de piedras colgado de un
árbol oyendo a David.
Hijo mío Absalom, hijo mío, hijo mío
Absalom!
Nunca comprendo nada y ahora comprendo
menos que nunca.
Pero tengo la arena del mar, sueño, para
escribir el sueño de los dedos.
Y soy tan sólo el niño olvidado inocente
durmiéndose en la arena.
III
«Yo soy el más feliz de los infelices».
El que lleva puesto sombrero y nadie lo
ve.
El que pronuncia el nombre de Dios y la
gente oye:
Vamos al campo a comer golosinas con las
aves del campo.
Y vamos al campo aves afuera a burlarnos
del tiempo con la más bella bufonada.
Pintando en la arena del campo orillas
de un mar dentro del bosque.
Incorporando las biografías de hombres
submarinos renacidos en árboles.
Atahlía interrumpe todo esfuerzo
gritando hacia los cielos traición,
traición!
Nos encogemos de hombros y hablamos con
los delfines sobre este grave asunto.
Contestan que se limitan a ser navíos
inesperados y tálamos de ruiseñores.
Que lo dejen vivir en todo el mar y en
todo el bosque.
Escalando los delfines los árboles y las
anémonas.
Comprendo y sigo garabateando en la
arena.
Como un niño inocente que hace lo que le
dictan desde el cielo.
IV
Bajo la costa atlántica.
A todo lo largo de la costa atlántica
escribo con el sueño índice:
Yo no sé.
Llega el sueño del mar, el niño duerme
garabateando en la arena,
escucha, tú velarás, tu estarás, tú
serás!
«Sí, es Agamenón, es tu rey quien te
despierta,
Reconoces la voz que golpea en tus
oídos».
¿Por qué vas a despertarle rey de las
medusas?
¿Qué vigilas cuando todos duermen y no
estás oyendo?
Las cúpulas despiertas. Las
interminables escaleras de la memoria.
Oye lo que canta la profunda medianoche:
Reflexiona y tírate en el río.
De la mano del rey tírate en el río.
Nada como un amigo para ser destruido.
Prepárate a morir. Invoca al mar. Mírame
partir.
Yo soy tu amigo.
No! Si yo soy tan sólo un niño inocente.
Uno a quien han disfrazado de persona
impura.
Uno que ha crecido de súbito a espaldas
de su madre.
Pero nada comprendo ni sé, me muevo y
hablo
Porque los otros vienen a buscarme, sólo
quisiera
Saber con certidumbre lo que pasó en
Egipto
Cuando surgió la Esfinge de la arena.
De esta arena en que escribo como un
niño
Epitafios, responsos, los nombres más
prohibidos.
Escribiendo su nombre y borrándolo
luego,
Para que nadie lea, y los peces prosigan
inocentes.
Y los niños corran por las playas sin
conocer el nombre que me muere.
V
«Qué soy después de todo sino un niño,
Complacido con el sonido de mi propio
nombre,
Repitiéndolo sin cesar,
Apartándome de los otros para oírlo,
Sin que me canse nunca?».
Escribo en la arena la palabra horizonte
Y unas mujeres altas vienen a reposar en
ella.
Dialogan sonrientes y se esfuman
tranquilas.
Yo no puedo seguirlas, el sueño me
detiene, ellas van por mis brazos
Buscando el camino tormentoso de mi
corazón.
El horizonte guarda los amigos perdidos,
las naves naufragadas,
Las puertas de ciudades que existieron
cuando existió David.
Yo no comprendo nada, yo soy un
inocente.
Pero los dejo irse temblando por el
camino de los brazos,
Sangre adentro, centellas silenciosas,
Ahora los escucho platicar por las
venas,
fieles, suntuosamente humildes, vencidos
de antemano.
Hablan de las antiguas ciudades, hablan
de mujeres esfumadas, gritan
y corren apresurados.
Esta mano de un rey me pertenece.
Esta Iglesia es mi casa. Son mis ojos
Quienes la hacen alta y luminosa. Aquel
torso
Que sirve de refugio a un bienamado
pueblo de palomas
Escapado ha de mí. Han escrito una letra
de mi nombre
En las tibias espaldas de aquel árbol.
¿Quién es esta mujer?
La oigo mis verdades. Ella conoce el
preciado alimento.
Va inscribiendo mi nombre sobre
sepulcros olvidados.
Ella conoce la destreza de amor con que
se yergue
Dentro de mí un cuerpo esplendoroso.
Ella vive por mí.
¿Cómo responde cuando soy llamado? ¿Cómo
alcanza
A su terrible boca el alimento que
deparado fuera a mis entrañas?
Ahora comprendo que su cuerpo es el mío.
Yo no termino en mí, en mí comienzo.
También ella soy yo, también se
extiende,
Oh muerte, oh muerte, mujer, alma
encontrada,
¿Qué vigilas cuando todos duermen?
Oh muerte, feliz inicio, campo de
batalla,
Donde las almas solas, puras almas, ya
no se mueren nunca,
También se extiende hacia su extraña
playa de deseos
Esta frente que en mí es destruida por
ardientes deseos de otra frente.
Bajo este murmullo de guerreros por
dentro de las venas
Pienso en los tristes rostros de los
niños.
Pienso en sus conversaciones infantiles
y en que van a morirse.
Y pienso en la injusticia de que no sean
niños eternamente.
Y una voz me contesta:
Eres el más inocente de los inocentes.
Apresúrate a morir. Apresúrate a
existir. Mañana sabrás todo.
A su oído infantil, a su inercia, a su
ensueño,
Bufón, rojo anciano, sabio dominante, le
dirás la verdad
Diciendo tus verdades, bufón, anciano
dominante, sabio de Dios, alerta.
Mañana sabrás todo. Mañana. Duerme, niño
inocente, duerme hasta mañana.
Le mostrarás el polvoriento camino de la
muerte, anciano dominante,
Bufón de Dios, poeta.
To-morrow, and to-morrow, and to-morrow,
Creeps in this petty pace from day to
day,
To the lasta syllable of recorded time;
And all our yesterdays have lighted
fools
The way to dusty death: Out, out, brief
candle!
Bufón
de Dios, arrójate a las llamas, que el
tiempo es el maestro de la muerte.
Y tú no estás, ya nadie te recuerda el
cuerpo ni la sombra.
Hoy eres el bufón, que se levanta y ríe,
padre de sus ficciones, sabio dominado.
Levántate sobre la última sílaba del
tiempo que recordamos, levántate,
terrible
y seguro, imponiendo tu sombra a la luz
de la vida.
Life's but a walking shadow, a poor
player
That struts and frets his hour upon the
stage,
And then is heard no more; it is a tale
Told by an idiot, full of sound and
fury,
Signifying nothing.
Mañana sabrás todo.
Vuelve a dormirte.
La vida no es sino una sombra errante,
Un pobre actor que se pavonea y malgasta
su hora sobre la escena,
Y al que luego no se le escucha más, la
vida es
un cuento narrado por un idiota, un
cuento lleno de sonido y de furia,
Significando nada.
Vuelve a dormirte.
VI
Estoy soñando en la arena las palabras
que garabateo en la arena con el
sueño índice:
Amplísimo-amor-de-inencontrable-ninfa-caritativo-muslo-de-sirena.
Éstas son las playas de Burma, con los
minaretes de Burma, y las selvas
de Burma.
El marabú, la flor, el heliógrafo del
corazón. Los dragones andando de
puntillas
porque duerme San Jorge.
Soñar y dormir en el sueño de muerte los
sueños de la muerte.
Danos tiempo para eso. Danos tiempo. Tú
eres quien sueña solamente.
«No. Yo no sueño la vida,
Es la vida la que sueña a mí,
y si el sueño me olvida,
he de olvidarme al cabo que viví».
VII
Andan caminando por las seis de la
mañana.
¿Querría usted hacer un poco de
silencio?
La tierra se encuentra cansada de
existir.
Día tras día moliendo estérilmente con
su eje.
Día tras día oyendo a los dioses
burlarse de los hombres.
Usted no sabe escucharla, ella rueda y
gime.
Usted cree que escucha las campanas y es
la tierra quien gime.
Recoja sus manos de inocente sobre la
playa.
No escriba. No exista. No piense.
Ame usted si lo desea, ¿a quién le
importa nada?
No es a usted a quien aman, compréndalo,
renuncie gentilmente.
Piense en las estrellas e invéntese
algunas constelaciones.
Hable de todo cuanto quiera pero no diga
su nombre verdadero.
No se palpe usted el fantasma que lleva
debajo de la piel.
No responda ante el nombre de un
sepulcro. Niéguese a morir. Desista.
Reconcilie.
No hable de la muerte, no hable del
cuerpo, no hable de la belleza.
Para que los barcos anden,
«Para que las piedras puedan moverse y
hablar los árboles».
Para corroborar la costumbre un poco
antigua de morirse,
Remonten suavemente las amazonas el
blanco río de sus cabellos.
VIII
«Yo soy el mentiroso que siempre dice su
verdad».
Quien no puede desmentirse ni ser otra
cosa que inocente.
Yo soy un niño que recibe por sus ojos
la verdad de su inocencia.
Un navegante ciego en busca de su
morada, que tropieza en las rocas
vivientes
del cuerpo
humano, que va y viene hacia la tierra
bajo el peso agobiante de su pequeño
corazón,
Quien padece su cuerpo como una herejía,
y sabe que lo ignora.
Quien suplica un poco más de tiempo para
olvidarse.
La mano de su Padre recogiéndolo piadosa
en medio del parque.
Sonriendo, sollozando, mintiendo,
proclamando su nombre sordamente.
Bufón de Dios, vestido de pecado,
sonriendo, gritando bajo la piel, por su
fantasma venidero.
Amor hacia las más bellas torres de la
tierra.
Amor hacia los cuerpos que son como
resplandecientes afirmaciones.
Amor, ciegamente, amor, y la muerte
velando y sonriendo en el balcón
de los cuerpos más hermosos.
Las manos afirmando y el corazón
negando.
Vuelve, vuelve a soñar, inventa las
precisas realidades.
Aduéñate del corazón que te desdeña bajo
los cielos de Burma.
Sueña donde desees lo que desees. No
aceptes. No renuncies. Reconcilia.
Navega majestuoso el corazón que te
desdeña.
Sueña e inventa tus dulces imprecisas
realidades, escribe su nombre en las
arenas, entrégalo al mar, viaja con él,
silente navío desterrado.
Inventa tus precisas realidades y borra
su nombre en las arenas.
Mintiendo por mis ojos la dura verdad de
mi inocencia.
IX
Estamos en Ceylán a la sombra crujiente
de los arrozales.
Hablamos invisiblemente la Emperatriz
Faustina,
Juliano el Apóstata y yo.
Niño, dijeron, qué haces tan temprano en
Ceylán,
Qué haces en Ceylán si no has muerto
todavía.
Y aquí estamos para discutir las
palabras del Patriarca Cirilo,
Y hablaremos hebreo, y tú no sabes
hebreo?
El emperador Constantino sorbe
ensimismado sus refrescos de fresa.
Y oye los vagidos victoriosos del niño
occidente.
Desde Alejandría le llegan sueños y
entrañas de aves tenebrosas como la
herejía.
Pasan Paulino de Tiro y Petrófilo de
Shitópolis.
Pasan Narciso de Neronias, Teodoto de
Laodicea, el Patriarca Atanasio.
Y el Emperador Constantino acaricia los
hombros de un faisán.
Escucha embelesado la ascensión de
Occidente.
Y monta un caballo blanquísimo buscando
a Arlés.
El primero de Agosto del año trescientos
catorce de Cristo.
Sale el Emperador Constantino en busca
de Arlés.
Lleva las bendiciones imperiales debajo
de su toga,
Y el incienso y el agua en el filo de su
espada.
Faustina me prestaba su copa de papel
Y yo bebía del vino que toman los
muertos a la hora de dormir.
Pero no conseguían embriagarme
Y de cada palabra que decían sacaba una
enseñanza.
El pez vencerá al Arquitecto,
Los hijos son consubstanciales con el
padre.
Si descubren un nuevo planeta, habrá
conflagraciones, y renunciará a existir
el Sínodo de Antioquía.
Y de todo salía una enseñanza.
Estamos en Ceylán a la sombra de los
crujientes arrozales.
Mujeres doradas danzan al compás de sus
amatistas.
Niños grabados en la flor de amapola
danzan briznas de opio.
Y en todo el paraninfo de Ceylán las
figuras del sueño testifican:
¿Quién es ese niño que nos escribe en
palabra en la arena?
¿Qué sabe él quién lo desata y lanza?
Me prestaba su copa de papel.
El patriarca hablaba desde su estatua de
mármol, con su barba natural y
voz de adolescente:
Preparáos a morir. La hora está aquí.
Vengan.
Continuaba bebiendo el vino de los
muertos y fingía dormir.
El patriarca me ponía su manto para
cuidarme del sueño.
Y oía su diálogo por debajo del vuelo,
la voz enjoyada de Faustina, la voz
de la estatua,
el vino de Ceylán, la canción de los
pequeños sacrificados en la misa de
Ceylán.
¿Quién es ese niño que nos escribe en
palabras en la arena?
¿Qué sabe él quien lo desata y lanza?
Una voz contesta desde su garganta de
mármol:
Dejadlo dormir, es inocente de todo
cuanto hace,
Y sufre su sangre como el martirio de
una herejía.
Dormir en la voz helena de Cirilo.
Con las soterradas manos de Faustina.
Dialogando interminablemente Juliano el
Apóstata.
X
Echemos algunas gotas de horror sobre la
dulzura del mundo.
Mira tu corazón frente a frente, piensa
en la terrible belleza y renuncia.
Los ancianos ya tiemblan al soplo de la
muerte.
Los ancianos que fueron también la
belleza terrible,
Los que turbaron un día las débiles
manos de un niño en la arena.
Ellos son los que tiemblan ya ahora al
soplo de la muerte.
Piensa en su belleza y piensa en su
fealdad.
Aún los seres más bellos conducen un
fantasma.
Ellos son los que tiemblan ya ahora al
soplo de la muerte.
Escapa, débil niño, a la verdad de tu
inocencia.
Y a todos los que se imaginan que no son
inocentes
Y adelantándose al proscenio dicen:
Yo sé.
Dejemos vivo para siempre a ese inocente
niño.
Porque garabatea insensatamente palabras
en la arena.
Y no sabe si sabe o si no sabe.
Y asiste al espectáculo de la belleza
como al vivo cuerpo de Dios.
Y dice las palabras que lee sobre los
cielos, las palabras que se le ocurren,
a sabiendas de que en Dios tienen
sentido.
Y porque asiste al espectáculo de su
vida afligidamente.
Porque está en las manos de Dios y no
conoce sino el pecado.
Y porque sabe que Dios vendrá a
recogerle un día detrás del laberinto.
Buscando al más pequeño de sus hijos
perdido olvidado en el parque.
Y porque sabe que Dios es también el
horror y el vacío del mundo.
Y la plenitud cristalina del mundo.
Y porque Dios está erguido en el cuerpo
luminoso de la verdad como en el cuerpo
sombrío de la mentira.
Dejadlo vivo
para siempre.
Y el niño de la arena contesta:
¡Gracias!
Y una voz le responde:
Sea Pablo,
Sea Cefas,
sea el mundo,
sea la vida,
sea la muerte,
sea lo presente,
sea lo por venir,
todo es vuestro:
y vosotros de Cristo,
y Cristo de Dios.
Vuelve a dormirte.
1941
EL CABALLERO, EL DIABLO Y LA MUERTE:
Versos para un
grabado de Durero
1. El caballero
Un caballero es alguien
que se opone al pecado.
Sale con paso de aventura
en busca del origen de su alma.
Sale hacia el sol,
dialogando con el múltiple espejo
del rocío.
Conoce la clara fisonomía
de cada estrella.
Ha sido huésped nemoroso
de cada árbol.
Ha templado su arma bendecida
en cada amanecer.
Un caballero es alguien
que se opone al pecado,
que requiere su espada
y despliega sus armas,
ante el malicioso rostro,
ante la incitación perfumada
de una doncella, cuyo pecho
resguarda los ámbitos del Paraíso.
El caballero avanza
ceñido por las ramas.
Su mirada es más fría
que su espada. Arde su corazón.
Su memoria persigue
los parajes extensos,
las sombras que atestiguan
un pasado más puro que los cielos.
El Caballero avanza por el bosque.
Los mirlos le siguen, le acompaña
el silencio de las ramas, y el aire.
Busca el lugar que canta
en el bosque remoto. Avanza
como un trémulo azor hacia el pecado.
2. El diablo
Resuenan sus pensamientos.
Combaten sus ojos cristalinos
con la más dura imagen del pecado.
Algo tiende sus frutos y procura
arrebatar su alma bajo el bosque:
es el diablo el que canta entre las
ramas.
El diablo es la alegría
que entrega llanto y ríe.
Es el perfume que alarga una rosa
cuyo centro está hecho de tinieblas.
Es la campana que anda sola recorriendo
el bosque,
y suena como un canto inocente, de
llanto y risa.
El caballero escucha,
requiere sus armas,
atraviesa veloz las ramas,
ora.
El caballero sigue por el bosque.
Alguien lo llama aún con voz muy
poderosa.
Trina el diablo, retiñe su campana, su
cascabel
persigue, su risa avanza.
El caballero escucha: está lejos la
sombra.
No hay música tan pura como el silencio.
No hay palacio tan puro como las ramas.
Su caballo comienza a encantarse, el
aire
se viste de una serena música, corporal,
cristalina:
el caballero avanza hacia la muerte.
3. La muerte
La muerte es el soldado
perpetuo del Señor.
Cuando alguien hiere
la mirada que nunca se fatiga
ella viene a volverlo
ser único del mundo ante esos ojos.
Cuando alguien deja hundir su sueño
detrás del propio cuerpo,
ella viene a golpearle
amorosa los hombros,
y descubre un viajero
más despierto y profundo.
Cuando alguien olvida
su existencia,
ella viene y desgrana
en lugar suyo
la melodía abierta del ascenso;
esparce como el agua por el suelo
el lento descender,
el ir arriba.
Cuando es llamada
por aquél que no puede con su alma,
se oculta entre la malla de los días;
luego se cubre el pecho
con su coraza negra,
y armada de su lanza,
su caballo y su escudo,
se arroja inesperada
entre la hueste erguida.
Tala sin ruido
lo pesado y lo leve.
No pregunta ni escucha.
Trabaja y parte
hacia otro ser,
único en el mundo,
que la espera aunque duerma,
que la espera y despierta
para encontrarse solo
ante su cuerpo abierto,
sin secreto y sin mundo
delante del Señor.
Ella atraviesa el tiempo
como atraviesa el polvo los espacios.
Sus combates
renacen el instante en que los cielos
sin peso fueron levantados
y fueron destruidos.
Para ella las flores,
el adiós, la sonrisa,
la aflicción que no acierta,
lo hiriente y lo amoroso.
Para ella el olvido,
el no mirarla nunca
destruir el espejo,
devorar el silencio,
arrinconar el mundo.
Para ella los brazos,
los metales más puros,
los signos, el lamento,
que todo esto alcanza
a dejar que su canto
penetre hasta las hondas
claridades del cuerpo.
La muerte es el soldado
perpetuo del Señor.
Cada muerto es de nuevo
la plenitud del mundo.
Por cada muerto habla
la piedad del Señor.
Aquella que nos busca
debajo de lo oscuro,
la que nos pone en llamas
otra vez como el día
en que los cielos fueron
creados y deshechos,
es la siempre perdida,
la siempre rechazada,
pero la siempre entera,
corporal, cristalina,
memoria del Señor.
El Caballero rinde
sus armas a la muerte.
Su corcel se arrodilla
lentamente en el aire.
Las ramas tienden
hacia el cielo su alma,
cantan a su gloria,
le entregan al señor.
Gastón Baquero: Poeta
y crítico cubano. Nació en 1918, murió
en 1997. Fundó la revista Clavileño y
colaboró en Verbum, Espuela de Plata y
otras publicaciones. En Cuba mantuvo una
estrecha relación con el grupo
intelectual Orígenes dirigido por José
Lezama Lima. Se exilió luego del triunfo
de la Revolución Cubana, radicándose
definitivamente en España. |