Hace varios años una amiga viajó a Nueva
Gerona de vacaciones. Cuando regresó, me
contaba todos los días algo nuevo sobre
la isla verde. Estaba tan impresionada
que no paraba de hablar. Desde ese
entonces comencé a imaginar cómo sería
la vegetación, los edificios, las
playas, las calles, las personas. Solo
ha transcurrido poco más de una semana
desde que tomé el avión hacia la Isla de
la Juventud, y desde entonces la
nostalgia es un sentimiento irrevocable
que me asalta. Quizá intento comprender
de manera más efectiva, el precoz amor
hacia un terruño inquebrantable en mi
pensamiento, después del dolor y la
destrucción que he visto.
El pintor Alexis Leyva, Kcho, me invitó
a integrar una Brigada que partiría
hacia territorio pinero, para ofrecer su
arte a los damnificados por el huracán
Gustav. Reportaría para el Noticiero
Nacional de Televisión los
acontecimientos más importantes desde mi
llegada.
Las imágenes desde el avión eran
impresionantes. Cuando aterrizamos, un
arco iris se asomaba entre las montañas.
Esos colores no volverían a verse.
Nueva Gerona, después del huracán
Gustav, quedó sepultada en los
escombros. Las calles estaban pobladas
por pocas personas, y cada edificio
tenía impregnada la huella del desastre
en cristales rotos y en puertas
derribadas. Ese mismo día comenzó a
llover desde bien temprano, sin embargo,
continuamos el recorrido, y enfrentando
los embates del agua, repartíamos los
posters con el lema de la Brigada:
Batalla por el Futuro, ¡Venceremos!
Pronto las personas conocieron de
nuestra presencia en la Isla de la
Juventud, y con una sonrisa saludaban a
todos. Es justamente en ese instante
cuando como ser humano se valora lo que
significa ayudar al prójimo, con
muestras de humildad y de cercanía. El
hecho de compartir con personas a las
que se admira por su trabajo en el mundo
del arte, propicia que la gente olvide
un poco sus desgracias.
Kcho, a la llegada a la isla, le decía a
un anciano que íbamos con la guitarra en
una mano, y el martillo en la otra. Si
había que levantar una pared, lo
haríamos.
Uno de los primeros poblados que
visitamos fue Santa Fe, donde la Casa de
la Cultura quedó totalmente destruida.
Frente a los escombros, Carlos Gonzalvo,
más conocido como el profesor
Mentepollo, Isabel Santos, y Kelvis
Ochoa, se ganaron los aplausos de un
público que fue creciendo, en
correspondencia con la algarabía, la
música y la risa. El encuentro culminó
con una descarga de trova y de poesía en
el portal de la casa del rey del zucu
zuco, Mongo Rives. Un espectáculo
similar se realizó en la capital
municipal por la noche.
En días posteriores nos dirigimos a los
poblados de Mella Vaquero, y Mella Pino
Alto. En el primero, de 820 casas,
resultaron afectadas 301. El paisaje era
desolador. Cuando caminábamos por el
pueblo, pude percibir la presencia de un
hombre que seguía al grupo, y
curiosamente le pregunté sobre las
acciones acometidas para recuperarse del
huracán. Este era un señor sin camisa,
rudo, de campo. Comenzó a hablarme
apresuradamente, hasta que estalló en
sollozos. Me contaba sobre cómo había
enclavado una bandera cubana en los
escombros de lo que fue su casa, una
bandera, que según él, le había dado la
vuelta al mundo por Internet, porque el
planeta entero debía saber la
resistencia del pueblo pinero.
Cuando regresamos a la capital
municipal, por la televisión anunciaban
el peligro que corría el territorio por
el huracán Ike. Se suspendieron los
vuelos, y tuve que permanecer varios
días más en la Isla.
Dormíamos en el piso, en colchonetas
acomodadas al azar, con tal de que todos
tuviéramos un techo. Las hermanas de
Kcho, como hormigas, trabajaban todo el
día, cocinándonos, lavando la ropa, y
limpiando la casa. Los que conocieron a
su madre dicen que no había mujer igual
en la Isla. Martha Machado era una dama
increíble, y así lo demostró con sus
proyectos comunitarios. No había artista
que visitara la Isla de la Juventud, y
no pasara por esa casa. Por eso,
unánimente, Martha Machado fue el nombre
otorgado a la Brigada de artistas, pues
en su hogar hicimos campaña.
Recordaba también a mi amiga cuando
estuvimos en la finca El Abra, declarada
Monumento Nacional y donde vivió, por un
tiempo, nuestro apóstol. Decía ella que
al lugar se llegaba a través de una
inmensa alameda. Hoy, solo quedan
árboles secos, aunque la casa sufrió
pequeños daños. Bladimir Zamora,
redactor de la revista El Caimán
Barbudo, me decía que a pesar del
desastre, se sentía la presencia de
Martí en aquel lugar, y creo que tenía
toda la razón.
El huracán Ike solo trajo algunas
lluvias y ráfagas de viento, pero nada
más. Eso posibilitó la presentación de
la Brigada en varios lugares.
En la Escuela Secundaria Básica en el
Campo Lino Figueredo, 325 evacuados de
las comunidades de Cocodrilo, Santa Fe y
Nueva Gerona esperaban ser trasladados
nuevamente hasta su hogar, cuando
llegaron los artistas. Congregados en un
pequeño teatro, disfrutaron del
documental Elogio de la Virtud,
del realizador Roberto Chile, de la
actuación de Kelvis y del profesor
Mentepollo, y por último de la película
Vampiros en La Habana, del
director Juan Padrón. Horas después,
bailábamos todos en el comedor de la
escuela con la conga santiaguera;
parecía que el ciclón nunca había
pasado. Pudimos dormir como a las cinco
de la madrugada, junto a los evacuados.
A las siete de la mañana, ya el ómnibus
nos venía a recoger, y prácticamente sin
conciliar el sueño, continuamos
brindándole nuestra energía a la Isla de
la Juventud.
Días después, al aterrizar en el
aeropuerto de La Habana, no pensaba en
las necesidades que enfrenté en la
región pinera, ni en la naturaleza
muerta del paisaje; solo deseaba volver. |