Año VII
La Habana

13 al 19 de SEPTIEMBRE
de 2008

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Somos la isla

Danny González Lucena • La Habana

 


Hace varios años una amiga viajó a Nueva Gerona de vacaciones. Cuando regresó, me contaba todos los días algo nuevo sobre la isla verde. Estaba tan impresionada que no paraba de hablar. Desde ese entonces comencé a imaginar cómo sería la vegetación, los edificios, las playas, las calles, las personas. Solo ha transcurrido poco más de una semana desde que tomé el avión hacia la Isla de la Juventud, y desde entonces la nostalgia es un sentimiento irrevocable que me asalta. Quizá intento comprender de manera más efectiva, el precoz amor hacia un terruño inquebrantable en mi pensamiento, después del dolor y la destrucción que he visto.

El pintor Alexis Leyva, Kcho, me invitó a integrar una Brigada que partiría hacia territorio pinero, para ofrecer su arte a los damnificados por el huracán Gustav. Reportaría para el Noticiero Nacional de Televisión los acontecimientos más importantes desde mi llegada.

Las imágenes desde el avión eran impresionantes. Cuando aterrizamos, un arco iris se asomaba entre las montañas. Esos colores no volverían a verse. 

Nueva Gerona, después del huracán Gustav, quedó sepultada en los escombros. Las calles estaban pobladas por pocas personas, y  cada edificio tenía impregnada la huella del desastre en cristales rotos y en puertas derribadas. Ese mismo día comenzó a llover desde bien temprano, sin embargo, continuamos el recorrido, y enfrentando los embates del agua, repartíamos los posters con el lema de la Brigada: Batalla por el Futuro, ¡Venceremos!

Pronto las personas conocieron de nuestra presencia en la Isla de la Juventud, y con una sonrisa saludaban a todos. Es justamente en ese instante cuando como ser humano se valora lo que significa ayudar al prójimo, con muestras de humildad y de cercanía. El hecho de compartir con personas a las que se admira por su trabajo en el mundo del arte, propicia que la gente olvide un poco sus desgracias.

Kcho, a la llegada a la isla, le decía a un anciano que íbamos con la guitarra en una mano, y el martillo en la otra. Si había que levantar una pared, lo haríamos.

Uno de los primeros poblados que visitamos fue Santa Fe, donde la Casa de la Cultura quedó totalmente destruida. Frente a los escombros, Carlos Gonzalvo, más conocido como el profesor Mentepollo, Isabel Santos, y Kelvis Ochoa, se ganaron los aplausos de un público que fue creciendo, en correspondencia con la algarabía, la música y la risa. El encuentro culminó con una descarga de trova y de poesía en el portal de la casa del rey del zucu zuco, Mongo Rives. Un espectáculo similar se realizó en la capital municipal por la noche.

En días posteriores nos dirigimos a los poblados de Mella Vaquero, y Mella Pino Alto. En el primero, de 820 casas, resultaron afectadas 301. El paisaje era desolador. Cuando caminábamos por el pueblo, pude percibir la presencia de un hombre que seguía al grupo, y curiosamente le pregunté sobre las acciones acometidas para recuperarse del huracán. Este era un señor sin camisa, rudo, de campo. Comenzó a hablarme apresuradamente, hasta que estalló en sollozos. Me contaba sobre cómo había enclavado una bandera cubana en los escombros de lo que fue su casa, una bandera, que según él, le había dado la vuelta al mundo por Internet, porque el planeta entero debía saber la resistencia del pueblo pinero.

Cuando regresamos a la capital municipal, por la televisión anunciaban el peligro que corría el territorio por el huracán Ike. Se suspendieron los vuelos, y tuve que permanecer varios días más en la Isla.

Dormíamos en el piso, en colchonetas acomodadas al azar, con tal de que todos tuviéramos un techo. Las hermanas de Kcho, como hormigas, trabajaban todo el día, cocinándonos, lavando la ropa, y limpiando la casa. Los que conocieron a su madre dicen que no había mujer igual en la Isla. Martha Machado era una dama increíble, y así lo demostró con sus proyectos comunitarios. No había artista que visitara la Isla de la Juventud, y no pasara por esa casa. Por eso, unánimente, Martha Machado fue el nombre otorgado a la Brigada de artistas, pues en su hogar hicimos campaña.

Recordaba también a mi amiga cuando estuvimos en la finca El Abra, declarada Monumento Nacional y donde vivió, por un tiempo, nuestro apóstol. Decía ella que al lugar se llegaba a través de una inmensa alameda. Hoy, solo quedan árboles secos, aunque la casa sufrió pequeños daños. Bladimir Zamora, redactor de la revista El Caimán Barbudo, me decía que a pesar del desastre, se sentía la presencia de Martí en aquel lugar, y creo que tenía toda la razón.

El huracán Ike solo trajo algunas lluvias y ráfagas de viento, pero nada más. Eso posibilitó la presentación de la Brigada en varios lugares. 

En la Escuela Secundaria Básica en el Campo Lino Figueredo, 325 evacuados de las comunidades de Cocodrilo, Santa Fe y Nueva Gerona esperaban ser trasladados nuevamente hasta su hogar, cuando llegaron los artistas. Congregados en un pequeño teatro, disfrutaron del documental Elogio de la Virtud, del realizador Roberto Chile, de la actuación de Kelvis y del profesor Mentepollo, y por último de la película Vampiros en La Habana, del director Juan Padrón. Horas después, bailábamos todos en el comedor de la escuela con la conga santiaguera; parecía que el ciclón nunca había pasado. Pudimos dormir como a las cinco de la madrugada, junto a los evacuados. A las siete de la mañana, ya el ómnibus nos venía a recoger, y prácticamente sin conciliar el sueño, continuamos brindándole nuestra energía a la Isla de la Juventud.

Días después, al aterrizar en el aeropuerto de La Habana, no pensaba en las necesidades que enfrenté en la región pinera, ni en la naturaleza muerta del paisaje; solo deseaba volver.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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