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He respondido varios correos de
familiares y amistades radicados
fuera de Cuba que, preocupados
por el desastre que descubren
tras el paso de los huracanes
Gustav e Ike, necesitan saber
qué me ha ocurrido, a mi, a mis
familiares y a los suyos.
También el teléfono, de ida y
vuelta, ha ido dando nota de
cómo están las cosas para amigos
y familias. Es el primer escalón
de un gesto solidario al que
respondo, invariablemente, que
salvo aquellos cuyo sustento
depende del cultivo agrícola, no
hemos sufrido en el ámbito
familiar nada de interés para la
anécdota. Les comento además a
los de fuera que estamos
tratando de paliar la situación
con donaciones, con aportes, que
no es sólo un suceso momentáneo…
pues, luego de haber vivido los
insufribles años de la mayor
crisis que registra la Historia
de Cuba, conocida como Período
Especial, nos amenaza el shock
de un nuevo germen de carencias.
También me contaba mi madre que
en Vueltas, mi pueblo de origen,
los choferes de alquiler no
habían perdido la oportunidad de
especular desde apenas el día
siguiente del paso del ciclón
por la región central,
aumentando en más de tres veces
el precio legal del contrato que
han firmado y el doble del
precio que ilegal y
habitualmente cobran. Y así
también puede ocurrir con los
precios de alimentos y productos
básicos, que en nuestro caso
incluye el acceso de todos a la
salud, con asistencia gratuita y
tarifas protegidas para los
medicamentos, y la continuidad
de los estudios. Se crea, por
tanto, un abono para que surja
el rostro del oportunismo, la
deshumanización individualista,
el egoísmo brutal que, mal que
nos pese, nuestra prensa refleja
en pocas ocasiones. Vemos, eso
sí, una eficiente estrategia del
estado cubano para la atención
del país, no sólo en capitales y
focos poblacionales de
importancia, sino en cualquier
región, por aislada que se
halle, así como las muestras
altruistas que los ciudadanos
por sí mismos ofrecen en
concreto. Una verdad que ningún
odio, por arraigado, por básico
que surja, debiera echar en saco
roto.
No obstante, y para no perder
costumbre, no sólo respecto a
Cuba sino también en relación
con cualquier zona de desastre
que puedan someter para sus
beneficios, de los Estados
Unidos llega un cínico
ofrecimiento de ayuda que no
refleja otra cosa que su
entrenamiento para especular con
la desgracia ajena y su inefable
visión de superioridad. La
respuesta oficial cubana da
muestra, en cada una de sus
pacientes comunicaciones, de
obedecer con responsabilidad a
una inteligencia diplomática que
para nada pide aislarnos del
contexto global que nos implica.
El propio candidato a la
presidencia norteamericana,
Barak Obama, lo ha sugerido
oportunamente: que se levanten
las restricciones económicas
sobre Cuba, siquiera como
condición humanitaria. Es una
idea atendible, más allá de
diferencias de perspectiva
política, incluso más allá de la
valoración de abusiva,
especuladora, criminal,
etcétera, que el Bloqueo
estadounidense ha demostrado.
Los cubanos necesitamos ahora
mismo gestos que demuestren que
no todos vivimos para un mundo
de exterminio de todos contra
todos, acciones concretas, para
ahora mismo pero también para
después, que no bloqueen la
puesta a prueba de nuestras
capacidades humanas y que
anuncien no sólo que es posible
vivir bajo criterios diferentes,
enfrentando con valentía las
polémicas, sino que no se está
esperando para cobros de
venganza allí donde la herida
surja. Así debían pensarlo los
cubanos que, fuera, preferirían
colocar su equis de votante en
la casilla Mc Cain, en la Obama,
Mc Donald o Walt Mart, antes que
en la casilla Castro, Machado,
Lage, Lazo, Pérez o Gutiérrez. Y
así podían asumirlo los que no
pierden ocasión para guerrillas
Web apenas les llega un
comentario sin confirmación de
que a cualquier artista
disidente le ha pasado tal o
cual abuso. Se trata de un
problema de Cuba para todos los
tiempos. Si no levantarse,
condescender al menos, lo cual,
perdonen la obviedad pero las
actitudes parecen evadirla,
implica a los cubanos que
vivimos tanto sus carencias como
sus esplendores.
Como no sólo se puede, sino que
es necesidad de la política
actual echar abajo el Bloqueo
sobre Cuba, una solución
transitoria llamaría a riesgo de
fosilización a esa medida. Y
pondría en riesgo, se entiende,
status de vida de muchos que de
esas diferencias se alimentan y
hasta de otros pocos que con
ella se englorian.
Para explicar su tesis del
choteo, Jorge Mañach manejaba
entre sus ejemplos el de unos
ciudadanos que echaban a reír al
ver los techos de las casas
volando bajo la furia de un
ciclón. En la versión
Bergsoniana del humor, ello
responde a una crueldad que
superior se siente. Y en el arte
de Chaplin, para atinar sólo un
ejemplo afín, actitudes
semejantes reflejan indolencia
humana, algo que, aún en su
visión, sólo conduce a más
miseria humana. Los techos de
nuestras casas se han hecho
trizas bajo la furia del ciclón;
que rían, pues, aquellos que
superiores se crean, capaces de
especular con la desgracia
ajena, aquellos cuya ideología
de dominio por shock (como bien
lo describe y analiza Naomi
Klein en su libro La doctrina
del Shock. El auge del
Capitalismo del desastre) no
les permite reconocerse en la
condescendencia y, sobre todo,
temen hasta lo hondo contender
en igualdad de condiciones. Los
que se duelan, que empujen
porque volvamos a sufrir por
nuestras personales cuitas, a
trabajar por cambios que nos
permitan vivir de mejor modo.
No es un chiste esta cosa, ni
mucho menos un caso para chota.
De ahí que sólo pida: Que nos
tiren el cabo lo que puedan y,
sobre todo, que no se abran las
vías para que cunda el shock-teo,
por favor. |