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De La Habana a Pinar del Río se
fue un barco cargado de abejas
que son niños, niños que son
duendes, gigantes que son
maestros, princesas y ratones,
repartidores de sueños…
Mientras se llena en el juego el
buque con letras a las que se ha
de convertir en palabras, por
los caminos tejidos de hierros y
cables de la electricidad, bajo
los techos por donde se puede
ver el cielo, entre las ramas
secas de los árboles que aún
quedan en pie en la provincia
más occidental de Cuba, se unen
las esperanzas de los moradores,
con la voluntad de La Colmenita
de “hacer el bien”.
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El grupo de teatro infantil se
reunió dos veces en esta ocasión
para cumplir con la sentencia
martiana que es su guía en el
trabajo: “los niños deberían
juntarse al menos una vez a la
semana para hacer el bien”.
Cuatro brigadas actuaron sábado
y domingo para la población de
los municipios más afectados por
los huracanes Ike y Gustav,
ofreciendo funciones hasta tres
veces al día. Con los
espectáculos “Meñique”, “Ajiaco
de sueños” y “La Cucarachita
Martina”, la colmena convirtió
cada plaza de La Palma, Minas de
Matahambre, Viñales,
Consolación, San Cristóbal, Los
Palacios, Bahía Honda y
Candelaria, en un teatro de
lujo.
Los niños-abejas tuvieron en el
trayecto, como compañeros de
viaje, a escritores, cantautores
y otros artistas entre los que
se encontraban el Dúo Karma y
Rita del Prado. Esta última
amiga entrañable de la inquieta
colmena, escribió el sábado de
regreso una décima con la cual
Carlos Alberto Cremata (Tin),
director de la compañía, recibió
entusiasta a los invitados y
despidió a los pequeños el
domingo.
Parece mágico el momento en que
Tin llama a todos a juntarse en
círculos en el parque vecino a
la sede central de la compañía,
antes de abordar a los ómnibus,
porque se hace el silencio para
que el viento escuche en su voz:
“La Colmenita está viviendo un
momento extraordinario… la gente
nos ha dado más cariño del que
podemos dar”. Y luego, el
llamado de siempre a andar bajo
la guía del Apóstol y a brillar
para ser útiles, no para que el
mundo los vea pasar.
En el camino hacia Pinar del
Río, los miembros de la Brigada
3 constataron la certeza del
desastre. Se escuchaban gritos
de “¡mira, mira eso!” y otras
expresiones de asombro… sus
propios ojos testigos les
hicieron el corazón más grande y
les dieron fuerzas para las dos
funciones del día.
El cine de San Cristóbal se
llenó hasta los pasillos con un
público que habló de su
agradecimiento con aplausos,
mientras Katerine se volvía
Meñique; Gabriela, duende;
Camilo, rey; Alejandro, zángano;
Claudia y Arleen, abejas.
Después, en la comunidad cercana
al antiguo central José Martí,
entre las ruinas de la Casa del
Azucarero, bajo el sol
castigador de las tres de la
tarde, se repitió el hechizo.
Las sombrillas y las sonrisas de
la gente dieron color al entorno
que La Colmenita transformó en
páginas de La Edad de Oro.
Los padres acompañaron a sus
hijos en los juegos y en los
bailes, y se quedaron allí a un
costado de la calle, para ver a
las abejas irse antes de volver
al trabajo, o al descanso
después del trabajo en la
recuperación de sus casas.
Un niño esperó en la puerta para
pedir autógrafos, y las abejas,
los profesores y hasta los
padres, dejaron su firma en la
libreta blanca, con el mismo
amor con que llevaron de sus
casas algunas de sus
pertenencias para donar a los
damnificados por los huracanes,
con igual entusiasmo con que
escribieron un día inolvidable
en la historia de aquellos
pueblitos, que se resisten al
azote implacable de la
naturaleza. |