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Señor Rector, Señora Embajadora
de Bélgica, estimados y
estimadas colegas, queridos
amigos y amigas,
Gracias por este honor académico
que también es un testimonio de
solidaridad en la lucha social,
espiritual y política y una
expresión de amistad.
En 1953 subí por primera vez la
escalinata de esta Universidad,
que fue testigo de tantas luchas
estudiantiles y políticas, y en
los 55 años que han
transcurrido nunca pensé que un
día yo regresaría para recibir
un doctorado de esta gran
institución. De verdad, la
Universidad de La Habana ha sido
un lugar privilegiado de la
tradición intelectual y cultural
de la nación cubana. No podemos
olvidar que aquí descansa Félix
Varela, que el pensamiento de
José Martí siempre ha sido
promovido, aún en los peores
días de la vida política del
país y que grandes nombres de la
literatura y de la política
fueron asociados a su dinámica,
para citar solamente los que he
conocido personalmente Alejo
Carpentier, Cintio Vitier,
Roberto Fernández Retamar y
Abel Prieto en la literatura;
Aurelio Alonso y Fernando
Martínez Heredia en la
filosofía; Eduardo Torres-Cuevas
en la historia; Osvaldo Martínez
y Carlos Tablada en la economía;
o Ricardo Alarcón y Felipe Pérez
Roque y el propio Comandante
Fidel Castro en los campos
político e intelectual.
El tema que he elegido para esta
ponencia es la relación entre
Revolución y Religión en Cuba.
Le haré en tanto que sociólogo
de la religión, fiel así a mis
colegas de esta Universidad que
me habían invitado hace algunos
años a dar mi punto de vista
sobre la disciplina y al equipo
del Departamento de estudios
sociorreligiosos del CIPS a los
cuales debo muchas de las
informaciones concretas. Me
perdonarán si hablando desde el
exterior, se me escapan ciertos
hechos o perspectivas.
Empezaré por definir el marco
específico del análisis y
después trataré de construir una
cronología del tema.
I.
El marco del análisis
Para el análisis de las
relaciones entre Revolución y
religión en Cuba, utilizaré un
guión de lectura (una hipótesis)
que formulo de la manera
siguiente: El tiempo de las
incertidumbres no significa el
fin de las utopías, ni la muerte
de la esperanza. En otras
palabras, las certidumbres que
caracterizaban ambas partes,
creando un estado de conflictos,
puede transformarse, con el
reconocimiento de la
incertidumbre, en una dinámica
de búsqueda común de la utopía y
en una fuente de esperanza. Se
trata de un enfoque que permite
ir más allá de la mera
descripción o de la
historiografía.
De verdad, vivimos tiempos de
incertidumbre, no solamente en
el pensamiento científico o en
las ciencias humanas, sino en la
situación existencial de los
pueblos. Las numerosas crisis,
financieras, alimentarias,
energéticas, climáticas están
creando condiciones
particularmente graves, fruto de
la lógica de un modelo de
desarrollo destructor de la
naturaleza y de los seres
humanos, resultado de una
inversión de valores, que hizo
de la acumulación del capital el
motor de la civilización.
Quiero recordar que la filosofía
contemporánea de las ciencias
nos lleva a considerar el azar
como un factor clave de la
historia física y biológica del
universo. Por su parte, el
análisis de las sociedades no
permite más una visión
determinista lineal de la
realidad y nos ayuda a
redescubrir su dimensión
dialéctica.
Uno podría preguntarse qué tiene
eso que ver con las relaciones
entre Revolución y religión en
Cuba. De verdad mucho. Hubo el
tiempo de las certidumbres, la
Revolución que tendía a
transformar la utopía en dogmas
y las religiones, en particular
las iglesias cristianas,
institucionalmente mayoritarias
en el panorama religioso del
país, que identificaban formas
coyunturales e históricas con el
absoluto de su meta. Para la
iglesia católica aún no había
ocurrido el Concilio Vaticano
II, que ocasionó una
transformación profunda.
El fracaso, relativo pero
profundo de las sociedades
socialistas europeas, las graves
desviaciones de ciertas
revoluciones buscando
alternativas al capitalismo, las
orientaciones contemporáneas de
poderes socialistas promoviendo
una “economía social de
mercado”, introducen un factor
importante de incertidumbre en
la búsqueda del poscapitalismo.
Cambios culturales, nuevos
conocimientos, movimientos
migratorios, han tenido un
impacto sobre la
conceptualización de las
creencias religiosas y sobre la
pluralidad religiosa de las
sociedades e introdujeron
elementos de incertidumbre
dentro del campo religioso.
De manera positiva, el tiempo de
las incertidumbres ayuda a
desarrollar una modestia
intelectual y una tolerancia
mutual, sin necesariamente caer
en el cinismo cultural, en la
ausencia de valores inspiradores
del actuar humano, o en el
rechazo de todo compromiso, es
decir, sin abandonar la búsqueda
de las utopías.
En este sentido, las ciencias
sociales y la sociología en
particular, han jugado un papel
importante. Todas las
instituciones de las
certidumbres han sido alérgicas
a la sociología. Las sociedades
socialistas suprimieron la
sociología porque con el
marxismo tenían todas las
respuestas y en Europa del Este,
los primeros pasos de su
restablecimiento fueron
orientados por el funcionalismo
norteamericano: cómo hacer
funcionar mejor el sistema, sin
analizar las nuevas relaciones
sociales que se habían
construido ni las propias
contradicciones internas.
El enfoque histórico,
sociológico y sicológico en el
análisis de las religiones,
revelaba el carácter construido
de las creencias e instituciones
religiosas, lo que ponía en
peligro varias dudosas
certidumbres y también ciertos
parámetros del sistema de
autoridad. Eso provocó también
resistencias por parte de las
instituciones religiosas.
Por estas razones, se debe tomar
en cuenta el contexto social de
las relaciones entre Revolución
y religión en Cuba, sabiendo
también que en ambos elementos
hubo tensiones internas, y que
la realidad es siempre
dialéctica y compleja, con
actores en interacción. Lo que
se propone es establecer una
cronología dentro de un cuadro
general de interpretación,
utilizando las excelentes
investigaciones del Departamento
de estudios sociorreligiosos del
CIPS, los trabajos de sociólogos
de esta Universidad y de centros
de investigación antropológicos,
como el Centro Fernando Ortiz y
la Casa del Caribe, y finalmente
algunas observaciones
personales.
II.
Las etapas de las
relaciones entre Revolución y
religión en Cuba
Antes de proponer una cronología
de las relaciones, es bueno
recordar en breves palabras
algunos aspectos del panorama
religioso y político existente
antes de la Revolución. En el
campo religioso, había tres
elementos principales: el
catolicismo, las varias formas
de protestantismo y las
religiones afrocubanas. La
iglesia católica era la
institución religiosa principal.
Ella había recuperado en los
años 50 un lugar importante en
la sociedad, después de haber
sufrido su carácter de brazo
cultural de la colonización
española que, entre otro, había
impedido el desarrollo de un
clero local. En la víspera de la
Revolución, este último era
todavía un tercio extranjero, en
su mayoría español.
En el año 1953, vine a Cuba por
un congreso centroamericano y
caribeño de la Juventud Obrera
Católica (JOC). Aproveché de la
oportunidad para completar un
estudio comparativo sobre las
estructuras pastorales de la
iglesia católica en las grandes
ciudades de Europa, América del
Norte y América del Sur. Este
tipo de investigaciones era muy
revelador del tipo de inserción
social del catolicismo. En La
Habana, ciudad de un millón de
habitantes en ese tiempo, había
16 parroquias con 32 sacerdotes.
Al mismo tiempo, más de 200
sacerdotes estaban dedicados a
la enseñanza en escuelas
secundarias y superiores. Cuando
uno recuerda la función social
de una gran parte de esas
escuelas privadas, se puede
concluir que eso significaba,
deliberadamente o no, una real
opción de clase.
De verdad no podemos ser
demasiado simplistas. La JOC
actuaba en los medios obreros,
con una visión de crítica social
inspirada por la fe Cristiana y
por otra parte, los Jesuitas del
colegio elitista de Belén pueden
enorgullecerse de haber
contribuido a la formación del
líder máximo de la Revolución,
Fidel Castro. Sin embargo, como
institución, la iglesia católica
no era identificada con los
medios populares que eran
culturalmente influidos por una
religiosidad de múltiple origen.
Al contrario estaba más cercana
culturalmente y socialmente de
las clases altas y medio-altas,
participando en su reproducción
social.
Las iglesias de la Reforma
estaban todavía muy vinculadas
con sus orígenes, generalmente
norteamericanos y, con pocas
excepciones, actuaban en las
clases medias urbanas, también
con instituciones educacionales.
Los cultos afrocubanos eran
marginalizados o folclorizados
tanto por las iglesias
cristianas, como por la sociedad
blanca, sea política, cultural o
académica.
Al mismo tiempo, los medios
sociales nacionalistas y las
organizaciones de izquierda, de
donde nació la Revolución, se
caracterizaban por un laicismo a
menudo agresivo y generalmente
anticlerical. Todo el mundo
tenía sus certidumbres y eso a
pesar de la altura de
pensamiento de grandes figuras
que habían marcado la historia
cubana, como el filósofo padre
Félix Varela o el pensador
político y finalmente Héroe
Nacional de la Independencia,
José Martí.
1.El momento revolucionario
Es en este contexto que nace y
triunfa el proceso
revolucionario. Se trata en una
primera etapa de la conquista de
espacios para consolidar una
real independencia política, un
poder de decisión económica, la
justicia social con educación,
salud y cultura para todos. Se
reducen así varios espacios
ocupados antes por entes
religiosos.
El éxodo de las clases altas y
medio-altas después del triunfo
de la Revolución, reduce la base
social de las iglesias
cristianas. Una parte de los que
se quedan se inscriben en el
espacio religioso, en tanto que
refugio político sino
antirrevolucionario. La mayoría
del clero de origen español
interpreta los eventos como la
repetición de la Guerra civil
española y muchos son
expulsados. Miembros de la JOC,
que habían apoyado la Revolución
se retiran del proceso o son
excluidos. Entran en oposición o
se exilian, cuando la Revolución
se define como socialista de
inspiración marxista. La tensión
es fuerte y la imagen mutual se
transforma en estereotipos de
verdad no siempre sin base: las
iglesias, fuerzas
contrarrevolucionarias y la
Revolución fuente de ateísmo
militante.
Las iglesias protestantes, sin
embargo, siendo minoritarias, no
son tan afectadas por esta
dicotomía y se adaptan más
fácilmente a la nueva situación.
Los cultos afrocubanos se quedan
en su lugar de siempre, es
decir, casi clandestinos, frente
al gran movimiento de
emancipación social y cultural
de las clases subalternas
promovida por la Revolución.
En esta situación difícil y
tensa, algunas personalidades
que he tenido el privilegio de
conocer de cerca, jugaron un
papel importante y pacificador a
largo plazo. El primero fue
Felipe Carneado, este
intelectual, miembro del Partido
comunista desde antes de la
Revolución y encargado de los
asuntos religiosos en el Comité
Central del Partido. Su
personalidad conciliadora, sus
relaciones personales muy
atentas con muchos de los
líderes religiosos, le
merecieron el título (como broma
amistosa) de Obispo laico.
Recuerdo una celebración de su
cumpleaños, cuando el pastel de
aniversario le fue entregado y
después compartido, por la
conferencia episcopal católica
en su conjunto.
Otro actor importante fue
monseñor Zacchi, el encargado de
negocios de la nunciatura
apostólica, que guardaba el
contacto con las autoridades de
la revolución aún en momentos de
alta tensión. Se dice que, como
buen italiano, era experto en
espaguetis, lo que Fidel
apreciaba particularmente.
Finalmente quiero mencionar dos
figuras que me impresionaron
mucho, monseñor Adolfo
Rodríguez, el obispo de Camagüey
y el pastor Raúl Suárez. El
primero, que fue también
presidente de la Conferencia
Episcopal Católica, mantuvo
siempre una actitud pastoral de
apertura y de diálogo. El
segundo, a pesar de haber
sufrido de la Revolución, nunca
perdió su esperanza en el futuro
y su celo evangélico y fundó el
Centro Martin Luther King, un
lugar privilegiado de compromiso
social y aun fue miembro de la
Asamblea Nacional Popular.
2. El período del mimetismo
soviético
Por razones políticas obvias,
durante la Guerra Fría, Cuba ha
tenido de apoyarse en la Unión
Soviética. La contribución
política y económica muy real ha
tenido también un precio
ideológico, que se tradujo en
varias aéreas, que incluyen la
cultura y también la religión.
En la URSS, el ateísmo se había
transformado en religión de
estado. Me acuerdo haber
visitado el Instituto del
Ateísmo Científico, y también en
Leningrado el museo del ateísmo,
localizado en la catedral de la
misma ciudad. De hecho, una
lucha coyuntural y necesaria
contra instituciones religiosas
vinculadas con el orden social
feudal, se había transformado en
un dogma. Ya Carlos Marx había
contestado a los discípulos de
Feuerbach que pretendían que
para ser socialista uno tenía
que ser ateo, que tenían un
discurso teológico al revés.
Eso tuvo también su impacto en
Cuba. Me acuerdo una visita en
este tiempo en una escuela
primaria de los alrededores de
Matanzas. Los manuales escolares
eran traducidos del ruso y
contenían ataques frontales a
las religiones, lo que provocaba
reacciones muy comprensibles
entre los creyentes. Sin
embargo, aún durante este
período, hubo también otros
acontecimientos. Después de la
muerte del Papa Juan XXIII, el
gobierno cubano decretó tres
días de luto, y tuve la
oportunidad de participar en el
servicio celebrado en la
catedral de La Habana en su
memoria, por monseñor Zacchi, ya
citado, en presencia de
autoridades políticas. También
reuniones de personalidades
religiosas de varias
denominaciones y naciones fueron
organizadas por el Consejo
Mundial de la Paz. Una de ellas
tuvo lugar en el seminario
protestante de Matanzas. El fin
era movilizar fuerzas morales en
favor de la paz, durante la
Guerra Fría. El resultado fue
también un poco de aire fresco
en una atmósfera a veces
pesante.
3. El período de rectificación
A partir de la mitad de los 80,
Cuba recuperó progresivamente
una relativa autonomía política
e ideológica. Cuatro años
después se produjo la implosión
de la Unión Soviética. Este
período también tuvo un efecto
sobre las relaciones entre la
Revolución y las religiones.
El primer hecho, lo más visible,
fue la larga entrevista de Frei
Betto, el dominico brasileño, a
Fidel y que fue publicada en un
libro: Fidel y la religión.
La obra fue traducida en
decenas de lenguas, hasta el
vietnamita. La edición francesa
se equivocó de portada, con una
foto de Ramón el hermano mayor
de Fidel en vez de este último.
Me acuerdo también las filas
frente a las librerías de Cuba
para comprarlo: un millón dos
cientos mil personas lo
compraron. Este éxito fue tal
vez en parte debido al hecho de
que por primera vez Fidel
hablaba de su niñez y de su
juventud, pero de todas maneras
el discurso de Fidel sobre la
religión se distanciaba de los
estereotipos del pasado,
expresando admiración como
también críticas, pero sobre
todo respeto.
Desde varios años, teólogos de
la liberación habían sido
invitados por Cuba, tales como
Leonardo Boff, el brasileño.
Muchos cubanos, y entre ellos
intelectuales, tenían contactos
con cristianos comprometidos en
los movimientos revolucionarios
de América Central, Guatemala,
El Salvador y Nicaragua. En este
país, la Revolución Sandinista
tenía un componente cristiano
muy importante. Sacerdotes como
Ernesto y Fernando Cardenal y
Miguel D’ Escoto jugaban un
papel de peso y las Comunidades
eclesiales de base habían
constituido una de las bases
sociales de la Revolución. ¿Cómo
seguir con la certidumbre que la
religión era solamente el opio
del pueblo?
Es también en 1986, que a la
iniciativa de intelectuales
marxistas, se organizó en la
escuela de Diplomacia del MINREX,
un curso intensivo de Sociología
de la Religión que mi colega
Geneviève Lemercinier y yo,
impartimos durante 15 días. Una
treintena de profesores de
Filosofía, de colaboradores del
Comité Central y aun un coronel
en uniforme siguieron el curso.
El punto de partida era que un
enfoque marxista de la religión
no podía ser el fruto de un
dogma, sino de un análisis de
sus funciones sociales. Así se
estudiaron, en la historia y
para diversas religiones, los
hechos. La conclusión fue que de
verdad las religiones pueden ser
un opio para la emancipación de
los pueblos, pero también fuente
de inspiración para un
compromiso social, aún
revolucionario. El consenso fue
unánime y el contenido del curso
fue publicado con un prefacio de
Fernando Martínez. Varias
ediciones se realizaron en
México, Nicaragua, Colombia y
Brasil y siguen todavía, gracias
a Ruth Casa editorial y a los
esfuerzos de Carlos Tablada, en
Cuba de nuevo, en Venezuela y en
otros países latinoamericanos.
El catolicismo cubano, por su
parte, realizó en 1986 una
reflexión importante sobre su
propia realidad y su función en
la sociedad. Después de varios
meses de preparación del
Encuentro Nacional (ENEC) de la
Iglesia Católica, produjo un
documento que daba una
orientación nueva.
Evidentemente las
interpretaciones ulteriores
fueron diversas, en función de
la diversidad interna del
catolicismo mismo y de
variaciones en la relaciones
entre la iglesia y el estado. El
Consejo ecuménico de las
iglesias, por su parte
contribuyó también a una
reflexión teológica renovada,
especialmente vía su revista
difundida en varios medios de la
sociedad cubana. El Centro
Martin Luther King, nacido en la
misma época, contribuyó por sus
obras y trabajos de reflexión a
la creación de un otro clima,
sin hablar del trabajo de base
de varios grupos de cristianos
para las víctimas del sida, por
ejemplo.
La actitud oficial cambió
durante este período. El
Congreso del Partido Comunista
de Cuba suprimió las
disposiciones que impedían a un
creyente ser miembro del
Partido. También nació en el
seno de la Academia de las
Ciencias el Departamento de
Estudios sociorreligiosos. El
promotor y su alma fue Jorge
Calzadilla que realizó con su
equipo un admirable trabajo de
investigaciones sobre las
religión en Cuba, el
catolicismo, las diferentes
ramas del protestantismo, la
iglesia ortodoxa, las varias
religiones afrocubanas, tales
como la Santería o la Regla de
Ochá, la tradición espiritista
de Alan Kardec, el budismo, el
Islam. He tenido la suerte de
ser asociado a este trabajo,
prácticamente desde el inicio y
quiero rendir un homenaje muy
especial al fundador del Centro
por su contribución a un mejor
conocimiento del campo religioso
de Cuba. Las reuniones
internacionales que Calzadilla
organizó sobre el tema, ayudaron
a extender la red de contactos y
a manifestar la presencia cubana
en este sector del conocimiento
científico.
El aporte del conjunto de estos
trabajos ayudó a clausurar la
era de las certidumbres. Por una
parte se salió de la imagen de
las religiones como factores de
retroceso social sin, por tanto,
abandonar una posición crítica y
por otra parte, la referencia
clara al marxismo como
metodología de interrogación de
lo real, impidió caer en un
posmodernismo reductor de la
realidad. Pero también se
manifestó así el hecho de la
pluralidad religiosa y la
necesidad de la tolerancia y del
diálogo, no solamente ecuménico,
sino interreligioso. Así se
comprueba que el enfoque
científico también tiene
funciones sociales que no
podemos ignorar y una sociología
de la sociología nos lo enseña.
Evidentemente, el peso del
tiempo hace que las etapas no se
desarrollan como procesos
claramente definidos.
Conflictos, tensiones internas,
regresiones han tenido lugar.
Las certidumbres no se eliminan
por decreto.
4. El período especial
Al principio de los años 90, la
combinación de la caída de la
Unión Soviética junto con un
bloqueo acentuado de parte de
los EE.UU., llevó al país a una
situación dramática. El PIB,
como sabemos, cayó en más del 30
%. Eso ha tenido su impacto
sobre el panorama religioso. Un
estudio del Departamento de
Estudios sociorreligiosos del
CIPS lo demuestra claramente.
La “demanda religiosa” aumentó y
favoreció a todos los grupos
religiosos. El número de
bautismos creció, nuevos
movimientos religiosos, en
particular pentecostales, se
multiplicaron, las religiones de
origen africano salieron de su
semiclandestinidad histórica,
las devociones populares (San
Lázaro) tomaron una nueva
dimensión. Todo eso confirma la
tesis del sociólogo Max Weber
sobre el vínculo entre
situaciones sociales y
pertenencia religiosa. Sin
embargo, se debe evitar dar una
interpretación exclusivamente
funcionalista del fenómeno.
Otros elementos jugaron también
un papel, como la búsqueda de un
nuevo sentido global de la
existencia por parte de
militantes políticos y una
actitud de mayor apertura y
diálogo por parte del gobierno y
del Partido.
Es durante este período que se
realizó la visita del Papa Juan
Pablo II a Cuba. Su resultado
positivo, el reconocimiento
mutuo de los dos líderes, fueron
el fruto de la evolución
empezada desde la década de los
80. La actitud leal, aun a veces
crítica, de varios intelectuales
cristianos como Cintio Vitier,
el teólogo protestante Adolfo
Ham, o el padre Carlos Manuel de
Céspedes, entre otros, había
contribuido a construir poco a
poco un clima general
diferente. Acciones exteriores
de solidaridad con Cuba, como la
de los Pastores por la Paz en
los EE.UU., fueron también
factores de evolución por una
mejor apreciación mutua.
Una señal muy importante fue la
reacción de todos los grupos
religiosos al momento de la
enfermedad de Fidel. La
Conferencia Episcopal católica
publicó una carta pastoral,
pidiendo oraciones por la salud
de Fidel, por el nuevo gobierno
encabezado por Raúl, afirmando
además que ninguna intervención
extranjera sería tolerable. Un
acto de oración se organizó en
la catedral anglicana, con
varios grupos cristianos,
protestantes y ortodoxos y los
tambores de los cultos
afrocubanos se hicieron escuchar
en testimonio de preocupación y
de solidaridad.
5. La incertidumbre asumida
En los dos lados, de la
Revolución y de la religión se
inició un período de
incertidumbre asumida.
Ciertamente, las circunstancias
históricas ayudaron a crear esta
nueva situación. Por una parte,
la Revolución tiene que innovar
para seguir. El socialismo se
construye y no se decreta.
Asumir las incertidumbres
requiere un gran rigor
intelectual y una ética a todos
los niveles de responsabilidad.
Por otra parte, ninguna
religión es hegemónica en la
sociedad, ni capaz de imponer
certidumbres. La pluralidad
religiosa es un hecho en Cuba,
como en el conjunto del
continente. La fe es una apuesta
y no una evidencia. Aceptar la
incertidumbre es condición de su
existencia.
Sin embargo, asumir las
incertidumbres no significa la
ausencia de parámetros. A la
base de todo se inscribe la
continuidad de la vida en todas
sus dimensiones, física,
biológica y cultural, personal y
colectiva. Frente a la crisis de
civilización, este parámetro se
traduce en cuatro orientaciones
de base. Primero, una relación
de respeto de la naturaleza
frente a una catástrofe
ecológica que nos prepara su
explotación como puro
instrumento de lucro y que
conduce a la desaparición de
muchas especies vivas y a la
muerte de millones de seres
humanos. La madre Tierra, fuente
de vida, fruto de una obra
creativa, cualquier sea su
representación, no puede ser
solamente un recurso, porque los
seres humanos viven en simbiosis
con ella.
Un segundo aspecto es una
economía que responda a las
necesidades de todos los seres
humanos, en un mundo donde más
de 800 millones de personas
sufren de hambre o de
malnutrición. Significa pasar de
una economía que privilegia el
valor de cambio a la
valorización del valor de uso,
lo que contradice la lógica del
capitalismo. En tercer lugar, la
traducción práctica del
parámetro central de la
continuidad de la vida exige una
democracia generalizada de todas
las relaciones humanas. Y
finalmente se trata de asegurar
la multiculturalidad,
permitiendo a todas las
tradiciones de pensamiento,
todos los saberes, todas las
religiones contribuir a esta
tarea común. De verdad, estas
últimas, de una manera u otra,
aluden al sentido de la
totalidad, es decir, la armonía
entre el cosmos y el género
humano y a la importancia de la
subjetividad, lo que puede
contribuir a la construcción
concreta del parámetro.
Y de hecho responder a esta
exigencia es construir el
socialismo. Es la tarea de
todos. Se trata de la utopía
necesaria que tiene de inspirar
las nuevas generaciones. El 19
de julio pasado estuve en
Nicaragua para la celebración
del aniversario de la Revolución
Sandinista. Había más de 100 mil
personas en la plaza. Hugo
Chávez estaba presente y me
dijo: “Mire esta plaza, que
antes se llamaba plaza de la
Revolución y ahora plaza de la
Fe. De hecho es la misma cosa.”
De verdad la contrarrevolución
que precedió el nuevo poder
sandinista, había cambiado el
nombre, en el marco de una lucha
semántica. Pero Chávez tenía
razón, no que el contenido de
los dos conceptos sea lo mismo,
sino el enfoque. Una revolución
que no construye las bases de la
vida, incluida su ética, pierde
su sentido. Una fe que no
inspira el compromiso por la
vida de la humanidad, cultiva la
ilusión.
El tiempo de las incertidumbres
no es el fin de las utopías; ni
la muerte de la esperanza.
Quiero afirmar como convicción,
en tanto que sociólogo de la
religión, pero también en tanto
que creyente y comprometido con
la Revolución.
La Habana, 30
de septiembre de 2008 |