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Penetrar jubilosos en el bosque
de letras, atravesar abismos,
vadear torrentes, entrar hasta
el corazón del libro. Tarea
caballeresca, casi medieval.
Tortuosa. Muchos imaginan o
pretenden asegurar que ese es el
camino que hacemos para
encontrar los significados, los
sentidos, las resonancias
profundas de un texto, que a su
vez puede ser objeto o sujeto,
que debiera ser las dos cosas,
pues está llamado a decir, a
expresar, a comprometerse, a
calcar o a presentar una
realidad otra o a ser puerta que
se abre a un universo increado o
heraldo de posibilidades
infinitas y que tiene además un
cuerpo físico. En fin, leemos
para develar secretos,
únicamente para ello. Esa es una
visión mágica que emparienta al
libro o al texto con el lugar
santísimo del Templo de
Jerusalén: reservado nada más
que para la divinidad —en el
libro para los mensajes— , en el
que solo entran unos pocos
escogidos y en contadas
ocasiones —los que saben leer o
los que pueden— , y en el que se
almacenan unos pocos objetos —saberes—
, es decir, allí encontraremos
al arca y los dos querubines,
dentro del cofre las tablas de
la ley mosaica, la vara de Aarón
y una muestra del maná con el
que Yahvéh alimentó a su pueblo
en el desierto, y nada más, en
el libro claves, signos,
símbolos, jeroglíficos que
esperan ser develados
rectamente, que esperan a que se
rompan todos los velos que lo
separan de la luz cotidiana para
mostrar sus verdades. Para colmo
de coincidencias el sitio está
forrado de maderas de acacia y
el texto descansa sobre papel,
nacido de pulpas de madera.
Yo leo para escuchar una voz,
para encontrar la voz. Para nada
más. Si acaso esa voz tiene algo
que decirme, algo que mostrarme,
es apenas una ganancia
secundaria, que por supuesto
agradezco, pero que si
únicamente la escucho, la
siento, la presiento, me doy por
satisfecho. Ese sonido puede ser
el del autor —conocido o
imaginado—, el del narrador o
del sujeto lírico, el de los
personajes, o mi propia voz,
depende de la circunstancia.
Mucha gente al leer escucha su
voz y nada más, y es que la
ganancia de la lectura
silenciosa es relativamente
reciente, más nacida a partir de
la imprenta que del libro
copiado a mano. Es famoso el
fragmento de las Confesiones
en la que San Agustín, el
africano, narra que se
impresionó al ver a San Ambrosio
leer sin mover los labios, sin
emitir sonido, luego entonces no
era esa la norma vigente, ni
siquiera entre la gente más
culta, y el futuro Obispo de
Hipona lo era. La lectura era un
acto sonoro y colectivo. El
alfabeto, la escritura, en un
principio, fueron apenas un
recurso mnemotécnico, una
tecnología para recordar y no un
sistema productor de sentidos,
un lenguaje que mucho después,
quizá a finales del siglo XIX,
es que se independiza.
Ustedes seguramente tendrán
referencias sobre la costumbre
monacal de la lectio divina,
el oficio de las horas o la
lectura en el refectorio o
comedor común de los monjes
donde uno de ellos leía mientras
los otros comían o sobre los
lectores de tabaquería tan
cercanos a nuestras realidad y
vigentes hasta hoy que
convertían, y aun lo hacen, a la
lectura en un acto colectivo
donde las palabras pronunciadas
a viva voz, son dichas para ser
escuchadas primero que
interpretadas.
Yo leo para sentir la música de
las palabras.
Mucho antes de conocer todos los
poemas de José Lezama Lima
escuché su voz. Era una época
difícil en la que nuestro poeta
no era publicado y poco
estudiado, apenas mencionado y
sí muchas veces ignorado o
difamado. Recuerdo al
jovencísimo Nelson Simón
contarme espantado que una
profesora universitaria en su
natal Pinar del Río, que ofrecía
un panorama de la literatura
cubana, al ser interrogada por
él sobre ese autor se limitó a
decir que era un poeta, sin
importancia, que además había
muerto en Miami. Poco importa
morir en la Florida, tierra que
recibió los despojos del padre
Félix Varela, "el que nos enseñó
en pensar", antes de descansar
en el nicho de la Universidad de
La Habana, y en la que reposan
otros miles de cubanos buenos
que también hicieron al país,
como fueron los cientos de
tabaqueros que confiaron en
Martí para la "guerra
necesaria". Lo realmente
terrible y empobrecedor del
actuar de aquella señora y de
otros muchos, quizá demasiados,
era que al ningunear al poeta
mutilaban el cuerpo literario de
la patria, ignoraban a una de
sus voces más altas, una de esas
sin las cuales Cuba, al menos la
del espíritu, no tendría el
mismo rostro.
Mi generación no alcanzó a leer
la edición de 1970 de la Obra
Poética Completa de Lezama que
editara Letras Cubanas, pues era
prácticamente una rareza
bibliográfica a consultar en
bibliotecas, cuando no la tenían
en una de aquellas famosas
habitaciones sin acceso que bien
existieron. Yo comencé a leer
poesía alrededor de 1975, y por
esa época eran pocos los que
podían encontrarla, incluso fue
difícil leer lo publicado
después como Fragmentos a su
imán y Oppiano Licario
(novela). Sin embargo, en las
salas de música de las
bibliotecas o en algunos lugares
donde se vendían discos se podía
encontrar la placa negra que en
1978 editara la Casa de las
Américas.
En la sala de música de la
biblioteca Julio Antonio Mella
de Camagüey pude escuchar
primero y leer después a Lezama,
así que cuando llegué a sus
versos ya todos me sonaban con
el inconfundible ritmo de su
hablar asmático, ligeramente
nasal y ciertamente baritonal,
como seguramente él mismo
calificaría su voz. Como él
dejaba los finales de los versos
abiertos, para tomar aire entre
ahogo y ahogo, muchos de mis
contemporáneos aún hoy leen con
la cadencia lezamiana
resultante, dando a sus poemas
un tono impostado y falso que el
poeta de Trocadero nunca tuvo,
pues en él era más resultado de
una necesidad fisiológica que de
la búsqueda de una musicalidad
particular.
Sigue siendo hasta hoy una de
las experiencias más intensas y
enriquecedoras escucharlo, saber
qué pensaba él de sus versos,
que de las décimas y de
Paradiso, su poema novelado,
piedra de fundación y de
escándalo aún, imaginarlo en la
conversación cotidiana como si
pueden recordarlo sus amigos y
conocidos, o sentir el sonido de
las conferencias que dictara en
el año 1966 en el Instituto de
Literatura y Lingüística de la
Academia de Ciencias de Cuba,
tan llenas de picardía,
erudición y sentido pedagógico.
Celebremos hoy los 30 años de la
edición del volumen dedicado a
Lezama en Colección Palabras
de esta América, de la Casa
de las Américas, una de las
obras monumentales que marcó a
mi generación y a todas, y que
bien bastaría para justificar la
existencia de cualquier
institución cultural sino fuera
porque la Casa ha seguido
multiplicando todas las voces, e
incluso dando voz a quien no la
tenía.
El disco fue grabado en 1974,
dos años antes de que muriera el
poeta, justo a tiempo para legar
la voz, su voz, libre de la
necesidad de la escritura,
poderosa, viva en el tiempo y la
eternidad. |