|
Liliana Heer, escritora y
psicoanalista argentina, visitó
Cuba como integrante del jurado
del Premio Iberoamericano de
Cuento Julio Cortázar 2008. En
su estancia en La Habana,
también sostuvo un encuentro con
alumnos y profesores del Centro
de Formación Literaria Onelio
Jorge Cardoso donde reveló que
se decanta por una novela
“miscelánea”, “híbrida”, porque
“en la novela, como en la vida,
cabe todo”. Sobre su estilo
narrativo se ha dicho que “no se
limita a la circunstancia de
contar historias, recorre un
trabajo cuyo foco es la propia
materia literaria, la decisión
que implica el lenguaje tomado
como experiencia”.
Entre sus publicaciones se
encuentran: Bloyd, novela
(premio Boris Vian 1984, Legasa),
Frescos de amor, novela (Seix
Barral, 1995), Verano Rojo,
poesía en prosa (Taller del
Copista La Letra Muerta, 1997),
Ex-crituras profanas,
antología personal (Editorial
Fundación Ross, 2007) y Neón,
novela (Paradiso Ediciones,
2007).
¿Qué impresiones se lleva, en
cuanto a calidad, temas y
participación, de su experiencia
como jurado del Premio Julio
Cortázar? ¿Qué ha implicado ser
elegida para decidir el ganador
de este prestigioso premio,
homenaje al gran narrador
argentino?
En primer lugar, quiero expresar
mi agradecimiento a los
organizadores del Premio Julio
Cortázar, especialmente a la
poeta y coordinadora general,
Basilia Papastamatíu y a los
miembros del jurado, los
escritores César López y Alberto
Guerra Naranjo, por el espíritu
con el que atravesaron esta
convocatoria. En todo momento,
lejos de cualquier formalidad,
las reuniones estuvieron
signadas por un entusiasta
compromiso. Logramos construir
un verdadero laboratorio de
síntesis en el que la
experiencia, la observación y el
contrapunto de lecturas además
de enriquecerse pudo ser acotada
a la elección de cinco
finalistas.
El número de cuentos presentados
fue muy numeroso, diferentes
versiones de una época con alto
espectro de movilidad imaginaria
en los que uno de los ejes
centrales fue el desencanto: la
falta de confianza, las diversas
estrategias para padecer en
grado menor.
¿Qué historias narra en su más
reciente novela, Neón?
Quería escribir una novela con
muy pocos personajes, dos
hombres y una mujer. “Hacer de
tres, no un cuarto sonido, sino
un astro”, dijo el abate Vogler.
El Narrador reúne a los
personajes dando algunas claves,
introduce un paulatino suspenso,
alerta por evitar encuentros; a
la vez, se convierte en
comentarista desdoblándose al
punto de aparecer en contra de
él mismo, transformado en
crítico interpelante que no duda
en anunciar desvíos o falencias
de plot.
Los personajes no tienen nombre
ni apellido, se conocen por lo
que son, por lo que hacen o
dicen. El Alcalde de la
penitenciaría es Tutor de una
niña —hija de su amante
asesinada— con la que ejerció
una paternidad abusiva. La Niña
vive en el complejo
penitenciario y con los años se
convierte en Celadora y
Costurera. Un Estafador es
condenado, sus relaciones de
privilegio le confieren una
celda individual y
posteriormente un extraño
indulto que le permite trabajar
como Viajante. Rota la
convención, el mejor escenario
de libertad es una cárcel.
Las referencias a lo pictórico
son copiosas, se plantea una
pugna entre escribir y pintar
equivalente a la establecida
entre el poder y la virilidad de
los hombres. El Estafador/
Viajante narra, dibuja. El
Alcaide/ Tutor esculpe, aprieta
pomos, cubre la superficie de la
pantalla con su presencia. La
Niña/ Celadora/ Costurera mira
los ventanucos de la prisión,
escucha al joven improvisar, al
viejo maldecir, pero privilegia
un programa de música radial:
“Tiene la visión de un clásico…
el tímpano frágil, atento a la
resonancia”.
La lucha del vale todo descentra
al débil y al fuerte. En marcha
las estrategias de la víctima,
se trata de pisar el cepo sin
miedo. Ante el acoso, la Niña
finge jugar, nombra un animalito
y en la ceremonia del diminutivo
des-potencia al abusador: “Dónde
estará, dónde estará la
lombriz”.
Más allá del tópico carcelario,
Neón es una pieza
entusiasta, la ascensión está
dada por el crescendo del
ternario y el humor a la carta,
a la letra. Leónidas Lamborghini,
en el texto de contratapa se
refiere a “el filo irónico que
bucea en el horror buscando en
este su escondida mueca cómica”.
El título Neón responde a
un festejo con Severo Sarduy y
Emeterio Cerro en París.
Recuerdo haber dicho que algún
día iba a escribir una novela
partiendo de un verso de Cobra:
“Fruta y neón. / Pedalear”.
En la Feria del Libro de La
Habana dedicada a Argentina,
realizó una ponencia sobre el
erotismo en la literatura
escrita por mujeres. ¿Es este un
tema de peso en su propia
escritura?
Sí, creo ser fiel a mis
obsesiones con ciertas
variantes. El erotismo es un
abanico de poderes. Cuando
comencé a escribir, desde una
tercera persona encarnaba
personajes masculinos,
bisexuales, mayores, perversos.
A medida que pasaron los años y
las páginas, mis protagonistas
femeninas se desplegaron más y
más. Ciertos núcleos persisten,
pero el lugar de enunciación es
otro, a diferencia de Bloyd
y La tercera mitad,
las novelas Frescos de Amor,
Ángeles de vidrio,
Repetir la cacería y
Pretexto Mozart fueron
narradas desde una primera
persona. Mujeres púberes o
jóvenes ante el primer
tijeretazo, cómplices y
testigos, unidas o enfrentadas
más allá del Nombre del Padre o
cualquier subalterno.
¿Cómo entrelaza en sus
narraciones la desgarradora, a
veces sórdida atmósfera de la
trama con el cuidadoso estilo,
lo pulido del lenguaje, donde lo
poético asoma una y otra vez?
Esta pregunta me hace volver a
Neón, paradigma de la
tortura ejercida en el lenguaje.
Escasas palabras, blancos netos,
vigilancia, control, sustracción
y al mismo tiempo desmesura.
Desliz de un género a otro
mediante recursos analógicos,
instantes epifánicos y dichos
bestiales: “el semen es un arma
blanca”, “un cuerpo extraño
puede ser verga o bastón”. El
relato deviene poema, deviene
guión cinematográfico, pieza
teatral, decálogo, deviene
ensayo y texto crítico para
volver sobre la trama y repetir
la historia desde otro ángulo.
Así, el territorio de la
justicia es tensado mediante la
presentación del más antiguo de
los códigos: “El largo otoño del
malestar en ciernes/ Sobre las
piedras de la acrópolis de Susa/
Hammurabi esculpe el orden de
los cuerpos/ Lo primero hace
historia/ (legalidad a la
intemperie)/ éxtasis represivo”.
Ha dicho que es en primer lugar
una lectora, antes que
escritora. ¿Cómo ha influido
esta perspectiva en su quehacer
literario? ¿A qué tipo de lector
dirige sus relatos?
Veamos, he sido muchas lectoras,
desde aquella que tiene una
relación con lo escrito
semejante al ideal concebido por
Proust —es decir, con una caja
de herramientas—, hasta la
anestesiada Madame o el
cafishio mirón que pretende
incorporar un texto antes de
abrirlo. Nunca he sido una
lectora obediente que empieza
por el prólogo y concluye
acomodando el ejemplar en la
biblioteca; prefiero dejarme
sorprender, juego con las
páginas, espío, coqueteo,
experimento efectos de beatitud
similares a los producidos por
vinos espumantes. Me gusta leer
párrafos en voz alta y regalar
los libros que descubro. Como
lectora comprometida con la
escritura, soy rumiante, me
adhiero al texto, lo releo,
subrayo, traduzco, memorizo,
transformo, reescribo.
No sé a qué tipo de lector me
dirijo, mientras escribo no
pienso en la realidad, pero,
seguramente me gustaría llegar a
lectores que no saben lo que
buscan y están dispuestos a
tener una experiencia. Kafka
decía: “Un libro debe ser como
un pico de hielo que rompa el
mar congelado que tenemos
dentro”. |