El Premio al Descaro Supremo
(desfachatez a la enésima potencia) es
para el Secretario del Tesoro Paulson.
Sin siquiera pestañear, este maromero en
reversa exigió del Congreso que
confiaran en él por valor de una
inimaginable suma de dinero para salvar
al mismo sistema que él ayudó a llevar
al colapso. Si eso no es descaro,
entonces el Papa es judío.
La era de Paulson del "Mercado libre por
sobre todo" se desplomó en septiembre.
Su dramático fracaso como administrador
oficial financiero de la nación le dio
cojones1 para exigir al
Congreso que confiaran en él con casi $1
billón de dólares de dinero de los
contribuyentes. Ahora él puede
transferir a la chusma (los
contribuyentes) los préstamos sin valor
y los activos chatarra de sus compinches
de Wall Street. Es más, él va a
contratar a firmas que reciban fondos de
rescate para que administren el rescate.
Imagínense las sonrisitas entre los
Directores Generales de Bear Stearns,
Lehman Brothers, AIG y otros grandes
especuladores cuando reciban el dinero
de los contribuyentes para pagar sus
inflados salarios, suministrarles sus
otros beneficios y luego ser los
corredores del mismo gobierno que ellos
dijeron que no debía regularlos.
El Congreso no debiera castigar a las
fracasadas compañías financieras o a sus
ejecutivos, insiste Paulson. En julio
este veterano de tres décadas en Wall
Street
─estuvo
al frente de Goldman Sachs─
aseguró al mundo del buen estado del
apuntalamiento del sistema financiero
norteamericano. En septiembre se
derrumbó. Él juró que se mantendría con
el mercado libre como regulador y que no
rescataría a AIG. A los cinco días
Paulson se había comprometido igualmente
con rescatar al gigante de los seguros.
Él sigue siendo un misionero, pero su
causa ha cambiado del neoliberalismo al
socialismo para los ultrarricos.
La mayoría de los socialistas creen que
está bien que los trabajadores se
repartan la riqueza. Mi padre me enseñó
que me cuidara de un sistema que provoca
la pobreza generalizada y estima a Wall
Street. “Nunca confíes en alguien que
gana su dinero especulando con el dinero
de los trabajadores”, me enseñó. Vaya,
qué razón tenía.
Setenta y cinco años después de que el
país sufriera una década de privaciones
económicas, los nietos virtuales de los
bribones que especularon con la economía
en la década de 1920 realizaron las
mismas trampas en la economía moderna.
A partir del verano y hasta septiembre,
gigantescas firmas corredoras de
valores, compañías hipotecarias y bancos
comenzaron a caer como moscas. Luego una
de las mayores aseguradoras se desplomó.
AIG tenía más activos que muchos países,
pero también aún más pasivos.
Los fracasos habían acumulado préstamos
sin valor y activos chatarra. Bancos,
firmas de corredores y compañías de
seguros habían comprado, vendido y
pedido en préstamo con ellos como
garantía. Para el 20 de septiembre,
según un titular de The Wall street
Journal, el “impacto” había hecho a
Paulson volver a la realidad.
La realidad significó que los operadores
de bolsa (término amable para los
ladrones, especuladores y estafadores)
daban brincos de alegría. El gobierno
iba a rescatar a AIG. El optimismo fluyó
de nuevo entre los miembros del Club de
los Cínicos.
A los alegres cínicos de Wall Street les
importa poco un informe del Departamento
de Desarrollo del Empleo de California
acerca de un incremento del desempleo
hasta 7,7%. En agosto, otros 60 000
californianos habían perdido su empleo.
Oficialmente casi 1,5 millones de
californianos están desempleados.
Extraoficialmente esa cifra es
considerablemente superior. A
trabajadores de la construcción y de la
agricultura a menudo se les paga por
debajo de la mesa, por lo que no son
incluidos en los datos oficiales.
Hace dos años, el desempleo estaba en
5,5%. Y el economista de Palo Alto
Stephen Levy (Centro para el Estado
Continuado de la Economía de California)
dijo que la situación laboral
probablemente empeoraría.
Los que tienen empleo probablemente
también sientan los efectos de la
agitación en Wall Street. “Estoy
confundida y preocupada”, me dijo mi
vecina. “Así que cerré mi cuenta
corriente y mi cuenta de ahorros en
Washington Mutual”, porque ella había
leído que el banco estaba al borde de la
bancarrota2, y aunque ella
tenía menos del máximo de $100 000
asegurado por el gobierno, no confiaba
en el banco ni en los funcionarios
federales.
“Sus cuentas corriente y de ahorros no
tendrán problemas”, le dije para tratar
de calmarla.
“Para usted es fácil decirlo”,
respondió.
No le dije que yo también tengo mi
cuenta corriente en Washington Mutual y
que también estaba nervioso al leer del
inminente colapso.
¿Quién comprará el banco? ¿Será
rescatado también Washington Mutual? ¿Y
dónde se detiene el proceso? Los
detalles del rescate de AIG no están
claros. Goldman Sachs se reestructuró
debido a su fragilidad. Y Paulson nunca
explicó de dónde sacará el gobierno el
billón de dólares para rescatar a las
compañías irresponsables que dirigen sus
amigos, los multimillonarios de MBA que
invirtieron los fondos de jubilación de
la gente en el equivalente de una estafa
Ponzi3 en las hipotecas de
casas.
“¿Cómo pudo permitir Bush que la
situación se deteriorara hasta este
punto?”, preguntó la vecina, una antigua
trabajadora social.
Bush no estaba prestando atención.
Aparte de su afición por jugar al golf
de video y tomar vacaciones, Bush ha
declarado repetidamente su fe en el
mercado mágico como el mecanismo para
regular la economía. Así que estaba
equivocado
─una
vez más─
aunque no lo admitió
─una
vez más. Tenía esa expresión de “¡Vaya!
¿Qué está sucediendo?” que apareció en
su rostro después de que recibió los
informes de los ataques del 11/9. Luego
reemplazó la expresión de idiota por la
de “Me hice cargo” y ofreció soluciones
socialistas
─lo
que quiere decir que sus amigos y
colegas pudientes compartan la riqueza
de los que tienen menos.
John McCain, otro republicano que cree
en la economía basada en la fe y que nos
garantizó que el mercado libre cura
todas las enfermedades económicas,
también tuvo que tragarse sus palabras.
Es más, si las palabras tuvieran
calorías, McCain sería obeso a estas
alturas, considerando cuántas veces ha
tenido que desmentir sus propias
declaraciones.
Este rebelde que dice la verdad, o
conformista mentiroso, echó la culpa a
la avaricia y luego dijo que destituiría
a Christopher Cox, el jefe de la
Comisión de Valores y Cambios, un
republicano que hasta hace poco
compartía con McCain su fe en el
mercado.
En 1931 el sistema bancario fracasó; dos
años después se desplomó la bolsa de
valores (1929) y el mundo experimentó
una terrible depresión. Después de que
Roosevelt ganara las elecciones de 1931,
introdujo medidas diseñadas para evitar
una repetición de los chanchullos que
provocaron el colapso económico mundial.
Para la década de 1980, los misioneros
renacidos del libre mercado nuevamente
habían pasado a los primeros planos, sin
que hubieran aprendido nada de los
hechos anteriores. Hombres como
Greenspan y los mellizos de oro de
Goldman Sachs, Paulson y Robert Rubin,
descartaron hasta la posibilidad de que
las analogías con la historia anterior
tuvieran pertinencia. El mercado,
recitaban como si estuvieran en estupor
religioso, se autorregulará.
Seguramente el mercado se autorregulará
cuando a los cocodrilos les salgan alas.
Pero incluso después de que el 25 de
septiembre Bush exigiera un rescate
gubernamental, la plataforma del Comité
Nacional Republicano aún asegura: “No
apoyamos los rescates de instituciones
privadas por parte del gobierno. La
interferencia gubernamental en los
mercados exacerba los problemas del
mercado y provoca que el libre mercado
tarde más en corregirse a sí mismo.
Creemos en el libre mercado como la
mejor herramienta para la prosperidad
sostenida y la oportunidad para todos.
Alentamos a los compradores potenciales
a que trabajen de conjunto con la
comunidad de préstamos para que se
autoeduquen acerca de las
responsabilidades de comprar una casa,
condominio o terreno”. (Plataforma
Republicana, “La Reconstrucción de la
Propiedad Hogareña”, pág. 28) ¿Quién
dijo que la coherencia era importante?
Manténganse firmes en la religión
neoliberal, la cual exige que los
ciudadanos adopten la compra como el
núcleo espiritual de la democracia.
Durante la depresión de la década de
1930, los norteamericanos débiles de
carácter abandonaron la compra como un
valor espiritual común
─¿solo
porque no podían darse el lujo de
practicar una religión tan cara? Hasta
votaron por los demócratas.
Hace 75 años, 13 millones de
norteamericanos de un total de 130
millones de habitantes estaban
desempleados. Millones carecían de
hogar. El presidente Herbert Hoover se
preocupaba de que demasiada intervención
gubernamental podría llevar al
socialismo o al fascismo. Así que limitó
sus iniciativas a unos pocos programas
sin sentido. Roosevelt hizo lo contrario
de la inacción de Hoover, pero incluso
después de ocho años de esfuerzos
gubernamentales, solo la producción de
guerra trajo la recuperación económica
─después
de diciembre de 1941.
Esos recuerdos no ilustran a los
políticos de hoy mientras finalizan los
detalles del rescate
─en
vez de pensar en la forma de dar techo a
los sin hogar. Ellos quieren salvar a
los que siguen teniendo casa, pero no
tanto como salvar al sistema crediticio,
no importa lo que eso sea. El Congreso
no hizo nada por aliviar las condiciones
de las nuevas Villas Hoover
─colonias
de tiendas de campaña. Millones de
norteamericanos comprenden que a un par
de salarios de distancia está la calle,
su posible residencia futura; muchas de
las nuevas víctimas son niños.
Ningún rescate ni ninguna simpatía para
ellos de parte del Presidente. Es más,
muchos de los nuevos pobres no votarán y
muchos miembros del Congreso también los
ignorarán. Pocos de los ricos repetirían
lo que decían mis padres: “Igual me
hubiera sucedido a mí, de no ser por la
gracia de Dios”. Piensen en los $700 mil
millones de dólares gastados en guerras,
armas y mantenimiento de 761 bases;
también en los salarios de seis cifras
de los más altos funcionarios y del
mantenimiento de sus cabañas para
esquiar en Suiza.
Los magnates de Wall Street y los
fabricantes de municiones comparten la
riqueza de los contribuyentes. Los
Directores Generales pueden reclamar
exenciones por valor de millones de
dólares en todo tipo de lujos, pero no
están exentos de las desagradables
connotaciones de su pecado mortal
compartido: “¿Cuándo tendrán
suficiente?”
“¡Nunca!”, se burló John D. Rockefeller
en referencia a la riqueza acumulada.
Los avaros contemporáneos acumularon
supuestos valores en sus bancos, firmas
de corredores de bolsa y compañías de
seguros. Luego, inflados al máximo con
préstamos chatarra, estas ratas se
desmoronaron.
En 1929 la bolsa quebró. Algunos
inversionistas de alto vuelo saltaron
desde lo alto de los edificios. Los
malhechores del actual fraude de
“inversiones” ya no contemplan esa
posibilidad. Ellos saben que el Congreso
los salvará
─bueno,
no tanto como sus ávidos corazones
desearían, pero un rescate es un
rescate.
Publicado en Progreso Semanal
Saul Landau es miembro del Instituto
para Estudios de Política, autor de
Un mundo de Bush y de Botox y
director de 40 filmes, disponibles en
DVD por medio de
roundworldproductions.com.
Notas:
1. En español en el
original.
2. Después de que esta columna se
escribió, Washington Mutual fue
confiscado por el gobierno y vendido a
JPMorgan Chase.
3. Estafa de inversión piramidal en la
que las supuestas ganancias se pagan a
los primeros inversionistas con los
fondos formados por el dinero que
invierten los participantes posteriores. |