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·Los
beatos que le rezan a la Mano Invisible
del Mercado se asombran de que el
capitalismo esté en crisis.
·Por
el contrario: las crisis son la esencia
del capitalismo; éste lleva en sí mismo
la semilla de su propia destrucción.
·La
supuesta libertad del mercado, que Marx
llamó anarquía de la producción, lleva a
los capitalistas a competir hasta
rebasar la demanda relativa (la de
quienes necesitan un bien y tienen con
qué comprarlo).
·A
partir de allí, el excedente relativo no
encuentra compradores, los productores
quiebran y despiden trabajadores, la
abundancia se convierte en miseria.
·La
epidemia de quiebras sólo deja en pie a
las empresas más poderosas, con lo cual
el capital se concentra en un número
cada vez menor de manos.
·De
hecatombe en hecatombe, el capital
comercial termina siendo dominado por el
industrial, y éste por el financiero.
·El
capital financiero, última aberración
del monstruo que sólo gana con la
pérdida de todos, no necesita producir
bienes concretos para multiplicarse y
perder contacto con la realidad
económica.
·Abusando de su poderío militar durante
la Segunda Guerra Mundial, Estados
Unidos obligó en 1944 en Breton Woods a
los países de Occidente a respaldar sus
monedas con reservas en dólares, a
partir de lo cual compró al mundo
pagándo con papel verde impreso.
·Ahogado en la inundación de papel
verde, en 1974 Richard Nixon reconoció
que el dólar que obligaba a aceptar al
mundo como respaldo de sus monedas a su
vez no tenía respaldo, lo cual según
Noam Chomsky aniquiló el sistema
económico mundial de la posguerra “en el
cual Estados Unidos era de hecho el
banquero del mundo, papel que no pudo
retener en adelante” (Chomsky: El
beneficio es lo que cuenta; 1999, 24). |