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Llega poco después de mediodía
al Hurón Azul y se sienta, no
importa demasiado junto a quién.
Se quita la gorrita de pelotero
y se enjuga el sudor que rueda
por la roja bola de billar de la
cabeza hasta los ojos, bajo las
dos hirsutas cejas que no
dejaron nunca de crecer, grises,
blancas, caprichosamente, hacia
cualquier dirección y luego, la
boca, capaz de raros movimientos
mientras habla o escucha. De su
maleta escolar puede sacar lo
mismo un disco, una foto, que
una revista para demostrar algo
—una fecha, un dato, que en ese
momento considera trascendental,
capaz de cambiar la Historia
toda: "Miren lo que traigo
aquí". Y cuando avanza la tarde
y continúan llegando los
habituales del Hurón, de una y
otra mesa lo llaman,
reclamándole, "ven, Helio,
siéntate un rato aquí", y le
sirven un ron con cola, ahora,
un refresco de limón, después, y
otro y otro, para que no se
vaya. Este es mi cuartel
general, decía, mientras
Santiago de las Vegas se
convertía en un lugar
misterioso, remotísimo, del que
"es arduo salir y aún más
difícil regresar", ya en la alta
noche, tras esperar lo
inimaginable el camello atestado
del parque de El Curita. Llevaba
consigo el espíritu de la
tertulia, o dicho con más
propiedad, de la peña, que es
punto de convergencia de
comentarios, relatos, críticas
más o menos punzantes, y
chismes, que no son más que
rápidas gacetillas casi siempre
impublicables. También de
observaciones agudas, de
razonamientos claros. Helio
llevaba memoria de cosas
olvidadas, como un griot,
de bailes, funciones, personajes
y personajillos que había
conocido a lo largo de décadas y
décadas. La música cubana era su
mayor pasión, que compartía con
el béisbol. Lo distinguían un
apego irreductible por las
beldades negras y una pintoresca
forma de interpretar la
actualidad política del mundo.
Andar por la calle con él era
imposible, si había premura. Lo
detenían con frecuencia para
hacerle consultas o pedir su
opinión sobre cualquier cosa
relacionada con sus temas caros:
la Sonora Matancera o la mala
racha de los Industriales.
Muchas veces, un desconocido lo
llamaba, solo para saludarlo o
decirle que lo había visto o
escuchado aquí o allá. Cambiaban
sus interlocutores, él no, daba
lo mismo que estuviese ante una
cámara de televisión o
dialogando con un humilde,
anónimo y efímero, compañero de
parada de ómnibus.
Formó parte del grupo fundador
de El Caimán Barbudo, de
lo que se enorgullecía, y desde
muy temprano metió en su poesía
la música popular, porque
entendió que la poesía tenía que
ser emocionante, y nada lo
emocionaba más que una voz con
una guitarra, una buena rumba, o
un conjunto tocando esas breves
guarachitas nuestras que tan
nítidamente espejean el modo de
ser cubano. Su Diccionario de
la Música Cubana, saqueado a
menudo por los mismos que lo
criticaron con mano dura desde
que apareció su primera edición,
fue un acto de amor y de
solitario heroísmo cultural. Sus
antologías de boleros, sus
artículos, sus libros sobre el
carnaval, Daniel Santos o —el
más ambicioso— de la música "por
el Caribe" pudieron ser más
serios y densos, creo yo, si él
no hubiera sentido la premura
por irse "a tertuliar"
alegremente con amigos y recién
conocidos a su "cuartel general"
o cierto salón de té que poseía
la sede de la Unión de
Periodistas, donde lo conocí
hace un montón de años.
Muchas veces le reproché que
aceptara contratos tenebrosos
por sus trabajos, que se
desentendiera del destino de su
propia obra o dejara para luego
cuestiones que —yo consideraba—
primordiales para él, como la de
reunir sus versos, por ejemplo,
o muchos de sus recuerdos del
ambiente musical en un volumen
de crónicas. "Tengo que aprender
mucho de ti, Siegfried", me
decía, socarrón, cuando agredía
su displicencia o criticaba
distracciones suyas que me
exasperaban. Acto seguido,
contaba, o imaginaba, el origen
secreto de cierta canción, o
explicaba cómo las pailitas de
Los Guaracheros de Oriente
lograron sustituir al bongó, o
se ponía a soñar una gira de
músicos "conjunteros", por toda
Cuba, porque "este sonido se
está perdiendo". ¿Qué le iba a
decir yo entonces a alguien que
consideraba máximo regalo de los
dioses el poder rascar el güiro
o tocar la tumbadora mientras
alguien —no importa mucho quién—
cantaba "Cualquiera resbala y
cae", uno de sus amados
guaguancoes?
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Contra viento y marea, hace
poco, echó a andar un conjunto
que se inspiraba en Jóvenes del
Cayo, del que fue percusionista
a finales de los 50 e inicios
del 60. Juntó a veteranos de los
Jóvenes en alguna de sus etapas,
con músicos "de ahora", como el
cantante Francis del Río.
Convenció a amigos, logró un
ajustado financiamiento y se
editó un disco por fin. Un
buen disco, no hay duda. "Pero
esto es solo el comienzo", decía
siempre, mientras llenaba mi
escritorio con fotografías y
recortes de medio siglo atrás
para que los scaneara. Quería
revivir su figuración personal
del Paraíso Perdido, que era,
sencillamente, el resultado de
dos trompetas, piano, bajo,
tumba, bongó y un par de
cantantes para que rumbearan
y bolerearan, y después
la entrega total al diálogo
sabroso, marcado por una manera
de ejercer la hidalguía criolla
mantenida siempre, a pesar de
incoincidencias, apremios
económicos y el vapor de los
tragos, aunque nunca fue un gran
bebedor, en cada conversación,
no importa demasiado con quién
ni sobre qué.
Fue un cubano simpático y
generoso —jamás escamoteó un
dato, un disco, una ficha de
archivo—, por eso tuvo amigos
que fueron muy generosos con él.
Tenía nuevos proyectos y alegría
para llevarlos a cabo. Había
prometido organizarse un poco, a
fin de cuentas, ya había
cumplido sus 70. Su penúltimo
viaje fue a Venezuela, desde
donde me escribió,
emocionadísimo, porque "aquí se
está tocando música cubana todas
las noches, Siegfried, y de la
buena", antes de emprender esta
otra travesía, poco antes del
mediodía, su hora de salir de
Santiago de las Vegas, con su
gorrita de pelotero y su
milagrosa cartera escolar. |