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Cárcel, muralla rectangular,
sensible como una brújula,
destinada a perseguir un sueño:
la pureza.
Nacen reformas, edictos,
ordenanzas, la coyuntura
política emprende
transformaciones, el eje se
invierte, succiona márgenes de
tolerancia, impone reglamentos:
corregir no alcanza. Lo legal y
lo ilegal, incompatibles a la
sensibilidad del ojo, adquieren
el ritmo necesario, la
inspección funciona, el
perfeccionamiento se instala, es
posible, está al alcance de
cualquiera: sólo se trata de
mejorar la producción.
No importan los datos concretos,
el número de crímenes no
disminuye, el número de
reincidencias no decrece. Un
enjambre de impacientes espera
respirar el espectáculo a
puertas abiertas, mientras las
fábricas de pecadores se
deleitan en agitar el desorden
mar adentro. Artesanía
milenaria concentrada en el
quehacer de lo inútil: luchar
contra la naturaleza.
¿El vicio?
Sordo y mudo al progreso,
el vicio conserva su audacia.
*
Salto blanco.
Dime lector:
¿Cómo has hecho para ahuyentar
los buitres?
No es la primera vez que una
pesadilla
hace añicos el espejo.
Cuerpo desprovisto de epidermis,
preludio de mayores desgracias,
¡ruega por
nosotros!
*
Mientras la Niña de pelo corto
jugaba en el patio de la cárcel
apedreando mariposas, el Tutor
anticipaba su vejez.
La paternidad es una operación
correctiva.
Todos los músculos en vilo.
Disciplina.
Rigor.
Aislamiento.
Suplicio.
Le pellizcaba los pezones hasta
volverlos parduscos.
Mordisqueados hasta el mareo.
Las heridas cada vez más grandes
despedían un olor cada vez más
dulce.
Entonces, una lamparita de
vidrio azul y otros regalos iban
en su auxilio.
Todo era normal para la Niña.
Ni antipatía ni malicia.
Acariciando el voluminoso
vientre, se acostumbró a decir:
-¿Dónde estará, dónde estará la
lombriz?
Una docilidad arbitraria,
puntiaguda, similar a la
conducta del Tutor.
Después de la agitación y los
mordiscos, ¿qué hacer?
(Llaman olvido al nombre que
cae).
Ella también aprendió a decir:
-Maldita felicidad, nos devora
la vida.
*
Pólvora bañada en saliva.
Saboreando a puerta cerrada,
habituados a su figura de tanto
verla comer en el comedor de la
cárcel, los colonos aceptaron
que fuese una mujer la
Celadora.
Ella no hacía fila con el cuenco
en la mano, le llevaban a la
mesa el plato servido, un
tenedor y una cuchara de
aluminio.
Daba gusto verla elegir con el
mango los trozos de carne a
velocidad de buitre, verla
quitarse un arete dando a
entender que ningún rumor se le
escapaba.
*
Los rumores
estallaban
con el fervor del óvulo
fecundado:
ávidos
hostigantes
teatrales
impunes
como pimpollos de invernadero
se esparcían
veloces
aprisa
aprisa
animados por el ocio
y el vapor de braguetas
encendidas.
Florecían entre los vidrios
cortantes de los muros
en el salón comedor
en el urinario central
en la vieja boca
que vela el fin de la noche
hasta que el Alcaide puso freno
a las habladurías:
Un clavo en la lengua del que se
atreva.
Por el clavo, el martillo y la
lengua se escurrió la verdadera
historia de la Niña.
*
Decir que no se sabe lo que se
sabe.
Llevar el secreto a un estado de
máxima crispación.
Omitir. De esa manera, al no
restar poder a ninguno de los
dos hombres, ella pudo concebir
un lazo que los uniera bajo esa
figura sentimental y cursi de la
novia robada.
La pierna izquierda extendida
entre las rodillas del
condenado, la derecha
flexionada.
Aplazar al máximo el final,
mantenerlo próximo.
En el silencio de la celda,
resuenan suspiros, palabras
dichas en voz baja.
Larga y decreciente sucesión de
temblores.
Animales inquietos,
no saben qué hacer con sus
propias bocas.
El péndulo va y viene.
Sin quitarse los zapatos, la
Celadora apaga la luz del
cuarto, sintoniza la radio y se
echa sobre la cama.
Se trata de la misma Niña que ha
dejado de ser la Niña que
flotaba en el vacío de los
corredores atendiendo y
desatendiendo órdenes del
Tutor.
Apaga la luz para no verle la
cara. Él, con una rapidez que
anula su decadencia, vuelve a
encenderla.
Un viejo sin camisa expuesto a
los arrebatos de la juventud,
íntimo y sombrío, acaricia el
cuerpo de su protegida con pasos
de cabra.
Palanca,
cuerda,
polea,
dogal.
Ella abre las piernas y siente
hasta donde puede sentir.
Su vulva lame las pasas del
Tutor.
-Linda noche -dice antes de
anunciar con entusiasmo-. Voy a
ayudarlo a escapar.
-¿Cómo?
-Odio las preguntas, ya oí
muchas. |