Año VII
La Habana
2008

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Cárcel

Liliana Heer (Santa Fe, Argentina, 1943)

 

Cárcel, muralla rectangular, sensible como una brújula, destinada a perseguir un sueño: la pureza. 

Nacen reformas, edictos, ordenanzas, la coyuntura política emprende transformaciones, el eje se invierte, succiona márgenes de tolerancia, impone reglamentos: corregir no alcanza. Lo legal y lo ilegal, incompatibles a la sensibilidad del ojo, adquieren el ritmo necesario, la inspección funciona, el perfeccionamiento se instala, es posible, está al alcance de cualquiera: sólo se trata de mejorar la producción.

No importan los datos concretos, el número de crímenes no disminuye, el número de reincidencias no decrece. Un enjambre de impacientes espera respirar el espectáculo a puertas abiertas, mientras las fábricas de pecadores se deleitan en agitar el desorden mar adentro. Artesanía milenaria  concentrada en el quehacer de lo inútil: luchar contra la naturaleza.

¿El vicio?

Sordo y mudo al progreso,

el vicio conserva su audacia. 

                                               *

Salto blanco. 

Dime lector:

¿Cómo has hecho para ahuyentar los buitres?

No es la primera vez que una pesadilla

hace añicos el espejo. 

Cuerpo desprovisto de epidermis,

preludio de mayores desgracias,

¡ruega por nosotros!                                      

                                               * 

Mientras la Niña de pelo corto jugaba en el patio de la cárcel  apedreando mariposas, el Tutor anticipaba su vejez.

La paternidad es una operación correctiva.

Todos los músculos en vilo.

Disciplina.

Rigor.

Aislamiento.

Suplicio. 

Le pellizcaba los pezones hasta volverlos parduscos. Mordisqueados hasta el mareo. Las heridas cada vez más grandes despedían un olor cada vez más dulce.

Entonces, una lamparita de vidrio azul y otros regalos iban en su auxilio. 

Todo era normal para la Niña.

Ni antipatía ni malicia.

Acariciando el voluminoso vientre, se acostumbró a decir:

-¿Dónde estará, dónde estará la lombriz? 

Una docilidad arbitraria, puntiaguda, similar a la conducta del Tutor.

Después de la agitación y los mordiscos, ¿qué hacer?

(Llaman olvido al nombre que cae).

Ella también aprendió a decir:

-Maldita felicidad, nos devora la vida. 

                                        * 

Pólvora bañada en saliva.

Saboreando a puerta cerrada, habituados a su figura de tanto verla comer en el comedor de la cárcel, los colonos aceptaron que fuese una mujer la Celadora. 

Ella no hacía fila con el cuenco en la mano, le llevaban a la mesa el plato servido, un tenedor y una cuchara de aluminio. 

Daba gusto verla elegir con el mango los trozos de carne a velocidad de buitre, verla quitarse un arete dando a entender que ningún rumor se le escapaba. 

                                                    * 

Los rumores

estallaban

con el fervor del óvulo fecundado:

ávidos

hostigantes

teatrales

impunes

como pimpollos de invernadero

se esparcían

veloces

aprisa

aprisa

animados por el ocio

y el vapor de braguetas encendidas.

Florecían entre los vidrios cortantes de los muros

en el salón comedor

en el urinario central

en la vieja boca

que vela el fin de la noche

hasta que el Alcaide puso freno a las habladurías:

Un clavo en la lengua del que se atreva. 

Por el clavo, el martillo y la lengua se escurrió la verdadera historia de la Niña.

                                       * 

Decir que no se sabe lo que se sabe.

Llevar el secreto a un estado de máxima crispación.

Omitir. De esa manera, al no restar poder a ninguno de los dos hombres, ella pudo concebir un lazo que los uniera bajo esa figura sentimental y cursi de la novia robada. 

La pierna izquierda extendida entre las rodillas del condenado, la derecha flexionada.

Aplazar al máximo el final, mantenerlo próximo. 

En el silencio de la celda, resuenan suspiros, palabras dichas en voz baja.

Larga y decreciente sucesión de temblores.

Animales inquietos,

no saben qué hacer con sus propias bocas. 

El péndulo va y viene.

Sin quitarse los zapatos, la Celadora apaga la luz del cuarto, sintoniza la radio y se echa sobre la cama.

Se trata de la misma Niña que ha dejado de ser la Niña que flotaba en el vacío de los corredores atendiendo y desatendiendo órdenes del Tutor.

Apaga la luz para no verle la cara. Él, con una rapidez que anula su decadencia, vuelve a encenderla.

Un viejo sin camisa expuesto a los arrebatos de la juventud, íntimo y sombrío, acaricia el cuerpo de su protegida con pasos de cabra.

Palanca,

cuerda,

polea,

dogal.

Ella abre las piernas y siente hasta donde puede sentir.

Su vulva lame las pasas del Tutor.

-Linda noche -dice antes de anunciar con entusiasmo-. Voy a ayudarlo a escapar.

-¿Cómo?

-Odio las preguntas, ya oí muchas.
 


* Fragmentos discontinuos de la novela Neón

Liliana Heer:  Nació en Argentina. Es escritora y psicoanalista, estudió Teoría del Cine Clásico, Moderno y Neobarroco. Participó en innumerables encuentros nacionales e internacionales. Publicó Dejarse llevar, relatos (1980), Bloyd, Premio Sotis Vian (1984), Giacomo-El texto secreto de Joyce, ficción crítica (1992, en coautoría con J.C. Martín Real, La tercera mitad, novela (1988). Frescos de amor, novela (1995), Verano Rojo, nouvele (1997), Ángeles de vidrio, novela (1998), Argentinian poetry: the written word re-cited, antología en la revista libro Poetry lreland Review (2002), en coautoría con Ana Arzoumanían, Repetir la cacena, novela (2003) y Pretexto Mozart, novela (2004).

 
 

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