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Gerardo Alfonso
─uno
de nuestros más interesantes trovadores─
inmortalizó los balcones de la Habana
Vieja con sus sábanas blancas, colgadas
como banderas de cotidianidad y
desenfado. No solo ropa blanca o risa
estrepitosa hay en esos espacios
sobresalientes de nuestra complicada
pero espléndida capital. Cuando el que
camina por una calle habanera levanta la
vista y se encuentra con las piernas o
los ojos de una muchacha, o con ambas
cosas sin orden ni concierto, tiene que
demostrar mucha clase para que la
curiosidad del desconocido no se
confunda con el morbo del mirón y para
soñar con un saludo, una gracia breve,
cierta contraseña prometedora.
El primer balcón habanero que recuerdo
es el de la Tía Heriberta en la calle
Teniente Rey, a un paso del Capitolio
Nacional. Era todo un contraste salir
del campo pleno para caer en aquel
espacio estrecho y en vías de deterioro
por el que podía verse el movimiento del
corazón de la ciudad. Tampoco era cosa
de estar muchas horas mirando los
transeúntes porque lo mejor de casa de
la dulce tía estaba en la cocina comedor
en la que ella elaboraba el exquisito
almuerzo. He contado otras veces que
esta hermana de mi abuela era muy exacta
en sus invitaciones. Convocaba a fulano
y a mengano, y no a zutano y esperanzejo,
pero no porque menospreciara a un sector
de la familia. De hecho, los invitados
rotaban con justicia en sucesivas
invitaciones. De lo que se trataba era
de atender bien y que los elegidos
estuviesen cómodos en su casa.
A finales de los 80 tuvimos balcón mi
vieja y yo. No era gran cosa lo que se
veía. Vivíamos en Veracruz, no en México
sino en el humilde municipio habanero de
San Miguel del Padrón. Frente a
nuestros ojos la carretera central y
grandes camiones o guaguas repletas
pasando todo el tiempo y dejando ruido o
contaminación.
Cuando había invitados en casa, el
balconcito se multiplicaba y una vez
casi se derrumba, a pesar de la juventud
del edificio. El día antes de mi
cumpleaños visité a un grupo de
aficionados y
─no
recuerdo si al quinto o al noveno ron─
se me ocurrió mencionarles mi
aniversario al día siguiente. Lo dije
seguramente rápido, como se anuncian
esas promesas de fiesta que al día
siguiente no tiene sentido recordar y
menos cumplir. Pero los aficionados
─eran
muchos, podían asumir el montaje de un
clásico del siglo de oro español─
se tomaron en serio la invitación y se
abalanzaron sobre las escasas
provisiones de mi fiesta. Los invitados
reales
─entre
los que figuraban mi compadre del alma
Osvaldo Cano, Pedrito un amigo del
bachillerato y gente de la cultura como
el escritor Padura, el mágico humorista
gráfico Manuel y Raquelita Mayedo, que
todavía no salía en la televisión
nacional─
se refugiaron (¿o fueron encerrados por
su miedo a la avalancha aficionada?) en
un patio trasero pequeñito, que muchos
cubanos recordarán y es típico de esos
edificios de microbrigada.
Al fin me personé en el balcón
tumultuoso y, cambiando croquetas y
dulces por la promesa de que partieran,
logramos respirar aliviados. Esa noche
me abochorné un poco con mis amigos,
pero han pasado los años y la invasión
de los artistas amateurs en número
considerable constituye un motivo de
risa y evocación cuando me encuentro
con algunos de los refugiados en el
patio trasero. A la larga ese metro
cuadrado, hecho para tender la ropa
íntima o colocar con dificultad una
lavadora, les sirvió de balcón por esa
larga hora que sigue asomándose al
portal de mi melancolía. |