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Delirio del Quijote
No eran de viento
los molinos, Sancho,
sino de tiempo.
Ha sido desigual la
pelea, tan difícil,
las aspas giraban
hacia arriba, indiferentes,
y yo minúsculo
abajo, en su sombra.
Eran de tiempo,
Sancho,
grandes conos
erguidos y en la cima
un remolino
indescifrable.
Hubiera podido
ganar la batalla
pero equivoqué las
armas
y ahora me hundo.
Déjame ver tu cara
que perderé también
y arriba
busca solo el sol
porque no hay
molinos de viento, Sancho.
Desnudo (I)
Cuerpo, soledad,
fantasma mío,
hoy descubro que
existes y eres hermoso.
Has alcanzado el
esplendor de los antiguos imperios
y contemplo pájaros
y peces
que vienen a morir
a tu orilla.
Buenas noches, la
ciudad está temblando en ti.
No sé si es mía
esta fragilidad, si es dolor,
o si es el sabor
dulce de los muchachos
que llegaron
tardíamente.
Habrá veranos,
vendrán palomas otra vez
sobre el arco de tu
espalda.
Cuerpo mío,
frontera donde mis semejantes
se pudren y
festejan
te regalo a las
cámaras fotográficas,
a la luz, a los
ojos que quieran contemplarte;
me deshago de ti,
me burlo
porque no sabes
conducirme
más allá del
momento donde estoy
contradiciendo,
hablando con los dioses.
En ti entran los
forasteros, ladrones
que miro con cierta
repugnancia y placer.
Ya estás repartido,
ya no existes,
eres solo una
libélula revoloteando sobre el fuego,
una flecha
señalando la oscuridad
hacia donde vas a
partir
y en la cual te
contemplo, a contraluz,
aún hermoso,
trampa donde se
viene a morir.
Desnudo (II)
Cuerpo que todo lo
presientes, todo lo anuncias,
pugnando,
estorbado en la
fiebre,
en el delirio que
te estremece,
en tus oscuras
selvas.
Fingiendo,
temblando
en medio de una
dulzura que te quiebra.
Memoria de una
bestia feliz
resbalando,
resbalando.
Hermoso,
ardiente en el
incendio del mediodía,
humillado en la
noche que te pudre.
Irremediable como
un surtidor.
Oh, cuerpo en que
penetra
el espejo radiante
del vecino,
el aroma que trae
el aire
desde no sé qué
horizonte o abismo
cómo asusta
la serena armonía
de tu luz.
Mi Hijo
Mi hijo, digo, es el tesoro más grande de mi vida, y
saltan estrepitosos los animales que mi madre
descuartizaba feliz para que nosotros dijéramos este es
el vino seco y el comino, la hoja de laurel victoriosa
que entrará a los canales de la sangre. Allí están las
tardes con su olor a plumas mojadas, las tardes únicas
detrás de la vidriera de los años, cercanas e
inaccesibles como las boutiques de lujo. Mi hijo, digo,
y siento una pena infinita, lagartijas bicolores pasean
su pesadez sobre las sábanas blancas, hacen su cacería,
su rito inocente, conocen sobre el cuerpo palpitante la
tierra húmeda que les ofrendo para depositarles después
el coralillo y el jazmín y descubrir que la muerte no es
un paisaje, un lugar donde quedas subordinado a otras
leyes, sino la destrucción para siempre de alguna región
de la infancia. Aquí está todo, es decir, está mi vida,
la pasión con que he vivido cada segundo, la admiración
de ese cuerpo dócil que yace sepultado por mí, conmigo.
Qué nos libera y qué nos atrapa. Quién pone la mano
dictadora, las palabras no encierran ni engañan, por
primera vez dices papá, luego me llamas y estoy en el
límite del desconocimiento y la sabiduría. Libertad o
trampa para el dolor, el amor del hijo enmienda, que
bueno que estás, que existas. Dios creó al universo y
nosotros estamos aquí, testimoniando. Pongo la
ignorancia donde tú pones la fe y pongo la mesa debajo
de los árboles, una cena suculenta, vinos, dulces de
navidad, y me sorprendo sola, angustiada, ausentes los
invitados, saliendo por una puerta secreta, sin regreso
posible veo a mi padre, a mi hermano, a casi todos los
tíos, los abuelos, a mi primo Armando, rosado como los
angelotes. No los conocerás mi hijo, no estarás en
aquellas sino en otras cenas y otros vinos, en ciudades
diferentes, sin las grandes sábanas, los arroyos dulces
donde nos bautizamos añorantes. Esta es la vida, su
único depredador el tiempo, dos barcos en alta mar
diciéndonos adiós, amándonos. Hay en Salamanca unos
labradores que tienen un camino de nuestra sangre, en
Camagüey todavía hacen surgir las espigas de arroz como
un canto al cielo los hermanos y el hijo de mi padre.
Ellos nos salvan en su pasión de los grandes escenarios,
la tramoya del mundo en que perdemos la inocencia.
Oh, mi hijo, tú eres el gran tesoro de mi vida, te
aseguro, y mi madre queda de espaldas, casi tranquila,
preparando como siempre el alimento sagrado para los que
regresan, sin sonreír, sin preguntar por los otros,
resignada. En el patio juegas con las aves de corral,
desafías al gallo y descubres su arma de defensa: las
espuelas.
─¿Para
qué mamá, y yo con qué voy a defenderme? Te muestro las
matas de cilantro, respira, te digo, ese olor sirve para
todo, piensa en los grandes viñedos, el oro del arroz
crujiendo entre tus manos y la multitud laboriosa que lo
hace posible, son nuestras armas secretas, las mejores.
Cira Andrés Esquivel:
Escritora y poetisa cubana. Nació en
1954. Es graduada de la Escuela Nacional
de Instructores de Arte. Ha publicado
poemas en revistas cubanas y
extranjeras. Entre sus libros se cuentan
Visiones, 1987 y Parábolas,
2003. |