Año V
La Habana
2008

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Cira Andrés Esquivel

(La Habana, 1954)

      Delirio del Quijote 

No eran de viento los molinos, Sancho,

sino de tiempo.

Ha sido desigual la pelea, tan difícil,

las aspas giraban hacia arriba, indiferentes,

y yo minúsculo abajo, en su sombra.

Eran de tiempo, Sancho,

grandes conos erguidos y en la cima

un remolino indescifrable.

Hubiera podido ganar la batalla

pero equivoqué las armas

y ahora me hundo. Déjame ver tu cara

que perderé también y arriba

busca solo el sol

porque no hay molinos de viento, Sancho.

 


Desnudo (I) 

Cuerpo, soledad, fantasma mío,

hoy descubro que existes y eres hermoso.

Has alcanzado el esplendor de los antiguos imperios

y contemplo pájaros y peces

que vienen a morir a tu orilla. 

Buenas noches, la ciudad está temblando en ti.

No sé si es mía esta fragilidad, si es dolor,

o si es el sabor dulce de los muchachos

que llegaron tardíamente. 

Habrá veranos, vendrán palomas otra vez

sobre el arco de tu espalda. 

Cuerpo mío, frontera donde mis semejantes

se pudren y festejan

te regalo a las cámaras fotográficas,

a la luz, a los ojos que quieran contemplarte;

me deshago de ti, me burlo

porque no sabes conducirme

más allá del momento donde estoy

contradiciendo, hablando con los dioses. 

En ti entran los forasteros, ladrones

que miro con cierta repugnancia y placer.

Ya estás repartido, ya no existes,

eres solo una libélula revoloteando sobre el fuego,

una flecha señalando la oscuridad

hacia donde vas a partir

y en la cual te contemplo, a contraluz,

aún hermoso,

trampa donde se viene a morir. 


Desnudo (II) 

Cuerpo que todo lo presientes, todo lo anuncias,

pugnando,

estorbado en la fiebre,

en el delirio que te estremece,

en tus oscuras selvas.

Fingiendo, temblando

en medio de una dulzura que te quiebra.

Memoria de una bestia feliz

resbalando,

resbalando.

Hermoso,

ardiente en el incendio del mediodía,

humillado en la noche que te pudre.

Irremediable como un surtidor.

Oh, cuerpo en que penetra

el espejo radiante del vecino,

el aroma que trae el aire

desde no sé qué horizonte o abismo

cómo asusta

la serena armonía de tu luz. 


Mi Hijo

Mi hijo, digo, es el tesoro más grande de mi vida, y saltan estrepitosos los animales que mi madre descuartizaba feliz para que nosotros dijéramos este es el vino seco y el comino, la hoja de laurel victoriosa que entrará a los canales de la sangre. Allí están las tardes con su olor a plumas mojadas, las tardes únicas detrás de la vidriera de los años, cercanas e inaccesibles como las boutiques de lujo. Mi hijo, digo, y siento una pena infinita, lagartijas bicolores pasean su pesadez sobre las sábanas blancas, hacen su cacería, su rito inocente, conocen sobre el cuerpo palpitante la tierra húmeda que les ofrendo para depositarles después el coralillo y el jazmín y descubrir que la muerte no es un paisaje, un lugar donde quedas subordinado a otras leyes, sino la destrucción para siempre de alguna región de la infancia. Aquí está todo, es decir, está mi vida, la pasión con que he vivido cada segundo, la admiración de ese cuerpo dócil que yace sepultado por mí, conmigo.

Qué nos libera y qué nos atrapa. Quién pone la mano dictadora, las palabras no encierran ni engañan, por primera vez dices papá, luego me llamas y estoy en el límite del desconocimiento y la sabiduría. Libertad o trampa para el dolor, el amor del hijo enmienda, que bueno que estás, que existas. Dios creó al universo y nosotros estamos aquí, testimoniando. Pongo la ignorancia donde tú pones la fe y pongo la mesa debajo de los árboles, una cena suculenta, vinos, dulces de navidad, y me sorprendo sola, angustiada, ausentes los invitados, saliendo por una puerta secreta, sin regreso posible veo a mi padre, a mi hermano, a casi todos los tíos, los abuelos, a mi primo Armando, rosado como los angelotes. No los conocerás mi hijo, no estarás en aquellas sino en otras cenas y otros vinos, en ciudades diferentes, sin las grandes sábanas, los arroyos dulces donde nos bautizamos añorantes. Esta es la vida, su único depredador el tiempo, dos barcos en alta mar diciéndonos adiós, amándonos. Hay en Salamanca unos labradores que tienen un camino de nuestra sangre, en Camagüey todavía hacen surgir las espigas de arroz como un canto al cielo los hermanos y el hijo de mi padre. Ellos nos salvan en su pasión de los grandes escenarios, la tramoya del mundo en que perdemos la inocencia.

Oh, mi hijo, tú eres el gran tesoro de mi vida, te aseguro, y mi madre queda de espaldas, casi tranquila, preparando como siempre el alimento sagrado para los que regresan, sin sonreír, sin preguntar por los otros, resignada. En el patio juegas con las aves de corral, desafías al gallo y descubres su arma de defensa: las espuelas.
¿Para qué mamá, y yo con qué voy a defenderme? Te muestro las matas de cilantro, respira, te digo, ese olor sirve para todo, piensa en los grandes viñedos, el oro del arroz crujiendo entre tus manos y la multitud laboriosa que lo hace posible, son nuestras armas secretas, las mejores.

Cira Andrés Esquivel: Escritora y poetisa cubana. Nació en 1954. Es graduada de la Escuela Nacional de Instructores de Arte. Ha publicado poemas en revistas cubanas y extranjeras. Entre sus libros se cuentan Visiones, 1987 y Parábolas, 2003. 

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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